Contraplano

Biopics: ¿Hiperrealidad o mentira?

19/11/2016 -
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¿Son los biopics fieles a la realidad de sus personajes? ¿Les ensalzan, les descubren, o les traicionan? ¿Realmente llegamos a entender mejor sus vidas y sus caracteres? ¿O son los biopics una ficción bajo la promesa de la empatía? ¿Cuánto de lo narrado sigue la auténtica vida del personaje? ¿Necesitamos biopics? ¿Es el biopic un subgénero del morbo? ¿Quién merece un biopic?

RicardoRicardo Sánchez

No sé si llega a ser una técnica en sí misma, o quizás un género de actuaciones, pero lo cierto es que en el mundo del marketing moderno hay una expresión que creo que viene mucho al caso de los biopics: “Story-telling”. Se usa a menudo cuando las empresas quieren evitar el discurso estrictamente publicitario y tratar de conectar con sus audiencias con discursos más emocionales en donde los receptores pueden “localizarse” como personas, o mucho mejor, como personas que sienten emociones. Lo que hacen las empresas es proponer un relato en el que ellas comparecen de algún modo como fondo o como facilitadores de un reto o de un éxito humano, por ejemplo. Bueno, algo de esas emociones se adhiere a la imagen de la empresa, a su identidad corporativa percibida, y así es cómo aquélla consigue mejorar su imagen o poner en juego predicaciones persuasivas para mejorar sus ventas. Llevo tiempo pensando que, aunque no se llamara así, ¡los biopics vienen aplicando esta técnica desde hace décadas! ¿Te imaginas cómo sería el proceso de escribir el guión de un biopic? ¿No te parece que sería como hacer una selección de hechos concretos de la vida del personaje, conectarlos entre sí añadiendo una “historia” que los vuelva consistentes y, lo que es más interesante, orientar el devenir de la historia hacia un sentido que termina resistiendo tras el final de la película como si la vida del personaje se hubiera dirigido hacia él y fuera su más auténtico legado? Dicho de otra manera, ¿no es como dotar a lo que, en esencia, no es más que una vida, un avance por entre el caos del mundo, de un sentido que haga trascender su existencia?

Y bueno, en definitiva, algo tienen que ver con “fabricar sentidos”, adherírselos al personaje, a sus actos, a sus conquistas y sus fracasos, de suerte que todo eso que llamamos “vida” parezca una empresa exitosa en algún orden que el guionista seleccionará como el más coherente de acuerdo con la vida del personaje. Fabricar sentidos”, que es la función de los textos, es decir, generar un significado que los biopics postulan como premisa y que recogen hacia el final, para erigir un corolario o un empeño dirigido de forma que cada día de la vida del personaje parezca el avance necesario hacia un fin trascendente. Pero claro, el verbo “fabricar” parece poco recomendable si el género es el del biopic, es decir, uno que promete ajustarse a la “vida” del personaje real. ¿Hacen esto los biopics en general? ¿Se limitan a lo que la vida del personaje y sus orografías más concretas fijan como coordenadas inalienables? Yo creo que a menudo tan sólo respetan esas coordenadas físicas, tales como las fechas en que se producen los acontecimientos más relevantes de sus vidas (fechas de matrimonio, número de hijos, premios obtenidos, etc.), y supeditan la fluidez de cuanto circula entre esos “bolardos físicos” a la creatividad de un guionista que redacta como resultado de un acto empático pero subjetivo, y siempre bajo la condición de que el resultado, como conjunto, se debe a la “fabricación de un sentido” trascendente que debe emerger, como decía, de la percepción holística de la biografía del personaje. Y visto así, creo que los guionistas tienden a rellenar muchos huecos; seguramente demasiados. El imaginario de los biopics está repleto de historias sobre personajes que alcanzan el éxito pero sufren de una terrible soledad, o de personajes cuya vida es una metáfora de la más absoluta bondad y hasta sus fracasos son debidos a actos de generosidad extrema, o de perdedores que tuvieron la mala suerte de verse rodeados de hombres de mal corazón y decayeron por ingenuidad, etc. etc., aplicando una perversa simplificación sobre la premisa de que todo acto de la vida responde a la ilusión de tener un sentido previo o un sentido último. Y ya sabes lo que decía Sartre al respecto; que la existencia precede a la esencia.

