Cuando había un montón de películas para ver

Cines de Gran Vía

Hubo un tiempo en el que podíamos ir al cine sin haber decidido previamente la película. Hoy, la escasa calidad de la cartelera, recomienda salir de casa hasta con las entradas compradas.

 

Un viernes por la tarde, allá en 1994, mi amigo cinéfilo Dani y yo fuimos al ya extinto pero mítico Palacio de la Música de Madrid, en plena Gran Vía, a ver la película “El Informe pelícano”, protagonizada por Julia Roberts (entonces aún en buen momento, como el propio cine) y Denzel Washington. Se trataba de una modesta y no muy llamativa película dirigida por Alan J. Pakula, que aunque ahora sé que era el director de películas como “Todos los hombres del presidente”, entonces a mí no me decía mucho. Dani y yo salimos del cine razonablemente felices, y aunque la obra en sí no nos fidelizó al séptimo arte por sí sola, hubiéramos dicho que terminó siendo un buen plan de viernes. ¡Eran grandes tiempos aquellos!, no sólo por ir al cine con mi amigo Dani, sino también buenos tiempos para el cine. En aquella época, cuando uno proponía un plan de cine, el destino era… Gran Vía, ¡a lo grande!, o lo que entonces era “a lo grande”, que no eran tiempos de Kinépolis, precisamente. “A lo grande”, entonces, significaba que la oferta cinematográfica del lugar era de lo más extensa juntando los carteles de todos los cines reunidos en la misma calle. Y también era “a lo grande” porque algunos cines empezaban a tener sistemas de sonido con certificación THX, que no es que tuviéramos muy claro qué suponía, pero nos hacía felices pensar que estábamos escuchando “lo último de lo último”, y además nos ponían aquella demostración de sonido THX al comienzo de la película para que entendiéramos el porqué de pagar aquellas 600 pesetas que solía valer. Aunque no siempre nos lo parecía, ¡eran buenos tiempos!. Y para celebrarlo pegaba yo las entradas de cine todas juntas en varias hojas de papel que luego guardaba a modo de cuaderno de bitácora de cinéfilo adolescente. Por alguna razón (y porque yo no sabía entonces quién era J. Pakula), “El informe pelícano” se ha quedado en mi memoria como una cierta categoría de cine que personalmente siempre he considerado entre anodino y mediocre, seguramente pacato y de escasos brillos, que sin embargo aquella tarde fue capaz de armar un plan de lo más digno con una película. ¿Sería cosa de las estrellas del reparto? De hecho, la inercia de la película debió ser lo que nos animó a mi amigo Dani y a mí a ver poco después y en el cine (la inefable) “Me gustan los líos”, donde Julia Roberts ejercía de guapa oficial frente a Nick Nolte, que para algo era aún “la novia de América”, y con escenita de toalla incluida (el cine no ha sido nunca un arte de altura  en tiempo estival). El caso es que tal categoría de cine, éste que yo reputo algo mediocre y un tanto anodino, solía por entonces ser suficiente para una tarde de plan cinematográfico. Por entonces, siempre que alguien proponía ir al cine finalmente se escogía una película y se disfrutaba… cosa que ahora no se puede decir en todas las ocasiones. De hecho, ahora solemos ir con la película bien elegida de antemano porque en estos tiempos no conviene confiar en lo amplio de la oferta. Últimamente, muchos planes de cine se convierte en “vámonos a cenar” y un gesto torcido pensando que el cine está en coma.

Lo más importante de este recuerdo nostálgico es caer en la cuenta de que, por entonces, el cine solía tener una oferta decente cada semana. De hecho, y de nuevo para acordarme con gusto de Dani, mi amigo cinéfilo, solíamos tener una lista de películas para ver que íbamos acortando a razón de una a la semana, siendo a menudo la afortunada de la lista aquella película que tuviera más riesgo de salir en breve de la cartelera, y así no correr el riesgo de perdérnosla. ¿Se imaginan tener hoy 4 ó 5 películas por ver en cartelera? Bueno, en verano… la cosa era diferente, pero el resto del año era largo y prolífico, lleno de películas que teníamos ganas de ver. Hubo un par de ocasiones en las que perpetramos el inconfesable exceso de ver dos películas en el cine en un sólo día, acudiendo a ver una a la sesión de las 16:00h y otra a la sesión de las 19:00h (recuerdo que una de aquellas fue “Una proposición indecente” y nos tocó correr Gran Vía abajo para llegar a tiempo a verla al salir de la anterior). En definitiva, que aunque por entonces había una buena cantidad de películas de cierta calidad o de gran atractivo que nos arrastraban literalmente a las salas de cine, las películas de segunda fila de la cartelera presentaban un nivel bastante decente en lo que a calidad se refiere y siempre había alguna película que podíamos ver. En aquel momento, las fechas más próximas a los Oscar de la Academia traían una buena cantidad de películas de cierta calidad que, aunque Mike Myers las catalogara con cierta retranca por sus “escenas para el Oscar” en “El mundo de Wayne”, hay que reconocer que entre ellas solían comparecer unas cuantas buenas propuestas. Y cuando no era temporada de premios, la cartelera disponía de pertrechos suficientes para armar una oferta con “Jota Pakulas” de calidad de donde obtener películas muy razonables. La pendiente de caída en calidad cuando llegaban los meses valle de la temporada no era tan pronunciada como ahora, si es que ahora tiene algo más que un valle permanente donde destacan unos cuantos picos significativos de vez en cuando. Y por entonces uno salía de las salas de cine diciendo si le había gustado la película o no, y no si le había gustado el restaurante que terminó siendo el Plan B.

