El dinosaurio y el bebé: Fritz Lang & Jean Luc Godard

En mis diferencias
hallas tus virtudes.
Ojo amargo,
con la retina de cristal,
peleas con las palabras
mientras el bebé juguetea
con el humo fílmico.

La cámara seguirá
viva
esquivando tiranos
fotograma a fotograma.

Y si no
los revólveres
dictarán sentencia.

*

El dinosaurio y el bebé no es la última producción de Walt Disney ni del estudio Pixar. Aunque dicha historia, este encuentro a cámara abierta, bien podría proyectarse en los cines y en la mayoría de las escuelas. Ni bebés ni dinosaurios es lo que se ve. Tan solo puro cine. El cine que piensa, revelado a través de sus responsables, de sus pensadores. Frases bien tiradas con el arco de la reflexión para los amantes de un arte joven en palabras de sus protagonistas.

En la Francia de 1964 – ¿dónde si no? –  el crítico, productor, actor y director de cine Andrè S. Labarthe junto a Janine Bazin, productora y esposa del aclamado crítico y teórico francés André Bazin, uno de los fundadores de Cahiers du Cinéma, pusieron en marcha una serie cinematográfica para investigar más acerca del trabajo y pensamiento de algunos de los cineastas más importantes de la actualidad. En aquél momento, quien tuvo el privilegio de convertirse en el primer entrevistado fue Luis Buñuel. A esta serie de documentales, entrevistas para tratar y saber de los miedos y obsesiones, una aproximación a los realizadores más destacados, se le presentó al público francés con el nombre de cineastas de nuestro tiempo. Desde entonces, y durante los próximos 45 años, cineastas de nuestro tiempo ha ido expandiéndose, ha ido presentando una más que notable variedad en cuanto a personajes curiosos y con la posibilidad de acceder a dicho material más allá del país de origen. Si uno investiga la lista de estas pequeñas joyas del documentalismo cinematográfico hallará, como mínimo, a una veintena de creadores de lo más variopinto y arriesgado en la siempre interesante labor cinematográfica. Entre ellos, obviamente, a gran parte de la cúpula creadora de la, por aquél entonces, nueva ola francesa – nouvelle vague – y otra serie de realizadores que fueron surgiendo a lo largo de los años como Jean Vigo, Abel Gance, Roger Leenhardt, Eric Von Stroheim, Robert Bresson, Jean Renoir, Raoul Walsh, Samuel Fuller, Jerry Lewis, George Cukor, John Cassavetes, David Lynch, Nanni Moretti, Pier Paolo Pasolini, Philippe Garrel, Aki Kaurismäki, Takeshi Kitano, etc. Todos ellos al servicio del público a través de su visión expuesta y del gran convencimiento del arte cinematográfico como herramienta de cambio y de cuestionamiento de la realidad.

