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El cine como fenómeno de reflexión colectiva y construcción de sentidos: El cine de robots

19/02/2017 -
2 comentarios

“[...] los replicantes fueron declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte. Brigadas de policía especiales con el nombre de unidades de Blade Runners tenían órdenes de tirar a matar a cualquier replicante invasor. A esto no se le llamó ejecución. Se le llamó retiro.”

“Blade Runner”, 1982, Ridley Scott.

No fue, sin duda, la primera película que planteó la cuestión sobre el lugar que los humanos le darían a los robots cuando estos pudieran parecerse tanto a ellos como para ser indistinguibles (o casi). Sin embargo, Blade Runner” sí es una de las propuestas más emblemáticas de cuantas se pueden localizar en la historia del cine para debatir sobre el asunto. Puede que la de Ridley Scott sea la película con el mejor debate posterior de toda la historia del cine, y los cinéfilos llevan comprobándolo durante más de tres décadas en forma de cine-forums, artículos de reflexión, ensayos, publicaciones sobre la película, sobre la novela original, fan art, etc.

El detalle más interesante de la frase que hoy traemos se localiza en esa última parte en la que se obra una deliberada confusión, un extrañamiento, entre las palabras “ejecución” y “retiro”. Claramente, el giro trataba de arrebatar con la palabra la facción humana de los replicantes, es decir, aquello que hacía de ellos algo humano y por tanto no desconectables. Como ven, hay un doble giro en ello, pues el primero habría sido el de considerar colectivamente que eso que fue una COSA, ha pasado a ser un SUJETO. O al menos en la consideración colectiva que asumimos que se daba dada la voluntad de las autoridades de renombrar lo que parecía llamarse EJECUCIÓN para llamarlo RETIRO. Dicho de otra manera, el texto de “Blade Runner” ya desliza la idea de que existía la inercia de poner en valor la ilusión humana en lo que en principio solo era una COSA. Este doble giro que resumía con su paradoja la asombrosa pregunta que los replicantes propondrían a los humanos, es decir, aquella sobre cuánto de humanos habría en ellos, ha fascinado a millones de espectadores, no ya solo a cinéfilos, que han hecho suya la pregunta, y han hecho de “Blade Runner” una auténtica película de culto. Y es que la pregunta… es fascinante. Lo era ya en 1950 cuando Alan Turing enunció su célebre Test de Turing que solo superarían aquellas máquinas capaces de contestar a preguntas de forma indistinguible de cómo lo haría un humano; lo era en 1982, cuando “Blade Runner” nos hablaba de los “replicantes” y con ellos nos lanzó mil preguntas sobre nosotros mismos y sobre nuestra hipotética relación con los robots; y lo sigue siendo hoy de una forma tan intensa como entonces. Bueno, ¿igual de intensa?

"Blade runner", 1982

Casi tan solo de memoria, uno puede citar cerca de una docena de títulos cinematográficos y series de tv que tienen relación de una u otra forma con la pregunta esencial que subyace a “Blade Runner” y que han sido estrenados en los últimos años: “Her” (2013), “Morgan” (2016), “Robot & Frank” (2012), la serie de TV “Westworld” (2016), la serie de TV “Real Humans” (2012) y su versión americana “Humans” (2015), “Ex-machina” (2015), algunos capítulos de la serie de TV “Black Mirror” (como el 2×01), etc. etc. Un poco más atrás en el tiempo, aunque no demasiado, seguimos encontrando títulos como “Robot stories” (2003), “Wall-e” (2008), “A.I. Inteligencia artificial” (2001), etc. De hecho, la furia por abordar y agotar el debate ha conseguido poner en marcha la anheladísima secuela de la decana “Blade Runner”, que con el título “Blade runner 2049” será estrenada este año 2017, y por cierto contando con dos nombres muy solicitados en Hollywood, como son los de Harrison Ford y Ryan Gosling. El asunto siempre ha concitado la reflexión de los públicos, y de hecho el inolvidable “HAL-9000” que Kubrick creó para “2001: Una odisea del espacio” data de 1968, pero pareciera que en los últimos años asistimos a un verdadero aluvión de títulos que abordan una y otra vez el debate sobre “lo humano en las máquinas” desde todos los puntos de vista posibles: el legal, el moral, el “interpersonal”, el de la seguridad, etc.

