Contraplano

¿Es mejor el libro o la película?

21/02/2017 -
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“Es mejor el libro” ha sonado durante años como un gorgorito esnob de lo más extendido entre petulantes demasiado entregados al arte de dejar patente que ellos van por delante; sin embargo, no son pocos los que reclaman a menudo el valor del libro sobre el de sus adaptaciones cinematográficas. ¿Acaso son las películas, por lo general, peores que sus libros originales? ¿Es que toda adaptación está condenada a la “desadaptación”? ¿Qué se gana y qué se pierde con las adaptaciones cinematográficas?

 

ElenaElena

¡Veo que empiezas embistiendo! Las preguntas que lanzas no son baladí, ya que este debate surge cada vez que se adapta una novela al cine… y esto es algo que pasa prácticamente cada mes. Pero ya que tú empiezas con energía, yo también lo voy a hacer. Creo que este eterno debate se lo plantea gente que ni son cinéfilos ni lectores empedernidos. Y ahora pensarás: ya está, se le ha ido la pinza… ¿para qué hemos empezado este “Contraplano”? Pues porque creo que podemos aportar un punto de vista distinto, con la política de Código Cine de que el cine es más que un mero entretenimiento, de que la experiencia personal del espectador con una película es mucho más importante que esa vara de medir” de la que hablabas en tu último artículo. Y la relación literatura-cine es tan estrecha en ese sentido, tan íntima, que merece que la abordemos desde nuestro punto de vista.

Simplemente hay que pararse a pensar en una cosa: el cine nos aporta una dimensión visual que la literatura no aporta. Al leer un libro nos imaginamos lo que vamos leyendo, lo hacemos a nuestra medida, aportando experiencias, imágenes que ya hemos visto… o simplemente no imaginamos nada. El cine nos da esas imágenes “ya hechas”… otro se la ha imaginado por nosotros. Así que simplemente, hablamos de dos planos distintos.

De hecho, últimamente parece que se escriben y publican libros ya con vistas a ser adaptados al cine, ¿no te da esa sensación? Muchas veces, al entrevistar a un escritor por su última novela, la pregunta acerca de su adaptación forma ya parte de la entrevista “tipo”. Recuerdo unas palabras de Alfred Hitchcock en la entrevista que le concedió a Truffaut, cuando defiende la idea de que las grandes novelas de la literatura son tan buenas que no se pueden adaptar al cine. Él hablaba en concreto de Dostoievski. También hay que señalar que Hitchcock, para la gran mayoría de sus guiones, adaptaba “novelitas” (Hitchcock dixit) que incluso llegaba a comprar en estaciones de tren, lo que se llamaba originalmente pulp fiction.


RicardoRicardo Sánchez

En efecto, me temo que la pregunta sobre si “¿es mejor el libro o la película?” no es otra cosa que una “pregunta trampa”, toda vez que nos propone el abordaje de su respuesta desde una premisa falsa: Que la historia es UNA sola, que precede tanto al libro como a la película y que sirve como elemento de medición/valoración para todos sus posibles “aterrizajes textuales” en forma de libro, película, acuarela, escultura, o cualquier otra forma de adaptación a un medio. Sin embargo, lo cierto es que no existía ninguna historia hasta que alguien la creó en forma de libro, película, o como fuera. La historia comenzó a existir cuando alguien creó la primera obra concreta, ya en forma de discurso. Antes, solo existía una “idea”, una noción inútil para operar ninguna clase de comparación con el libro o la película. Yo propongo que, en realidad, cada adaptación es un texto distinto en sí mismo, una obra por completo diferente, un “hecho de lenguaje” que debe ser analizado y valorado de forma independiente.

Sí, es verdad que pueden compartir ciertos signos, como los nombres de los personajes, de los lugares, cierto parecido en la sinopsis, etc. pero, al final, y visto desde una óptica puramente materialista, son obras por completo distintas. Y, de hecho, es algo que tendemos a olvidar, por más que es clamorosamente evidente: ¿En qué se parece un libro a una película? Pensemos en términos puramente físicos. Son fenómenos sin semejanza física alguna. Son textos distintos, que se “leen” de forma muy distinta, que producen efectos subjetivos totalmente distintos. ¿No se ve claramente que algo de aquel viejo dicho macluhiano, “el medio es el mensaje”, se aplica aquí con facilidad para apuntar que se trata de obras totalmente diferentes? ¿Cómo comparar dos objetos que no comparten la misma lógica, más que para concluir que son por completo distintos? ¿Cómo decir, entonces, que uno es mejor que el otro? ¿No te parece que algo de una comparación entre “peras y manzanas” podría estar teniendo lugar en aquellos arrojadizos que eligen con prisa el libro o la película? Como mucho, alguien podría valorar si la película es buena en tanto que película, en comparación con otras películas, o si el libro es bueno en tanto que libro, pero ¿cómo compararlos entre sí?

