“Attenberg”, la quiebra adulta del mundo mágico de la infancia

Del mundo mágico de Marina, su mejor amiga, su papá y el rechazo hacia los chicos… a la amistad adulta, la amenaza de la enfermedad y la superación del sexo: Los caminos que acompañan a la quiebra de la infancia.

 

A veces hay que hacer muchos aspavientos y fingir que somos muchos animales diferentes para no tener que afrontar el desafío de la madurez. Quizás sea ésta la llave de acceso a esta arriesgada (y pequeña) película griega que puede parecer algo críptica, o mejor, algo inverosímil, pero que aborda un asunto delicado por el que todos terminamos pasando y normalmente no sin cierto trauma. “Attenberg” (2010), de Athina Rachel Tsangari, nos arrastra contra nuestra voluntad por un proceso evolutivo que afectará a los tres principales personajes de la película: Marina, su padre, y su amiga Bella.

Sin perdernos, el hilo narrativo principal comienza con Marina y termina con ella. Externamente, en lo que se refiere al calendario, la película no abarca un arco temporal importante, pero el arañazo simbólico que el acontecimiento de la enfermedad de su padre deja en Marina ensancha el arco narrativo hasta separar enormemente comienzo y final. Tanto, que si Marina comparece en la primera escena de la película como una jovencita inexperta que acude a las clases sexuales de su amiga Bella, y en las que apenas entiende nada de lo que ésta le explica, es ella quién al final de la historia los habrá adelantado a todos. Entre medias, un zigzagueo entre mágico y doloroso por entre cuyas costuras vivirá los últimos compases de sus juegos de niña y se asomará al abismo gris de la adultez. Una madurez que la película no duda en simbolizar de diferentes formas puramente estéticas, incluyendo la metáfora de esos cielos grises y encapotados que dejarán lluvias en todos los sentidos de Marina.

Así, una vez queda formalizada la amenaza (dirían algunos, “de lo Real”) con el potencial de desestabilizar definitivamente el mundo mágico de Marina, ésta se verá, además, sola, en su gestión de la amenaza.

Sin madre, sin novio (“nadie que me ame”, cantará, en una bellísima escena que aquí reproducimos), sin una amiga fuera del círculo mágico de la niñez, Marina tendrá que aprender a tomar las riendas de cuanto está por venir y enfrentarse incluso a aquello contra lo que no puede vencer, la pérdida de su propio padre. Éste, no duda en recubrir lo áspero de la afrenta con el juego: Uno con el que ambos fingirán ser animales e incluso astronautas, cualquier cosa con tal de no afrontar los terribles miradores que la realidad les depara hacia el abismo, y en el que sólo cabe mirar sin estar en absoluto preparado. Por cierto, animales… para no entender la realidad, no prever la fatalidad, no tener que inteligibilizar la muerte; astronautas, dice Marina, “para explorar otros planetas. Plutón”, y así estar lejos del terrible escenario en el que viven. La realidad tomará de Marina más de cuanto puede imaginar, y lo hará de una forma que no prevé. El resultado será una nueva e inesperada Marina que habrá hecho cambiar su amistad con Bella, su relación con los chicos y hasta su propia relación con su padre.

 De esta metamorfosis, la película presentará más de una prueba:

  • La escena en la que Marina le pide a su padre que diga su nombre: “Marina”. No “mi pequeña Marina”, una fórmula gentil que entre ellos es puerta de juego, sino “Marina”, el nombre a secas, como el umbral de una nueva forma de concepción de la realidad: la más abrupta, la menos mágica. Marina, que intuye el final, le pide a su padre que repita y repita su nombre no sólo para recordarle reconociéndola, sino para sentir que él la percibe como real, no como elemento de un juego. Marina siente que toca erigirse en la persona física que es y que necesita ser para poder enfrentar la realidad.
  • Su relación con “los chicos”. Sí, porque si al comienzo de la película era una pésima alumna en la clase de sexualidad de su amiga Bella, y hasta reconocía que no quería aprender nada y rechazaba a los chicos, al final de la película veremos que ya es la protagonista de una relación en donde el sexo se ha normalizado y ha terminado siendo una experiencia feliz tanto para ella como para su pareja. Desaparecerán los recelos infantiles que las niñas tienen por los niños en su niñez, y los niños por las niñas, para vencer el trauma de enfrentarse al cuerpo del “otro” e integrarlo con normalidad en su concepto de la sexualidad. De ahí el sentido narrativo de esa escena en la que Marina hace el amor con su novio, en silencio, y entrelaza sus piernas sobre la espalda de él para hacerlo suyo; el gesto, universal, hace saber al espectador que el proceso ha terminado y que la metamorfosis se ha completado. El juego va terminando, la niñez se distancia y aparece lo sexual en su versión adulta. Y además, feliz.

