“El perfume de Yvonne”: De la falsa elegancia al reencuentro con el viejo cine

Hay un momento en que la música cambia y, entonces, la escena da todo lo que podía dar, que tampoco era demasiado, aunque con el tiempo, queda. Se trata de una extraña escena, un fragmento algo insólito dentro del estilo del film “El perfume de Yvonne” (“Le parfum d’Yvonne “, 1994) de Patrice Leconte, y que se recuerda después como un apartado independiente, un momento de alivio, seguramente innecesario, pero en el que se aprecia un cierto buen hacer de lo más cinematográfico. Nos fijamos en la escena de la Copa Houligant, ésa en la que el tándem Sandra MajaniJean-Pierre Marielle cristalizó como en ningún otro momento de la película, y sin necesidad de palabras. Convendrán que se trata de una elección inesperada, pues en el marco del mismo film, bien pudiera preferirse como objeto de análisis la secreta diatriba psicológica de Yvonne, o esa manera tan elegante y encantadora de presentarnos al inicio del film los lugares por donde transcurrirá luego la historia y que terminarán siendo sus enclaves más cruciales.

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Es más, puestos a adoptar una postura colectiva frente a esa infame Copa Houligant del estilismo y la elegancia, imposible no hacerlo en su contra, tanto por la hipocresía que convoca, como por la insoportable impertinencia que representa considerando que Europa libraba una guerra mundial a pocos kilómetros de distancia. No es que sea precisa la sangre para que su celebración articule semejante impertinencia, pero la indolente decisión de su celebración exalta el desplante hasta localizar la Copa Houligant en las coordenadas más contrarias a su propia definición, es decir, en las del mal gusto. Sin embargo, dígase también que, como fenómeno cinematográfico, la escena en sí sirve a su director, Patrice Leconte, como invitación a la escritura, o mejor dicho, a una escritura, un trabajo de escritura que se traduce en los encuadres, la composición de los planos, el juego de la música y el carácter de siniestro fetiche que late bajo las imágenes. Será por esa escritura que la escena “queda”, que merece ser vista, siquiera desde la autoparodia que en el fondo es respecto de sí misma, o desde la infamia que representa por el contexto internacional en el que se ubicaría. Elijan la que prefieran.

 

El cine de Leconte para la Copa Houligant

Como decíamos, la escena obliga a Leconte a modificar el carácter de su estilismo cinematográfico para imprimirle “una escritura”. Una diferente a la del resto del film, pues la escena está del todo atravesada por el sentido del gusto y la elegancia, y ello debe contaminar no solo a los protagonistas, que se acicalan hasta el extremo para la ocasión, sino también al propio oficio de dirección de la película. Tanto es así que Leconte hace sus elecciones de dirección más visibles, más presentes, más notorias y expresivas. No significa que cuanto exprese sea más intenso ni más verdadero, pues de hecho, es más bien lo contrario: resultan tan pretenciosas y vacías como el espíritu y las formas de la propia Copa Houligant a la que todos aspiran. Se da, por tanto, un cierto efecto de ósmosis entre el plano interno de la narración, el off-homogéneo, y el trazo fílmico con el que la película construye sus pequeñas decisiones durante el desarrollo de la escena. Diríase que en ella, cada plano es consciente de sí mismo, de su pretenciosidad y su deseo de pose:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Toda clase de fenómenos comienzan a darse en la pantalla: Composiciones de plano en la línea de los convencionalismos fotográficos, contraplanos simétricos, planos picados sobre el interior del coche, saltos de eje de efectos decorativos operados con absoluta impunidad y hasta primeros planos cuya existencia resulta tan pomposa como el propio estilo del certamen. Leconte, aliviado de la historia que su película está relatando, se permite esta escena de narratividad exigua donde, aparentemente, lo sincrónico se impone sobre lo diacrónico, es decir, donde las elecciones realizadas en cada plano detenido valen más que la narratividad desprendida de su movimiento, dando como resultado una dirección cinematográfica extraordinariamente consciente de sí misma. No es narcisismo creativo, por supuesto, pues la escena habla de sí misma y no de su creador, y por cierto no del todo bien, pero es verdad que cada plano de la escena sabe de sí mismo por la cantidad de decisiones que ha requerido, y ello se siente rotundamente del lado del espectador. Además, y por si algún espectador se distrae, el deseo de recrear un estilo fotográfico en la escena se enuncia mediante la aparición de las cámaras de fotos, casi al modo cómo Luchino Visconti señalaría lo mismo, si no con más jactancia, al final de “Muerte en Venecia” (1971).