Pero claro, es que si lo pensamos detenidamente, los acontecimientos y episodios físicos y concretos de nuestras existencias no suelen ser tan coherentes entre sí como para hacer emerger un sentido único, ¿no te parece?. Quiero decir, si cualquiera de nosotros echa la vista atrás sobre nuestro pasado, seguro que advertimos algunas líneas que guardan su coherencia desde donde alcanza nuestra memoria hasta nuestros días, pero fluyendo entre una miríada inabarcable de vivencias, experiencias y capítulos cuya única lógica, a menudo, es la del azar, o la del capricho. Contada tal cual, nuestra vida construye, más bien, poco sentido, más allá del de ser NUESTRA vida y por tanto valiosa para nosotros. Parece lógico pensar que la vida de quienes se convierten en figuras relevantes y, finalmente, merecedoras de un biopic, no deben ser muy diferentes a las nuestras, ¿no crees? ¿No será que, entonces, algo de ese sentido que atraviesa sus vidas y que encontramos en sus biopics es una aportación “literaria” por parte del guionista que dota así de un sentido a la biografía del personaje? ¿Y no hace, de este modo, que el biopic en sí esté más justificado? Por tanto, ¿no es como decir que un biopic necesita encontrar y provocar ese sentido para justificar plenamente su propia existencia? Esto puede servir para ocultar el interés mercantilista de explotar el interés que un personaje público suscita, que en el fondo es el auténtico carburante sobre el que se apoya toda producción de un biopic, proponiendo, en su lugar, la admiración por el protagonista del biopic que se apoya sobre la “trascendencia” de su existencia. Y visto así, los biopics no pueden permitirse que sus protagonistas no tengan una vida llena de significado, de modo que deberá añadírsele en coherencia con esos “bolardos físicos” inalienables que son los verdaderos e inopinados hechos biográficos de su existencia. Los biopics comparecen, por tanto y de este modo, me parece a mí, como un género cuya propia y prístina definición ya les orienta de partida hacia un cierto nivel de… fantasía. ¿No ves algo de todo esto en los biopics?

ElenaElena Iniesta Gª-Mohedano

Absolutamente de acuerdo, Ricardo. Voy punto por punto, porque el tema tiene mucha enjundia para mí. Empiezo por la parte menos formal, que de eso también tenemos que hablar más tarde. Está claro que el afán de trascendencia y de buscarle el sentido a la vida es una necesidad del ser humano, y más aún en el tiempo en el que nos ha tocado vivir, que gracias a las nuevas tecnologías y redes sociales podemos poner nuestra vida en un escaparate, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. Lo que nos “legitima” para llevar a cabo acciones que la hagan más interesante. ¿Acaso no es hacer nuestras vidas tan interesantes como las de los personajes en los que se basan los biopics? El personaje trasciende a la persona. La vida que se enseña debe ser tan singular como para ser digna de ser mostrada y causar así, admiración, o incluso envidia. ¿Acaso no vemos en los biopics una manera de volcar nuestras frustraciones, de proyectar? Quiero decir, ¿vemos la vida de una persona que ha conseguido cosas grandiosas en su vida para poder tener un espejo en el que mirarnos, para tener un modelo al que seguir, o preferimos la vida de personas que han tenido vidas desgraciadas para poder pensar que nuestra vida no está tan mal? Por supuesto que intentamos buscarle sentido a nuestra vida, buscar razones o motivos para todos nuestros actos, cuando, como tú dices, a veces nos dejamos llevar por motivos que van más allá del entendimiento. Y, ¿acaso no da eso, a su vez, más sentido a nuestras vidas?

Fabricar sentidos” lo llamas tú; yo iría más allá. Los biopics se han convertido en una especie de “pornografía vital”, como un reality, pero con personajes reales. De lo que no cabe duda es de que los biopics se han convertido por derecho propio en un género en sí mismo, pero un género de serie B con toques de fantasía, como tú bien dices. Un ejemplo que me ha llamado últimamente mucho la atención, es el biopic “Miles ahead”, basado en la vida de Miles Davis. ¿Había REALMENTE necesidad de esta película? Para los amantes del jazz y admiradores de Miles, como yo, realmente lo que nos interesa es su obra… escucharla, disfrutarla. Da igual lo que aconteció en su vida, da igual su vida amorosa ni los vicios que tenía. Lo que importa es su obra. Pues bien, en esta película Miles se convierte en el personaje de una historia absurda, con hechos y personajes no sólo inventados, sino que convierten a Miles en una caricatura de lo que fue. Un despropósito.

Desde siempre, los biopics han sido también una vía por la que los actores pueden poner en práctica todos sus recursos dramáticos, llevarse la admiración y aplauso de público y crítica, y de paso, algún premio de paso. Se me vienen a la mente ejemplos como “Gandhi”, de Richard Attenborough, que terminó de convertir a Ben Kingsley en un reputado actor (en aquella época en la que se hacían películas “Bigger than life”), o más recientemente, “La teoría del todo”, que ha encumbrado a Eddie Redmayne como actor, y de paso acercar al público la vida (que no obra) de Stephen Hawking.
¿Aprendemos algo de estas películas? ¿Son películas de usar y tirar? ¿O sólo sirven como vehículo para endiosar a actores y directores?