Por otro lado, la pregunta esconde otra trampa: La premisa (falsa) de que la adaptación cinematográfica de un libro es UNA, como si algo en la estructura de los códigos de un medio (el cinematográfico, por ejemplo) condicionara la construcción de su discurso de tal modo que, a partir de cierto texto literario, solo cupiera esperar UNA posible adaptación cinematográfica. Sin embargo, bien sabemos que eso no es cierto, ¡no podría ser más al contrario!, ¿verdad? Fíjate cuántas y qué distintas son las numerosas adaptaciones que el cine ha llevado a cabo de libros como “Dracula” (Stoker, 1897), “Romeo y Julieta” (Shakespeare, 1597) o de “Sherlock Holmes” (Conan Doyle, 1887). Cada adaptación cinematográfica de “Dracula” es un hecho de lenguaje distinto, creado por la mano de un artista, y puede no tener nada que ver con la obra de otro director.

Así que me parece que llevas razón: Aquellos que plantean la pregunta en tales términos probablemente están tomando la película y el libro, aunque quizás no se den cuenta, como simples medios para alcanzar algo de una historia previa a la que atribuyen ser el origen de todo, que creen que subyace al libro y a la película, una supuesta esencia trascendental, en lugar de como el fin en sí mismo que cada texto ES. Dan por hecho que uno de los dos se acerca más y mejor que el otro a esa “historia maestra” que condicionaría todas sus adaptaciones a cualquier medio. Y en su afán por buscar un inexistente no consumible, algo que no existe en el orden del lenguaje, lo único que puede “leerse”, se están perdiendo “la letra” que constituye la historia misma y que verdaderamente puede evocar ese “intangible” mágico del arte.


ElenaElena

Estoy de acuerdo contigo en todo, Ricardo. Me ha gustado mucho que recordaras la expresión “el medio es el mensaje”. Por supuesto que es sumar “peras y manzanas”, pero lo que está claro, es que la gente hace esa suma. Me pregunto, y puede resultar muy duro por mi parte, si realmente la gente no ahonda lo suficiente en esas películas o esos libros, si esa comparación es sólo una impostura.

Me voy a mojar, voy a entrar en materia. Has nombrado a “Sherlock Holmes”, novelas últimamente puestas en boga gracias a la serie de “Sherlock”. En la serie, efectivamente, aparte de usar el nombre de los personajes, actualiza las tramas de las novelas de una manera muy curiosa. Ahora bien, ¿se pueden comparar? Obviamente no. ¿Es mejor la serie, o las novelas de Doyle? El debate no tiene sentido, pertenecen a distintos planos artísticos. Puede que incluso a Doyle le hubiera gustado la serie. Y la deliciosa película tardía de Wilder, “The private life of Sherlock Holmes”, una aproximación al personaje más que curiosa… ¿se puede comparar con los libros? ¿Con la serie? No tiene sentido, hay que contemplar cada obra como única y particular, y tratarla como tal. Aquí cabe lugar mencionar que el germen de la serie “House” está en Sherlock Holmes. Aquí tenemos el caso de cómo partir de una novela, para desarrollar otra obra completamente distinta….y buenísima.

O tenemos el caso que también has nombrado de “Drácula”, que tantas y tantas versiones se han desarrollado a partir de ella. Pero es la adaptación que hizo Coppola la que más controversias ha causado. Personalmente, soy del bando de los que defienden esa adaptación.

¡Qué distintas estas novelas comparadas con la mayoría de los “best sellers” actuales, que parecen condenados a su inmediata adaptación al cine o a la televisión, para caer en el olvido!



RicardoRicardo Sánchez

¡Muy interesante esa conexión entre Sherlock Holmes y el Dr. House!, y muy reveladora de cuanto intentaba poner de manifiesto: Dos textos que, en principio, no tienen ninguna relación entre ellos, es decir, allí donde no existe voluntad de mantener un imaginario compartido entre dos textos, sin embargo, puede aparecer una conexión muy intensa. Y, al contrario, entre dos textos relacionados entre sí por el tándem de “la obra original” y su “adaptación”, puede haber menos conexiones de las esperadas. La compartición de un cierto imaginario no conlleva inmediatamente que dos textos estén planteando los mismos temas ni, por supuesto, que generen efectos subjetivos ni siquiera parecidos, lo que nos lleva, de nuevo, a defender la autonomía textual de cada uno de ellos. Y así, en definitiva, volvemos a colegir que hablar de “¿es mejor el libro o la película?” es un planteamiento de lo más tramposo.

