¿qué fiesta del cine?

fotomontaje_fiestadelcineSi la economía
es la nueva portavoz de las emociones,
la ceguera entre nosotros
está garantizada.

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Se abre el telón y aparece en las puertas de un céntrico cine, en plena noche de martes, una cola de personas que hace esquina con la calle colindante. Todo el mundo, al parecer, espera ansioso poder comprar una entrada de cine a 2,90€. La gente no habla de otra cosa; de lo afortunados que son por ir al cine prácticamente gratis. Se cierra el telón.

 ¿Cómo se llama la película?: No es país para cine.

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Pasadas dos semanas, cuya gran fiesta cinéfila duró tres días, cabe establecer algunos puntos al respecto y no sé si con un desenlace trágico, cómico o de puro suspense. Dejar pasar el suficiente tiempo para volver a tratar un tema considerado a día de hoy caduco – informativamente hablando- tal vez no sea lo más conveniente si se quiere estar a la altura de la actualidad mediática. Sin embargo, desde Código Cine, y en especial quien escribe estas líneas, no pretende en ningún momento asomarse siquiera, ni estar a la altura de nada, cuando, como sabemos todos, de lo que se trata es de cavar sobre cada uno de los componentes de este fenómeno ¿mal llamado? fiesta del cine. Porque todo el ruido montado alrededor de los cines con los espectadores acudiendo en masa a ver películas – supuestamente – no deja de ser un síntoma más que evidente que la llamada estratégica, con previa campaña publicitaria, responde más a una cuestión puramente económica que a un interés real por el cine. Si la gente, durante esos días festivos de cine decidió acudir a las salas, es por seguir con el plan, más o menos establecido, de ciudadano moldeado a imagen y semejanza de las distracciones que componen el marco cotidiano de su rutina. En época de recortes, bajas salariales, despidos, cierre de salas, un futuro laboral incierto sea cual sea el campo profesional, se explica la buena acogida que tiene cualquier rebaja sustanciosa del precio de lo que sea. Total, todo grupo, grande o pequeño, que se sume en una especie de solidaridad compartida en esta dinámica del recorte, es celebrada por todo lo alto por aquellos que llevan tiempo sufriéndolo. Ahora, y tan solo por unos días, todos hemos formado parte de esta gran familia afectada por el marco económico que obliga a los cines a pisar la misma tierra de aquellos que la noche del martes esperaban su entrada; siendo el recorte nuestro más fiel compañero.

Y si la depresión generalizada se acompaña con una fiesta – sea del tipo que sea – mejor. En un rápido repaso a las noticias relacionadas con la fiesta del cine, se puede leer desde el primer párrafo que toda esta telaraña mediática – en nombre del cine y de su aportación cultural – está al servicio exclusivamente de las cifras. Las comparativas de estadísticas, con respecto a otros años, se manifiestan desde el principio y son el punto de partida para hablar de ello. Y lo que es peor: para justificar la continuación de esta fiesta. Los medios informativos no hablaron de cine, ¿para qué?. De lo que se trata es de dar salida a una información de cuerpo descriptivo más ligada a una tabla de multiplicar que a una voluntad crítica. Parece pues, dada las lamentables reacciones en positivo a la visita – casi guiada podríamos decir a las salas – que tendremos fiesta del cine para rato. Parece pues, que donde unos ven público, espectadores – no me atrevería llegar a la categoría de cinéfilos – otros ven números, porcentajes, estadísticas al servicio de la información para categorizar al cine en una especie de piñata de números y cifras donde si los resultados son positivos, y por lo tanto el dinero huele como lluvia salvadora recién caída – cosa dudosa –, los titulares son tan claros para la continuación de la fiesta que acaban por ser peligrosos.

En circunstancias desesperadas, las medidas suelen ser desesperadas. A lo que podríamos añadir que la sobreexposición, entendiéndose ésta como la llegada en tropel a la sala de cine, suele dejar entre ver una falta notable de interés por el cine como vehículo de emociones, en contraposición al cine como mero pasatiempo. Por lo que cualquier estadística, patrón mundial para muchos en lo que a la situación de un país o sector se refiere, puede resultar peligrosa si acaba convirtiéndose en la base por la cuál establecer medidas para llenar las salas.