Cine de robots - inteligencia artificial

 

El aluvión de propuestas como síntoma de inminencia

Es más, el asunto sobre nuestra relación con las máquinas o con los robots inteligentes ha dejado de ser solo una entelequia o el tema del que versan libros y películas, y se ha arrogado una estructura física e industrial desde la que poder abordar la reflexión: El 17 de enero de 2017, El País informaba de la puesta en marcha del ROS Film Festival, un festival de cortometrajes protagonizados por robots que buscaba “abrir el debate sobre las relaciones entre humanos y androides en un futuro cercano”, es decir, fomentar una reunión de textos audiovisuales con los que explorar los engranajes de las futuras relaciones que los humanos mantendremos con las máquinas, calibrarlas, valorarlas y construir nuevos sentidos que puedan vertebrar y dar soporte a nuestra experiencia de interrelación con ellas. Se trata, por tanto, de un festival donde se utiliza el cine como medio para entender mejor el lugar que podremos otorgarles a dichas máquinas en nuestras sociedades futuras, así como tratar de diseñar el sentido que tendrá para nosotros relacionarnos con ellas. Ya tienen en mente la película “Her” con Joaquin Phoenix, ¿a que sí? De alguna forma, la mera existencia de este festival, o incluso la mera voluntad de ponerlo en marcha, ya es síntoma de una preocupación creciente entre los seres humanos por comenzar a abordar esta asignatura que hasta ahora se había dejado en manos de llamativos gurús, científicos que hablaban del futuro, novelistas de ciencia-ficción, etc., pero que ahora empieza a precisar de un abordaje más riguroso.

Cabe esperar que propuestas como el ROS Film Festival atraigan a creadores, pensadores, científicos, etc. y que ello contribuya a multiplicar aún más las propuestas cinematográficas sobre esta cuestión, lo que aumentará la sensación de aluvión de películas sobre relaciones entre máquinas y personas. El fenómeno ya no puede pasar inadvertido: Hay demasiados creadores y pensadores sumidos en este debate sobre lo que queremos o podemos ser desde nuestra esencia humana pero en relación con las futuras máquinas.

Pero, ¿qué es lo que ha podido poner en marcha esta aceleración tan vertiginosa en la producción de estas historias? Sí, seguramente vertiginosa, considerando que se ha producido en apenas una década y que ha multiplicado el número de películas que se venían produciendo sobre esta temática con anterioridad. Ensayemos esta idea: El detonante podría ser la sensación socialmente compartida de que las máquinas inteligentes, ésas que podrían empezar a tener relaciones significativas y de valor con las personas, están cerca de ser una realidad. De hecho, algunos ensayos de conversación con las máquinas se han convertido ya en productos ampliamente democratizados como el famoso Siri en los iPhones, o “Google Now” en dispositivos Android. Hoy abundan los dispositivos tecnológicos que permiten recibir comandos de voz y de hecho de cierta complejidad; algunos incluso permiten realizar compras con (excesiva) facilidad. Los viejos sistemas de recomendación de películas se sustituyen por otros nuevos que empiezan a conocernos como personas, de modo que son capaces de emplear complejos algoritmos para predecir las películas que nos pueden gustar, las series de tv que nos van a enganchar, etc. Huelga recorrer las mil y una formas cómo los dispositivos tecnológicos actuales permiten interacciones basadas en la voz y que, del lado de la “máquina”, van sumando cada vez mayor “inteligencia”.