Hace años, los espectadores podíamos decidir ir al cine, mientras que ahora tenemos que decidir ir a ver cierta película que atrapa nuestra atención. Antes se podía uno apostar y no por mucho tiempo frente a los cartelitos de las películas en lo alto de los multicines y elegir una, mientras que ahora semejante acción le procura a cualquiera una desazón cinéfila sin precedentes. Como cualquier plan cinéfilo en pleno “coitus interruptus” sabe fatal, y no compensa el sofocón, hemos aprendido a salir ya elegidos de casa con la película en mente, cuando no con las entradas previamente adquiridas online, teniendo así una cierta garantía de que el plan sacará una nota decente.

Lo de que la película guste o no ya es otro cantar, y convendría hacerlo, pero llegados a este punto, éste en el que las antiguas y aceptables películas de segunda se han convertido en films tipo “qué flojera” o las áun peores “yo paso”, nos conformaríamos con uno de aquellos planes de cine con película medio-aceptable. Y es que hoy en día, cualquier cinéfilo que ande a la expectativa se habrá dado cuenta de que apenas tenemos en mente películas cuyo estreno deseamos que se produzca. Sí, aún existen algunos nombres de directores de cine cuyas producciones sentimos como un latido especial en el continuum cotidiano de los estrenos, pero son excepciones de lo más llamativas. Un anciano de 78 años llamado Woody Allen sigue gobernando, a veces pareciera que en solitario, una de esas ya escasas citas anuales que los cinéfilos esperamos con cierta fidelidad, y eso más bien producto de una inercia ancestral que parece no querer detener hasta que le sea físicamente imposible seguir adelante (véase si no el nivel de “Blue Jasmine“, que ha sido ya rodada en plena vejez de Allen). Claro que esta determinación parece tan solo al alcance de cineastas de su talla puesto que ya cuando mi amigo Dani y yo íbamos al cine nos fidelizaba anualmente con películas como “Poderosa afrodita” o “Desmontando a Harry”, un nivel no asible por cualquiera. Sin embargo, quitando los estrenos de unos cuantos de estos cineastas, las impaciencias cinéfilas se destilan poco y cuando lo hacen es a menudo en dirección a figuras que están un par de bancos por detrás. Hoy esperamos la próxima película de Xavier Dolan, con la esperanza de que se consolide su joven promesa, y a la fuerza nos hacen sentir el estreno de la nueva película de Almodóvar, pero creo que ni lo uno ni lo otro son exactamente lo que teníamos en mente en los 90 cuando hablábamos de “las películas más esperadas”.

Habrá quién opine que parte de esta indolencia en la que parece que hemos caído puede estar relacionada con la cantidad de cine que a estas alturas hemos consumido ya y que lógicamente tiene que tener un efecto en el cine que “queremos encontrar”. Dirán que cuando uno consume un gran cantidad de cine aumenta progresivamente su capacidad para aburrirse con la mayoría del cine disponible y eleva su listón de calidad reduciendo el ámbito de lo “consumible”. Pasan, sin embargo, dos cosas. Pasa que este argumento es la antesala de un esnobismo galopante que ya estamos cansados de detectar en cualquier moda audiovisual, textil y hasta política, y que todos deberíamos intentar rechazar en sí mismo. Convendría que todos fuéramos más sinceros con los objetos culturales que queremos consumir y que podamos decir que nos gusta Allen, que nos gusta Bergman, pero que a veces nos reímos con los colegas viendo “Borat” o “Una jaula de grillos” (bueno, quizás no sean tan comparables entre las dos, pero ilustra el desequilibrio que intento reivindicar). Y segundo, que los cinéfagos incansables somos un percentil poco numeroso de la sociedad sin la capacidad de hundir al cine por nosotros mismos en caso de que dejáramos de ir. Puede que González Macho nos echara de menos en sus salas Renoir, pero el cine necesita mucho más a las grandes distribuidoras, las grandes producciones y los grandes Kinépolis, que a los cines de la milla 0,7 de Madrid y sus salas más cinéfilas. ¡Al menos en lo que se refiere a mantener a esta industria en marcha y financiar una estructura sin la que el cine no sobreviviría!.  Así las cosas, un aumento en la exigencia cinéfila y su consecuente reducción del consumo no puede ser por sí mismo la causante del desastre industrial que atraviesa el cine en España y pareciera que en todas partes.

