El crecimiento del llamado “cine online”, esperanza de consolidación de un mercado que quiere ver la luz al final del túnel

Leemos en la prensa esta semana que el cine online, ése que se recibe a través de soportes digitales y que se paga de forma legal, es decir, la cara mercantil del fenómeno del “cine online”, ha multiplicado por 10 su facturación en los últimos 5 años. Hoy, los 17 países más importantes de la Unión Europea, suman entre ellos un total de 588 millones de euros facturados por la comercialización de cine online, consolidando una tendencia alcista que recientemente ha aumentado aún más su propia pendiente de crecimiento. Semejante paisaje da como para que aceptemos la idea de una consolidación progresiva del “cine online ya no solo como fenómeno comunicativo, uno del que aquí venimos hablando desde hace tiempo, sino también como un suceso de mercado de plena entidad.

La cosa tiene su enjundia porque debemos recordar que fue precisamente la violenta e inesperada irrupción de Internet en el tablero de juego de los productos culturales lo que desbarató las cadenas de valor preexistentes y ha puesto en jaque a una industria anquilosada sin muchas ganas de volver a pensar(se). Prueba de esto ha sido el empeño permanente en el que aún viven discográficas y productoras reclamando la protección legal y gubernamental necesaria para blindar sus negocios, sin querer aceptar la idea de que el escenario de su industria, simplemente, ya no volverá a ser el de antes. El hecho de que los resultados de lo que aquí llamamos (provisionalmente) “cine online” hayan sido tan tímidos hasta ahora ha sido utilizado por discográficas y productoras para justificar la intervención pública, legislativa, judicial y policial para tratar de poner urgente fin a lo que ellos llaman simplemente, piratería. Esta simplificación, sin embargo, esconde el hecho de que ni la suma de todas esas intervenciones anteriormente citadas pueden frenar un avance tecnológico que, por otra parte, el mercado al completo contribuye a mejorar, incrementar y fortalecerse cada vez que Movistar, Jazztel, Ono, Vodafone y compañía sacan nuevas tarifas, cada vez más asequibles, para acceder a la Red. Cada tarifa Fusión que contratan los clientes, cada oferta comercial que aceptan, etc., contribuye directamente a la conservación de la red digital actual y lanza el mandato a las empresas de telecomunicaciones de financiar y construir una plataforma de acceso a la Red más rápida y más capaz. Los intentos de represión normativa por parte de las discográficas y productoras están, simplemente, llamados a fracasar. Pero el atractivo del cine en casa en calidad 4K, por poner un ejemplo, sí conserva su atractivo y es, en realidad, el tipo de recurso al que debería encomendarse cualquier estrategia de futuro: La zanahoria mejor que el palo.

Crecimiento del cine conline

Seamos sinceros. No se trata de persuadir a nuestros lectores de que el cine en 4K, es decir, de una calidad técnica eximia sin parangón, va a permitirles ver mejor cine. El valor de éste y del resto de artes se apoya en la excelencia técnica y su condición asequible, pero sus calidades y recorridos trascienden las plataformas técnicas de las que se sirven. El arte y el corazón entienden solo escasamente de “puntos por pulgada”, pero también es verdad que la cultura alternativa y de calidad requiere de una plataforma industrial y convencional mayoritariamente aceptada y deseada por parte de los espectadores. Como ya decíamos en nuestro artículo “El horizonte realista y posibilista del cine español” e interpretando las palabras de Roberto Piorno, el cine comercial “sostendría” al cine de calidad o cine de autor, que se beneficiaría para su proyección y distribución de una estructura productiva que por sí mismo no podría permitirse. No queda más remedio que encomendarnos a todas las ventajas, artísticas y técnicas, para incrementar el atractivo de un arte que está muy necesitado de espectadores. Hay que activar todas las formas de deseo que puedan conducir a los espectadores a las salas de cine para financiar una estructura lo más fuerte posible que sirva, de rebote, para dar cobertura al cine de calidad y también que suscite la existencia de un caldo de cultivo de consumo cinematográfico donde pueda proliferar la llamada cinefilia.

¿Recuerdan cuando Kim Dot Com, el creador y propietario de Megaupload fue detenido y su plataforma tecnológica desactivada? Una de sus afirmaciones más mediáticas por aquel entonces fue la que dirigió públicamente a las discográficas y productoras: “Tengo soluciones para vosotros”.