Cuando dices “la versión de Drácula que más controversia ha causado es la de Coppola”, deslizas la idea de que cada versión, cada adaptación, es un trabajo diferente y pueden tener efectos subjetivos distintos en los espectadores. Desde luego. ¿Y qué te parecería ensayar una conexión híbrida entre una obra original y otra? Aquí analizamos en su día la conexión existente entre dos películas como “La dolce vita” de Fellini y “La gran belleza” de Sorrentino. La segunda no es un “remake” de la primera, pero es obvio que parte de su más inherente construcción y se apoya sobre ella (entonces hablábamos de “cine de contenido incremental”). Multitud de elementos en sus “lecturas externas” las aúnan y hermanan entre sí, como ilustramos comparando fotogramas, pero lo increíble es que el efecto se produce mientras una y otra están, en realidad, reflexionando sobre temas distintos. Y si esto se produce entre dos películas, es decir, dos obras de misma naturaleza física que se revelan como fenómenos textuales completamente diferentes, imagina entre un libro y una película, lo que redunda de nuevo en esa recomendación de plantear cada texto (el libro y su adaptación al cine) como un hecho independiente y no como una historia única contada mediante dos medios distintos.

Tanto es así que fíjate la de veces que se producen buenas películas a partir de libros mediocres y cuántas películas mediocres a partir de grandes libros. Incluso cuando un gran libro da lugar a una buena película, como sucede, en mi opinión, en un ejemplo como “Carol” de Patricia Highsmith, no dejo de pensar que gran parte del mérito de su adaptación cinematográfica recae sobre los cineastas que han creado la película. Patricia Highsmith creó el texto del libro, pero muy poco de eso que llamamos “Carol” (la película), por más que parezca lo contrario, y sin querer restar mérito en absoluto a una historia tan magnífica. ¿No te parece?

Por otro lado, creo que no es gratuito ni demasiado oportunista traer aquí la sempiterna cuestión sobre qué es una buena película. Cuando nos preguntamos si es mejor el libro o la película, ¿qué entendemos por mejor? Y si no tenemos claro este criterio, ¿cómo resolver una comparación aún más compleja que entraña un cambio de medio? ¿Acaso la lógica de la calidad, una por cierto de la que sabes que yo reniego, operaría de igual modo independientemente del medio donde se aplicara? ¿Mediríamos la calidad igual en el caso de un libro que en el caso de una película? ¿No empieza a entreverse la tontada que subyace a la pregunta “Es mejor el libro o la película”?


ElenaElena

Ricardo, si decimos que es una tontada… ¡se nos van los lectores!

Efectivamente, defiendo que cada obra hay que juzgarla de manera independiente, ya que nuestra experiencia con esa película o ese libro van a determinar (para nosotros), si esa obra es buena o no. Ponías el caso de la comparación que se hace entre “La gran belleza” y “La Dolce vita”. Dejando de lado la conexión entre una y otra, ¿no es determinante para “redondear” esa comparación la experiencia que hayamos tenido con cada película?

Voy a poner un par de ejemplos de película y libro, que para mí, son extraordinarios cada uno por separado, pero que también funcionan muy bien como “obra completa” como un díptico. Me resultó muy curioso el caso de “2001.Una odisea en el espacio”. Admiro muchísimo la película de Kubrick, intento (solo intento) llegar a entenderla, lo cual me llevó muy posteriormente al libro de Arthur C. Clarke. Y mi sorpresa fue mayúscula. El libro es excepcional, y es más, su posterior lectura me ayudó a ahondar un poco más en la película; en este caso, siendo la película una adaptación del libro, hay que considerar no sólo cada obra por separado, sino que una complementa a la otra. Yo recomendaría ver primero la película y después leer el libro. Ahora bien… ¿se podría concebir otra versión? Me atrevo a decir que claramente no. Incluso, y sé que estarás de acuerdo conmigo en que en “Danubio Azul” fue compuesto mucho antes con sólo el propósito de que lo usara Kubrick.

El otro ejemplo es el de “El paciente inglés”. En esta ocasión también vi primera la película y después el libro (comprado en… ¡un kiosko!), y he de decir que no sabría decir con cuál he disfrutado más. La película se toma sus licencias en cuanto al libro de Michael Ondaatje, licencias para poder “guionizar” la novela, pero que las subyugantes imágenes, los actores, la banda sonora… hacen que la película vaya en un momento dado por otro sendero, pero da igual, el disfrute de las dos obras se hace incluso mayor cuando se juntan.

Y ahora voy a poner un ejemplo al contrario, en el que la adaptación supera a la novela(s): para mí un ejemplo claro serían las adaptaciones que se hizo para la televisión inglesa sobre las novelas de Agatha Christie protagonizadas por Poirot. En este caso la serie supera a las novelas, y para mí, el Poirot que nos propone David Suchet es mejor que el Poirot que Christie ideó.

¿Me puedes decir algún ejemplo que te haya llamado la atención?