RicardoRicardo Sánchez

¡Ajá!, creo que podríamos introducir, entonces, dos ejes distintos para “localizar” los biopics. Por un lado, su “justificación”; y por otro, “el deseo” que suscitan, toda vez que aquél, en realidad, no garantiza a éste último. Esa “fabricación de sentido” que yo sugería se relacionaría con esa “justificación” para contar la historia del personaje. El sentido de su vida, la ilusión de coherencia o destino de sus actos, tendría que ver con la razón (narrativa, no económica) por la que la historia es contada. Sin embargo, una historia bien justificada puede, al mismo tiempo, no ser muy “deseada” de ver. Ahí es donde se convocan recursos para aumentar el deseo de VER. Y claro, como pasa en otros medios como el televisivo, la promesa de verlo TODO resulta enormemente eficaz, ¿no es cierto?. Es una lógica de “reality”, como tú bien apuntabas (“pornografía vital”), que sobre su promesa de darlo todo a ver, promete un acceso al personaje en clave de morbo absolutamente “irresistible”. Supongo que esto es algo de lo que adolecen muchos de los biopics más recientes, como si fueran un fósil guía de nuestro tiempo, y que se puede ejemplificar fácilmente en historias como “La teoría del todo” que tú mencionabas, donde la intimidad del personaje y sus circunstancias aparecen latentemente centradas bajo el más directo de los focos. De eso fundamentalmente, y desde luego menos de cualquier otra cosa, es de lo que va, a fin de cuentas, “La teoría del todo”, por más que, llegado el momento, recurramos a la “justificación” y sus valores para proteger y recomendar la película. Y este aumento del “deseo”, sin duda, le sienta bien a la taquilla. Parece como si algo de una pequeña hipocresía se estuviera jugando para permitir una buena venta de entradas. ¡Así que totalmente de acuerdo con tu idea de la “pornografía vital”!

Sería bonito poder decir que la “justificación” es mejor medida para los biopics que su promesa de intimidad, pero, como decía antes, la justificación requiere algo de una cierta fabricación y fantasía que le aleja de la realidad a la que se debe, de modo que el género parece tambalearse entre la “elevación fantástica” de la vida del personaje y el pudendo acceso a su intimidad. Mala materia prima, ciertamente.

Sin embargo, también hay que aceptar que un biopic es un film, y en tanto que lo es, puede ser mejor o peor en términos estrictamente cinematográficos. Es decir, puede tratarse de una espléndida película a pesar de que su relación con la realidad del personaje descrito no sea muy estrecha. Es posible que un biopic sea una gran película, aunque no tenga demasiado que ver con la historia original, o la conduzca por derroteros que no se ajustan demasiado a la realidad. Habitualmente, los espectadores, en general, no son expertos en la vida del personaje en cuestión, por lo que la lectura del biopic se realiza exclusivamente en el plano cinematográfico. Y la sensación de calidad fílmica que deja su narración puede confundirse con la coherencia de la vida del personaje, o con la veracidad de lo narrado. Este es un tema crucial que se estudia a menudo en la semiótica de la comunicación de masas y que valora en qué medida, por ejemplo en el relato diacrónico de un manual de historia, la veracidad física de los hechos históricos expuestos se valora por la “ilusión de verdad” que construye el texto, toda vez que eso que llamamos “verdad” es un constructo. Y como tal, es construible. Más aún en el caso de los biopics, un texto fílmico, considerando los procesos de identificación masiva que éste puede desencadenar por ser nada menos que una película.

Tu pregunta “¿Aprendemos algo de estas películas?” me parece crucial. ¿Quién dirías que sabe menos? ¿alguien que no sabe nada sobre un personaje célebre, o alguien que sabe cosas sobre él pero que no son verdad? ¿Y cómo podemos saber si lo que sabemos sobre una celebridad a través de su biopic es cierto? ¿Acaso nos valdría que la celebridad sancionara como auténtico el relato? ¿O precisamente por eso deberíamos desconfiar aún más?


ElenaElena Iniesta Gª-Mohedano

Salieri tenía siempre el gesto adusto. Mozart se ha elevado a nivel de icono pop, de estrella de rock, casi. Y todo por una película. Pero, ¿alguien se ha puesto a escuchar a Mozart, a analizar su obra para encontrar elementos infantiloides? ¿Alguien ha buscado una buena biografía? Antes has mencionado una cuestión muy interesante, y es la calidad fílmica de los biopics por una parte, y por otra, su ajuste a la realidad del personaje. Un ejemplo clarísimo lo encontramos en “Amadeus”, de Milos Forman. Es una película impecable desde el punto de vista técnico, pero que se ha alejado tanto de lo que fue Mozart, que incluso ha llegado a formar una imagen errónea de su persona. Y con esto contesto a tus últimas preguntas. La gente no ahondado ni en su obra ni en su biografía, pero todo el mundo “sabe” que tenía una risa histriónica, que era muy infantil y que buena biografía suya para saber más de él? No, se ha tomado esa película como la verdad absoluta sobre esa persona.

