“Drive”: Una irresistible estética “Lynchiana” para un inesperado acceso psicológico

Una estética de clara ascendencia Lynch-iana que en su delirio estático de colores saturados y rostros hieráticos alcanza, sin embargo, un cierto escrutinio psicológico de lo más expresivo.

Drive”, de Winding Refn, fue una de las más celebradas películas de 2011. La crítica del momento se rindió ante esta película de origen americano que narraba la historia de un mecánico (Ryan Gosling) con un verdadero don para la conducción que combinaba su trabajo diurno en el taller con trabajos nocturnos de conducción extrema al servicio de maleantes de poca monta. Sin embargo, el carácter más o menos convencional de su sinopsis no alcanza en absoluto a reflejar lo que de especial e inconfundible tiene “Drive”, que no reside tanto en el devenir de su argumento, sino más bien en el modo de “escritura” de Winding Refn, es decir, su muy particular estética y su diseño de producción que dan como resultado una película visualmente muy atractiva.

Un resultado atractivo que, sin embargo, remite poderosamente a las estéticas ya bien consolidadas por parte de otros cineastas de gran renombre. Puede que la influencia más definitiva para “Drive” sea la de cierto cine de David Lynch, entre el que destacan películas como “Lost Highway” o “Mullholland Drive. “Drive” comparte con ellas elementos muy claramente localizados: Un código cromático saturado, con colores intensos y brillantes que realzan lo irresistible de sus escenarios; el carácter eminentemente nocturno de su historia, así como el uso muy deliberado de la luz que termina cargándose de muchos significados. En “Drive”, como en “Lost Highway”, los colores brillan con cierta violencia sobre el lienzo nocturno haciendo de la luz la verdadera protagonista de la estética y de sus colores una metáfora del tiempo que transcurre con cada plano. Parece improbable pensar que si “Drive” no hubiera sido concebida con estos colores y esta estética, hubiera obtenido un reconocimiento tal por parte de la crítica.

Lo interesante de esta estética es que se funde con una forma de dirección que, a pesar de estar claramente concienciada con el resultado formal, uno que sin duda se considera aquí como patrimonio crucial de la totalidad de la propuesta, no esconde su voluntad para indagar en el espíritu de los personajes y tratar de sublimar en sentido nociones psicológicamente internas enterradas tras rostros fundamentalmente hieráticos. Y es que, esa es una de las características que también definen a “Drive” a través de lo que podríamos llamar la “dirección artística”: una dirección estática, de rostros quietos y fotográficamente impenetrables, que sin embargo, quizás por efecto de esa reflexión indagatoria que parece abordar la propia estética maniquea del relato, parecen sublimar directamente al espectador sus preocupaciones o inquietudes sin mediar ninguna forma de interpretación gestual. Y esta, sin duda, es una habilidad escasa entre los cineastas actuales. Habría que remitirse a Kieslowski para encontrar un tipo de cine con rostros no especialmente expresivos que, sin embargo, proyectan sus preocupaciones al fondo mismo del alma de los espectadores sin que éstos sean muy conscientes del canal por el que sucede. Por cierto, aunque Kieslowski logró su habilidad como cineasta y su primera fama con películas en blanco y negro y de género documental, fueron sus películas en color, y con una estética bien emparentada también con la de “Drive”, las que le proporcionaron su mayor fama internacional (y por las que será siempre recordado: “Trilogía Tres Colores”, “La doble vida de Verónica”). Quizás no sea justo emparentar a “Drive” con “No matarás”, pero sí es verdad que estas últimas películas del polaco desplegaron una estética de tonos saturados a la que remiten con fuerza las imágenes de “Drive”, poniendo de manifiesto que esta estética tiene ya una estela profunda en la historia del cine. Podríamos citar a otro cineasta más, bien conocido por sus tonos saturados, como es Wong Kar Wai, hoy algo denostado por un discurso antisnobista pero inequívocamente fructífero en el uso de estos colores en películas como “In the mood for love” o “Fallen angels”. Por tanto, concluimos que la de “Drive” no es una estética original, y tiene sus influencias en grandes cineastas de renombre, pero es verdad que la mezcla particular de Winding Refn procura en este caso un buen ejemplo de estética atractiva y ciertamente eficaz en eso que hemos llamado una cierta indagación espiritual que parece acercarnos a la profundidad de los personajes.