"El perfume de Yvonne" y "Muerte en Venecia"

 

Una escena como recreación miniaturizada del film

Podríamos pensar en la escena de la Copa Houligant como una derivada temporal de la narración central de “El perfume de Yvonne” pero cuya lógica, aunque no lo parezca, es idéntica a la del film al completo, o al menos en lo que se refiere al sentido de sus personajes principales. O, si prefieren, como una recreación del propio film dentro de una realidad impostada que por su limitada celebración (no es más que una escena) comparece a modo de miniaturización del film. Sin embargo, para explicar esto tenemos que desentrañar mejor el personaje más deseado de la película, que es Yvonne.

Sandra Majani en "El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne")

Y bien, la lógica del personaje de Yvonne es la de “estar para ser mirada”, cosa que sucede a menudo en el film pero de la que ella no parece cansarse nunca. Por el contrario, y aunque ella no parece obrar por que suceda, es siempre consciente de ello, desde la primera escena en que aparece en el film, como refleja el hecho de que ella, que se siente mirada, primero posa, siempre posa, y luego va al encuentro de los ojos que la miran. Algunas de las escenas más gloriosas y emblemáticas del film tienen que ver con el hecho de que ella es mirada. Y parte de la energía que se desprende de la película procede, pues así lo sentimos pero también se nos da a ver, del acto de mirarla. De hecho, no olviden que Yvonne quiere ser actriz, y para ello acepta primero ser modelo, es decir, dos profesiones que la situarían en el centro para ser mirada. Victor, el personaje interpretado por Hippolyte Girardot, no hace otra cosa en toda la película que mirarla. La mira tanto como puede, y aún así, no es suficiente. Y eso que su amigo común, Rene, ya se lo revelaría al oído en su momento mientras ambos la miraban:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Rene: Tenga cuidado con ella. No hay que perderla nunca de vista. ¿Comprende?
Victor: Sí, eso creo.

No nos extenderemos más en la documentación de ese deseo de ser constantemente mirada porque nos llevaría más allá de nuestra escena, pero el espectador podrá recordar, seguramente sin esfuerzo, escenas varias de “El perfume de Yvonne” en donde esta lógica funciona a pleno rendimiento. ¿Y no es la escena de la Copa Houligant, precisamente, la más sofisticada y refinada ocasión para mirarla? ¿No es, precisamente, la más institucionalizada y legítima ocasión para hacerlo?

Su lógica es fingir una desafectada pose para terminar haciendo figura sobre el fondo. En orden: Primero posa, se hace mirar, siempre posa y, luego, va al encuentro de los ojos que la miran:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

 

Una recreación impostada del viejo cine

Leconte inscribe esa hipocresía esencial de la Copa Houligant a través de un desfile de concursantes, a cada cuál más torpe, incapaces de personificar la elegancia convocada, y que terminan haciéndola transitar definitivamente por el ridículo. Es el espacio de la comedia, en el umbral del vodevil, de hecho no demasiado lejos del contraste que jugaba Margaret Dumont en las comedias de los Hermanos Marx. Sin embargo, todo cambia cuando llega el turno de Yvonne y Rene, afectando dicho cambio tanto a lo interno, como a lo externo del film, tanto a lo sincrónico, como a lo diacrónico que, de hecho, terminará jugándose como la clave de su victoria en el certamen.

