Escenas para la historia: “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, Ep.2×22. ¿La mejor hora de TV jamás creada?

En “Dos catedrales“, el final de la 2ª temporada de “El Ala Oeste de la Casa Blanca“, Sorkin alcanza uno de los fragmentos más emotivos de su carrera televisiva y se convierte en el Sorkin que conocemos.

Hoy en día no es difícil encontrar entre los aficionados a las series de TV quiénes no sólo conocen el nombre de Aaron Sorkin, sino también quiénes reconocen en él a uno de sus más grandes creadores. Esta brillante reputación se ha forjado sobre todo gracias a series como “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, “Studio 60” y gracias a su participación como guionista en la producción hollywoodense “La Red Social” (que dirigió David Fincher) y por la que obtuvo un Óscar al Mejor Guión. Aunque estos días Sorkin ande recibiendo graves críticas por su serie “The Newsroom” (sobre la que ya reflexionamos en Código Cine), el nombre de Sorkin sigue representando una cierta garantía de calidad y una apuesta segura por buenos diálogos.

Su obra magna, al menos hasta el día de hoy, sigue siendo “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, una serie de TV que cuenta la historia de un gobierno de signo demócrata al frente de la Casa Blanca en busca de la defensa de los principios políticos que representa el Partido Demócrata… y también los del propio Sorkin. La serie brilla especialmente por el guión, por la historia, por su enorme credibilidad (la que quizás muchos crean que ha perdido en “The Newsroom”) y por un plantel de personajes periféricos tan excelso que hacen a la serie parecer casi coral. No obstante, al frente de dicha coralidad se encuentra la cabeza de Martin Sheen dando vida al Presidente Bartlet, cuyo halo de grandeza es cuidado por Sorkin con algo más que cuidado literario: Es sometido a un proceso de construcción de un personaje llamado a ostentar el nivel más ínclito y prestigioso que Sorkin ha sabido construir a lo largo de todo su trabajo audiovisual. El Presidente Bartlet comparece como el garante de la sabiduría, de la responsabilidad, de la prudencia, de los valores americanos (entre los que se cuentan los religiosos) y de la grandeza que rara vez acompaña al sujeto en la realidad pero que la institución real conlleva asociada, al menos, en las cabezas de los pocos interesados por la política en Estados Unidos.

El Ala Oeste de la Casa Blanca - Dos Catedrales (2x22)

El Ala Oeste de la Casa Blanca” fue un rotundo éxito de calidad y de audiencia, a pesar de su difícil temática de cara a las franjas horarias más populares de la TV. Sorkin estuvo al frente de la historia durante los 4 primeros años del show, aunque ésta continuó después hasta alcanzar las 7 temporadas ya sin su colaboración. Cuando la serie alcanzó el final de la segunda temporada, el personaje de Bartlet ya había sido perfilado en ese halo de grandeza incuestionable del que emanaba energía suficiente para alimentar todo el idealismo de su equipo de gobierno: una utopía dolorosa como hemos podido comprobar comparando con los presidentes reales, pero también irresistiblemente romántica (el trabajo de Sorkin debió crear muchos creyentes de la democracia, sobre todo entre los votantes del Partido demócrata o al menos alejados del ámbito ideológico republicano). En ese final de la segunda temporada, Sorkin encara la tarea de narrar cómo el Presidente Bartlet toma la grave decisión de presentarse o no a la reelección sólo unas horas después de confesar al pueblo americano que ha gobernado diagnosticado en secreto de una esclerosis múltiple remitente. Esta revelación conmociona políticamente a un pueblo que debe no sólo decidir si mantiene su confianza en su Presidente sino también si puede confiar en él para un segundo mandato. La de Bartlet es una decisión de extrema gravedad política que va a apretar todas las tuercas del Partido Demócrata que no oculta sus presiones para no cometer lo que consideran una apuesta equivocada de cara a los comicios. Atención, este artículo es un análisis de una escena determinada y por tanto es un espoiler en sí mismo dirigido a quiénes han disfrutado del fragmento en cuestión.

