Cine

elhombredelondres-foto

“El hombre de londres”: La maestría europea del claroscuro y la composición fotográfica

08/12/2014 -
0 Comments

Una exhibición fotográfica y compositiva en blanco y negro que redefine el paso mismo del tiempo y marca el paradigma del cine de Bela Tarr.

El hombre de Londres” es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Georges Simenon, aunque habiendo sido realizada por Bela Tarr, cabe sentirla más como una pieza de arte propia de este cineasta húngaro que como cualquier otra cosa. Y es que la película hace uso del repertorio completo de recursos expresivos habituales de Tarr, uno en el que la utilización del blanco y negro es algo más que un recurso, es una forma de diseñar el tiempo y el espacio de su cine, y donde los planos secuencia son la estructura básica de la narración. En “El Hombre de Londres” podemos apreciar estos recursos en acción, o mejor, en plena e intensa pasividad, pues es el carácter propio de Bela Tarr y su sello más característico.

Una estética expresionista con un violento blanco y negro

Desde el punto de vista formal, “El hombre de Londres” comparece como el resultado de un universo completo de elecciones operadas de forma deliberada por parte de un cineasta singular que escoge con esmero cada detalle de la imagen con especial atención sobre lo fotográfico y lo compositivo. Su visión sobre la estética cinematográfica no es la de un efecto casual, sino la de un trabajo calculado y operado para dar lugar a una estética densamente expresionista donde el uso del blanco y negro es el gran titular de su propio imaginario. Y no se trata de un blanco y negro indulgente capaz de reconciliarse con la realidad y reflejarla en mejores tonos; al contrario, es un blanco y negro violento y bipolar cuya extensión más extrema frisaría la estética del cómic y en la que sus personajes parecen a veces haberse estrellado y detenido bruscamente.

Decíamos que Tarr guarda un cuidado muy particular por lo compositivo que se puede advertir en prácticamente todos los planos de la película. No es extraño que, plano tras plano, pareciera que cada imagen hubiera sido “pesada” y “trazada” con un sentido de la composición muy notable. Y no es un efecto disimulado, sino más bien uno que quiere hacer traslucir intensamente la decisión de colocar a sus personajes a un lado o a otro, y de qué cosa. Los elementos de sus planos, incluyendo a las personas, parecen estar colocadas con una voluntad muy precisa, dando lugar a una cierta hibridación entre el cine y el propio arte de la fotografía del que parece tomar prestadas algunas herramientas específicas. No en vano, la fotografía dispone de una larga experiencia de uso del blanco y negro “en plano fijo” y ya que la estética de la película responde intensamente a la lógica del blanco y negro parece lógico reconocer en sus procesos de construcción algunas técnicas de sabor más fotográfico que cinematográfico. Además, es habitual no ya en “El hombre de Londres” sino en general en el cine de Bela Tarr que los personajes queden a menudo hieráticos mirando a algún lugar del horizonte, o de su propia nostalgia, manteniendo el plano fijo durante una cantidad llamativa de segundos de total estatismo. Esto permite al espectador alcanzar un cierto subtexto psicológico (como decíamos que sucede en películas como Drive” de Winding Refn o en muchas películas de Kieslowski) que parece trascender a partir de las imágenes de los rostros, pero también permite mantener fija una elección compositiva de elementos de la imagen que pone de manifiesto el trabajo de equilibrio operado en ellos.

La composición fotográfica en "El Hombre de Londres"

El hombre de Londres” también dialoga sutilmente con la propia historia del cine mediante la inserción de abundantes imágenes arquetípicas de algunos géneros como el cine negro que alcanzaron su mayor éxito durante la llamada Golden Age del cine de Hollywood (aproximadamente entre los años 30 y 40 en Estados Unidos). Dichas imágenes podrían haber sido reformuladas de formas más anodinas o mejor integradas según la estética propia de “El hombre de Londres”, pero en general parece notarse la voluntad de hacer comparecer ciertos planos como referencias intertextuales a ese otro tipo de cine “noir” bien asimilado por parte del público. Pueden ser imágenes algo tópicas pero serán siempre muy fáciles de descodificar y además articularán en la mayoría de los espectadores la evocación de una tensión que tienen bien asociada a la lógica de tales géneros. “El hombre de Londres” parece, así, hacerse consciente de sus propias deudas y las sublima en forma de pequeños homenajes al cine de género.

El homenaje al cine "noir" o cine negro

Más interesante es la difícil supervivencia de las figuras humanas en esta estética expresionista en donde el blanco y el negro copan todos los espacios de la imagen. Pareciera que los rostros humanos se secan y acartonan por el efecto violento del blanco y negro que rige sobre sus rasgos. Habrá quien interprete la congelación de estos detalles en los rostros de los personajes también como una técnica para transmitir la dureza del ambiente marítimo, húmedo y frío en el que viven. Puede que los surcos en sus caras ganen aún más profundidad por el efecto glacial de esta estética fotográfica que sólo entiende de claroscuros; aunque también pudiera parecer que los rostros se encuentran detenidos en el tiempo y que sus gestos duros son el efecto crónico de un impacto pretérito del que no se recuperarán jamás. Los personajes comparecen como figuras ásperas incrustadas en la realidad sin demasiado cuidado y a la que se han adaptado sólo gracias al paso del tiempo. No parece que en ellos brille calor alguno sino que se sienten húmedos y grises sin esperanza ni amor de ninguna clase.