Desde luego, los sistemas están aún lejos de ser perfectos y, de momento, la inteligencia humana suele ser capaz de armarles un buen lío a los mejores intentos. Sin embargo, son ya muchas las áreas en las que las máquinas son capaces de recrear fenómenos psíquicos como el de la inteligencia en el que superan o empiezan a igualar a la mente humana. La simple conversación se resiente un poco y aún no se ha conseguido que una conversación se vuelva interesante con una máquina salvo cuando ésta es una enciclopedia y la interacción consiste en poco más que lanzarle preguntas, pero quizás estemos empezando a sospechar que la cosa puede cambiar pronto. Es posible que nuestra intuición colectiva, una basada en nuestra experiencia histórica asistiendo al progreso de las tecnologías de la información, esté convenciéndonos poco a poco de que las tecnologías podrían estar acercándose a lo que las películas llevan planteando desde hace décadas.

Esto obliga a acelerar la reflexión. No sería buena idea que el fenómeno eclosionara sin que las personas estuviéramos mínimamente preparadas para afrontar un cambio cuyas proporciones involucrarían tanto al ámbito de lo social como al de lo íntimo y personal, generando un punto y aparte en la visión que tenemos de la noción de SUJETO. Sin embargo, esto es lo que más probablemente sucederá, es decir, que la humanidad tenga que redefinirse sobre la marcha, como ha hecho anteriormente con la llegada de otras tecnologías que también han puesto en jaque muchos de los principios que vertebraban nuestro mundo. Al menos podría decirse que la literatura desde hace décadas, y el cine muy especialmente y de forma acelerada desde hace pocos años, están entregados a la tarea de elaborar una subjetividad que pueda incluir esos nuevos SUJETOS mecánicos y tecnológicos. Podría interpretarse el aluvión de propuestas culturales en torno a estas reflexiones como el síntoma más revelador de lo acuciante que esa responsabilidad se ha vuelto para todos, es decir, la de elaborar nuevos sentidos y valores que puedan aportar los puntos cardinales básicos de las relaciones entre los seres humanos y las máquinas.

Los ejes de la nueva subjetividad

En primer lugar, urge reflexionar sobre lo que consideramos un SUJETO, de modo que podamos adjudicar un valor a esas máquinas “pensantes”. ¿Cabe localizar un SUJETO en el interior de una máquina? En realidad, la teoría psicoanalítica ya nos advertía de que ni siquiera podemos decir que todo individuo constituya un sujeto. La teoría sostiene que, si bien un ser humano constituye fácilmente un individuo mediante su mera existencia, su condición de sujeto requeriría de haber superado unas ciertas travesías, unas ciertas vivencias del yo, que no deben darse por supuestas en cualquier individuo. El sujeto ha de ser capaz de sujetarse, es decir, de disponer de una elaboración subjetiva que le permita sostenerse frente a sus circunstancias, mirar a su alrededor y ser capaz de adjudicar valores y hacer inteligible su mundo a través de nociones simbólicas que organizarían sus percepciones y pondrían en juego valores cruciales.

De hecho, en la actualidad existen discursos que defienden que Occidente atraviesa una crisis de subjetividad que está reduciendo nuestra condición de sujetos (González Requena).

¿Cabe un SUJETO en el interior de una máquina? El cine se ha lanzado a ensayarlo, a reflexionar sobre ello. Produce películas y series de TV para presentarnos hipótesis de toda clase, robots de toda condición, protagonistas eléctricos cuyas características “personales” se confunden deliberadamente con las de las personas. El cine ensaya la antropomorfización de las máquinas a pleno rendimiento, haciéndolas casi indistinguibles de las personas (“Westworld”, 2016; “Real Humans”, 2012). Les atribuye características humanas, comportamientos intensamente humanos. Trata incluso de huir de las conductas lógicas y coherentes, sabedor de que, por más que nos parezca lo contrario, en realidad, rara vez son propias de eso que llamamos la condición humana. Nos introspeccionamos a nosotros mismos para hallar modelos que podamos implementar en sistemas de información que den lugar a máquinas parecidas a nuestro pequeño caos.

