Menú principal y postre. Cuatro películas y su relación con la gastronomía

La gastronomía podría definirse de manera simplificada como elevar la comida a nivel de arte; algo no sólo cotidiano sino que necesario para la vida, se magnifica a niveles totémicos para convertirse en lo que vemos hoy en día, carne de cañón de Internet, redes sociales y programas de televisión. Pero el cine es el que le ha dado a la comida el toque mágico, hacernos llegar el aroma de la comida, su sabor, emocionarnos, aún usando un medio en dos dimensiones como lo es la pantalla de un cine. Analizamos tres películas (más postre) en las que la comida traspasa esa función meramente primaria para convertirse en un elemento conductor, un elemento sanador, un elemento mágico.
Bon appétit!

 

“El festín de Babette”

Si tuviéramos que describir esta película con una sola palabra, esa sería “deliciosa”. Basada en un cuento de Isak Dinesen, conocida por haber escrito “Memorias de África”, este cuento ambientado en Jutlandia, Dinamarca en el siglo XIX, la comida es presentada como vehículo de expiación de los pecados. La comida como vehículo para trascender(se), para llegar a Dios de una manera más carnal y menos ascética.

La comida es tan austera como el paisaje, con un tiempo hostil y una moral férrea y enhiesta; una manera de vida que lo impregna todo en la casa (y la sociedad) de las dos hermanas protagonistas, herederas de la pequeña secta fundada por su padre, fundamentada en la oración, la austeridad en todos los ámbitos de la vida.

La llegada de Babette, una misteriosa mujer francesa con un pasado duro, lo cambia todo en la pequeña comunidad. La cotidianeidad del día a día lo empapa todo, año tras año. Babette gana la lotería, y aprovecha la celebración del centenario del padre de las hermanas para celebrar una cena francesa. Todo lo que viene a partir de ahora es “pornografía gastronómica”. La calidez en los colores de los alimentos y su transformación en exquisitos platos se contraponen a los colores fríos del invierno danés, del invierno instalado también en los pacatos corazones de la comunidad. La variedad de alimentos, la suntuosidad de los platos preparados, abruman a los viejos, que prometen no paladear la comida, no disfrutar de ella. Pero a medida que van comiendo (y bebiendo), el color llega también a sus mejillas, la calidez a sus discursos y a sus gestos. Lo que antes llamaban “fuerzas peligrosas” ahora se convierte en una ambrosía que no dudan en tomar con las manos, degustar, sorber, chupar….Mientras al comenzar la cena se decían “La comida no tiene importancia; no pensaremos en ella”, terminan deleitándose como niños con ella. La distancia que toman al principio con los alimentos se va reduciendo hasta llegar a relamerse. La calidez también llega a la conversación, que en un principio versaba sobre el Antiguo Testamento, hasta culminar en el discurso de uno de los invitados:
“Que mi cuerpo se alimente hoy. Que mi cuerpo sea esclavo de mi alma. Que mi alma avance hacia adelante a la Gloria del Señor”.

La comida, y Babette como artífice de ese milagro, ha conseguido unir a esta pequeña comunidad, hacer que sus corazones se abran, que dos amigos se reconcilien o que un hombre y una mujer abran sus corazones. La comida como nexo de unión entre personas. De Babette se decía que podía transformar una cena en un asunto amoroso, en la cual uno no podía diferenciar entre apetito físico y espiritual. Ella enseña que la comida no debe ser vista como algo pecaminoso, sino como un bálsamo para nuestro corazón, un motivo de alegría. Cuando una de las hermanas se reencuentra con un antigua enamorado suyo, cuyo amor fue imposible debido a la férrea moral del padre, las palabras de él encierran más fe de la que enseñaba el pastor: “He estado con usted todos los días de mi vida, dígame que lo sabe. Si, lo sé. Y que estaré con usted todos los días que me sean concedidos hasta el fin de mi vida (….). Esta noche he aprendido que en este hermoso mundo nuestro, todo es posible”.

“Chocolat”

Es curioso que muchas de las películas en las que la comida tiene un papel relevante, casi protagonista, tomen la narrativa de cuentos, incluyendo así el componente de fábula.