No obstante, antes de comentar nada sobre el insólito fragmento de Yvonne y Rene que constituye su desfile para el certamen, conviene hacer notar que éste había tenido ya su pequeña nota prefigurativa. En ese momento, mientras el resto de concursantes exhiben la torpeza con la que se disfrazan de elegantes, el film nos brinda un aperitivo de ese cambio profundo que afectará muy notablemente al carácter de la narración, en un plano de ejecución sencilla pero de esencia sofisticada, y que al tiempo sirve para consolidar algo de esa extraña química entre Sandra Majani y Jean-Pierre Marielle que antes aludíamos. Es ese instante en el que Yvonne pone su mano en el hombro de Rene, como reconociendo a su compañero de “equipo”, pero también echando a andar ya algo de una narrativa que más tarde se expandirá hasta abarcar la escena por completo. De momento es solo un instante de espionaje entre las bambalinas que representarían la espera de su turno por parte de los concursantes, pero en el que ya se atisban, al menos en su potencia, algunos elementos narrativos de cuanto sucederá llegado el turno.

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Un plano sencillo en el que todo cambia sin cambiar, en el que se advierte esa orientación compartida entre ambos, el toque de contenida camaradería pero en el que también hay algo de un profundo aprecio que toca algo muy personal de ambos. La sofisticación del guante de Yvonne viste un gesto que, en su corazón más íntimo, no es pose, allí donde lo que se valora es, precisamente, el trazo de la pose.

Sin embargo, la auténtica transformación formal se produce cuando llega el turno de desfilar. ¿En qué preciso instante se modifica el tono? Compruébenlo y verán que es en el instante exacto en que el conductor del certamen pronuncia la expresión “Mademoiselle Yvonne Jacquet”, lo cual no debe extrañarnos al recordar que la lógica de Yvonne es la de “estar para ser mirada”, luego allí donde la ocasión se define por ser la mejor oportunidad para mirarla, se requiere de un despliegue narrativo diferente. Y hé ahí la magia formal de Leconte que, sin apenas parecerlo, obra en un instante la conjunción de recursos cinematográficos necesarios para transformar el tono del relato. ¿El primer elemento? La música. Y con ella, el curso de los acontecimientos, su ritmo íntimo, su fluidez, que abandona el vodevil y adquiere lo que podríamos describir como una vieja narrativa de sabor a puro cine. No es que valoremos de sublime la cinematografía de la escena, pero sí que ésta se mira en el efecto de ese viejo narrar cinematográfico de otro tiempo, uno que podría ser más propio de Hollywood si lo imagináramos en blanco y negro, y que sabe a historia que se narra. De hecho, ésa podría ser la referencia de fondo de este formalismo al servicio de la (falsa) elegancia y que termina convirtiéndose, muy razonablemente, en el ingrediente secreto de una participación que terminará ganando el certamen: El desfile se transforma en un cierto relato. Ese “posar”, ese “ponerse para ser mirada”, cobra algo de una diacronicidad narrativa que permite la puesta en movimiento de los elementos, de suerte que todos ellos, además de por su elegancia postural, valen por su pertinencia en una historia que parece empezar a ser contada. Los modelos… se convierten en “personajes”, y su travesía por el césped adquiere el carácter de una escena cinematográfica que parecen interpretar. Es… cine dentro del cine, un cine meta-referencial que despliega el toque de otro cine, un cine de antaño, para prometer una historia que, de repente, deseamos consumir.

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

¿Qué sucede en esa escena que nos están contando? Bueno, probablemente aún nada y, sin embargo, la promesa es insaciable. ¿No recuerda algo a aquella inolvidable escena de “El último magnate de Elia Kazan en la que Robert Deniro, en el papel de Monroe Stahr, productor de cine, ejecuta una misteriosa e inquietante representación para otros dos personajes cautivando su mirada y prometiendo una fascinante resolución para su escena, seguramente absurda? Sus espectadores le preguntan al personaje de Stahr por el porqué de las cosas que hace, el sentido de lo que está representando, no dejan de lanzarle preguntas… y, finalmente, él responde:

Monroe Stahr: ¡AH!, no lo sé. Yo solo estaba haciendo una película.