Y como en cualquier sociedad sobreinformada, sobreexcitada y viajera por el océano de internet – olvidadiza a la vez de pasiones íntimas –, las reacciones de supuestos expertos del sector o representantes del cine de nuestro país, no se han hecho esperar. Si algunos de ellos hablan de la bajada de precios como salvoconducto y como buena medida, otros les recuerdan que el problema, en el fondo, sigue siendo la subida del iva. Si aquellos responsables de la subida del iva comentan que a la gente cuando se le brinda una oportunidad en términos de precio responde, no faltará quien – y con razón – salte para poco menos que increpar que tal vez, la mejor rebaja en cuanto precios, sea la no subida de un impuesto que no beneficia a nadie. Llamativo resulta los comentarios de otros miembros de la cuadrilla cinematográfica celebrando vía red social las innumerables colas como muestra del interés que despierta el cine en la gente. Claro que, lo interesante, sería acercarse a esas mismas personas, grandes amantes de la sala de cine, y preguntarles si van a ver la película de aquél director que tan entusiasmado parece con la exaltación al asalto del cine.

Más allá de los comentarios y opiniones, y sobre todo más allá de lo meramente estadístico, sería conveniente reflexionar – casi me atrevería decir afirmar – que el cine ante todo es un lenguaje y no una ciencia de números. Y como todo lenguaje, éste debería reflexionar sobre el contexto en el cuál quiere desenvolverse. Cuál es el tono, el nivel de comunicación que está dispuesto a establecer sabedor que la otra parte, el público al que desea transmitir su mensaje, cada vez es más perezoso o mejor dicho, más conservador en su no apertura del cine como transmisor de un lenguaje enriquecedor. Y en esto podríamos insistir ya no solo en la asistencia al cine, sino a la oportunidad no prestada que mucha gente le deniega al cine, más allá del lugar donde se proyecte o se vea. Porque las razones por las cuales todo este disparate de gente acude en masa a la butaca se debe, me temo mucho, a un efecto de llamada abrasiva, muy bien orquestada, y no por un interés sentido y auténtico del cine como uno de los ejes centrales de su existencia. Algunas personas pensarán que es necesario realizar estas medidas para estimular un tipo de experiencia que, en mi opinión, está dando las últimas bocanadas de aire; los últimos latidos de un corazón en fase terminal y que muchos se empeñan en indicar esta serie de medidas cortoplacistas como un medicamento para curar al enfermo. La experiencia cinematográfica de ocupar un asiento en una sala, que a los pocos minutos será centro mágico de proyecciones y descubrimientos, dista mucho del interés, sobre todo de los más jóvenes, por querer destinar su dinero y su tiempo en ser receptivos a dicha experiencia. Al cine le han salido en los últimos años grandes competidores en lo referente a llenar el hueco vacío de una sociedad que busca continuar con la ideología del ocio en su tiempo libre. El cine de las salas es un cine al servicio de un espectador consumista que además dispone de otros juguetes para desplazar a las películas al último puesto de la pirámide del entretenimiento. Y como sabemos todos, todo lo que es entretenimiento es una moda pasajera hasta que entre en escena otro juguete al que destinar la atención.

A veces uno tiene la sensación que da igual por donde se ataque a la enfermedad porque es el propio círculo, el propio sistema – auto inmune –, el principal causante de este deterioro. El público, vago por excelencia, acusa de forma seguida la falta de interés que despierta en él las películas pero a la vez acude a ver aquello que puede divertirle porque el marco en el cuál se exhiben películas, y en el cuál él aparenta vivir, es un marco puramente turístico. Un marco donde el 90% de las personas va a las salas de cine a pasar el rato o a pasear a la novia para posteriormente ¿qué?, ¿hablar de la película?, ¿comentar su aportación?, ¿establecer un debate abierto?. No, nada de esto ocurre. No ocurre porque el cine que se muestra, ese cine de las salas sumado a su fiesta, es un cine estratégicamente posicionado sobre un espacio destinado a la explotación del ocio y no de la reflexión. Véase los lugares en donde están muchos de los multicines. Forman parte del pack que ofrece el centro comercial o el área urbana masificada. Aunque, debemos reconocer, que no todos los cines entran dentro de esta categoría. Consumir imágenes se ha vuelto un acto tan insustancial, que si bien, en épocas pasadas, ir al cine era un acto reivindicativo en toda regla, ahora se va para cubrir la cuota de ocio. Todos somos partícipes de encajar, y vivir, este tipo de acontecimiento como un evento más. De hecho, son más las colas y las aglomeraciones en los estrenos donde brillan más los flashes y las niñas bonitas que la luz del proyector. En realidad, en los estrenos lo menos importante es el cine; sino la sonrisa, el vestido o la foto del famoso de turno. Por ello, todo lo que huela a espectáculo, ahí estamos; como buitres para saciarnos de las poses, intentar ser los primeros de la fila. Mientras el cine, consciente de la clase de público a la que se enfrenta y de las persecutorias leyes del mercado de distribución, no tiene prácticamente margen de experimentación y mirada alternativa para reconquistar a un público sin solución; los simpatizantes de esta gran fiesta apuestan por un modelo cuya función es más de cara a la galería y su efecto dura lo que un azucarillo en el café.

