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“Boss” vs. “House of Cards”: Comparamos las series que han recuperado el género político

26/06/2013 -
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Frank Underwood contra Tom Kane, los dos políticos más poderosos de la televisión frente a frente en una comparativa minuciosa sobre sus esposas, sus influencias, la prensa y … el poder.

Resulta especialmente llamativo que, a pesar de que durante los últimos años hemos vivido lo que hemos venido en llamar “la golden age de las series de TV”, nadie nos había propuesto una nueva serie sobre el mundo de la política; y justo cuando ya habíamos perdido la esperanza de continuar el éxito y la calidad de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” (Aaron Sorkin), no sólo llega una serie de política, sino dos, ambas para recuperar un género que, ciertamente, andaba algo pobre de ideas. Primero “Boss”, y después “House of Cards”, han revitalizado un género bien necesitado de propuestas y, sobre todo, de proyectos serios y bien financiados con las que contar grandes historias.

Además, ambas propuestas parecen haber sido concebidas con la intención de aprender de los errores del pasado, como por ejemplo el alto grado de ideologización que presentaba “El Ala Oeste de la Casa Blanca y que seguramente terminó expulsando de entre sus seguidores a buena parte de los espectadores republicanos más radicales y a otra parte de los más moderados. Los protagonistas de la serie de Sorkin comparecían en la pantalla como un equipo de pequeños héroes cuyo corazón era más grande que cualquier estratagema política y sus ardides de pasillo apenas eran una excusa para hacer el bien y mejorar la calidad de sus “administrados”, alcanzando todo ello en más de una ocasión cierto toque empalagoso en el que seguramente no se reconocían ni los demócratas más acérrimos. La serie de Sorkin terminó convirtiéndose, quizás involuntariamente, en un alegato a favor de la clase política y muy en particular de su vertiente demócrata.

Sin embargo, ni “House of Cards” ni “Boss” tienen el más mínimo interés en defender ninguna ideología particular. En ambos casos, los protagonistas pertenecen al partido demócrata aunque ello no tiene más que una leve trascendencia en sus correspondientes historias más para ganar cierta coherencia que por querer mantener o defender determinado posicionamiento. House of Cards” parece una crítica desmedida a la clase política en general, escenario en el que los políticos tanto a un lado como al otro del pasillo comparecen como ególatras desmedidos en permanente pugna por el ascenso y el poder. Boss”, por su parte, dirige sus críticas a un personaje concreto y exagerado capaz de lo peor para mantener su predominio. En ninguno de los dos casos se produce posicionamiento ideológico ninguno, y ello… se agradece. Quizás esta característica compartida tenga relación con el progresivo proceso de desideologización que se viene produciendo en las democracias occidentales más modernas y que parece despolarizar los márgenes laterales de los partidos políticos, sabedores de que las elecciones, cada vez más, se ganan en el centro ideológico. Si a las audiencias occidentales ya no le implican los posicionamientos políticos, parece lógico que las historias que se nos proponen dirijan su interés a otros puntos de vista en donde el llamado “arco parlamentario” ya no es una arena de batalla sino más bien el escenario de historias que responden a otras lógicas (la venganza, la traición, la lealtad, etc.).

House of Cards” y “Boss” son, por tanto, las dos grandes apuestas políticas del momento en materia de series de televisión; dos historias convocadas aquí para ser comparadas y analizadas desde la nueva óptica de las series de televisión de política. Y así, las comparamos desde distintos puntos de vista:

 

Sus protagonistas: Tom Kane versus Frank Underwood

Que Kevin Spacey articularía un intenso y vehemente personaje, el de Frank Underwood, era algo sabido desde el principio. Lo de Kelsey Grammer, sin embargo, debió resultar insólito en alguna sesión de casting: Al bueno de Frazier no le imaginábamos con la postura de Tom Kane en el cartel de “Boss”. Y sin embargo, puede que haya sido una de las más notables revelaciones de las series recientes. Tras un capítulo de “Boss”, ya no queda nada del Frazier que conocíamos. Ambos personajes, Frank y Tom, son fuertes, y transmiten su firme presencia ya incluso desde los mismos carteles:

Carteles: Boss versus House of Cards

Sin embargo, del análisis de estas imágenes se derivan rápidamente algunas apreciaciones diferenciales evidentes. Mientras que el personaje de Tom Kane articula un gesto de reto y desafío, una peligrosa oferta de contienda, el de Underwood muestra más bien un rostro pagado de satisfacción, la que sigue a una fechoría indigna que acaba de cometer. Ello, claro, queda confirmado por la sangre de sus manos, prueba definitiva de su grave delito. La historia de Tom Kane es la de una postura a defender con las peores artes posibles, mientras que la de Underwood es la de una ambición desmedida en proceso de ascenso; son dos historias de sentidos adversos y recíprocos, aunque ambas muestren la cara más repugnante de la perversión del poder.