RicardoRicardo Sánchez

Exacto, por supuesto que la “experiencia” de ver “La dolce vita” no es similar a la de ver “La gran belleza”, por más que esta última remita a la primera. De ninguna manera podemos decir que la experiencia de ver la película “Dracula” de Coppola sea similar a la lectura del libro de Bram Stoker; y así un largo etcétera. Cada obra provoca su propia experiencia y ésta es autónoma. Solo depende del discurso que la constituye y los signos de que está compuesta. Y por tanto, si existe algo anterior a ambas obras no es más que una idea, una entelequia en el umbral de la creación del artista que creó “Dracula”, es decir, nada que sirva para la comparación, pues apenas existió en su mente como un agregado caleidoscópico de esbozos junto a su voluntad de creación. Solo podemos comparar obras, no entelequias y, por tanto, toda obra debería ser tomada como autónoma e independiente.

Mi querida Elena, nunca lo había pensado en esos términos, pero no puedo estar más de acuerdo: El Danubio Azul fue compuesto con el único propósito de hacer bailar a dos naves en el espacio, jajajaja. Sin embargo, no estoy de acuerdo en que no pueda concebirse otra versión. Lo que me sucede es que algo en mi interior niega la posibilidad de toda alternativa, no quiere saber de ella, debido, fundamentalmente, al amor que le tengo a la versión de Kubrick. Sin embargo, creo que las alternativas son posibles, que cada una tiene la posibilidad de aportar algo nuevo y que todo dependería del artista que la emprendiera. Si me preguntas, te diré que me parece improbable que llegue jamás una alternativa que nos guste más que la de Kubrick, pero nunca se sabe. Si defiendo que cada obra es independiente, va seguido reclamar el derecho de cada obra a existir, el derecho a crear nuevas obras, tanto si vienen con el riesgo de quedar demasiado ensombrecidas bajo una obra maestra como “2001, una odisea del espacio” (1968), como si llegan sin ninguna otra obra que les haga sombra. De hecho, creo que somos muchos los que pensamos que ese final críptico de la película, engendrado en la paranoia psicodélica del momento (no dejes de tener en cuenta el año, tan simbólico, en el que fue producida la película), es la principal razón de que ésta solo sea reivindicada como la obra maestra que es entre los colectivos más cinéfilos.

Te propongo el ejemplo de “Lolita”. Kubrick creó una buena película a partir del texto de Nabokov en el año 1962. Sin embargo, no somos pocos los que creemos que la versión de Adrian Lyne en 1997 no sobra en absoluto. Cada obra es independiente y yo reivindico que así sean tomadas. Eso no nos arrebata, sin embargo, la posibilidad de decir que tal o cual versión… ¡es un fiasco!

Me preguntas por un ejemplo que me llame la atención. He de confesar que me encantaron los libros “Hannibal. El origen del mal” y “Dragón rojo”, de la que podríamos denominar “la saga de Hannibal Lecter”. Como sabes, el personaje de Hannibal Lecter se convirtió en un icono en 1991 con el estreno de la película “El silencio de los corderos” de Jonathan Demme, y aunque los libros me parecen fantásticos, sé que Lecter no habría sido proyectado al imaginario posmoderno de nuestro tiempo si no hubiera sido por la película de Demme y especialmente por el memorable trabajo interpretativo de Anthony Hopkins. Lógicamente, nada de cuanto Hopkins puso en juego en la película está en los libros, y por tanto, tenemos que reconocer que la película demostró capacidad para crear algo valioso al margen del libro del que partía. Cuando has visto la película y comienzas a leer los libros, buscas a Hopkins en el Hannibal Lecter de Harris, pero al cabo de unas cuantas páginas te das cuenta de que está… pero no está. Y cuando terminas los libros, te das cuenta de que NO está. El Lecter de Hopkins es otro. No está en Harris. Como tampoco el Hannibal Lecter de Mads Mikkelsen, que toma su propio camino. Los Lecter de las películas (o de la serie de tv) toman parte del Lecter de los libros, sobre todo sus capacidades y su psicopatología, pero la desarrollan apoyándose en gran medida sobre la idiosincrasia de los actores que les dan vida. Aquí, en Código Cine, ya disfrutamos comparando a ambos Lecter (audiovisuales) analizando y concluyendo los ejes en los que diferían. Esto redunda en la idea que mantengo todo el rato, y es que cada obra es independiente. Son tan “otros” que me parece perfectamente posible que a un lector le encante el Lecter de Harris pero no el de Demme o el de la serie “Hannibal”, al igual que uno prefiera al Lecter de Hopkins sobre el de Mikkelsen. Son otros. Son obras distintas, textos distintos, por más que se parezcan entre sí o compartan su imaginario.