Un modelo cuyo manual de movimientos es un ejercicio económico. La fiesta del cine parece ser la fiesta de salvemos las salas (es lo que nos venden) pero habría que pensar que tal vez, lo que hace falta, es salvar al propio público aburrido y estancado, además de ser cómplice con una industria que sigue apostando por un modelo de talonario donde toda la capacidad creativa suele destinarse a la imagen de supuestas estrellas e iconos mediáticos, en perjuicio de aquellas historias cuyo propósito es la reflexión y el acercamiento a una sensibilidad que merecería estar más allá de dos semanas en cartelera si es que, afortunadamente, llega. Por lo que se puede seguir hablando acerca de la problemática de las salas, y la continuación o no de más fiestas o movimientos de fuegos artificiales, lo que ello supondrá un acercamiento, de seguir por ese sendero, por parte de las generaciones más jóvenes hacia una visión únicamente de entretenimiento y no como un contexto – más allá de si es en una sala de cine, a través de un cine fórum o en casa de alguien – para reunirse, crear un ambiente de intimidad y trasladar aquello que mucho cine invisible aporta a nuestro espacio diario.

Recientemente en código cine hemos cubierto, con la inestimable ayuda de Laura Díez Tascón, la semana de cine en Valladolid. La Seminci. Una de las más hermosas anécdotas que me ha contado recientemente tiene que ver con la satisfacción con la que la ciudad de Valladolid dedica todos los años (desde hace más de medio siglo) a estar plenamente comprometida en todo lo que al festival se refiere; sobre todo en las ganas por mostrar un cine alejado del maremágnum de start system. Laura me comentó: “no hay nada como ir por la calle a las 8:00 de la mañana y notar la cara de aquellos que van a trabajar con la de aquellos que vamos al festival”. O como un encuentro fortuito en un autobús entre dos desconocidos puede ser el comienzo de una gran amistad; de hacer del festival la excusa perfecta para compartir agradables momentos cada año y así, película tras película, charlar sobre cine. Una declaración de amor no de un público sino de gente a la altura de cualquiera que se considere cineasta y que está dispuesta a dejar entrar en su vida al cine como compañero vital e inseparable.

Cuando hablemos del cine, debemos hacerlo en el sentido más amplio posible. Algo que va más allá de un evento fugaz con el eslogan fiesta del cine y algo que va más allá del tratamiento del público como estadística. Algo que también ha de incluir a todas aquellas personas integrantes, de un modo u otro, en lo que representa la experiencia cinematográfica. ¿Más fiesta del cine?, a lo mejor debemos preguntarnos ¿qué tipo de cine deseamos?, ¿un cine para la fiesta o un cine para la reflexión?

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  • Buena reflexión sobre el mundo del cine. Lamentablemente, como dices, la cuestión está en educar al espectador hacia otro tipo de ofertas audiovisual. ¡Algo difícil si entendemos la mentalidad adolescente de experimentar con nuevas sensaciones!

  • Mmm… sí, en efecto, es un cambio de rumbo complicado el que Marcos reivindica, sobre todo porque supone un profundo cambio de percepción sobre lo que el cine puede ser y puede aportarnos. Personalmente creo que la promoción más comercial del cine siempre debe existir (siempre lo ha hecho) y no le viene del todo mal al cine para “llegar” y para “estar“. No obstante, debería promocionarse más la concepción del cine como arte para el corazón y para las personas.

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