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“El Corazón Fantasma”: Philippe Garrel y sus respuestas para la vida

18/11/2013 -
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Una cinta de liviana factura en la que Garrel da nuevas lecciones de vida y responde preguntas fundamentales para amantes contemporáneos y hombres de buen corazón. Una reflexión sobre la honestidad personal y la libertad moderna.

 

Puede que no haya ningún otro arte al que se interrogue más frecuentemente sobre la vida y sobre las personas que al cine, y no es ninguna novedad entre los cinéfilos que las obras de directores como Rosellini, Bogdanovich, Kieslowski, Bergman, Welles, y muchos otros han sido escudriñadas durante generaciones en busca de respuestas a las grandes preguntas de la existencia humana y de la red que formamos las personas cuando vivimos juntas. En ninguna de esas listas de cineastas se encontrará jamás el nombre de Philippe Garrel, aunque quizás este francés se haya ganado el derecho a aparecer cuando menos al final de la cola exhibiendo algunas esclarecedoras escenas de cine en las que encontrar pasajes de lo más reveladores. Puede que en su cine no se encuentren historias gloriosas, ni relatos de grandes dimensiones, ni superproducciones, ni estrellas propias de ningún star system (salvo, quizás, el europeo), pero en sus relatos no suelen faltar escenarios en donde los personajes muestran hábitos e inquietudes que remiten intensamente a la vida real y a los valores que rigen las preguntas que nos hacemos muchos ciudadanos en nuestro tiempo. Y, en ocasiones, incluso el privilegio de las respuestas.

Garrel tiene ojo para las cosas que pasan entre las personas y que no se ajustan a los modelos preestablecidos ni los álbumes convencionales de eso que llamamos familias o parejas al uso (baste visionar, por ejemplo, “La frontera del alba”). Suele navegar en busca de las verdaderas dudas que asaltan a las personas que viven relaciones actuales y que andan interrogando al amor sobre el sentido que éste debe tener en los nuevos tiempos que nos rodean, así cómo por la forma de conciliar los imponderables de la naturaleza con este nuevo sentido del amor que en muchas ocasiones debe ser replanteado. En “Un verano ardiente” ya descubrimos su certera puntería con los diálogos y su temple al frente de los mismos cuando las situaciones entre los amantes se vuelven adultas, confusas y extraordinariamente complejas; cuando descarrilan de la “normalidad” y han de ser enfrentadas con flexibilidad, con honestidad y con incertidumbre. Decíamos entonces que el de Garrel no es cine para novatos emocionales porque pareciera que el aporte de sus películas y de sus mejores diálogos no es el efecto artístico de la exhibición de sus líneas de guión, sino más bien el resultado interno de coser a éstas con una experiencia individual y exageradamente subjetiva requerida en lo más profundo del corazón del espectador. El cine de Garrel puede resultar desconcertante (e insoportable) para quién no dispone de dicho código hondo en su alma, pero a cambio tiene la enorme capacidad de estallar en el interior de quiénes sí han vivido suficiente para descodificarlo y para reconocerse. El resultado es un gesto del alma, un rosario de nuevas preguntas y algunas claras respuestas en donde, curiosamente, se encuentra más conocimiento que en la memoria de cualquier cónyuge feliz.