En esto, es verdad, “Drive” se aleja de los cineastas más crípticos como Lynch o como Kieslowski, cuyas películas requieren movilizar una imaginación y una sensibilidad mucho mayor. Drive” es una película de planos estáticos que ahondan en los rostros fijos de sus personajes, pero tiene un carácter netamente narrativo y su descodificación es tan sencilla como la de cualquier otra película paradigmáticamente americana que corresponda al género del noir. Quizás por eso se abre camino con bondad entre una gran cantidad de audiencias, tanto las más próximas al género noir como aquellas más interesadas en el despliegue audiovisual de sus formas.

Por cierto, caeremos en la tentación de considerar una parte de ellas su muy elegida banda sonora. Las elecciones musicales operadas por “Drive” ponen de manifiesto una voluntad clara por aportar, desde la música, elementos no exactamente presentes en las imágenes (algo sobre lo que hablamos con Carla F. Benedicto, compositora, en una entrevista anterior). Y con estas elecciones, se forja un tándem ya histórico entre esta clase de estética visual de tonos saturados y planos estáticos, con músicas poderosamente significativas. Es el caso de las películas de Wong Kar Wai donde, más allá de sus (históricos) aciertos en la elección de músicas, lo que hay que afirmar es que éstas son valientes y atrevidas (quizás de tanto escuchar Aquellos ojos verdes” de Nat King Cole en “Deseando amar hemos llegado a no percatarnos de lo llamativo de su elección).

El protagonista y su deseo inalcanzable

"Drive"

Interesante, no obstante, el trabajo simbólico del guión que no duda en proporcionar al personaje de Ryan Gosling un sentido más allá de lo inmediato. Nuestro personaje principal, en tanto que trabaja además como especialista de cine conduciendo vehículos en escenas de acción y de accidentes, y en tanto que lo hace llevando máscaras para parecerse al actor al que sustituye, construye su identidad en realidad como vector en dirección a otro que es el verdadero actor. Por tanto, la condición de su identidad se construye, en realidad, apoyándose sobre la de otro que realmente es el que sustenta la identidad crucial. Esta condición de su identidad tiene un paralelismo en su relación con Irene, su vecina. Sí, porque cuando se relaciona con ella y con su hijo, Benicio, actúa como si fuera el verdadero actor de “ésa otra película”, el matrimonio de Irene con un convicto que está a punto de salir de la cárcel. De la misma manera que, como especialista de cine, nunca jamás llegará a ser el actor que realmente sustenta al personaje principal, nuestro conductor experimenta enormes dificultades para suplantar al verdadero marido y habitar él la condición de verdadero cónyuge y padre de Benicio. Pareciera que el sino de nuestro conductor es articular todo lo necesario, en una forma de heroísmo, para que el verdadero personaje, totalmente legitimado en su propia historia (sea el verdadero protagonista de la película de acción o… el marido de Irene), pueda seguir sustentando su propia historia. Todavía, atendamos al hecho de que nuestro conductor, en calidad de especialista de cine, arriesga su vida para que el verdadero protagonista de la película pueda enarbolar en la ficción las habilidades que le hacen ser el verdadero protagonista; y paralelamente, en su relación con Irene, advierte la existencia de una cierta asíntota, es decir, una línea imaginaria infranqueable que le impide suplantar plenamente al verdadero marido.  Nuestro conductor se dará cuenta progresivamente de que si en su trabajo de especialista arriesga su vida, también lo hace en el trabajo de “especialista de Irene”, es decir, el de la suplantación del marido que le da sustento a Irene. Si añadimos el elemento de la soledad del personaje, una que se aprecia con facilidad durante el visionado de la película, aparecen los rastros de un cierto paradigma heroico.

En definitiva, una película de formas muy atractivas, con una historia de género puramente noir, un trasfondo escasito pero bien articulado y unas músicas y colores absolutamente irresistibles. No sabemos si “Drive” fue la gran película de 2011, pero desde luego sí inaugura una versión particular de una estética imprescindible que suele encandilar al ojo y que además, en este caso, traspasa el hieratismo de los rostros para llegar a una gran empatía. Eso sí, que nadie espere “The fast and the furious”, que no va de eso.

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