ElenaElena

Ahora mismo Strauss estará dando vueltas en su tumba por nuestra culpa, jajajajajaja.
El ejemplo que pones de Hannibal Lecter es muy significativo, porque creo que no me equivoco cuando digo que fuimos muchos lo que acudimos a leer el libro después de ver la película, y efectivamente, no encontramos a Hopkins en el libro. Pero personalmente creo que este caso también es muy distinto, ya que el personaje es tan bueno, que se puede afrontar desde distintos ángulos, se pueden hacer muchos guiones, que el espectador va a ir buscando nuevas facetas de un personaje absolutamente atrayente. Algo así pasa con “James Bond”; las novelas de Fleming se han quedado atrás para dejar paso película tras película a un personaje que casi se puede elevar a nivel de arquetipo. ¿Qué buscamos en una película de James Bond? A James Bond, porque siendo sincera, la calidad de los guiones conforman una montaña rusa. Pero da igual; tenemos a nuestro James Bond favorito, e incluso, pensamos en qué actor sería perfecto como próximo James Bond.

Es curioso como algunas películas calan tan hondo, que son capaces de llevar a buscar el libro, redescubrirlo, e incluso convertir ese libro en un “nuevo-viejo” best seller. Creo que el caso más ilustrativo es el de “El señor de los anillos”. Muchos de adolescentes hemos leído los libros , pero después del estreno de cada película, la venta de los libros se disparó; los espectadores se interesaron por la historia primigenia, e intentaban encontrar en los libros los personajes de las películas. Y este debate sobre libro-película es si cabe aquí más encendido… ya que Peter Jackson sí ha hecho modificaciones sustanciales para los guiones….e incluso, ha “cortado” el final para, en mi opinión, hacerlo “para todos los públicos”.

Lo que está claro, es que esta relación entre cine y literatura se retroalimenta; puede que sean las dos artes que más lo hagan. Pero también hay obras que me resultan imposible de llevar a la pantalla de una manera digna, ¿no crees? Te voy a poner un ejemplo con el que te vas a reír mucho: “Rayuela” de Cortázar. Pero se me ocurren muchos más, como “Crimen y castigo” de Dostoievsky, “El extranjero” de Camus o las obras de Kafka, aunque se han hecho (infructuosos) intentos. No obstante, en los premios cinematográficos (Óscars, Goyas, Globos de Oro…) hay una categoría para “mejor guión adaptado”. ¿Qué se está premiando? ¿Qué baremo se usa?


RicardoRicardo Sánchez

Es curioso, yo también tenía a James Bond en mente durante nuestra conversación, ¡tenía que terminar saliendo! Y es verdad que tanto él como Lecter son dos magníficos personajes, pero creo que ninguno de los dos habrían llegado a ser, como decía antes, los enormes iconos que hoy son, si no hubiera sido por el cine. Lo diré de otro modo, si no hubiera sido por méritos y aportaciones que caen del lado de lo cinematográfico. Seguro que sentiste que los libros de Harris son magníficos y que la película de Jonathan Demme es memorable, pero seguramente no lo son por la misma razón. Y esto me lleva a otra idea que tenía ganas de plantearte.

La pintura puede ser extraordinaria, pero lo que puede hacer sentir a un sujeto espectador es algo que le es propio, que le es específico, y será necesariamente diferente a lo que ese sujeto siente cuando una mano le acaricia por la espalda. Creo que cada soporte puede provocar un mundo de sensaciones, emociones, impresiones, etc., pero todas específicamente distintas de las que provocaría otro soporte. Aún recuerdo como algo inolvidable la sensación que experimenté cuando leí el final de “Crónica de una muerte anunciada” de García Márquez, ¡una sensación inefable por la belleza de aquella narrativa tan espléndida! Ninguna película podrá hacerme sentir lo que experimenté con ese final; y ningún libro podrá hacerme sentir lo que experimenté viendo “La doble vida de Verónica” de Kieslowski, por poner un ejemplo. Algo de una energía específica de cada soporte artístico, parafraseando a Müller y su antigua “Ley de energía específica de los sentidos” (una que decía que solo el sentido de la vista puede provocar sensaciones visuales, solo el sentido del oído puede provocar sensaciones auditivas, etc.), parece suceder en la “lectura” de cada obra de arte y que tiene que ver no solo con su contenido o sus signos concretos, sino también con su soporte. Volvemos a frisar la famosa frase de MacLuhan, ¿verdad?

Es verdad, me argüirás, que un libro nos lanza imágenes “visuales”, y hasta “olfativas”, pues todo lo evoca con cargo a los ingredientes de la imaginación. Y es verdad que el cine hasta nos hace degustar en el paladar; no hay más que acordarse de “El festín de Babette” (1987), o de aquellos planos tan exquisitos de la serie de tv “Hannibal”, ¿no es cierto? Nuestros sentidos están intoxicados por una constante, enriquecedora y envolvente sinestesia, no lo niego. Sin embargo, creo que las sensaciones gustativas que experimento viendo “El festín de Babette” (he cambiado el ejemplo, no me atrevo a hacer esta frase con los platos de ¡¡Hannibal Lecter!!) no son las MISMAS que si disfrutara físicamente y en mi paladar de aquellos manjares franceses tan exquisitos. Lo diré de otro modo: En términos estrictos, todo lo que está al alcance de uno de los sentidos, no está al alcance de otro, por más que unos puedan intoxicar a otros hasta crear nuevas y complejas sinestesias y combinaciones.