Puede que tan sólo nuestro protagonista principal, que salva a su hija de la humillación y le recompone la dignidad con un regalo burgués, albergue un cierto calor interior, o la intuición de una realidad más allá del cartón de su presente, pero aún así… dura representación de lo humano la que hace Bela Tarr en esta película que parece ambientarse en un espacio fronterizo entre la humanidad y su propia cristalización.

 

La realidad como un eterno limbo para la soledad humana

El hieratismo existencial en Bela Tarr

Y es que ese lugar en el que se desarrolla la acción y que se muestra situado en “una realidad”, sin embargo, parece estar representando más bien un espacio no físico, quizás mitológico, quizás bíblico, en el que los seres humanos han quedado aislados del mundo. Tanto es así que ninguno de ellos parece estar involucrado en ningún proyecto dinámico sino más bien en un reposo vital de lo más deprimido en el que parecieran llevar ya demasiado tiempo. “El hombre de Londres” nos muestra un escenario de carácter estático en el que los seres humanos viven absortos en una cotidianeidad que sólo entiende de soledad y de desilusión. De hecho, uno de los efectos más valiosos de la película es su representación del tiempo, o mejor dicho, la falta de él, puesto que a pesar de que existen el día y la noche, y por tanto se supone el paso del tiempo, es verdad que no existe sensación de tiempo para el espectador, que asiste al reptar de una realidad aparentemente abocada a desembocar sobre sí misma y para siempre.

Este curioso efecto de la atemporalidad del escenario de “El hombre de Londres” queda, además, bien subrayado y reforzado por un efecto inesperado del plano-secuencia, un recurso cinematográfico muy habitual en el cine de Bela Tarr que aquí se emplea para que el montaje no haga al espectador suponer el paso del tiempo, sino que se enfrente a planos largos en donde a pesar de su duración no se siente el transcurso temporal. Se trata de planos que parecen performances estáticas de personajes absortos en sus propias miradas o en tareas sin importancia y por entre los cuáles se mueve la cámara. A veces parece que de sus rostros o de sus posturas emanan ciertas consideraciones psicológicas, pero la verdad es que si tratamos de verbalizarlas descubrimos que no existe contenido alguno. Así, pareciera que, o bien se trata de un formalismo pretencioso y vacío, o que el recurso nos transmite esa idea de tiempo inocuo, de tiempo nulo, de realidad-ficción, de tiempo-diorama o realidad-escaparate en donde el tiempo no articula cambio alguno e incluso es sospechoso de no existir. “El hombre de Londres” parece retener a sus personajes en una suerte de limbo existencial, un purgatorio eterno a la espera de una respuesta, en donde la existencia es un estadio inexpugnable y empalagoso que remite a aquella vieja visión existencialista de “La Nausea” de Sartre. Nuestros personajes parecieran estar confinados en esta no-realidad, una cautividad que además se enuncia de forma casi explícita con las rejas de las ventanas a través de las cuáles los personajes miran al exterior en múltiples momentos de la película. Por esas rejas, además, parece entrar una luz cegadora, un símbolo profundamente religioso, con la que los personajes desean fundirse pero de la que quedan eternamente separados. Se formaliza así ese estadio de larga espera o de eterna condena en donde ya parecen simplemente lamentar su propia condición y que, además, ayuda a entender las últimas decisiones de nuestro personaje principal, de carácter parcialmente autodestructivas.

"El Hombre de Londres" y "El espíritu de la colmena"

Entre todos los personajes, sólo uno, en cambio, parece escaparse a esta lógica gris y deprimente que invade el alma de todos los foráneos. Es la figura del comisario, un personaje externo, que acude a esta no-realidad de forma muy provisional y tan sólo para lograr una meta concreta a cuyo término se da por supuesta su marcha. Se trata de una especie de personaje-guía que sí que involucra su presencia en un proyecto activo (frente a lo pasivo a su alrededor) y que dedicará al resto de personajes la mirada escrutadora de su lógica de detective pero que  también se despedirá de ellos con condescendencia y, lo que es más simbólico aún, con misericordia y compasión. El comisario, que por cierto expone con detalle el crimen perpetrado en esa escena externa al relato que sí tiene sabor de auténtica realidad, parece adentrarse en el Infierno, como Orfeo en busca de su amada Eurídice, aquí convertida en un mcguffin económico, pero con plena voluntad de abandonar el lugar en cuanto sea posible. La presencia de este personaje termina siendo la de quien mejor comprende a los demás personajes, e incluso les ayuda o les salva en los momentos finales, hecho que también se simboliza casi de forma literal cuando en otro momento es quién hace tirar un salvavidas por la borda del barco hacia al muelle en el que viven y trabajan nuestros personajes más grises.

 

En definitiva, e incluso en el caso de que no se quiera ver en “El hombre de Londres” más interpretación que la de su sinopsis más explícita, se trata de una propuesta formal de gran calidad en donde destaca el uso del blanco y negro con intenciones muy expresivas y, asimismo, un sentido compositivo permanente que acompaña y equilibra la gran mayoría de los planos. Tiene todo lo que suele haber en el cine de Bela Tarr y lo pone en juego de una manera tan estética como propia.

Publicación posterior Publicación anterior

Los comentarios estan cerrados.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR