“A las películas hay que respetarlas”

Cinema Paradiso

 

Hace ya mucho tiempo que escuché a mi colega y también socio fundador de Código Cine, Marcos Isabel, decir esta frase con su tono vehemente y reivindicativo habitual: “¡A las películas hay que respetarlas!”, y desde entonces me parece, simplemente, una genialidad. Y no tanto por las palabras, sencillas, como por la idea que encierra. En el fondo, propone un cambio de papeles en la jerarquía convencional entre cine y espectadores en el que, hasta ahora, es aquél el que debe alargarse y mejorar en exclusiva para estar a la altura de sus espectadores. La frase de Marcos propone, de algún modo, que quizás también los espectadores debamos estar a la altura de las películas para poder alcanzar todo el valor que encierran, para ser capaces de descodificar todos sus mensajes y así experimentar el impacto artístico que su director perseguía.

Por un lado, el “sistema de distribución cinematográfica” (cada vez más en descomposición corporativa) cuida las condiciones de proyección de las películas desde el punto de vista técnico. Las películas se ruedan concebidas para ser consumidas en las mejores condiciones posibles, en plenitud de virtudes técnicas del canal de distribución y sin interrupciones de ninguna clase. Se despliegan en un continuum de alto valor que, en la oscuridad de la sala de cine, permite captar en exclusiva la atención de los espectadores. Esta es, al menos, la concepción utópica, la premisa prístina, sobre la que se diseña una película y se prevé su presentación. Supone, claro, una competencia y una diligencia por parte de ese canal industrial de distribución cultural que corresponde al “sistema del cine”. En los últimos 20 años, esta calidad en el canal de proyección se ha convertido en una máxima que se presupone gracias al advenimiento de los cines multiplex, de las salas equipadas con los mejores sistemas audiovisuales y con soportes cinematográficos digitales que han dejado atrás los legendarios celuloides no tan resistentes al desgaste.

Sin embargo, una vez resuelto este asunto puramente técnico, aquellos espectadores que

quieran consumir la película deberían comprometer también ciertas competencias básicas. O si no competencias, al menos ciertos compromisos de calidad en el consumo de la misma para poder ser impactados con todo el efecto que la obra alcanza. Lamentablemente, este compromiso anda en horas bajas debido a la tendencia contemporánea de los nuevos espectadores a someter a su atención a constantes interrupciones e incluso a mantener su mente activa creando mensajes que comparten a través de las redes sociales. Los espectadores que hayan sentido el deseo de abarcar una película y de experimentarla por completo ya se habrán dado cuenta de que ello exige algunas concesiones: no someter a la película a demasiadas interrupciones, no dividir la atención y aceptar el contrato de “desaparecer” de nuestra auto-consciencia para vivir la película ajenos a nosotros mismos (aunque a través de nosotros mismos), tratar de descodificar sus mensajes hasta donde nuestra competencia de espectadores alcance, sentir la obra con honestidad en el corazón y con nuestros recuerdos y experiencias de vida como únicos prejuicios válidos. Una película es un obra viva de efectos distintos en cada espectador y cuyo impacto es a menudo impredecible, como las reacciones de las personas. Una película merece el respeto de un espectador dispuesto a exponerse a ella y no es justo que quiénes no observen estas normas básicas critiquen después la obra con palabras sobre vacuidad, irrelevancia o intrascendencia. Si, como hemos defendido desde el primer día en Código Cine , el cine no es sólo un entretenimiento sino prácticamente una responsabilidad de ciudadanos, su visionado no habrá de ser tramposo ni superficial, sino sincero.

Claro, que no todo el mundo piensa exactamente así. Sometida la frase “A las películas hay que respetarlas” al juicio de nuestro colega cinéfilo Santiago Gutiérrez, su respuesta fue:

Algunas sí. ¡¡Pero otras no!!.

Que es la misma respuesta que Jean-Pierre Leaud obtuvo, en “La noche americana” de Truffaut, cuando le preguntó a uno de sus compañeros: “¿Las mujeres son mágicas?”.

 

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