¿Y quiénes son el dinosaurio y el bebé? Dos opuestos cuyo talento se encuentra a ras de una simple mesa con la ternura de una amistad seguramente surgida por la obsesión cinematográfica. Fritz Lang y Jean Luc Godard dieron vida a una charla donde sus ideas se proyectan como una cabina sin proyeccionista. El mantel de la mesa como un lienzo en blanco para dibujar sus pinceladas sobre el arte del cine y sus decisiones. Veteranía y juventud, cautela y preparación frente a ingenuidad e improvisación; diferentes caminos pero con estaciones de paso en común si nos adentramos en su pensamiento cinematográfico. El viejo sabedor, con su ojo de cristal, junto al joven rebelde de gafas oscuras e imaginación cuestionada por algunos. Un encuentro que, a pesar de la distancia, obtiene un claro posicionamiento a favor de la presencia de sus autores – y por lo tanto de sus ideas – sin entrar en ese ruido mediático y efervescente al que nos tiene acostumbrado desde hace ya algunos años la televisión como medio promocional del cine (por no hablar del entramado de internet). Cuesta creer en la aparición ya no solo en nuestro país sino seguramente en el resto del mundo, de un escenario limpio en publicidad y marcas que dé sentido y continuidad a las reflexiones de dos o más cineastas. De hecho, la sola idea de imaginar en un plató de televisión a varios cineastas debatiendo y cuestionando temas particulares y de interés general, suena a una idea utópica; o por lo menos, a una idea del pasado. Cualquier script de oficio descubriría un salto de lógica, de choque, entre ese escenario sencillo y austero propuesto por cineastas de nuestro tiempo, y concretamente en la entrega de El dinosaurio y el bebé, donde ellos, los realizadores, son los protagonistas, y no la rueda publicitaria. Urgen, hoy más que nunca, programas, encuentros o debates televisados de este tipo; menos promoción, menos luces y ruidos anunciando entrevistas con preguntas comunes y reportajes que apenas se acercan a mostrar el espíritu y vocación de estos autores. Charlas con sinceridad y entrega en cuanto a la explicación del papel de un director de cine, lo que piensan de los espectadores o de por qué el cine en particular, y la cultura en general, siguen los pasos de un guión oculto como es el de las grandes compañías con objetivos muy diferentes. La importancia del cine como vehículo transmisor de emociones y punto estético para acabar metiendo el bisturí en aquello del vivir, de nuestro día a día. Francia siempre apostó por ello desde la década de los cincuenta y en los sesenta. Mientras, acá, si se hacía un cine al servicio del régimen con una atmósfera de convivencia y diversión (mirando a otro sitio sin una mirada a otros rincones), otros ponían encima de la mesa las bases hacia un nuevo modo de reflexión en torno a las ideas del cine y la autoría. La incertidumbre, la voluntad y la obligación de rodar una historia y comunicarla al resto. Por ello, algunos de esos teóricos y críticos si bien concebían el cine desde diferentes perspectivas, estaban de acuerdo en que el medio necesitaba un cambio radical. Y muchos dieron un paso al frente. Pasaron de hablar de películas a rodarlas. Se tiraron por la borda. O como comentó el propio Godard en el número 138, de la Cahiers du Cinéma, en diciembre de 1962: “En tanto que crítico, ya me consideraba cineasta. Ahora sigo considerando que soy un crítico y, en cierto sentido, más que antes. En lugar de hacer una crítica, hago una película, en la que introduzco una dimensión crítica.” (1).

En España, en la actualidad, algún rayo de esperanza podemos encontrar. A la crisis económica actual hay que sumarle la interminable crisis del sector –  ¿sería correcto decir industria? – que ha movilizado a grandes y jóvenes cineastas a buscar otras alternativas para presentar y hacer llegar su obra al público de un modo cercano y a través del debate. No es extraño encontrar a la puerta de algún cine, centro social o sala de proyección el pack de película + debate con el director para crear un vínculo sin filtros y de manera cálida, directa. Una relación que va más allá de abonar un dinero a la taquilla y hasta la próxima sesión o estreno (en caso de haber una próxima vez). Es de imaginar que aquella idea romántica expresada por Fritz Lang en 1967 es probablemente, siendo mundos opuestos el de hoy y el de ayer, lo más próximo al elemento romántico que reúne rebeldía (necesaria hoy más que nunca) y amor por hacer cine, pensar en cine y trabajar en su expresión lo mejor posible.

Jean Luc Godard: ¿Por qué hacer cine hoy?.
Fritz Lang: Tiene que hacerse. Es un elemento romántico. No tengo nada en contra del entretenimiento…
JLG: … la distracción.
FL: Absolutamente nada. Pero si ves una película de masas, ya las has visto todas. No hay razón para ver Cleopatra. Siempre es lo mismo. Las películas deberían tener un punto de vista crítico. “Hay que poner el dedo en la llaga”. Debe tratar de un tema que interese a los jóvenes […..]. Muchos inversores se oponen a las películas que son conflictivas. Sólo defiende el entretenimiento. Un hombre o una mujer que han trabajado duramente, claro que necesitan distraerse, pero si al mismo tiempo podemos tratar un tema interesante, dirán: “vamos al cine otra vez”. Si funciona, comprarán una segunda y una tercera vez.