Sorkin emplea una “cruz diacrónico – sincrónica” cuya convergencia central tiene como consecuencia la elevación de Bartlet

Este largo final, que engloba más de una escena desde que comienza la decisión, articula un emotivo in crescendo que hace al espectador sentir la gravedad del personaje, la gravedad de la decisión, algo que trasciende contundentemente la actividad del día a día del equipo de gobierno, que son los protagonistas consuetudinarios de la serie y los que realmente cuentan los episodios uno tras otro cuando la historia atraviesa mesetas de “normalidad”. Sin embargo, en los grandes momentos, como marca el final de la segunda temporada, mandan los grandes y sus grandes actos, y Sorkin encara la narración de tan grave episodio partiendo de una completa construcción del personaje del presidente Bartlet. Esta construcción emplea una “cruz diacrónico-sincrónica” cuya convergencia central tiene como consecuencia la elevación de Bartlet y de su propio destino. Por un lado, la aproximación diacrónica del personaje se produce mediante una serie de flash-backs que nos transportan a los años universitarios de Bartlet, cuando asistía a una prestigiosa universidad privada bajo el auspicio recto (y tópico) de su padre (emocional y moralmente inaccesible). Con dichos saltos temporales descubrimos el origen del idealismo político de Bartlet que va a regir el modelado de los valores que perseguirá durante su vida y durante su acción política. Asistimos a una primera intervención política de valores (que hoy llamaríamos) progresistas y cuya calificación se produce a través de los ojos de la Señora Landingham, uno de los personajes más divertidos de la serie (y que aparecerá en el tiempo presente como la secretaria del Presidente Bartlet).

Martin Sheen - Dos Catedrales - El Ala Oeste de la Casa Blanca

La perspectiva histórica nos refiere la condición idealista de Bartlet, su prístina manía por la igualdad y la justicia, siendo éste el soporte para su trayectoria política posterior. Al mismo tiempo, el personaje también es sometido a un análisis de corte sincrónico, más instantáneo, a través de las miradas de los personajes que mejor le conocen. Leo McGarry, su mano derecha y jefe de gabinete de la Casa Blanca, exhala un sorprendido “mirad eso…” cuando Bartlet apenas ha empezado a dar signos de que podría decidir con un valiente “sí” la cuestión de su reelección. Por otro lado, su equipo de gobierno no esconde que su mirada es la de quiénes le admiran y le respetan, cualificando al hombre Bartlet y al Presidente Bartlet en el momento presente. La suma de la perspectiva histórica fiel a sus valores y la admiración instantánea simultánea de su equipo de gobierno resultan en un punto convergente sobre el que Bartlet se impone sobre cualquier otro personaje concebible.

Sorkin también emplea la religión como un medio para cualificar a su hombre total, Bartlet Presidente. Aunque el personaje presenta frecuentes muestras de fe cristiana a lo largo de la serie, la escena que analizamos contiene un pasaje en el que Bartlet vuelca su ira contra Dios responsabilizándole de la muerte accidental de uno de sus colaboradores más queridos cuando acababa de comprarse su primer coche nuevo. Bartlet se atreve con la escrituras en latín para hacer una lectura crítica y sarcástica de lo sucedido y concluir que si el criterio de juicio y actuación divina son los que emanan del accidente, cuya condición Bartlet enjuicia de lo más injusta, él no colaborará por la justicia de su cargo ni de su presidencia, como renunciando a la responsabilidad propia de la presidencia.