Podríamos preguntarnos qué personaje de los dos es más poderoso. Por un lado, como alcalde de Chicago, Tom Kane dispone de un cargo electo con una gran capacidad de intervención que incluso, gracias a sus presiones, le sirve para manipular el puesto de gobernador del estado, demostrando una gran capacidad de influencia en áreas no directamente afectadas por su competencia. Sin embargo, Underwood se mueve en las alturas de Washington, en las orillas del gobierno federal, en las puertas de éste o en su umbral más inmediato, frisando el poder central y con perspectivas de política de mayor altura. La máxima altura con la que interactúa Kane es el gobierno del estado, mientras que Underwood lidia con la presidencia del gobierno, o como les gusta decir a los estadounidenses, con el “líder del mundo libre”. Esto encaja perfectamente con el hecho de que las artes de Underwood estén más relacionadas con la manipulación fría y la estrategia, dado que se mueve a unas alturas desde la que la intervención física sobre el terreno o es inconcebible o es demasiado complicada. Las artes de Underwood tienen más que ver con la gestión de un poder invisible basado en las relaciones, los favores, las presiones, etc. En cambio, Kane es un político de menor altura con mayor capacidad de intervención directa sobre la realidad, lo que le ha permitido desplegar sus fechorías más indignas a través de una manipulación física y no dialéctica. Sus artes incluyen más actos de violencia e intervenciones ilegales, una forma de acción más relacionada con la imposición de una realidad que con la persuasión o la manipulación en el diseño de ésta.

Tom Kane - Boss - serie de tv

¿Y sus debilidades? La de Kane, la más importante de todas, es su enfermedad (punto en común con el personaje de Bartlett en “El Ala Oeste de la Casa Blanca” de Sorkin), presentada al espectador desde el primer plano de la serie y, sin duda, un lastre notable que el personaje de Tom Kane arrastra desde el principio hasta el final, afectando a sus decisiones y reduciendo su capacidad de actuación en muchas de las áreas en las que recibe ataques por parte de sus adversarios. Su enfermedad (ocultarla, negarla, combatirla, etc.) se convierte en una de las grietas más importantes de su personaje, junto con la ambición y los errores del pasado. La debilidad de Underwood puede que sea desplegada mejor en su próxima segunda temporada, aunque por el momento ya hemos visto que, en general, tiene menos grietas que el personaje de Kane. De hecho, parece salir airoso cualquiera que sea el ataque recibido, exceptuando el de su esposa Claire, única fuerza que Underwood es incapaz de prever.

Hay que tener en cuenta que mientras el personaje de Tom Kane deja entrever una carga emocional en ascenso, seguramente promovida por el carácter mortal de su enfermedad, Underwood parece inmune a este “problema”. Kane procura recuperar y restablecer el contacto más emocional con una hija a la que prácticamente había repudiado junto con su esposa. Las actividades legales e ilegales de su hija habían sido consideradas por sus padres como un riesgo para sus carreras políticas y se había llegado a una situación de ruptura del lazo filial que Kane, sin embargo, trata de restaurar. También parece mostrar un escondido lazo emocional con su esposa por quién siente un cierto cariño a pesar de los desaires que conforman la manera habitual que tiene de relacionarse con ella. Por el contrario, Underwood no parece tener deudas emocionales de esta clase, y sus gestos más humanos son desplegados a menudo como interpretaciones cínicas para manipular a terceros, quedando este objeto transparentemente explicado a la audiencia. De hecho, puede llegar a utilizar a sus seres queridos para persuadir tramposamente a algunas multitudes (llega a mentir sobre su padre para convencer a una multitud en la iglesia, por ejemplo).