Si lo pensamos despacio, veremos que estamos buscando la implementación de nuestra subjetividad en un código binario, un código informático, repetible, clonable, que podamos implantar en su fase de madurez en el interior de una máquina. Buscamos la consolidación de esa subjetividad humana, un horizonte al que no llegan todas las personas, en un código que pueda ser insertado en una máquina y que le convierta no solo en un ser conversacional, sino además, un sujeto; uno que incluya ese resto que es el efecto de las vivencias, las “cicatrices del yo”, que guiaría una conducta madura y capaz de lidiar con cuanto le rodea. Vamos de menos a más, empezando por la capacidad de configurar la alarma del despertador con unas palabras, pero buscamos llegar a convertir al despertador en nuestro amante (“Her”), nuestra diversión más oculta (“Westworld”), nuestro asistente personal (“Real Humans”), nuestro amigo (“A.I. Inteligencia artificial”), etc. Utilizando la jerga propia de la serie “Real Humans”, ¿no estaremos buscando nuestro código “Asher” para implantarlo en las máquinas?

Antes de esta última etapa de películas y series de tv sobre la temática, el foco se colocaba sobre el término VIDA. La pregunta era si esas máquinas estaban VIVAS. La VIDA aparecía como un ingrediente irreductible e inexplicable que guardaba el secreto de la Creación y que por su condición inefable, revelaba algo de lo sagrado. De hecho, su inserción en una máquina solo podía hacerse mediante una intervención que tenía toda la apariencia de ser “religiosa”. ¿Se acuerdan del simpático robot “Número 5” de la ochentera “Short Circuit” (1986) en el que se inspiró el diseño de “Wall-e”? Era uno más en la fila, junto a sus clones electrónicos, pero el rayo de una tormenta le insufló la VIDA. El misterio de la vida se resistía, de modo que se empleó la eterna metáfora de la energía, una forma de energía, para sustituir a ese ingrediente mágico que proporciona la vida. Un rayo que, por supuesto, en tanto que energía que además proviene del cielo, tiene claras reminiscencias religiosas. Pero no es la primera vez que la metáfora del rayo se había relacionado con el misterio religioso, pues también fue a través de un rayo que Frankensteinvolvió” a la vida.

"Short Circuit" y "Frankenstein"

Algo de esto…

Miguel Ángel

…parece ponerse en juego. Y, sin duda, es la estampa de un gigantesco misterio que requirió de la presencia de un dios.

Hoy, la materia se aborda de otra manera. Los investigadores, los programadores informáticos, los especialistas en tecnologías de la información, expertos en inteligencia artificial, etc., suman habilidades para empezar a desentrañar el misterio que se señala en el lugar en que el dedo del hombre está apenas a un centímetro del de Dios en la pintura de Miguel Ángel. Ese minúsculo espacio que el pintor dejó entre ambos dedos ciñe el lugar en el que la tecnología está centrando sus esfuerzos. Lo insondable está comenzando a tomar forma, y las palabras están empezando a llegar, aunque por ahora solo en forma de códigos informáticos, a la descripción de esa condición humana que hasta ahora se nos resistía y que Turing solo fue capaz de señalar “en ausencia”, es decir, cuando la máquina era “pillada” por el hombre. ¿O quizás sea una tarea fútil? Las máquinas cobran ese ingrediente mágico a través de una subjetividad elaborada y presentada en forma de producto terminado que, al parecer, los auténticos seres humanos estamos buscando desesperadamente. No deja de ser paradójico que los hombres hayamos dejado de mirarnos mutuamente para construir un “otro” artificial al que mirar (o para que nos mire) que, en realidad, tenemos dudas siquiera de si en verdad nos mira, y más aún de que “sea otro”.