De alguna forma, relativiza la legitimidad de los valores que rigen la conducta de un presidente a los valores cristianos, y en la medida en que estos entran en crisis a los ojos de Bartlet, también lo hace su motivación presidencial más allá de la ambición política. Bartlet sucumbe así a una tentación simplista dispuesta a responsabilizar a Dios de todas las cosas que suceden en el mundo, especialmente los accidentes trágicos en cuanto que el destino de todos está en manos de Él. Aparentemente, Bartlet muestra una debilidad cristiana impropia de la trayectoria de un personaje capaz de citar la Biblia con capítulo y versículo, así como de ser prudente y razonable a la hora de interpretar las sagradas escrituras de forma verosímil y no literal. Sin embargo, el personaje de Bartlet, en lo que queda de escena, corrige esta debilidad aleccionado por las palabras del espíritu de su colaborador fallecido que se le aparece momentos antes de la gran decisión. “Sabe que Dios no hace que los coches choquen”, le dice, “así que deje de usarme como excusa”. El personaje fantasma le reconduce por el camino de la motivación hacia los valores prístinos que le llevaron a articular su activismo político, el idealismo original de Bartlet, y éste termina integrando el desafortunado accidente de tráfico dentro de la normalidad de su fe. Esto se interpreta como una forma de grandeza en su renuncia de responsabilizar a terceros y/o de emplear excusas para sortear su voluntad y su responsabilidad: Un método más de Sorkin para construir la Altura de Bartlet.

El Ala Oeste de la Casa Blanca - Dos Catedrales (2x22)

Por último en lo que construcción del personaje se refiere, hay que destacar intensamente el trabajo de dirección durante el final del episodio, desde que Bartlet entra caminando en el edificio (guiando a toda la comitiva con paso firme y rostro mojado por la lluvia) hasta que entra en la gran sala de prensa, se acerca al atril y brinda a una periodista la oportunidad de preguntarle si se presentará a la reelección. Todo está rodado con una sucesión de planos de lo más planificados, todos ellos cómplices de esa grandeza de la presidencia que se quiere transmitir.

El devenir de este final de temporada invita a considerar su continuación toda una refundación de la serie”
Uno de los primeros planos capta la figura del presidente desde su espalda, y frente a nosotros y frente a él la enormidad de un auditorio peligroso, grave y urgente a la espera de la gran noticia. El siguiente plano muestra al presidente de frente, tras el atril, pero mediante un plano levemente contrapicado, como si fuéramos un periodista más y estuviéramos admirando la figura elevada de Bartlet sobre el auditorio. Atención al lenguaje no verbal de éste, que extiende los brazos, agarra el atril por los lados y mira fijamente al auditorio con una pausa de poder extremo y control personal. A continuación, Bartlet mira el rostro del doctor a quién se le ha pedido que ofrezca la primera pregunta, que sería de naturaleza médica, y que de algún modo es una vía de escape idónea para renunciar a la reelección. Sin embargo, el rostro del doctor es el de la decadencia y la desmotivación, con sus ojos cansados y su aparente comprensión e infinita condesdencia. No es la opción de Bartlet, cuya grandeza construida quiere evitar ese camino de descanso definitivo, y ofrece la primera pregunta a quién le interroga por la reelección. Entonces comienza una cascada de planos llenos de signos no verbales que capitalizan en apenas unos segundos toda la energía incorregible con la que la escena ha construido su Altura y su dignidad presidencial: El plano de Bartlet frente a un auditorio en silencio y expectante, el plano con los rostros de CJ, Donna, Josh, Sam… (su equipo de gobierno) que asiste con atención desmedida a la inminente respuesta del presidente y la esperanza de que su valor le lleve a encarar el “sí”, la cara más humana que Leo McGarry pone en toda la serie al verse sorprendido por su amigo al reconocer sus gestos secretos del “”, su arrebatador “mirad eso…”, y como colofón, un plano irregular que comienza con el detalle de las manos del presidente metiéndose en los bolsillos para construir un gesto de seguridad y poder, con una subida de cámara hacia su perfil desafiante, un histórico giro alrededor de su nuca de perfil a perfil dejándonos asistir a la profundidad del auditorio que sigue esperando la respuesta y una sonrisa apenas sospechada, ni siquiera esbozada, que ciertamente llena de gozo al espectador que haya sabido descodificar todos los signos propios del personaje y de esta serie de TV. Todo mientras suenan los acordes eternos del solo de guitarra de Mark Knopfler en “Brothers in arms”, sumando otra franja de emoción no verbal pero enormemente arrebatadora.