*

La pregunta no es baladí, aunque puede dar esa impresión. Sea cuál sea el tiempo, el lugar, el contexto, la idea o el objetivo, ¿por qué hacer cine hoy?. Se lo preguntó Jean Luc Godard a Fritz Lang. Muchas veces me lo pregunto yo mismo. ¿Por qué hacer cine hoy?, ¿por qué escribir?. Es una pregunta obligada y en mi caso surge sin ser forzada. Surge por mi propia naturaleza de hacerse preguntas, de seguir cuestionando y continuar, a pesar de hallar en ocasiones algunas respuestas, con la interrogante. No hay destino, es seguir por el camino. Desconozco si es un elemento romántico como apuntan Fritz Lang y Godard, y aunque no lo fuera es su cuestión, su interrogante, y como tal, toda pregunta, más allá de su naturaleza, ya debería ser válida. Un ser pensante es un ser válido. En el caso del cine, desde hace unos cuantos años a esta parte, la experiencia y el oficio cinematográfico se ha profesionalizado y se ha extendido considerablemente. Es habitual encontrarse a gente dispuesta a dedicarse a ello. Es habitual encontrar más centros, talleres, escuelas, con una oferta educativa sobre esta materia. El cine como oficio, partiendo de un ente de emociones e interesantes historias (supuestamente), es por lo que se apuesta a menudo profesionalmente. Ahora bien, es bueno cuestionar esas propias decisiones y preguntarse de nuevo ¿por qué hacer cine hoy?. Para mí, pregunta obligada el primer día de clase. ¿Por qué hacer cine y no otra cosa?.

Tal vez el origen esté en el conflicto. Cada autor, independientemente de su vocación, posee un motor en su interior que se enciende o acelera cuando el conflicto estalla, cuando detecta su presencia. El conflicto no como algo que limita sino como la oportunidad de construir algo, de rodearlo y meterse en ello. Hay una atracción muy fuerte por él (sea ajeno o particular) de la que a través de su aproximación, interrogación, de la metedura del dedo en la llaga como apuntaba Fritz Lang, nos invita a adentrarnos en un nuevo contexto de análisis para dejar de ser espectadores y comenzar a ser, ya fuera de la sala – incluso a veces dentro –, activistas de lo que nos rodea. Esas películas conflictivas nos fuerzan a nuevos movimientos y a crearnos nuevas interrogantes. Hablando de espectadores, ¿por qué ir al cine hoy?. ¿Qué nos impulsa todavía a algunos de nosotros, a estar dispuestos a salir de casa, gastarnos el dinero por una entrada y querer ver una película en una sala?. ¿Seremos parte de ese romanticismo?, ¿lo necesitamos?, ¿lo reclamamos aunque puede costarnos reconocerlo?. Y como apunta el director alemán, si has visto Cleopatra ya has visto todas las películas de masas. La cartelera televisiva y la de las salas ofrecen en su mayoría un número abundante de películas preparadas y listas para el gran público pero que habiendo visto una, puedes ahorrarte ver el resto. Es comprensible esa figura del inversor, como apuntaría Fritz Lang, siendo representante de una gran industria del entretenimiento para mantenernos distraídos y entusiastas con un repertorio de efectos de luces y sonidos como si de un bebé se tratara. Lo comenté meses atrás con motivo de la aclamada fiesta del cine. El cine juega un papel primordial en nuestro tiempo de ocio; y como tal, se construye en espacios determinados, con unas características determinadas, para proyectar unas historias determinadas. Todas ellas son lo mismo. Todo ello, cada parte, como un conjunto del tiempo fabricado para el disfrute del descanso. La ideología del ocio. Lo que nos lleva a preguntarnos si cabe hoy en día esa reflexión del director alemán cuando apunta que un hombre o una mujer, habiendo trabajado duro, volverán a ir al cine si se les ofrece una historia interesante. Sinceramente, tengo mis dudas de que así pueda ser hoy en día. El conflicto requiere de esfuerzo y en ocasiones pesa más la desconexión con un divertimento.