Y llego a otra cuestión que también has mencionado, la de introducir elementos inventados para poder contar la historia, hacerla más fílmica. Y pongo otro ejemplo, “Una mente maravillosa” de Ron Howard, un biopic sobre John Forbes Nash, matemático y estadista. Aquí, y aprovechando la esquizofrenia real del protagonista, se introduce un personaje imaginario para contar una historia. Todo el mundo supo quién era Nash, incluso fue a los Oscars de ese año y todos pudimos ponerle cara. Pero, ¿alguien sabe sobre qué se basa su trabajo? ¿En la película se trata sobre ello? ¿Alguien se enteró de que murió hace poco junto a su mujer en un accidente de tráfico? No, la figura de Nash fue instrumentalizada para acercar la esquizofrenia al público (aunque de pasada; es un tema demasiado serio como para ser tratado de manera frívola) y de paso dar un puñado de premios y (aún) más fama a director y actores.

Cercando un poco el tema, creo que también habría que distinguir entre biopics propiamente dichos, y películas basadas en personajes reales, en las que la vida de una persona anónima pasa a ser lo suficientemente interesante como para ser mostrada. ¿Acaso no es eso lo que la gente busca hoy en día? Esos 5 minutos de fama a los que se refería Warhol. Y ahí te lanzo una pregunta, ¿una película como “Mar adentro” de Amenábar, se puede considerar un biopic, una hagiografía…? ¿Qué sentido tiene hacer una película así cuando todos teníamos aún en la retina las imágenes reales?

RicardoRicardo Sánchez



¡Claro!, el ejemplo de “Amadeus” es perfecto. Ilustra como pocos biopics el riesgo que yo mencionaba, el de la “ilusión de verdad”, construida, reforzada por una calidad narrativa cuyo origen es fílmico, no histórico, ni biográfico. Y su éxito, de orden cinematográfico, como en el caso de “Amadeus”, puede hacer que sus contenidos se solapen sobre el conocimiento que el público tiene del personaje real. ¡En esto estamos totalmente de acuerdo! Supongo que, además, es un efecto más probable, precisamente, en aquellos casos en los que el personaje descrito no es accesible por otros medios, al contrario de lo que nos sucede con otros, también objeto de biopics, a los que vemos a través de la televisión, del cine, de los periódicos, etc. con cierta frecuencia. Por ejemplo, no tenemos vídeos de Mozart, pero alguien como Margareth Thatcher nos ha dejado horas de imágenes en los medios de comunicación o en el Parlamento Británico. ¿Esas imágenes pesan más o menos que el efecto “Thatcher” que generó Meryl Streep en su biopic “La dama de hierro” de 2011? Se me antoja que la respuesta diferirá enormemente si preguntamos a los jóvenes o a esa otra generación a la que Thatcher trató de seducir durante años en forma de campañas electorales reales. La generación que no creció viéndola a diario en los noticiarios quizás tenga su recuerdo bien mediado por el trabajo de Meryl Streep, como en el caso de “Amadeus”. Lo cual también nos lleva a otro tema peliagudo: La existencia de fuerzas naturales de la interpretación como Meryl Streep, ¿no ponen de manifiesto el potencial de manipulación y desajuste de todo el género biopic? Sobre todo, habida cuenta de lo solventes que el público considera sus interpretaciones y la fidelidad que presupone en ellas.

El caso de “Una mente maravillosa” nos remite de nuevo a mi acusación original, es decir, la de las controvertidas aportaciones del guionista que, con objeto de construir una historia fílmica, una historia cinematográfica, y por tanto, hacer emerger cierto sentido, añade elementos de su cosecha. De cuánta confianza se tome el guionista en ese instante, dependerá ese efecto de traición que sentiremos o no a la hora de ver el biopic. En el caso de “Una mente maravillosa”, y a juzgar por su oscarizable estilo final, me atrevería a decir que se añadió lo necesario para que la vida de Nash no importunara el éxito del biopic sobre la alfombra roja.

jajajaja ¡Desde luego no hablaría de hagiografía en el caso de “Mar adentro”, sobre todo recordando el pecaminoso final de la historia. Por otro lado, a veces tengo la sensación de que “Mar adentro” es un biopic con ganas de dejar de serlo, dado que el objetivo de Amenábar parecía ser más bien la transformación de un firme convencimiento personal a favor de la eutanasia en un argumento filmado y encarnado por Bardem, para ser desplegado en el espectador utilizando los masivos procesos emocionales de identificación que despliega el cine. Dicho de otra manera, Amenábar tomó la vida de Ramón Sampedro como mero pretexto y no parece que fuera su auténtico objetivo. De hecho, no sé si te pasará a ti, pero cuando me acuerdo de esa película, pienso en Amenábar, y no en Ramón Sampedro. Siempre he pensado que algo de aquella producción olía a chamusquina.