Luis Rego

El corazón fantasma” es una espléndida producción de factura liviana y medios comedidos rodada en 1996 y protagonizada por un acertadísimo Luis Rego. La historia nos cuenta cómo éste ve finalizada una relación sentimental con dos hijos y cómo emprende una nueva con una mujer sensiblemente más joven, hermosa y en ocasiones enfermizamente celosa (Aurelia Alcais). Philippe (nombre muy revelador el del personaje principal) atiende las atenciones requeridas de su ex pareja, de sus hijos, de su padre, de su nueva y celosa pareja, etc., desde el más puro ejercicio de responsabilidad, asumiendo en todas direcciones el coste completo de dicho ejercicio. El resultado es un tipo entregado caleidoscópicamente a todas las causas en las que tiene la más mínima participación, multiplicando su presencia en todas las escenas y reivindicando para sí mismo lo que de ellas puede obtener más porque lo dice el guión que porque realmente precise de tales valores en su día a día. Philippe vive de acuerdo a un libro de formas y valores que se lee a sí mismo y que le supone un enorme coste cuya factura deja escaso espacio para su propia felicidad. Ésta tan sólo le sobreviene en la soledad de su taller de pintor con sus pinceles y frente a los lienzos en donde explica sus inquietudes y refleja cómo se ve a sí mismo en relación con las mujeres que le requieren. El taller comparece como un oasis de paz en donde Philippe se expresa para sí mismo y para quiénes guarden su obra, que no será su familia, y en donde el silencio y la tranquilidad aparecen como un patrimonio valioso de su existencia. Actúa así como la válvula de escape para aliviar las tensiones, unas que el personaje de Paul (el protagonista de “El nacimiento del amor“, también de Garrel), no consigue sobrellevar igual de bien y juega con la tentación de abandonarlo todo.

Luis Rego en "El Corazón fantasma"

Los temas de la película son dos: 1) La honestidad. O mejor dicho, la extrema necesidad de vivir siempre con honestidad, no tanto hacia los demás sino hacia uno mismo, para ser capaz de alcanzar la satisfacción que requerimos en alguna medida, y para no caer en la locura. Aquí, la honestidad se plantea como el principio de una sinceridad individual en donde plantear lo que precisamos para nosotros mismos, para nuestra felicidad, y por la fuerza que nos permitirá seguir adelante con un concepto decente de nosotros mismos. En “El corazón fantasma”, esta noción es lanzada casi con crueldad por el padre de Philippe (interpretado por Maurice Garrel, el padre de Philippe Garrel en la vida real, y abuelo de Louis Garrel), que explica a su hijo las consecuencias de ignorar

esta máxima. Aplicada, la honestidad de Philippe desencadenaría una buena lista de reproches por parte de varios personajes femeninos, una tormenta que Philippe trata de evitar a toda costa, aunque también esclarecería mesetas de paz en donde su voluntad verdadera podría brillar y abrir nuevos caminos hacia su propia felicidad. Su padre le explica que los reproches de los demás son el triunfo de su individualismo, pero que nosotros debemos saber por qué hacemos las cosas y enfrentar dicho individualismo con el nuestro propio. 2) La libertad. Y esta idea conecta al cine de Garrel con el cine reflexivo y filosófico que triunfó en los tiempos de la nouvelle vague con cineastas como Eric Rohmer. Garrel no llega al punto de parar a sus personajes y hacerles recitar discursos filosóficos sobre Pascal (“Mi noche con Maud”, Rohmer) o sobre la libertad a personajes desconocidos que tan sólo comparten la mesa de al lado en un café (“Las noches de luna llena”, Eric Rohmer), sino que emplea escenas con personajes más cruciales e involucrados, como un padre y un hijo. No obstante, sí aparecen los discursos, los recitales de conocimiento con los que algunos personajes iluminan a otros con párrafos plenos de sabiduría y en los que, para evitar cierta pedantería, se evita mencionar a Hegel cuando se alude a su “dialéctica”, ¡pero se alude!. En tales discursos de Garrel se encierra una insondable cantidad de experiencia reducida a aforismos comprensibles, quizás algo ortopédicos, pero siempre REVELADORES. Son esas respuestas de Garrel que antes mencionábamos y que no siempre aparecen en el cine de quienes muchos creen que nos explican los grandes asuntos de la vida. En el caso de “El corazón fantasma”, la película en sí es una reflexión sobre la noción moderna de libertad y su posible aplicación al mundo urbano de un país liberal en donde las relaciones entre las personas hace tiempo que fueron autorizadas a desviarse del guión previsto. Y atendiendo a los compromisos de un padre de familia que está reconstruyendo su vida, plantear cuál es el margen de movilidad para una libertad razonable y si dicho margen es apto para una felicidad suficiente. La película se pregunta sobre la urgencia de un padre por atender a toda costa cualquier requisito propio de tal condición y hasta dónde se puede conceder un coste por la satisfacción de dicho requisito. También, si en tal escenario sobrevive alguna clase de autosatisfacción final e individual que dé sentido a la macroentrega personal que las relaciones actuales pueden llegar a requerir si no se quiere caer en lo que muchos considerarían “una ausencia intolerable”. El corazón fantasma es el de Philippe intentando hacerlo valer sin embargo quedando apenas desdibujado frente a lo que “debe ser” y lo que “se espera de él”. Es el padre que esperamos que sea, pero no el que él querría ser, y su forma de resolver la diatriba tampoco es la forma cómo él querría hacerlo. “El corazón fantasma” es la película simétrica a “El nacimiento del amor“, la película en la que Garrel contesta a la misma pregunta sobre la paternidad pero desde el punto de vista de un personaje cuya frustración le conduce a la tentación de abandonar a su familia. Ambas películas son respuestas o aproximaciones contrarias a una misma pregunta sobre la condición de la paternidad en el contexto de la condición masculina; una lógica de matroskas que a menudo se confunden condenando al hombre a ser no mucho más que un padre.