Frank Underwood - House of Cards

Por eso, y aquí encontramos otra gran diferencia entre ambos personajes, Kane es capaz de llegar a cometer graves y profundas traiciones que devastan sus situaciones emocionales más esenciales para salvaguardar su posición y su poder político. La suya es una traición con mayúsculas ejecutada con gravedad, inesperada, contra todo pronóstico. Underwood, sin embargo, más que traicionar… engaña, miente y utiliza a los demás, pero todo como parte de un amplio plan de intervenciones bien medidas y premeditadas en donde la traición no es una decisión grave que se alcanza por necesidad, sino más bien un paso más en una receta cuyos ingredientes se conocen de antemano. Kane, más grave en todos los sentidos, rompe y traiciona destrozando incluso en sus ámbitos más personales. Underwood se cuida de considerar nada “personal” y contempla cada movimiento como un paso más de la partida, un tablero sobre el que desde el primer momento cabe ya cualquier forma de mentira quirúrgica. En este sentido, la actuación de Underwood es más vacía y mucho menos emocional, es una fuerza imparable que no se detiene por dubitaciones morales y que tan sólo persigue un objetivo libre de ataduras. Su personaje, que parece capaz de empatizar con los demás, emplea este don para manipular a quiénes pueden ayudarle a conseguir sus objetivos ya sea con su beneplácito o sin él. En contra, Kane sí llega a sentirse limitado por sus emociones y afectado por ellas, aunque en el momento límite pueda derribarlas aceptando el enorme coste que tendrá para él.

Kane parece, en su postura de defensa, obligado a atajar la incesante sucesión de problemas y ataques que recibe por parte de sus adversarios. Parece emplear su energía en resolver los ataques que le llegan desde todas direcciones. En cambio, Underwood, que es la fuente de la energía, centra su actuación en una dirección concreta, su plan maestro, su gran jugada. Su intervención, decíamos, quirúrgica, limita los efectos de sus acciones a los objetivos perseguidos, con mayor o menor éxito según la escena. Así, el desgaste de Underwood es menor que el de Kane, detalle mayúsculo considerando que éste sufre de una enfermedad mortal que va esquilmando su resistencia física.

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Sus esposas: Meredith Kane versus Claire Underwood

En ninguno de los dos

casos podemos hablar de matrimonios felices, estables o prósperos: Parecen estar intermediados por relaciones de poder evidentes por las actividades de sus maridos. Sin embargo, no son del todo comparables en cuanto a la intensidad de la carga emocional que aparece en la pareja. El matrimonio Kane se dibuja desde el comienzo de la serie como una relación emocionalmente devastada, desgastada y derogada, apuntalada sin embargo para mantener unas necesarias e imprescindibles apariencias dentro del espectáculo político y de cara a seguir ganando comicios electorales, tanto más en una sociedad como la americana donde los políticos necesitan matrimonios “estables” y “felices” para poder aspirar al poder. Ambos parecen querer mantener su matrimonio externo, que no tanto su vida conyugal, para conservar su poder, su capacidad de influencia y sus aspiraciones políticas. Meredith parece ser una perfecta gestora en la sombra del poder de su marido para con colectivos y fuerzas inalcanzables para él. Ella es quién mejor maneja ciertas relaciones de poder, ciertos “hilos”, que por requerir de algunas sutilidades y empatías quedan fuera de las artes de su marido Tom Kane. De hecho, éste gobierna sobre esas áreas a través de su mujer con quién hace un reñido pero eficaz equipo político. La vida política de Meredith tiene sentido gracias a la de Kane, y aunque existen en el guión elementos suficientes para sospechar que esta dependencia podría ser superada en un futuro próximo, lo cierto es que la serie no llegó a mostrarlo desarrollado en la pantalla (quizás por el hecho de que fue cancelada tras dos temporadas en antena sin un final debidamente cerrado). Sin embargo, Claire Underwood parece no depender de su marido Frank: Pareciera que su carrera política al frente de una organización filantrópica de actuación internacional podría seguir exactamente igual si no fuera la esposa de Frank Underwood. Si bien Meredith parece erigirse como gestora de un cierto poder depositado en ella por su marido, Claire cuenta con su propia carrera profesional y no necesita de Frank. De hecho, su relación con Frank, en alguna ocasión, entra en conflicto con la suya, resolviendo en su favor de forma inesperada y muy significativa.

