Cine

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“Blue Jasmine”: Resquebrajando la máscara

02/12/2013 -
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Woody Allen ha vuelto a hacer gala de su puntualidad anual presentando su nueva película, “Blue Jasmine”, cuya línea de presentación ha sido desde el principio y seguramente para casi todos nosotros la mención especial para la interpretación de Cate Blanchett que tanto crítica como público ha efectuado durante las últimas semanas. No es que la película no sea tan alleniana como podría ser, pero también es verdad que el trabajo de Blanchett puede haber eclipsado algo más que de costumbre el trabajo de este director de cine anciano que se empeña en regalarlos, ¡a pesar de todo!, una película cada año.

 

De dónde sale la historia

Blue Jasmine” cuenta la historia de la esposa de un financiero delincuente que con el dinero de sus inversores había financiado una vida de lujos y excesos, pero que con su marido desaparecido entre rejas se ve obligada a reformular primero su economía y después su estilo de vida y sus prioridades. ¿La historia no nos resulta familiar?. Claramente, la trama dispone de un referente real ineludible que es el caso del financiero Madoff que disfrutó de una vida de lujo extraordinario hasta que el sistema financiero piramidal que había creado se cayó y fue llevado a prisión por las autoridades. Entonces, con Bernard Madoff en la cárcel, los medios de comunicación desplazaron el foco de atención hasta su esposa, alrededor de la cuál, lógicamente, comenzó a crearse “una historia mediática”. Los media recogieron con avidez los morbosos detalles del cambio de vida de una esposa adinerada que de repente debió reformular su vida y salir adelante con el escaso dinero que consiguió esconderle al fisco americano. Esa bajada a los infiernos, que fue consumida mediáticamente por una clase media resarcida por el golpe de Ruth Madoff, se televisó intensamente y se narró con suficientes detalles como para que el personaje quedara más expuesto de lo que nadie esperaba. Blue Jasmine” es una dramatización no completamente coincidente con la historia de Ruth Madoff, pero sí absolutamente inspirada en ella. El interés principal de la historia que nos cuenta la cinta reside en ese proceso de reformulación vital que une al personaje de Jasmine (Blanchett) con el de la esposa de Madoff. Y en este contexto surgen las preguntas que van a marcar las grietas y diatribas de este personaje irresistible: ¿Hasta dónde llegó Ruth como cómplice de su esposo? ¿Estaba al tanto de la ilegalidad de sus actividades?. ¿Reaccionó a la desesperada intentando proteger la riqueza de que gozaba con independencia del escándalo? ¿Contaba Bernard con la escondida connivencia de su esposa?. ¿Qué éxito ha tenido en su readaptación de vida?.

Allen, aparentemente desinteresado en la historia del financiero, pacta con su audiencia fijarse en exclusiva en su esposa a la que encuentra mucho más interesante. De hecho, el personaje del marido está tan solo a medio-resolver en manos de un Alec Badlwin a medio gas al que pareciera que le hubieran dicho “de aquí no pases porque tú no eres la película”, compareciendo así como el símbolo de un personaje al que se deja atrás y al que no se atribuyen dudas ni ambigüedades en ningún momento de la historia.

Cate Blanchett

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Sin embargo, a nadie se le escapa que la enjundia y la profundidad de esta Jasmine no reside solamente en el trabajo de relación entre su personaje y Ruth Madoff, sino más bien en el trabajo dramático que Blanchett lleva a cabo desde las primeras escenas de la película. Su Jasmine es el resultado de adaptar y traducir el imaginario clásico de los gestos, movimientos y neuras del arquetipo alleniano (ese personaje que no es Woody Allen pero que Allen construyó para la historia interpretando la mayoría de sus personajes) al lenguaje propio de Blanchett, su repertorio de gestos y rostros al alcance de esta actriz que se nota ha puesto de sí cuanto ha hecho falta para encontrar al Allen que podía vivir y ser obtenido a través de su interpretación. Y el resultado no sólo es brillante por lo interpretativo, sino que además es un ejemplo para otros actores y actrices, más perdidos, que no han sabido encontrar ese personaje que vive en el fondo de los cinéfilos de Allen. Tal es el caso de Kenneth Branagh, quién lo intentó en “Celebrity”, o el de Larry David en “Si la cosa funciona” que aunque dio un resultado agradable dista de ser una traslación enriquecida del personaje alleniano. Tea Leoni logró un toque pseudo-alleniano frente al propio Allen en “Un final made in Hollywood”, pero Blanchett logra un equilibrio entre los “lugares comunes” de ese Allen virtual forjado en los planos de “Annie Hall” o “Manhattan” y su propio “saber hacer” de actriz madura a la que no le ha temblado el pulso a la hora de renunciar a su barandilla artística personal y enfrentar el personaje sin demasiada protección. Esta pulsión en dirección al Allen histórico resulta no sólo admirable, sino también muy fértil, dando lugar a una espléndida Jasmine. Puede que este objeto, este producto artístico en donde se reconocen trazas de un mito pero también el esmerado trabajo interpretativo de una actriz con recorrido sea exactamente el tipo de resultado que Allen lleva buscando desde que dejara de concebir sus producciones con su “alter-ego” como protagonista. Y quizás explique porqué el cartel de la película sólo muestra a Cate Blanchett.