Hay que tener en cuenta también que hasta hace 10 años, el cine era otro de esos espacios socio-políticos públicos en donde se debatían asuntos y a través del cuál se producían reflexiones y consideraciones sobre la “res publica” o sobre las emociones de los ciudadanos. Era, sin duda, una de las funciones más importantes que cumplía el cine como hecho cultural y que marcaba con sus estrenos y sus autores la demarcación virtual para el debate público. Hoy, sin embargo, este debate ha sido monopolizado por otras formas culturales y canales de interrelación. Pareciera que si alguien quería reflexionar sobre una cierta polémica o tema controvertido, podía rodar/financiar una película para marcar la agenda (como hacen los medios con la técnica de la “agenda-setting”) y crear un espacio físico y temporal para el desarrollo del argumento retórico. Hoy, sin embargo, esta función ha sido copada en parte por los media y por ese aparentemente imparable fenómeno que son las redes sociales. Los hashtags son las nuevas películas y su permanente fluir son el nuevo “metraje” de una película mucho más interactiva pero en donde, al menos aparentemente, sobrevive un nivel de debate mucho menos ilustrado. Y es que la posibilidad de emitir en cualquier momento un contenido improvisado sobre cualquier asunto sin necesidad de retórica alguna sirve para encumbrar redes como Twitter pero no le hace ningún favor al nivel del debate y nos hace echar de menos los tiempos en que las películas, ¡y otras formas culturales!, eran “excusas” mucho más trabajadas para defender posturas. Hoy una campaña persuasiva ideológica o moral descartaría al cine como medio de impacto por su alto coste y su menguante difusión, y recomendaría spammear por Twitter y Facebook con la esperanza de contar con el apoyo de las celebrities y que retuiteen las frases más populistas del “movimiento”. Y es que “casta política” es una expresión corta que cabe en 140 caracteres y que no precisa leer demasiado. Así hemos arrebatado a las formas culturales y artísticas su legítima función para convertirse en una ocasión para la crítica y el debate. Así es cómo el cine ha perdido una de sus históricas funciones (¡que se lo digan a Costa-Gavras! o a León de Aranoa) y le hemos dado un golpe más, de una paliza de la que le va a costar mucho recuperarse.

En definitiva, que cuando hoy en día se nos enfilan dos o tres películas que queremos ver… hasta nos entra la nostalgia de otras épocas, y reverbera la emoción en nuestro corazón de cinéfilo engañándonos con la ilusión de vernos, como antes, desbordados por todas las películas que queríamos ver. Hoy que tenemos los canales digitales más versátiles para acceder como nunca a los contenidos cinematográficos, son éstos los que andan menguando. Y no, no tiene relación una cosa con la otra, que son fenómenos que responden a razones diferentes. Pero a nosotros nos afecta, y nos hace sentir tristes pensando en décadas anteriores. Es verdad que las técnicas artísticas tienen su moda y su momento, y que la del cine, claramente, ha sido la del siglo XX pero no parece que vaya a ser la de ningún siglo venidero. Su esencia parece consumida, transformada e integrada de la peor manera en nuevas formas de arte que muchos llamarían “más jóvenes” y que todos aceptamos que tienen mejor proyección de futuro. Nos queda, eso sí, intentar mantener el hilo de vida de este arte que algunos hemos tenido la suerte de sentir tan cerca de nuestra propia vida, y sin el que ya no podemos entender épocas enteras de nuestra existencia. Y nos queda reivindicarlo, contra viento y marea, y señalar sus puntos fuertes, y apuntalarlo hasta que ya no podamos más. Yo no tengo nada contra el videoarte, pero no me hagan la misma pregunta sobre Youtube, y dudo que nada vaya a hacer flaquear mi admiración por el cine.

Colaboración especial:
Imagen de este artículo por Belén Michy.

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