 

Nuevos valores para relacionarnos con nuevos sujetos

Sin embargo, como decíamos, nosotros mismos necesitaremos de nuevos valores que den forma y guíen las nuevas relaciones con esos nuevos sujetos, si es que lo son. ¿Podemos/debemos enamorarnos de ellos? ¿Podemos destruirlos? ¿Podemos engañarles? ¿Timarles? ¿Torturarles? Tendremos que decidir qué diferencia hay entre torturar a una tostadora o uno de esos robots, para determinar si la capacidad de detectar una intervención violenta en sus componentes y reaccionar a ella supone una forma de sensación o de sentimiento que merece el mismo respeto que las emociones humanas. Tendremos que decidir a partir de qué momento a nuestra tostadora inteligente ya no podemos apagarla cuando queremos, porque de repente tiene derecho a vivir. ¿Estamos preparados para no poder apagar a nuestras máquinas? ¿Serán nuestros amigos-máquina tan valiosos como el resto de nuestros amigos? ¿Deberemos condenar socialmente la xenofobia contra los robots? ¿Deberíamos tener siempre el derecho a saber si son máquinas o humanos? ¿O quizás la revelación de su condición de máquina deba quedar supeditada a una voluntad personal de la propia máquina, similar a la revelación pública de nuestra opción sexual? ¿Qué relación guardarán estas máquinas con la noción de Dios? ¿Llamaremos sexo a las relaciones con robots? ¿Crearemos nuevas identidades sexuales?

Dina Fariñas se refería a este fenómeno del sexo con muñecas sexuales en su artículo “Los otros no-otros: las muñecas sexuales” publicado en el Nº0 de Coencuentros que afecta tangencialmente a nuestro tema. No en vano, las muñecas sexuales podrían ser, sin duda, el primer tipo de robot indistinguible que fuera introducido en la sociedad, o al menos en la zona íntima de la sociedad, pues la demanda de esta clase de artilugios se calcula al alza (¿no es una de las ideas principales de “Westworld”, y fíjense qué ingresos potenciales le atribuyen los guionistas de la serie). ¿Una muñeca sexual es un otro no-otro? Bueno, ésa es precisamente la cuestión que nos planteábamos antes en los términos de “cabe un sujeto en el interior de una máquina”? ¿Y si esa condición de sujeto tuviera también que ver con el fenómeno de la percepción o de mi conducta respecto a un otro? Es decir, ¿y si el ser de otro fuera algo que yo le otorgo y por tanto pasa a tenerlo? Es una idea muy lacaniana, ¿verdad?, ésa de “otorgar el ser”, y que tanta relación guardaba, precisamente, con el amor. Amar, en Lacan, tiene que ver con “otorgar el ser”, así que… ¿podríamos otorgar el ser a un otro no-otro de modo que tenga algo de lo que no tenía? ¿Sería algo de su condición de sujeto? ¿Estaríamos, con nuestra adjudicación esencial, mitigando la falta en ser de ese otro ser que se nos ofrecía en condición de no-otro? La propia Fariñas nos descubre la existencia de movimientos como la Campaign Against Sex Robots que tratan de evitar estas relaciones entre humanos y máquinas, lo que, de alguna forma, es síntoma de que existe una demanda dispuesta a vivir la ilusión de que ese otro no-otro, en realidad, puede ser convertido, mediante una volición subjetiva, en un otro que se pone plenamente en juego y cuya conducta respondería a su propia falta en ser, como la de cualquier “otro”.

Puede que la serie que más ha ahondado en estas preguntas morales haya sido Real Humans” (“Äkta Människor). La serie de origen sueco se dedicó enérgicamente a plantear, explorar y poner en juego mil y una formas de declinar el fenómeno de los robots (“hubots”, en la serie, “hu(man)-(ro)bots”), incluso preguntándose por fenómenos como el de la maternidad, es decir, la adopción de seres humanos por parte de los robots, sus derechos “humanos”, su esclavitud, etc. La serie no siempre tuvo una respuesta satisfactoria para cada casuística, pues habitualmente guió sus aplicaciones por lo que los guionistas considerarían la circunstancia más probable, considerando siempre la vertiente monetaria de cada escenario. Sin embargo, la serie resultó enormemente acertada al señalar las docenas de situaciones que van a requerir una reflexión por parte de todos. Seguramente, dado que ésta será llevada a cabo por distintas sociedades en distintos momentos, se crearán distintas subjetividades y distintas situaciones legales y políticas de relación con los robots. Real humans” es una serie de tv positivamente valorada como producto audiovisual, pero hay que reconocer que es, además, un brillante proyecto de aglutinación de preguntas y conflictos morales que necesitarán una postura por parte de los seres humanos. Sin duda, un magnífico ejemplo de cómo el arte, por delante de la realidad social, ya está lanzando preguntas que requerirán respuestas.