  • Su concepto de amistad. Si en la primera escena restriega su lengua contra la de su amiga Bella y terminan las dos haciendo pedorretas, como dos niñas maleducadas y traviesas, al final es Marina quién insta a su amiga Bella a obrar un favor adulto por su padre, producto de un proceso empático con él que se gesta ya fuera de todo juego y donde la magia no procede en absoluto. Su gestión con su amiga Bella no presenta el nivel maduro de una adultez completa pero desde luego sí muestra el final de una lógica de amistad infantil que otrora fuera la clave para la comunicación con su amiga. Al final de la película, Bella ya no es la compañera de juegos, sino la persona que le acompaña en la barca realizando uno de los actos más simbólicos de toda su vida. Por cierto, detectamos un paralelismo con otra película reciente que también comienza retratando los irresistibles juegos de dos amigas que encontrarán en el transcurso de la película el acceso hacia la madurez: Frances Ha” de Noah Baumbach. Desde la inmensa y generosa complicidad de la juventud y la niñez, hasta la propia aceptación de nuestra posición en el mundo y de nuestras posibilidades; desde el juego y los sueños hasta la responsabilidad y la realidad. Un tema, sin duda, recurrente en el mundo del cine que “Attenberg” nos cuenta de un modo muy singular.
  • Quizás el cambio más importante de todos. La prueba más grave de la metamorfosis se produce en una de las últimas escenas en la que el humor negro y el juego de su padre hablando de su propia desaparición no consigue recubrir de magia la realidad y Marina se quiebra por primera vez no haciendo remitir el dolor, sino dejándose atravesar por él, dejando que el trance deje la traza primera de una adultez traicionera que ya no podrá sacudirse jamás. Ella deja de empujar la silla de ruedas de su padre, le da la espalda para ocultar su gesto de dolor puramente adulto, desbarata el juego que se convierte en una aberración insoportable, deja pasar un cierto tiempo de silencio para que la realidad complete el arañazo terrible del alma, y vuelve adulta para empujar la silla y acompañar a su padre. Ahora sí, padre e hija. Ni orangutanes ni avestruces.
    "Attenberg"
  • El código cromático y el contenido del primer y del último plano de la película. Si la imagen que vemos durante los títulos de crédito es un plano fijo de un jardín de césped de intenso color verde que está siendo regado por un aspersor de agua fresca, la película terminará con un plano (por cierto, también fijo) en el que vemos una escena industrial, entre gris y marrón, donde el único agua presente es el de los charcos sucios tras la lluvia, y en donde es difícil imaginar magia alguna. La historia… está contada.

"Attenberg"

Una película de juegos, de juegos de niños, de juegos de adultos, de juegos de niños fingiendo que son adultos y al revés. Un experimento comedido y limitado con un reto de pequeña estructura que finalmente se ve satisfactoriamente resuelto. Por cierto, muchos querrán leer en esta película un paralelismo con el choque adulto que la propia Grecia sufrió coincidiendo exactamente con el año en que se rodó. En esos tiempos, la situación económica de Grecia no sólo era fatal sino que puso en riesgo al euro mismo y el país sufrió un “baño de realidad” que quizás puso fin a toda una era de conquistas sociales. Quizás esos cielos grises y encapotados que pronto aparecen en la película, así como ese plano final entre los camiones donde no parece sobrevivir nada, sean una representación simbólica de Grecia tras la terrible crisis económica. De una manera o de otra, la “lectura” de “Attenberg” es más interesante por lo mágico y entretenido de sus juegos que por sus hipotéticas trascendencias pretenciosas.

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