Sin embargo, también es cierto que el nivel de Blanchett no es del todo homogéneo y que algunas de sus escenas pecan de una cierta sobreactuación, que deben ser los momentos en los que más consciente es de estar interpretando a ese Allen de paradigma teórico que sobrevuela todas sus películas. En esta tesitura, pareciera que los actores y actrices que han pasado por la experiencia han constituido dos categorías de actuación o dos formas de encarar la transformación. Algunas, como su anterior actriz fetiche, Scarlett Johannson (“Lost in translation”), han servido a Allen para mirarlas a ellas, mientras que otras como Tea Leoni o Diane Keaton le han mirado a él. Son dos direcciones complementarias que marcan la distancia entre el verdadero Allen y su alter-ego traducido a través de otros actores, y que incrementan quizás el mérito de Blanchett al haber alcanzado ese equilibrio entre ambas lógicas y construir en él un personaje tan estupendo que se convierte rápidamente en la razón fundamental para ver la película, más allá de ser la nueva película de Allen (cosa que para algunos resulta más que suficiente).

El fondo del asunto de “Blue Jasmine”

Como decíamos, “Blue Jasmine” cuenta la historia de la bajada a los infiernos de Jasmine tras haber perdido su riqueza y su privilegiada posición. Encarada frente a semejante cambio de estilo de vida, Jasmine decide afrontarlo articulando dos estrategias simultáneas. En el lado económico, decide apoyarse en su hermana para resolver el sustento justificándose en el varapalo emocional. En el lado emocional, en cambio, un espacio en donde su hermana Ginger tiene un muy escaso efecto, Jasmine decide afrontar el problema con arreglo a su diccionario habitual, el que hereda de sus tiempos de riqueza y que tan buen resultado le daba cuando sus días consistían en asistir a eventos sociales donde la fachada era la máscara con la que articular toda la comunicación interpersonal y en la que apoyar el sustento de una vida.

Jasmine aparece como una gran directora al frente de esa máscara de clase, de nivel y de divinidad que confecciona su identidad hasta profundidades mayores de lo esperado. De tanto llevarla puesta, se convierte en una forma de su identidad que queda inevitablemente enhebrada con su riqueza. Antaño, frente a la adversidad, no había respuesta sin máscara, y ante el varapalo recibido que le obliga a cambiar de vida decide de nuevo emplearla a fondo. La película comienza con su llegada al piso de su hermana Ginger pero aunque sus palabras hablan de déudas, porta maletas de Louis Vuitton con sus iniciales bordadas y confiesa haber volado en primera clase. Sus actos son la máscara que ella trata de mantener a toda costa y con la que intenta percibirse a sí misma para no perder su identidad.