De hecho, si el término de “manipulación” se advierte fácilmente en la alargada sombra de sospecha de los biopics, tiene más sentido aún en el caso de uno que rueda de nuevo una escena bien conocida por todos. A fin de cuentas, el metraje completo de “Mar adentrogenera una recontextualización de la escena que todos tenemos en mente, pretendiendo que cada elemento de ese fragmento verdadero signifique lo que evocaba en el texto de Amenábar, y no lo que pudiera significar en la escena original. La similitud entre la escena original y la escena reconstruida pareciera sancionar como fiel el resto del metraje de la película, bajo la ilusión de que “si la escena reconstruida que veo se ajusta visualmente a la original, es que el resto de cuanto me conduce a ella es bastante confiable”. ¿Un reformateo textual?. Chamusquina.

ElenaElena Iniesta Gª-Mohedano

El caso que mencionas de “La dama de hierro” me lleva a pensar en una idea que se me viene a la mente; los biopics como cine de propaganda. Por supuesto que es más “amable” pensar en Meryl Streep haciendo de Margaret Thatcher que pensar en la propia “Maggie”, sobre todo con la historia que sirve para hilar la historia, que puede resultar enternecedora a un público demasiado joven o con la memoria muy dispersa. Con un biopic se puede “maquillar” la vida y obra de algún personaje para hacerlo más amable o para que el público saque alguna conclusión que pueda servir en ese momento actual.

Y, aunque pueda parecer algo ingenuo por mi parte… ¿no se hizo uso en una época del cine bíblico como cine de propaganda? Y aquí entendiendo el cine bíblico como biopics de personajes que salen en un sólo libro. ¿Y todas las películas sobre Jesucristo? Se han hecho cientos de versiones… pero, ¿hay alguna dada como buena, como verdadera, como que se ajuste más a los hechos narrados por la Biblia? ¿Ha dado el Vaticano el visto bueno a alguna versión? ¿Y el público? Porque es curioso, pero hay personajes de los que es difícil hacer un biopic. Por ejemplo, alguien como Marilyn Monroe, que puede ser considerado uno de los grandes iconos del siglo XX. Se han hecho bastantes películas sobre ella, pero ninguna se ha tomado como un referente, ni biográfico, ni cinematográfico. ¿La razón? En su caso sí veo que se dan las condiciones para que su personaje trascienda a la persona. Puede que ni ella misma supiese dónde dejó a Norma Jean Baker, por lo que su personaje resultaba más rentable y cómodo.

Y puede que ahí se muevan los biopics: que realmente lo que hace la vida de esas personas interesantes son esos hechos singulares que las sacan de lo común. Y aquí ya doy mi más estricta opinión personal: si veo “Bird”, película de Clint Eastwood sobre la vida de Charlie Parker, es porque admiro a Parker y quiero saber los condicionantes que se dieron en su vida para que pudiera hacer esa música. Pero sólo eso. La vida de cualquiera de nosotros puede ser todo lo interesante que queramos, siempre entendiendo nuestras limitaciones artísticas, por ejemplo, pero yo, al igual que todo el mundo, he conocido a personas con una vida lo suficientemente singular como para ser enseñada, o personas con unos logros personales que deberían ser causa de admiración.

¿Acaso Marilyn no pasaba momentos de depresión, de tristeza? ¿Charlie Parker no estuvo una tarde tirado en el sofá sólo porque le daba la gana, sin hacer nada? Claro que sí, pero eso no interesa, porque si no, los biopics perderían su razón de ser, no tendrían mensaje o moraleja. Acontecimientos puestos, narrados unos detrás de otros. Y con esto me remito a las redes sociales; ¿acaso la gente no muestra su vida porque piensa que es tan interesante como para que la gente la vea? ¿la gente acaso no ve la vida de los demás huyendo de la propia?
Me desvío, Ricardo, me desvío.

Ahora te pongo en un compromiso… dime algún biopic que te guste. ¡Porque hay biopics buenos! Te nombro algunos que me gustan: “Lenny”, “Ed Wood”, “Laurence de Arabia” (este de la época de películas “Bigger than life”), “Espartaco” (si no llega a ser por Kubrick…), “Patton”, “Toro salvaje”, “American Splendor”, “Malcolm X”, “Serpico”… ¡Vaya! Tengo una lista larga. Y podría seguir.


RicardoRicardo Sánchez

¡Claro!, sin duda, podríamos afirmar sin sonrojarnos que el biopic bien pudiera ser entendido o empleado como un subgénero del discurso propagandístico, si fuera empleado con ese objeto. De hecho, la potencia propagandística de esta clase de relatos se apoya en el hecho de que su respeto por los acontecimientos históricos y cronológicos de la vida del personaje, “aquellos bolardos físicos” inalienables de su cronología, genera la ilusión de que también se está obrando fielmente en lo que respecta a todo ese corpus de valores y sentidos, es decir, lo que antes llamábamos “constructos” o “moralejas”, que también contiene el biopic y que, en último término, operan como verdadero resultado del relato. Sin duda, un ardid inteligente que, utilizado persuasivamente, puede resultar muy eficaz para deformar la percepción de un personaje o un contexto histórico, social o político. Un relato sobre una condición social donde el protagonista es una persona, no un documental plano que tan sólo expone los hechos, tiene potencial de generar un vínculo emocional de primera magnitud con el espectador hasta el punto de confundir por completo lo expuesto y dotarlo de un aspecto coherente del que emerge la “sensación de verdad, ese constructo al que yo aludía antes desde la semiótica.