¿Es mejor el libro o la película?” Ésta que te acabo de proponer en este turno es una nueva forma de apoyar la idea de que la pregunta solo nos aboca a un callejón sin salida. El irresistible e irreductible laberinto de sensaciones por el que nos lleva la literatura no tiene camino que le conecte con el laberinto propio del cine, por más que algunos de sus recodos se parezcan mucho, o se recuerden entre sí. No me vale que alguien diga “A mí ese libro me hizo VER como si viera con mis propios ojos”. No, no sentiste lo mismo que si hubieras visto con tus propios ojos. Sentirías algo hermoso, ¡quién sabe si más hermoso!, pero no lo mismo. No podemos seguir desdeñando la energía específica que tiene cada medio, pues significaría que en nuestra elucubración sinestésica habríamos llegado al extremo de olvidar el medio mismo por el que percibimos el arte.

Cada medio tiene sus propios “argumentos”, sus propias “ventajas”, sus maneras de provocar y hacer sentir. Un libro puede ser tan corto como para no superar un par de páginas, si el autor así lo quiere, pero no es extraño que un libro cuente con varios centenares de ellas. Es solo un ejemplo de una “ventaja” propia de la literatura, que le proporciona el espacio necesario para desarrollar con todo detalle cuantas tramas y subtramas desee. El cine no tiene esa opción; ni falta que le hace. El cine cuenta con la capacidad de hilvanar música verdadera en acompañamiento a las imágenes más hermosas (la música creada para el cine, así como la fotografía cinematográfica tienen una gran tradición en el mundo del cine, ¿verdad?), y ninguna de esas dos cosas están al alcance de la literatura; ni falta que le hace.


ElenaElena

Es curioso que hayamos acabado en el mundo de las “sensaciones” para intentar darle una respuesta a esa pregunta que, cuanto más nos acercamos al final de este “Contraplano”, más nos damos cuenta de que es una pregunta sin respuesta. Esas “sensaciones” son de las que yo hablaba al principio, de que nuestra experiencia con una película o con un libro serán distintas en la medida en la que lo habrán sido nuestras sensaciones. Y ya que este tema parece que da para que nos abramos un poquito (aunque no tengo muy claro si alguien le interesa…), te puedo contar mi experiencia con “Memorias de África”. He visto la película tantísimas veces que hasta no hace mucho tiempo, cuando pintaba un árbol o un paisaje, lo único que hacía era reproducir los escenarios de la película; tanto caló en mí. El libro lo leí posteriormente (¡también lo compré en un kiosko! ¡Vivan los kioskos!), y recuerdo que era primavera, en Córdoba, cuando todo huele a azahar. Y, efectivamente, ahora no puedo dejar de rememorar la sabana africana sin dejar de oler a azahar… cosa que es imposible, pero a mí me da igual. Para mí, el libro “Memorias de África” huele a azahar, porque esa fue mi experiencia con el libro. Y disfruto como una enana libro y película, siendo, ya puestos, absolutamente distintas entre sí.

Por tanto hablamos de sensibilidades (aunque yo pienso que no vivimos buenos tiempos para ser sensibles), de sentidos, y ahí cada uno cuenta con lo suyo. No digo ni mucho menos que hay ser sensible para poder apreciar los dos planos, el del libro y el de la película, pero en la comparación se pierden matices.

Ya que ha salido a colación James Bond, puede o no entusiasmar sus películas, pero lo que está claro, es que si Ian Fleming no hubiera ideado al personaje, las películas no existirían, y el debate de quién ha encarnado mejor a James Bond tampoco. Igualmente podemos considerar “Apocalipse Now” como una de las mejores películas de la historia, pero sin la novela de Joseph ConradEl corazón de las tinieblas” posiblemente no se hubiera escrito nunca un guión así.



RicardoRicardo Sánchez

¡Desde luego que se producen esos efectos!, esa vinculaciones, intoxicaciones y reverberaciones entre las sensaciones y las experiencias en el ámbito del sujeto. Yo defiendo la independencia de cada texto, el libro por un lado, cada una de sus adaptaciones por el otro, pero es indudable que durante el visionado, y desde luego, tras él, se produce ese efecto de entrelazamiento entre los signos que han llegado independientemente del medio (literario o cinematográfico). Supongo que cada sujeto elige los signos con los que se queda, los que se guarda porque han tenido un efecto mayor sobre él, aunque a menudo no conozca el porqué, pero los hace convivir en un plano interior en el que ya se hermanan o se enemistan entre sí. Cuando recuerdo las imágenes de la película “Carol”, empiezo a dudar de si no sería así cómo imaginé las facciones y los colores del personaje de Carol, es decir, ya con las facciones y los colores de Cate Blanchett, lo cual es imposible porque primero leí el libro. Imposible, pero mi mente ha confundido los tiempos, ha sobreescrito fragmentos, ha enlazado trocitos y el paso del tiempo ha ido añadiendo laca sobre esta amalgana de signos que han quedado revueltos entre sí para siempre. Ya no tengo claro qué imágenes son de la película y cuáles son del libro. ¿He perdido las imágenes que me lanzó el libro cuando lo leí? ¿me las ha “formateado” la película escribiendo encima? Es imposible mantener la experiencia subjetiva que cada obra produce en compartimentos estanco de modo que no se relacionen entre sí. Y todo ello, como vengo diciendo desde el principio, defendiendo que cada obra tiene sus propias “capacidades”, según la verdad con la que esté contada la historia no ya en cada medio, ¡sino en cada obra concreta!, produciendo un discurso distinto cada una y, por tanto, con la capacidad de hacernos sentir cosas profundamente distintas.