La gente que mejor conoce el medio online y que guarda respeto por la creación y los productos culturales, presentados estos aquí en su vertiente mercantil, saben que si va a llegar una solución para este desbarajuste será mediante la reorganización de los elementos que entran en juego en el sistema de comercialización de los productos culturales considerando las nuevas posibilidades que ofrece la Red. Es ingenuo, a estas alturas, pensar que la solución pasa por sacar los productos culturales de la red y volver a una concepción de mercado que hace basar el valor de los productos culturales en el soporte físico empleado para su distribución. Guste o no, la solución pasará por redefinir una nueva cadena de valor en la comercialización que aporte valor a los productos culturales por el hecho de situarlos en la Red.

En noviembre de 2014, Tailor Swift retiró su música de la plataforma online Spotify y afirmó en Varietyno estar dispuesta a contribuir con su trabajo a un experimento que no siente que compense a los escritores, productores, artistas y creadores de esta música”. La nueva top del pop siguió así los pasos de otra anterior, Lady Gaga, que también hizo lo propio en su día. Resulta desalentador que sean las más relevantes figuras de la cultura, al menos en materia de ventas, es decir, quiénes cuentan con las discográficas más capaces y con el deber más firme de pensar el futuro, las que presentan más dificultades para interiorizar y asumir los cambios que se están produciendo. Es lógico que deseen proteger el ingente valor económico de su (antiguo) negocio, pero a estas alturas resulta miope negar el cambio y creer que la solución pasa por cuidar sus canales convencionales de venta. La noticia del incremento de la facturación del cine online en los últimos años y el rápido ascenso de su pendiente de crecimiento puede que haga llegar por fin a las discográficas y productoras el mensaje de que quizás han subestimado el valor de ese mercado. Lo que parece seguro que no han entendido es que, salvo que aparezca una nueva e inesperada salida en la autopista que modifique súbitamente el escenario, deberían aceptar que dentro de poco su mercado va a ser “Internet o nada”.

No obstante, no deberíamos pensar que, ante la perversa disyuntiva anterior, la opción “Internet” pasa necesariamente por la venta directa a clientes de productos culturales. Tal cosa supondría desdeñar o no advertir que el mercado se está haciendo cada día más complejo. Lo es cada día un poco más, y no solo por las tecnologías que subyacen en la distribución actual de contenidos culturales en la Red, que también, sino porque crece un nuevo bosque de posibilidades contractuales con múltiples, ambiciosos y heterogéneos invitados (o espontáneos) que saltan al ruedo portando nuevas y creativas formas de negocio. El ecosistema aparentemente infinito de las apps, los nuevos sujetos mercantiles como las plataformas de cine online, la ubicuidad de los dispositivos móviles y nuevas empresas tecnológicas que están construyendo imperios digitales de distribución de contenidos (Netflix, Filmin, Wuaki, Yonvi, etc.) configuran juntos un inabarcable y prometedor catálogo de opciones para encontrar nuevas formas de equilibrar cuentas. Tanto si el éxito proviene de las sólidas apuestas comerciales de los agentes más poderosos actuales, como si pudiera provenir de la creatividad de pequeños players, o incluso si ambas estrategias fueran estables a largo plazo de forma concurrente, en cualquiera de los casos, supondrían una gran y sostenible oportunidad para que empresas anquilosadas en el pasado puedan repensar su enclave dentro de la cadena de valor y decidir qué clase de “valor” es el que van a aportar en el nuevo escenario.

En definitiva, nada que no hayan dicho muchos otros antes, como Enrique Dans, por citar uno, aunque la novedad ahora es que los datos económicos comienzan a dibujar un escenario con más posibilidades económicas, con una tarta de inversión mucho más relevante y cada día más atractiva. Aún no sabemos si este será el camino definitivo. Si lo fuera, la solución se habría demorado mucho, pero quizás estuviéramos frisando la sostenibilidad que se perdió y que muchos dicen que amenaza incluso a la cultura. Ojalá la solución definitiva cuente con todos, incluyendo a esos sujetos que tan buen negocio hicieron hasta hace 10 años y que llegaron a cometer los errores más terribles por conservar su negocio, pero deben saber que aún tienen que ganarse su derecho a estar en ese nuevo mercado. Y, por ahora, no han hecho muchos méritos. Cuando Tailor Swift, cuyo oficio es cantar, hace declaraciones como las citadas, en realidad, está protegiendo el negocio de su discográfica, y no tanto el suyo propio a largo plazo. Parece más bien una niña bocazas diciendo en el cole a quién vota papá. Si un día las discográficas de hace 10 años llegaron a denunciar a sus propios clientes, por cierto, en ocasiones, simples adolescentes que descargaban a Britney, la Tailor Swift de entonces, ahora toca asumir que la actitud necesaria como palabra clave para entrar a formar parte de este nuevo mercado del “cine online” (cultura online, en general) es, precisamente, la contraria.

 

Imagen por cortesía de Cooldesign /Blackzheep / Freedigitalphotos.net.

 

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