No se trata en este texto de apuntar estas preguntas, es decir, las mil y una situaciones en que los seres humanos tendrán que mirarse unos a otros para decidir qué sentido le dan a muchos nuevos fenómenos con robots involucrados. Lo que se pretende es apuntar el hecho de que el cine, porque puede, ya está echando el resto a una tarea más crucial de lo que parece, quizás porque la existencia de estos nuevos sujetos está más próxima de lo que parece. Y con ellos, los conflictos morales, las preguntas, las tentaciones, etc. El cine, como el resto de artes, aunque desde unas posibilidades eximias para la tarea, ha comenzado la reflexión y está entregado a ella con idea de proponer numerosos textos para explorar las opciones. Las sinopsis de sus películas, sus argumentos, las emociones que nos provocan, están ensayando las distintas ramificaciones de los sentidos de forma estos vayan emergiendo. O si los sentidos se escapan, al menos están dotándonos de las casuisticas, las hipótesis, los extremos y las preguntas que deberíamos estar haciéndonos. Esta es, sin duda, una de las funciones del cine, construir sentidos, como otros textos, y por eso hay que reivindicarlo y cuidarlo, pues en el fondo es cuidarnos a nosotros mismos. Visto así, retomemos la pregunta que nos hacíamos: ¿El cine está tratando la pregunta por lo que de humano puede haber en las máquinas con la MISMA intensidad de siempre? Quizás el cine está tratando la cuestión con más intensidad que nunca, o al menos, desde luego, con más intensidad que en 1950 y que en 1982.

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  • Elena Iniesta Gª-Mohedano

    Enhorabuena por tu artículo, Ricardo. Como siempre, magnífico. Sólo me gustaría añadir un par de datos curiosos,referentes a los orígenes de la palabra “robot”. En las lenguas eslavas, “rab” significa ‘esclavo’, “rabota” ‘trabajo’ y “robot” ‘hacedor’, ‘trabajador’ o ‘el que hace el trabajo’. Los monjes, monjas y escritores religiosos (como San Teresa de Jesús), terminaban sus escritos con la firma “rab bozniji”, lo que venía a ser ‘esclavo del señor’. Pero fíjate que algo del imaginario de los robots aparece también en la tradición judía con el ‘Golem’, ser antropomorfo creado a partir de barro, que ejecutaba órdenes sencillas. Era fuerte pero no inteligente.
    Curioso como ha derivado en llegar a plantearnos en un mundo en el que convivimos con los robots como si de humanos se trataran, o incluso, mundos en el que ellos nos gobiernan.
    Y de nuevo, una frase de García Requena sobra la que pensaré seguramente hasta el resto de mis días.
    Gracias por empezar el artículo con esa frase…y esa película!

    • ¿Robots… esclavos? Pues igual con el tiempo, si la noción de “sujeto” termina abarcando conciencias artificiales, si es que esta expresión es válida, el de “robot” termina siendo un vocablo “políticamente incorrecto”. ¿no?
      ¡Me parece interesantísimo ese origen etimológico de la palabra!
      Lo de empezar con esa película es… como saldar una deuda imaginaria pero permanente que todos tenemos con “Blade runner”. Fue una de esas producciones que, además de hacer una cosa muy bien, una por la que aquí la hemos traído a colación, que es plantear el debate en torno a los replicantes, además, decía, hizo otro montón de cosas muy bien, como por ejemplo todo lo que tiene que ver con su diseño de producción, la banda sonora, etc. Incluso tiene algunas escenas históricas que los cinéfilos saben repetir casi de memoria. Eso solo pasa cuando una película deja de ser solo una película y pasa a ser una obra de culto. Y ésta creo que se lo merece.

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