Quiero proponerte un ejemplo que considero especialmente gráfico para ahondar en esa relación entre un libro y su adaptación al cine. Krzysztof Kieslowski, el gran director polaco, consiguió parte de su éxito internacional por obras que eran conjuntos de películas, tales como la “Trilogía Tres Colores” o su “Decálogo” para la TV polaca en los años 80. Tras retirarse del cine en 1994, sin embargo, volvió a escribir junto con Krzysztof Piesiewicz tres guiones para rodar una nueva trilogía. Los títulos serían “Purgatorio”, “Paraíso” e “Infierno”. Puedes imaginar el modo cómo sus aficionados lamentamos que la muerte le sorprendiera tan joven y no pudiera rodar ni una sola de esas tres películas. Será egoísmo, quizás, pero ojalá ese hombre hubiera fumado un poco menos para poder vivir el tiempo suficiente de rodar esas tres películas jajaja; es la que considero la mayor “obra perdida” del cine. Años después, supimos que aquellos guiones “estaban en el mercado”. “Paraíso” se convirtió en una película llamada Heaven” (2002) y dirigida por Tom Tykwer. “Infierno” también se llevó al cine en 2005, con el título de El Infierno” (“L’enfer”), y dirigida por Danis Tanovic. Hasta donde sé, “Purgatorio” no ha sido rodada. Nadie sabe lo que Kieslowski habría alcanzado con esa trilogía, pero sus aficionados sabemos que el polaco no dio jamás puntada sin hilo, y que incluso sus películas “menores” tienen un valor especial que, sin duda, se ha perdido para siempre y que no está en ninguna de las modernas adaptaciones de sus guiones. Pueden ser películas interesantes, pero se ha perdido un mundo, algo valioso que solo ese polaco sabía hacer. Personalmente, no tengo dudas de que esos guiones reunían los elementos para haber dado lugar a grandísimas películas, y además hermosas e impactantes, pues ya de por sí nacían con una espectacular vocación de color que Kieslowski gobernaba con una destreza eximia. Se perdió. Lo que intento poner de manifiesto es cómo de independientes son las adaptaciones cinematográficas respecto de su obra original.

Te reías más arriba mencionando “Rayuela” porque te he escrito que quizás sea mi próximo libro, uno que tenía hasta ahora en el “Debe”, y me lo proponías como ejemplo de libro “inadaptable”. Utilizo esta referencia para proponerte una pregunta: ¿En qué consiste una adaptación cinematográfica? Sí, porque solo si sabemos en qué consiste podremos saber si es adaptable o no. De partida, yo diría que cualquier libro es adaptable puesto que la máquina de “adaptar” no tiene engranajes fijos y, además, requiere, como vengo defendiendo, de mucho mérito y esfuerzo por parte del artista que la realice. Lo que digo es que el resultado de la adaptación es una obra nueva en donde hay mucho más de lo que parece de cuanto aporta el “adaptador”. Otra cosa, claro, es que algunos libros se hallan en unas coordenadas dispares en relación con las costumbres del cine; que le cae “a desmano”, por decirlo así, y el resultado, o se aleja enormemente del texto original, o puede terminar siendo una cosa más próxima al videoarte que a lo cinematográfico. Pero no está mal la pregunta, ¿en qué consiste adaptar una película? ¿Con qué nos quedamos del texto original? ¿Qué descartamos? ¿Qué añadimos?


ElenaElena

Interesantes ejemplos los que me pones, e interesantes preguntas las que me lanzas. ¿En qué consiste adaptar un libro? Piensa en el verbo que se usa: adaptar. Adaptar tiene el matiz de ajustar algo a un molde, de transformarlo para que el resultado resulte idóneo, que en este caso sería ajustar un texto a un plano audiovisual. En el caso de “Rayuela”, por ejemplo, ¿qué se perdería? La esencia del libro, la manera en la que Cortázar usa el lenguaje, el significante. No se solucionaría con una voz en off, por lo que también perderíamos la esencia del cine, la mano del autor. Por ejemplo, tenemos el caso de “El tercer hombre”, cuyo guión escribió Graham Greene, el autor del libro. Modificó el final, y en palabras suyas, el guión era mejor que la película. Resultado: una de las mejores de la historia (para mí) y un libro convertido en un éxito de ventas. ¿Habría sido otro el resultado sin la mano de Greene? Posiblemente no hubiera resultado tan satisfactorio, ya que el autor sabía dónde y cómo meter el “bisturí”.