Desde el punto de vista más emocional, tampoco existen puntos en común entre los matrimonios Kane – Underwood: Al comienzo de “Boss”, la relación entre sus cónyuges se reduce poderosamente a lo profesional, es decir, a lo meramente político. Se trata de un acuerdo de intereses producto de una vida entera dedicada al poder. Es un acuerdo matrimonial tácito en el que apenas quedan ya elementos de tipo “humano”. Es cierto que esta situación se ve alterada porque Tom busca una cierta redención emocional a través de la restauración de los lazos familiares con su hija y, a continuación, con su esposa, aunque 1) no obtiene un éxito claro con su esposa, y 2) en realidad todo acercamiento emocional de Tom Kane es sospechoso de estar motivado exclusivamente por la soledad y el temor derivados de su creciente enfermedad mortal. Así, no demuestran potencial romántico entre ambos sino más bien vectores emocionales que les hacen avanzar en direcciones diferentes. El matrimonio Underwood tiene una situación ligeramente diferente: Frank confiesa a cámara, en un off-heterogéneo directo hacia la audiencia, que “adora a esa mujer”, refiriéndose a Claire. “Más de lo que los tiburones adoran la sangre”. Ellos conviven en la misma casa y Claire reivindica desde el primer episodio que ellos “hacen las cosas juntos”. Cuando Frank recibe el golpe de no ser nombrado Secretario de Estado, ella es su fortaleza. No precisamente cómoda, ni amable, ni cariñosa, pero sí eficaz y exigente. Es el centro de la energía de Frank, su azote privado y su impulsora más intensa, a pesar de que los éxitos de su marido no tienen una traslación directa a su carrera profesional. Cuando las actuaciones de Claire entran en conflicto profesional con las de Frank, aquella resuelve en favor de él… aunque quedando él compelido a devolver el favor o hacerse cargo de la pérdida de Claire, poniendo de manifiesto el sentido exigente en el que se dan las relaciones de ida y vuelta en su matrimonio. Sin embargo, esta reciprocidad exigente entre ambos pone de manifiesto que aún existe un fondo firme de identificación mutua, de equipo, un campo semántico en proximidad con lo más emocional. Nunca se advierte entre ambos la efusividad romántica de un matrimonio en funcionamiento, pero sí una firme sensación de correspondencia mutua que trasciende incluso a las infidelidades.

Meredith Kane versus Claire Underwood

Porque las hay. Tanto en los Kane, como en los Underwood; tanto en ellos, como en ellas. Aunque, eso sí, de distinta naturaleza. La infidelidad de Meredith Kane se produce hacia el final insinuando una prórroga de su vida política al margen de su marido. Dicha infidelidad no parece del todo emocional, sino más bien estratégica, como todos los actos que se advierten en la conducta de Meredith. Su frialdad, patente, es detectable en todos los órdenes de su comportamiento, personal y profesional, y la infidelidad parece no estar demasiado lejos de dicha lógica. Por el contrario, la infidelidad de Claire Underwood se pone en marcha por un motivo más emocional y discurre durante su periplo extramarital por un escenario también emocional. La prueba de la contrariedad entre las lógicas de las infidelidades de las esposas se pone de manifiesto analizando el perfil de los “amantes”. El de Meredith, un influyente millonario con intereses en el mundo de la política. El de Claire, un fotógrafo bohemio que vive en Nueva York en un enorme loft y que hace exposiciones de sus fotografías. El primero, un recurso político y económico a cuyo lado prosperar. El segundo, una fantasía cortoplacista y caprichosa, casi estereotipada, que no prospera más allá de sus términos de “aventura”.

 

La prensa

A lo largo de la historia, la prensa y los políticos han mantenido una relación de vigilancia, sospecha permanente y cierta rivalidad en consonancia con los roles clásicos asignados en un escenario de democracia. En efecto, como ya explicamos en el análisis del capítulo piloto de “Black Mirror”, ambas fuerzas ven en estos tiempos un tanto alterada su ya larga relación histórica ante la irrupción de los nuevos medios de comunicación online, redes sociales, etc. El foco de atención de la sociedad actual parece estar migrando hacia estas nuevas redes de interrelación personal que suplen con sus mensajes cortos y sus alertas permanentes la necesidad de los individuos por mantenerse “informados”. Puede que su nivel informativo no sea el que se espera de un medio periodístico al uso, pero esto no parece importar a las audiencias que han decidido confiar en ellas ciegamente. Este parece ser el debate más importante en lo tocante a los cambios que experimenta la prensa en el mundo de hoy. Y tanto es así, que cuando una serie de televisión se fija en la prensa convencional, la prensa offline, ésta comparece como una anquilosada empresa de grandes mandos y demasiados controles incapaz de reaccionar con agilidad ante las noticias y con gran tentación por caer en las prácticas ilegales más despreciables.