Hay una idea que quiero plantearte. ¿Hasta qué punto cabe la “autoría” en el género del biopic? Sí, porque el concepto de autoría reclama intensamente la reserva de un espacio estilístico o creativo en donde el responsable artístico del relato desplegaría su aportación. Sin embargo, como decíamos antes, todo lo que suene a “fabricar” o “aportar” ya invita a sospechar del nivel de fidelidad del biopic para con lo puramente biográfico, ¿no es cierto? Por otro lado, ya lo habíamos comentado, un biopic es un film, y como tal precisa también de un tratamiento fílmico, con independencia del plano físico que desee describir. Visto así, la autoría aparecería en la ecuación como “una particular deformación necesaria” de la que emergería el relato; uno que, por más que la vida del personaje fuera simple e intensa, no existía hasta que el “autor” la hizo emanar. Y si reconocemos que todo relato precisa de un autor, ¿no estamos poniendo de manifiesto, nuevamente, la contradicción existente en el núcleo mismo de la definición del biopic? En otras palabras, ¿no estamos apuntando a un lastre estructural de todo el género del que éste no podrá liberarse jamás? ¿Hasta qué punto se admite una cantidad razonable de autoría, una que no remite en nada a la esencia del personaje, y cómo se mediría? Parece que nos movemos en un espacio de equilibrios que pueden, eventualmente, descompensarse en favor de la voluntad creativa. En la historia de los biopics ha habido ejemplos de historias que han tenido la suerte de caer en manos de directores con un singularísimo estilo personal que, sin embargo, supieron apartarse o apaciguarse en favor del relato, como sucedió con “Una historia verdadera” (1999) de David Lynch, pero también hay ejemplos de lo contrario, como “María Antonieta” (2006) de Sofia Coppola, donde casi hay más Coppola que María Antonieta.

Déjame sumar una contradicción más que yo ubico en el centro del género biopic y que viene de las palabras de un guionista al que ya sabes que yo admiro mucho, como es Aaron Sorkin: Las propiedades de la gente y las propiedades de los personajes, no tienen nada que ver las unas con las otras, ¡por más que nos parezcamos mucho, dice Sorkin!. Es decir, la función de una persona en el mundo remite a la filosofía, al existencialismo, a la religión, o a lo que queremos, pero la función de los personajes de un relato debe servir al relato mismo y a su lógica textual. ¿Cómo reconciliar entonces al personaje de un biopic con la persona física a la que intenta devolvernos?. De nuevo, una contradicción estructural.

¿Cómo creo yo que se resuelve esta contradicción que encontramos una y otra vez?. A mí me parece que el género es contradictorio de partida en la medida en que nos tomemos medianamente en serio su vínculo con el plano físico real de la persona que describe, cosa que los espectadores hacemos con demasiada alegría. Y por eso, desde el momento en que nos hacemos conscientes del género biopic al que pertenece una película, ya estamos empezando a ser manipulados, incluso antes de verla. En su lugar, creo que deberíamos entender cualquier biopic como una película más, es decir, un texto propio y autónomo que solo aparenta depender de un plano físico concreto, al que dice responder fielmente (con intenciones de taquilla), pero del que sólo es una emanación creativa mediada por la construcción fílmica de otro cineasta. Y desde este punto, animaría a los espectadores a concebir todo biopic de esta forma, como un texto que poco debe a los hechos reales en términos narrativos más allá de servirle como mera inspiración o por prestarle algunos signos estructurales (nombres, lugares…) sobre los que ese biopic y su director contarán “otra” historia.

Me temo que la relación que tú propones entre el biopic de, digamos, Charlie Parker, y las razones que le llevaron a componer e interpretar esa música tan extraordinaria, marcan un vector del plano físico al textual que pudiera ser elevado a la categoría de ejemplar, pero que debe suceder con escasa frecuencia. En cambio, diría que las razones por las que se eligen los personajes de los biopics, hoy en día, son estrictamente “de taquilla”, y explotan a menudo lo que podríamos llamar el “deseo escópico” de los espectadores, es decir, sus ganas DE VER. ¿Qué cosa? Más allá de la pared, más allá de la máscara social, es decir, el plano de lo íntimo, los engranajes detrás de aquellas cualidades, creaciones o escenarios por los que se hicieron famosos. Y si es posible hacerlo desmontando su dignidad, tanto mejor. Ahí es donde interviene esa “hiperrealidad”, es decir, el zoom radical que se aplica sobre el continuum de la vida del personaje, o mejor, sobre la elucubración textual que el guionista realiza rellenando los espacios entre los “bolardos físicos” de su biografía. Algo de ese deseo de VER se pone en juego en biopics como “La teoría del todo” mostrando, por cierto, su faceta más pudenda.