La identidad se convierte, por tanto, y en la vida de Jasmine, en un pilar clave que trata de conservar para seguir perteneciendo a la clase con la que se identifica profundamente (grupo de referencia) y con la que se comunica a través de su máscara. Sin embargo, inmersa en el contexto social de su hermana (grupo de pertenencia), que no pertenece a dicha clase, su identidad se convierte en un problema de interrelación para Jasmine. O mejor dicho, se convierte en un problema que dificulta a Ginger y a las personas de su mundo la interrelación con Jasmine, que no da su brazo a torcer y que les juzga con todos los gestos de desaprobación al alcance del repertorio de su máscara. El mundo de Ginger es el de las personas imperfectas que equilibran su día a día en torno a los momentos de diversión y felicidad, un mundo en el cuál la máscara no rinde ni logra, donde no abre puerta alguna y en donde no sirve al objetivo de lograr integración de ninguna clase. De esta incompatibilidad entre las lógicas surge una fricción que desgasta la paciencia de Jasmine y que va retorciendo la parte interna de la máscara con cargo a su propia estabilidad. Empeñada en mantener la fachada, el resquebrajamiento de la máscara se produce por la cara interna abocando a Jasmine a desarreglos de conducta que le llevan a terminar en estado casi catatónico hablando sola con desconocidos. La máscara no dispone de herramientas adecuadas para lograr una cierta satisfacción en el mundo de Ginger y el desgaste permanente tiene un efecto terrible para Jasmine que termina emparedada entre sus ambiciones personales y la impotencia de su máscara. El mundo de Ginger es el de las emociones descubiertas sin máscara, el de los novios violentos que arrancan teléfonos, el de las parejas imperfectas que se pegan de broma por el último trocito de pizza, y en donde el código necesario para relacionarse se basa en una autenticidad y un código de imperfección incompatibles con máscara alguna. Es un mundo donde la autenticidad del comportamiento con sus baches e incoherencias son la garantía de veracidad de la conducta y al mostrarse se convierten en el indicador oportuno para reconocer la sinceridad y la verdad de los actos. Jasmine naufraga en él desprovista de autenticidad o veracidad en sus modales.

Así, “Blue Jasmine” nos narra cómo el desgaste permanente de la máscara tiene un efecto terrible para Jasmine, que termina rompiéndose y perdiendo el contacto con la realidad (la nueva realidad) por no saber entenderla y por ser incapaz de verse a sí misma en ella. Sus habilidades y quehaceres, sus costumbres y aciertos, no tienen ni sentido ni cabida en su nuevo mundo y no le proveen de una personalidad que pueda ser valorada a su alrededor. Esta fricción le conduce a una extrema soledad irresoluble por la carencia de un código de interrelación válido con las personas de su nuevo mundo y queda marginada dentro de su propia mente, catatónica, a la espera de que sus frases de siempre vuelvan a funcionar. Y así es cómo termina, haciendo uso de esas frases modales de educación de alcurnia en un banco en la calle, repasando los recursos de su antigua máscara, el antiguo repertorio social, y probando una por una las frases que decía antes a todas horas con la esperanza de que alguna “enganche”, que encuentre sentido en su nuevo mundo y le permita de nuevo volver a ser ella misma. Así, repite sus frases inconexas y como si fuera a la desesperada, por ensayo y error, las exhibe a la espera de que obtengan una reacción reconocible que pueda sentir como propia. De su identidad y de su máscara ya no queda más que una tartana que camina con dificultades y que está a punto de pararse. Esta es la historia interna de Jasmine y por eso éste es también el  final de la película.

 

cate Blanchett en "Blue Jasmine"

Escenas conyugales, marca de la casa

No es que “Blue Jasmine” sea, precisamente, el mejor ejemplo para exhibir las magníficas escenas maritales que normalmente se encuentran en las películas de Allen; más que nada porque tan sólo cuenta con una. No obstante, y a pesar de ser una escena con un actor a medio gas (Alec Baldwin), se trata de un auténtico momento Allen que recuerda a las mejores escenas de su filmografía. Tanto es así, que a pesar de que el contenido de la escena es fácil de adivinar con mucho tiempo de antelación, es uno de los momentos más importantes del metraje y su montaje se reserva para la última parte del mismo. Allen es consciente de que esa escena es de las más esperadas y la demora tanto como le es posible. Con ella, la película libera la tensión y encara el final, ya aliviada tras haber mostrado uno de sus grandes elementos de calidad. Digámoslo así: Simplemente, nadie rueda escenas de discusión entre cónyuges como Woody Allen. Y sus escenas, marca de la casa, son fácilmente reconocibles y paradigmáticas. En este caso, una inspiradísima Blanchett pone en marcha el tono habitual de esta clase de escenas para llegar a un resultado lleno de contenido. Sin duda, de nuevo, una de las escenas más recomendables en una película de Allen.

En definitiva, aunque “Blue Jasmine” no dejará a la mayoría del público la sensación de haber disfrutado enormemente viendo la película, e incluso con la pregunta latente de “¿qué es lo que me han contado?”, no se trata de un producto menor, aunque sólo sea por la exhibición dramática de Blanchett y su espléndida traducción del tono más alleniano. Puede que esta clase de cine de Allen siga la estela menos exitosa del director, pero cuenta con una buena cantidad de elementos de interés y un contenido de fondo sutil y sensible para aquellos que sepan atisbar la historia que se esconde en la esposa de un financiero delincuente. No gustará a todo el mundo.

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