Con unos sencillos y misteriosos elementos, una película va cobrando forma dentro de la película, una historia empieza a contarse. Y, de repente, queremos saberlo todo de estos personajes y de su paseo en coche. En esta escena, la pose se reduce para hacer hueco a la historia, a un cuento, y tiene el sabor de tal, ¿no lo creen?

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

La música se calma, se vuelve onírica, elegante, como si acompañara a una historia de origen legendario en donde una dama hermosa y su chófer… y queremos saberlo todo de ellos. De hecho, algo de ese plus de elegancia que el certamen termina premiando nombrándoles ganadores puede apoyarse no solo sobre ese carácter de relato que se pone en juego, sino también la sofisticación del paso del que se intoxica incluso la música, que comienza con unas notas viejas de antaño, pero que en sus giros demuestra una complejidad que tilda el conjunto de un serio tono de adultez. Los divertidos gestos de pose (o de disfraz) de otros concursantes aquí se convierten en un rictus serio que, en lugar de consagrarse hacia el exterior, hacia el público del certamen, es convocado en el serio y grave interior de cada uno de ellos dos, dama y chófer, ámbito en el que se promete estar celebrando un cuento, el de un relato irresistible. Idea ésta que también se sanciona en detalles como el de los ojos cerrados de Yvonne en su (dramatizada) llegada:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Donde otros concursantes brindaron una sonriente mirada durante todo su desfile, Yvonne emplea una enigmática y altiva llegada con sus ojos cerrados. Si unos ojos sonrientes parecen exhalar una alegría hacia el exterior, una que la impostura de la copa convierte en fútil hipocresía, los ojos cerrados contienen el misterio y multiplican el interrogante. De hecho, la elegancia demanda distancia, altura, una cierta dosis de inaccesibilidad. Y esta dificultad de esclarecimiento pone en juego también los interrogantes que subyacen al relato que constituyen. Ver unos ojos cerrados remite al observador a un plano más allá del inmediato, nos propone un salto interior, un nuevo plano al que la soñadora parece querer ir y del que parece querer saberlo todo, como si su inmediato presente no tuviera calidad suficiente, o como si estuviera ya atiborrada de sus certezas. El cuento se abre hacia el interior en ese soñar altivo hacia un mundo vedado para el observador, probablemente el giro del que nace la sensación de estar presenciando la elegancia.

Por tanto, vemos que la transformación cinematográfica de Leconte se produce desde la encrucijada definitiva de lo sincrónico, es decir, la incontestable elección de los elementos elegantes desplegados, y no otros; pero también desde lo diacrónico, es decir, desde el movimiento narrativo que entraña el desfile y que parece brindarse para la conjura de sus interrogantes. Y nada tan estimulante e irresistible como los interrogantes y sus promesas.

Algo de eso también debió sentir el personaje de Daniel Hendrickx, presidente del jurado, que localizó rápidamente su objeto de deseo:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Y, por supuesto, fue allí donde Yvonne, por fin, “se colocó para ser mirada”.

¿Algo más? Sí, un cierto fetiche por los detalles que se integran en esa película dentro de la película y que el resto de concursantes, simplemente, no pusieron en juego. Si se fijan, sentirán que cada elemento… clama por una historia que lo explique:

"El perfume de Yvonne" ("Le parfum d'Yvonne") de Patrice Leconte

Sin duda, toda una narrativa contenida que clama por su devenir, y toda ella inscrita en un plano donde lo que contaba era lo sincrónico de cada decisión formal: Una encrucijada ganadora que servirá para ganar la Copa Houligant, así como articular un insólito fragmento, mérito de Patrice Leconte.

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