"El corazón fantasma" de Philippe Garrel

Mientras reconocemos que “El corazón fantasma” no es una gran película, nos animamos a valorar el enorme trasfondo sobre el que se apoya y la sabiduría que encierran algunos de sus incontestables diálogos, verdaderos análisis del comportamiento humano:

 

[Phillipe y su padre van solos en el coche]

- Pienso mucho en ti últimamente – dice el padre de Phillippe. – Me acuerdo de los primeros años tras la separación de tu madre. Me costó 5 años no sentirme culpable de abandonaros a ti y a tus hermanos. Como crecí sin padre, debí pensar que podríais prescindir de mí. Quizás inconscientemente fue una venganza por haber sido abandonado por él. Murió cuando tenía 5 años. Cosas de la guerra. Por lo menos es lo que nos decían. Vivíamos en Marruecos pero él se quedó en Francia.

- ¿Por qué abandonaste a mamá?

- Ya no nos entendíamos. Ella quería dirigirlo todo. Quería más hijos y yo no. Cien mil razones o ninguna, es igual.

- ¿Y Françoise?

- ¿Cómo es que sabes de ella? ¿Mamá te dijo algo?

- No. Leí su nombre en el contrato de divorcio.

- ¡Ah!, ¿lo tienes tú?

- No.

- Françoise no era más que un motivo. Un pretexto. Pretexto o motivo, tratándose de divorcio es lo mismo.

- Bueno, pero estaba ahí.

- ¿Te refieres a que uno siempre se separa porque hay un tercero?. Quizá, pero no cambia nada. Si hay alguien es porque había sitio para alguien. ¿No viene a ser lo mismo?. En fin, a los diez años me di cuenta de que no significa nada, sentirse culpable de algo que uno no puede evitar. La vida es mucho más fuerte que todos los remordimientos. Y los remordimientos no tienen lugar en las historias de amor. Aceptar el riesgo del amor es aceptar el riesgo de la muerte, de una muerte determinada, la tuya o la del otro. Del odio también, de un cierto odio. Es la vida. Es dialéctica, como dijo no sé quién. Claro que, lo más duro son los hijos. No tienen culpa de nada, ellos. Abandonándolos, sabes que estás actuando mejor que viviendo con alguien a quién no amas. Evidentemente ellos no pueden pensar eso. Piensan que te equivocas y que no les quieres porque te vas. Ellos piensan en ellos mismos, como tú lo haces contigo. La diferencia está en que tú también eres ellos. Quizás les hagas un regalo al dejarlos y piensen que serían más felices si te hubieras quedado. Sólo tú sabes porqué lo has hecho, que no tenías otra opción. En cualquier caso, eso es lo que tú aportas y debes asumirlo.

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