Sorkin recurrió a todos los elementos narrativos a su alcance para lograr que el espectador se sintiera plenamente afectado”

Son unos minutos graves, algo más que emocionantes, que marcan prácticamente el comienzo de una nueva serie. Si ésta comenzó en su capítulo piloto con un Bartlet ya investido presidente, el espectador sabe que a partir de ese instante asistirá a la contienda electoral por la reelección en el peor escenario posible para el protagonista máximo de la serie; una historia que aún no le habían contado hasta ese momento. De algún modo, el devenir de este final de temporada invita a considerar su continuación una refundación de la serie, como ya sucediera en el capítulo 3×13 de “Mad Men cuando Drapper y unos colegas terminan la temporada poniendo fin a toda una fase y comenzando otra tan apasionante que podría ser todo un spin-off, un punto y aparte, el comienzo de una serie nueva.

Sin duda, la escena elegida aquí marca uno de los momentos más emocionantes de toda la serie de “El Ala oeste de la Casa Blanca”, un final planificado y previsto con cargo a los recursos narrativos necesarios para que resultara tan intenso como finalmente fue. En opinión de este humilde seriófilo, si las 4 primeras temporadas escritas por Sorkin para “El Ala Oeste de la Casa Blanca” pueden ser su etapa más fértil, brillante y creativa que hemos podido disfrutar en su periplo televisivo hasta el momento, es posible que este final de temporada titulado “Dos catedrales” (2×22) marque su pico más alto, y por tanto el mejor fragmento de Sorkin hasta la fecha. Según Wikipedia, el capítulo “Dos Catedrales” ya ha sido referido anteriormente como “la mejor hora de TV jamás creada”, y ha obtenido premios específicos por su metraje concreto. De un modo u otro, lo que sí es seguro es que Sorkin recurrió a todos los elementos narrativos a su alcance para lograr que el espectador se sintiera plenamente afectado, y al articular su historia con esta dirección “fílmica” tan cómplice, la afección por Bartlet deja una huella difícil de borrar. De aquí proviene, quizás, parte de la religión que algunos sienten por Sorkin, a pesar de que la escena en cuestión no deslumbra con los diálogos, el punto fuerte de este escritor de TV tan diferente a cualquier otro. No sabemos si “la mejor hora de TV jamás creada”, puesto que la competición incluiría otros buenos pretendientes (imposible olvidar el final de “A dos metros bajo tierra”, entre otros), pero seguramente sí se trata de uno de sus aspirantes más sólidos.

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  • solo puedo agradecerte Rii que me aconsejaras tanto esta serie. Ya vi advertida “Dos catedrales” y…qué decir. La piel de gallina! Echaba de menos esta entrada. Que sepáis, que cuando Rii habla y describe escenas como estas, todavía te emocionan más que leyéndole, así que a ver si os animáis a hacer alguna vez una quedada cinéfila o “seriéfila” 🙂

  • ¡AY!, ¡lo sé!, sé que debería escribir más sobre esta serie, pero … a veces siento que le tengo tanto respeto que la evito inconscientemente. No obstante, esta escena en concreto es una de las mejores cosas que he visto en TV jamás. Sé que tiene una dosis (en mi opinión aceptable) del Sorkin-ismo que muchos hoy ven exacerbado en series como The Newsroom, pero creo que 1) no es para tanto, y mucho menos en esta escena. Y 2) Quizás sea necesaria una breve traza de ese ingrediente para que el resultado vuelve tan alto como lo hace en “Dos catedrales”. Por otro lado, también es verdad que “The Newsroom” aún está muy lejos de alcanzar momentos como los de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”. En fin, seguro que escribiré mucho más sobre esta serie a la que quiero tanto.

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