Antes también te mencionaba “Crimen y castigo”, una de mis novelas favoritas. ¿Cómo trasladar a la pantalla ese momento del asesinato de la usurera, y todo el proceso mental que tendrá después el protagonista, Raskolnikov? ¿Podría una imagen, por muy cruda que sea, hacer que se me ponga la piel de gallina, como cuando leía el libro?

OJO al espoiler: Te pongo un ejemplo que te va a resultar familiar: Ana Karenina. De esta novela hay muchas adaptaciones, unas con más fortuna que otras, pero ¿nos harán sentir lo que hemos sentido leyendo el libro? ¿Una imagen de Anna Karenina muerta en las vías del tren se asemejarán a la descripción que nos hace Vronski de ese terrible momento?

Pero también hay adaptaciones muy dignas, que convierten el libro y la película en dos obras imprescindibles, que se retroalimentan sin perder en la comparación; para mí un ejemplo muy claro es de “El nombre de la rosa”. Adaptación más que bien hecha.


RicardoRicardo Sánchez

Claro, siguiendo tu idea de “adaptar”, y centrándome en esa “transformación”, podríamos decir que aquellos libros cuyos elementos de valor se sitúen en propiedades y cualidades con mejor traslación a la lógica cinematográfica precisarán de menores transformaciones, conservando, entonces, más del original; pero aquellos libros cuyo valor se sitúe en elementos que poco o nada tienen que ver con lo cinematográfico, quedarán prácticamente a expensas del talento, la dedicación y la creación del “adaptador” que, a todos los efectos, será un “nuevo creador”. En todos los casos, sea como fuere, hablamos de una “nueva obra”. Personalmente, y conforme a esta idea que vengo arrastrando desde el principio, no me parece mal que incluso los argumentos se modifiquen en el ámbito de ese proceso creativo que alumbra una nueva obra. Es decir, su fidelidad con el original no garantiza que la obra sea mejor, y por contra, el gap que los distancia no solo no significa un perjuicio sino que puede rescatar un espacio de creación para el que comparecerá en último término como verdadero artista de esa nueva obra. ¡Aunque si el resultado es bueno todo el mundo apuntará que es porque el libro lo era de antemano!

¿Se puede perder, como tú dices, “la esencia del libro”? Es una expresión hecha; yo la aproximaría, siguiendo la analogía anterior, a esos elementos de valor de algunos libros que están inherentemente entrelazados con su fisicidad lingüística, con lo que es íntimamente propio de un libro, y que tiene difícil traslación en un cambio de medio. Desde mi punto de vista, aunque yo no hablaría de esencia, creo que lo veo como tú, es decir, que hay libros cuyo valor está en un plano que, el cine, simplemente, no podría poner en juego, o al menos no con la autenticidad y el efecto que un libro, por más que el cine pueda integrar palabras en la imagen o pronunciarlas en voz en off.

Es curioso que, sin embargo, puede darse otro efecto interesante. Aún recuerdo, como tú, la escena que mencionas de “Ana Karenina”. Bueno, ese libro tiene media docena de momentos inmensos, de una belleza extrema, de ésa que no se puede explicar y ni siquiera sabes por qué te está gustando tanto. El que describes me parece un momento tan especial, que aún siento el rasguño que me hizo el texto cuando lo leí. Yo no soy director de cine, pero si lo fuera, créeme que echaría el resto al diseñar esa escena para la película. Sé que me dejaría el alma dándole forma. ¡Lo haría a los mandos de las herramientas lingüísticas que el cine me proporcionara!, es decir, utilizando lo que el cine pone a mi disposición, que son elementos que no estaban en la novela original, y algunos que sí, aunque no utilizados de la misma forma. Es claro que habría una transformación, pero también lo es que aquellas escenas en las que un libro “me tocara”, me abocarían a dejarme el alma dándoles forma para la película. No digo que esa cota única del libro pudiera trasladarse al cine, pues cuando el cine vuela alto tampoco lo hace de la misma forma que los libros, pero sé que como director sería mucho más expresivo y productivo al “adaptar” esas escenas únicas. Dicho de otra manera, a menudo, es esa altura a la que algunos libros nos llevan y que tiene que ver con una explosión dentro de nosotros mismos, provocada, no lo olvidemos, por un texto concreto, con sus accidentes y sus decisiones, la que nos hace querer contar la historia de nuevo, quizás en forma… de película.

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