“Chocolat” es una película que tiene muchos paralelismos con “El festín de Babette”. Un pequeño pueblo, en esta ocasión francés, en el que los habitantes conforman una pequeña comunidad cuyas normas se ven dirigidas por una estricta moral, y en los que irrumpe una extraña mujer cuyas artes gastronómicas vienen a ponerlo todo “patas arriba”. En este caso, el chocolate se convierte en ese “oscuro objeto de deseo”, algo pecaminoso capaz de sacar lo peores vicios y males. Vianne aparece con su hija Anouk vestidas con sendas capas rojas, cual “caperucitas rojas”, traídas por el viento, almas errantes, trashumantes, que encuentran su felicidad ejerciendo de psiquiatras, cuyos psicofármacos son los bombones y demás chucherías que elaboran.

Los habitantes de Lansquenet, absorbidos por el catolicismo y la represión, ven cómo la pequeña chocolatería de Vianne se convierte en un lugar que representa “lo prohibido”; el chocolate, según una leyenda maya, tiene la virtud de sacar los anhelos más profundos del ser humano, ejerciendo Vianne de una pitonisa capaz de leer el alma. Los habitantes del pueblo van sucumbiendo poco a poco al chocolate, poniendo de relieve sus vicios, sus pecados, sus deseos, pero también ayudándoles a alcanzar su “yo” más real, más verdadero. Aquí la comida, el chocolate en concreto, se convierte en medicina, en método para la curación espiritual, para reconciliarse con uno mismo. ¿Acaso alguien es capaz de ver esta película sin levantarse a por algo de chocolate?

 

“Ratatouille”


Esta fue una de esas películas de dibujos animados que vinieron para recordarnos que la animación no sólo es cosa de niños, sino que los adultos podemos encontrar en ellas temas que a los ojos inocentes pasan desapercibido, pero que son capaces de tocarnos el corazón de una manera muy especial. “Ratatouille” es una de ellas. No sólo trata un tema de rabiosa actualidad, como es el de los críticos gastronómicos y las consecuencias que pueden tener tanto en los negocios como en la vida de las personas (véase aquí cómo se intuye que Gusteau se suicida por las mañas críticas hacia su restaurante), el cómo se ha perdido el norte en cuanto a comida se trata, inclinándose la balanza hacia lo “cool”, lo “impersonal” en detrimento de la comida en sí. Pueden darse una vuelta por el centro de cualquier ciudad y fíjense en los restaurantes que se acumulan.

Rémy, la rata con alma de cocinero, nos trae enseñanzas entrañables, cómo el que cualquiera puede alcanzar sus sueños, que nunca hay que darse por vencido….y demás inyecciones de buen rollo que te dejan todo el metraje con una sonrisa. Pero puede que el momento más interesante sea en el que el enjuto, serio e implacable crítico gastronómico Anton Ego prueba el ratatouille, plato campesino elaborado por Rémy, y con el que esperan ganarse su beneplácito para salvar al restaurante. El plato lleva a Anton a su infancia, a ese momento mágico en el que uno se encuentra desvalido y la comida “de mamá” te hace encontrar enseguida el confort. La comida como remembranza, como vehículo hacia esos espacios mentales en los que encontramos calidez, felicidad ante recuerdos entrañables. Pero también es una reivindicación hacia nuestros orígenes, hacia el valor de lo sencillo, hacia la sofisticación que hay en lo casero.

 

“De postre…El silencio de los corderos”

Aunque la gastronomía no es el tema principal de esta película, me permito la licencia de reseñar un par de puntos en esta formidable película, puntos que, a pesar de la brutalidad del guión, sirven para resaltar el cómo la comida es uno de lo grandes placeres de la vida. Esto último se podrá decir mil veces y caer en los más variados clichés, pero en la Era en la que la “vida sana” se ha elevado a nivel de mantra, cultivar nuestra parte más puramente hedonista a través de la comida puede resultar bastante insultante. El otro punto, que en esta película se entrelaza con el anterior, es el de la comida como vehículo para canalizar los demonios internos. En este caso, Hannibal Lecter, como muchos psicópatas y asesinos en serie se llevan un “trofeo” de sus víctimas; él se come el trofeo, pero de una manera “elegante”, comiéndose, por ejemplo, el hígado de alguien con habas acompañado de un buen Chianti. He de confesar que fui a comprar una botella de ese vino para probarlo. Otro momento sublime, y entiéndase sublime siempre de manera cinematográfica, es en el que Lecter “disfruta” a una víctima suya escuchando las “Variaciones Goldberg” de Bach, ni más ni menos interpretadas por Glen Gould, música esta que daría para un análisis. Podemos observar que en esta escena, Lester tiene en su mesa la revista gastronómica “Bon appétit”.

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