Déjame que piense para mi próximo turno un biopic que me guste. Me está costando elegir uno que me guste ¡por su condición de biopic!


ElenaElena Iniesta Gª-Mohedano



Retomo tu pregunta acerca de la autoría, cuestión muy interesante en los biopics. En el caso que comentas de “María Antonieta” de Sofía Coppola, por ejemplo, está claro que es una apuesta personal de la directora, e incluso un capricho cinematográfico. Le pasa como a “Amadeus”; es una película que en el plano formal plantea recursos muy atractivos, como el uso de una banda sonora anacrónica, el precioso vestuario y la fotografía, pero que no puede ser tomada en serio desde el punto de visto histórico. Y aquí es donde coincido contigo en recomendar al espectador que se enfrenta a un biopic a que lo considere como una película en la que se ha tomado a un personaje (que no persona), para pasarlo por ese espejo de feria que nos devuelve otra imagen deformada de la realidad, en este caso una historia que pueda ser narrada y vista, y de paso, engrosar los beneficios. Voy a comentar una anécdota personal que viene al caso: tendría yo unos 10 años y la profesora de religión del colegio nos pidió que leyéramos la vida de Moisés en el Antiguo Testamento y escribiéramos un resumen. Y yo, que por aquel entonces ya empezaba a apuntar maneras como cinéfila, aproveché que había visto “Los Diez Mandamientos”, invoqué a las musas, y le reseñé la película con pelos y señales… hasta con beso incluido; hasta describía a Moisés usando la imagen de Charlton Heston. Por supuesto no me había leído el Antiguo Testamento, pero en mi inocencia, tomé la película como copia fiel al libro. Creo que el ejemplo es claro con el mensaje que quiero lanzar.

Pero por supuesto que la autoría es lo que le da el toque especial a un biopic; de lo contrario sería un telefilm de sobremesa. Anteriormente puse el caso de “Ed Wood”. En este caso, no sólo sirvió para reivindicar la historia de este director de cine, sino que lo hace gracias al personalísimo estilo de Tim Burton. ¿Acaso se podría narrar esta historia de otra manera?

Pero me guardo para el final una película que riza el rizo de los biopics, presentándonos como una verdadero a un personaje inventado por el director, presentado como un pseudodocumental… y tomado por el público como verdadero. Esto sólo lo podría hacer nuestro querido Woody Allen en “Acordes y desacuerdos”. Pues sí, con esta película nos la “coló”. Emmet Ray no existió, aunque incluso en los créditos podemos ver su discografía. Es un personaje que Allen creó a partir de Django Reinhardt y de él mismo, claro. Pues el espectador tomó la película como un biopic verdadero. Puede que por esta misma razón haya sido considerada como una de las “menores” de Allen. Yo animo a verla y a disfrutar de su deliciosa banda sonora.

En todos los casos anteriores, los tuyos y los míos, hay un denominador común: un buen director y unos buenos actores. Y puede que esta sea la gran baza del género, y por ello seguimos acudiendo al cine a verlo. Porque nos apetece ver a Lynch, o a Allen. Porque en estas películas los actores despliegan sus recursos dramáticos hasta el infinito, o porque podemos descubrir a actores emergentes, como en el caso de Eddie Redmayne. Seguramente hay muy poca gente que haya leído “Breve teoría del tiempo” de Hawking, pero el morbo de ver cómo un actor ha podido hacerse con el personaje, y encima mostrarnos su lado más íntimo, ha movido en masa al espectador para ir a verla. El personaje por encima de la persona; la “pornografía vital” por encima de la rigurosidad.

Y ahora digo una frase que no es mía, pero que ya sabes que la uso muchísimo, con todo el significado personal que puede tener para mí: ¡Qué grande es el cine! (pero con un cierto criterio).

RicardoRicardo Sánchez



jajajaja ¡Cambiaste los deberes por una peli y encima querías llevarte buena nota! Creo que ilustra a escala el riesgo de confusión (juguemos a ser ingenuos y digamos, simplemente, confusión) con respecto a la vida del personaje si lo tomamos por su biopic. En la vida adulta y con biopics de confesa voluntad de compromiso con lo puramente biográfico, ¿quién señala los desajustes entre la persona y el personaje? Ahí, es decir, donde el desajuste no es evidente para los ojos de un adulto frente a una niña, es decir, allí donde es posible que un adulto defienda que el biopic es veraz, es donde aparece el espacio de la confusión (mantengamos la ingenuidad, intentemos evitar aquí la palabra “manipulación”). ¿Y quién determina hasta qué punto es veraz o si se trata de una ficción persuasiva que defiende una visión con el objetivo de transmitir una versión edulcorada? Solo veo un camino: Recordar que el biopic es un relato por entero independiente de la realidad referenciada y que su relación con ella no va más allá, como decía, de un préstamo de signos para que el texto y el personaje físico “se miren” por el rabillo del ojo.