En el encuentro entre los dos cineastas, al inicio vemos algunas escenas de El desprecio (1963), película de Godard rodada con la participación de Fritz Lang interpretando su propio papel, el de un director de cine con la misión de adaptar La Odisea de Homero. El veterano director, tras una reunión con parte del equipo en la sala de proyección, prueba a sortear la tiranía del productor quien no duda en mostrar su desprecio por el material grabado dando una patada a la película como si fuera un balón. Todo parece indicar que el enemigo está en casa y está justo enfrente.

Extracto de El desprecio:

Productor Jeremy Prokosch: Cuando oigo la palabra cultura, saco mi talonario.
Fritz Lang: Antes los nazis decían revólver, no talonario.

*

Godard ya lo apuntó en un momento de la charla:

Jean Luc Godard: ¿Cómo deberíamos reaccionar, no a la censura, sino a algo más grave, la tiranía?.
Fritz Lang: ¿Quién es la censura?
JLG: Un grupo de gente que no conocemos.
FL: Hablamos de una película cuando hay algo que discutir. 

*

Sin duda, siempre hay algo por lo que discutir. A pesar de la censura, la de entonces en los años 60 (más visible y como organismo estatal) y la que hoy puedan imponer grandes empresas e inversores sencillamente por desprecio o indiferencia sin destinar dinero alguno a la producción de películas conflictivas (según ellos) o películas necesarias (según nosotros). Esa limitación vestida a menudo con traje y corbata dispuesta a golpe de talonario a controlar todo pensamiento sin ningún escrúpulo para con los demás. Sin olvidarnos de la lucha de medios, en los que en ocasiones la crítica como vehículo y medio para el análisis de la obra, suele ser escasa.
Ejemplo de ello fue lo que le sucedió a François Truffaut cuando regresó de EEUU con motivo de la presentación de Jules y Jim. Truffaut llevaba tiempo oyendo el desprecio y el calificativo de fácil por parte de la crítica americana hacia la obra de Hitchcock. Uno de esos críticos le dijo: A usted le gusta La ventana indiscreta porque, no siendo habitual de Nueva York, no conoce bien Greenwich Village. El propio Truffaut lo expresó muy bien cuando le contestó: No es una película sobre la ciudad, sino, sencillamente, una película sobre el cine, y yo conozco el cine.
A su vuelta, Truffaut reflexionó sobre ello: Regresé a París turbado. Mi pasado de crítico era todavía muy reciente, yo no me había liberado de aquel deseo de convencer que era el punto común de todos los jóvenes de Cahiers du Cinéma. Hitchcock había sido finalmente la víctima en América, al lado de los intelectuales, de tantas entrevistas superficiales y deliberadamente dirigidas hacia la burla. (2).

Fritz Lang tiene toda la razón. Se habla de algo, una película, una obra, un libro, un discurso, una posición, cuando hay algo por lo que discutir. Cuando se ha introducido uno o varios elementos conflictivos para estar durante la proyección atentos y dispuestos a arrebatar y desenredar el nudo que todo conflicto origina. Y si parte del cine que nos llega está destinado a la burbuja del entretenimiento ¿de qué vamos a discutir? ¿Cuáles son las razones para hacer ese cine, tan imperialista, tan entretenido y cuáles son las razones de aquellos que no se prestan a iniciar un debate, que no se arriesgan a verse cara a cara con el conflicto?.

 

NOTAS:

1.- Del libro Jean Luc Godard. Pensar entre imágenes (conversaciones, entrevistas, presentaciones y otros fragmentos). Edición de Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas. Editorial: Intermedio, 2010.

2.- Del libro El cine según Hitchcock de Alianza editorial de la edición de 2002. Página 8: Prólogo a la edición definitiva.

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