Zoe Barnes versus Sam Miller

Este es el caso tanto de “House of Cards” como de “Boss”: En ambas podemos encontrar un periodista joven, ambicioso y enérgico que llegará a poner en marcha cualquier práctica o estrategia que sea necesaria para dar una réplica beligerante al sujeto político. En el caso de “House of Cards”, Zoe Barnes es una jovencísima y hermosa periodista que se ofrecerá en todos los sentidos a Frank Underwood para conseguir de él información privilegiada con la que azuzar a las fuerzas políticas y con la que prosperar profesionalmente logrando un gran prestigio. En “Boss”, el personaje de Sam Miller, se pierde en su propio afán incondicional por acabar con la carrera de Tom Kane llegando incluso a pagar por una noticia falsa que posteriormente sería desmentida, cometiendo así una flagrante violación del código ético periodístico. En ambas series, los personajes emergentes del mundo de la prensa apartan su moral y activan cualquier estrategia para lograr sus objetivos. Representan una renovación generacional tóxica en los medios periodísticos, perdidos ante el aluvión de cambios en el que se ven inmersos y con una caída generalizada de sus ingresos por su decreciente distribución física. Si ésta es, la de ambas series, una representación del estado actual de la prensa offline, ésta queda definitivamente desacreditada y con una terrible perspectiva de futuro: La peor respuesta posible ante la emergencia de canales online mucho más atractivos para la audiencia. ¿Es esta la visión que se tiene de los medios offline del momento?

Simétricamente, sucede en ambas series que los personajes que, por el contrario, representan los valores periodísticos clásicos en defensa de las prácticas correctas, morales y ejemplares, terminan sufriendo un violento descrédito y son apartados de los puestos de mando. En “Boss”, el joven personaje de Sam Miller, el periodista dispuesto a todo para acabar con la carrera de Tom Kane, alcanza el puesto de director en sustitución de un hombre más próximo al código moral periodístico. De hecho, la despeseración de Miller por quien al comienzo fue su jefe se debía al hecho de que éste no fuera lo vehemente ni agresivo que debería ser (en su opinión) por culpa de los principios y la pretensión de objetividad. Como una (aparente) casualidad, en el caso de “House of Cards”, el director del periódico para el que trabaja Zoe Barnes es despedido por la propietaria del medio por no conducir el periódico conforme a los valores jóvenes, agresivos y espectaculares de su joven periodista. En escenas anteriores, el director del periódico había intentado limitar la influencia de Barnes a quién pronto había reconocido como alguien capaz de todo, incluso de técnicas inaceptables de periodismo, pero su empeño se ve finalmente frustrado en cuanto que es este nuevo periodismo con una mayor capacidad para concitar las miradas y provocar la conexión de la audiencia el que triunfa cada vez más, y a la desesperada, en las redacciones de unos medios con malas perspectivas empresariales. Resumiendo, en ambos casos, la autoridad de los medios, correcta y moral, es desplazada en favor de la tentación periodística y de las técnicas ilícitas. Se dibuja así una triste fotografía de la prensa a la que las series de política actuales reservan una escasa integridad, como también se observa en “Political Animals” o en el primer capítulo de “Black Mirror“.

En definitiva, dos propuestas enmarcadas sin ambigüedad en el mundo de la política que han conseguido trascender más allá de las líneas maestras y decanas bien marcadas por “El Ala Oeste de la Casa Blanca“, capaces ambas de articular un imaginario propio con una total autonomía estética, y que se aproximan mutuamente cuando se trata de mostrar la peor cara de la democracia. Quizás, “Boss“, “House of Cards” o “El Capital” de Costa-Gavras sean lo único que se puede esperar en los tiempos del 15-M y del “Occupy Wall Street“, aunque dejando a un lado sus críticas políticas, las dos primeras son, sin duda, series de tv muy recomendables.

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