El caso de “Ed Wood” de Burton me hace preguntarme si el hecho de que un cineasta elija para un biopic a un personaje inicialmente no demasiado conocido por el público no será una forma de permitirse impunemente un personalísimo estilo cinematográfico, reflejo absoluto de su cineasta. Si lo piensas, esta idea encaja perfectamente con otra que deslizabas tú anteriormente cuando hablabas del caso de Marilyn Monroe. Claro, el público tiende a considerar que la imagen y el misterio de sus personajes más icónicos y relevantes forma parte del imaginario cultural que nos conforma como sujetos de un grupo, es decir, que esos elementos del firmamento cultural nos pertenecen a todos, y por tanto, vigila muy estrechamente el tratamiento que el cine (u otras formas de arte) realizan con esos iconos. Quizás por eso sucede lo que tú decías: “Se han hecho bastantes películas sobre ella, pero ninguna se ha tomado como referente”. Simplemente, el público rechaza toda interpretación o relato porque siente en él que reduce al personaje, que no alcanza su mito. En realidad, toda interpretación de personajes míticos está condenada a provocar ese efecto reductor, que es el efecto reductor universal del lenguaje mismo. Además, esa incorporación de un personaje al firmamento cultural conlleva que éste se convierta en una percha sobre la que el público cuelga algo de sí mismo, cada uno el sentido que construyó al sentir y vivir a ese personaje que terminó significando algo para él. Y lógicamente, ningún biopic puede alcanzar lo que para cada uno significa ese personaje declinado hacia lo personal. Lo decías tú: “El personaje trasciende a la persona”. Yo diría que el mito trasciende al personaje, o al conjunto de personajes constituido por el sumatorio de visiones personales de los cineastas y creadores, y que a su vez todos dejaron atrás a la persona que poco puede hacer ya para intervenir en ese universo de relatos, o mejor, de signos, que circulan por la red a sus espaldas. Creo que esta idea que los dos estamos defendiendo se ilustra perfectamente en la serie “Smash”, esa serie musical de televisión que cuenta la historia de la producción de un musical de Broadway dedicado a la vida de Marilyn Monroe. En ella se refleja algo de la responsabilidad de sus guionistas, Julia Houston (Debra Messing) y Tom Levitt (Christian Borle), para traducir a un relato lo que, en esencia, es un glorioso mito para la historia que les trasciende a ellos y al público, es decir, un personaje, por sus dimensiones, narrativamente ingobernable. Ambos se esfuerzan por gestionar una fuerza simbólica extraordinaria, totalmente inapropiable, conscientes de que su relato no podrá ser más que el resultado de un alquiler muy parcial del mito original, y por tanto, desprovistos de espacio personal en donde dejar una impronta deliberada (sólo cabrá la impronta necesaria para que aparezca una escritura fílmica). Es interesantísimo cómo “Smash” parece la historia de la producción de un musical sobre Marilyn, cuando en realidad podría considerarse una historia sobre nuestra relación con los mitos, es decir, cómo los “pensamos”, o una historia sobre el modo cómo los textos construyen los mitos.

Desde este punto de vista, el cineasta de un biopic que deseara dejar su impronta personal, al estilo de Burton en “Ed Wood”, debería elegir un personaje del que el público supiera muy poco, y en cuya virginidad escribiera el cineasta su propia visión del personaje empleando su estilo más intransferible. Así, la resistencia de los espectadores será menor, y el goce narcisista del cineasta, mayor. A fin de cuentas, algo se le perdona a ese cineasta sin el cual, simplemente, no habríamos sabido nada de esa persona que vivió realmente en nuestro mundo pero de la que no sabíamos nada, ¿no te parece? Justo lo que tú comentabas sobre que el “Ed Wood” de Burton es el único “Ed Wood” posible. Cuando la persona es cuasi desconocida, creo que la recepción de la película suele poner en valor el estilo personal del cineasta como la pieza clave para que la historia sea un éxito. La historia de Ed Wood se convirtió en la historia de éxito “Ed Wood” gracias al singular trazo cinematográfico de Burton, totalmente de acuerdo contigo. Ahora imagina que Burton hubiera rodado la serie “Smash”, donde un personaje no tan conocido se sustituye por un glorioso mito.

Me pediste que citara un biopic que me gustara. La lista de tus propuestas me habría servido muy bien con títulos como “Lenny”, maravilloso Fosse; o “American splendor”. No obstante, voy a decir “Il Divo” (2008) de Paolo Sorrentino, el “irrelevante” biopic sobre la enorme figura de Giulio Andreotti. La película primero, y con ella el espectador después, ambos, terminan renunciando a alcanzar al personaje físico, poniendo en valor al director y, entendiendo, a fin de cuentas, eso que decía yo arriba, que los biopics son, en último término, películas, más autónomas de lo que parece, con una simple deuda de signos con los que cuentan “otra historia”.

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