Experimento 1: “El yo, el Ello, el Ego”: El camino solitario (4/4)

En noviembre de 2006, los autores de este blog nos encerramos junto con otro grupo de amigos y cinéfilos (entre los que se encontraba también Carlos Albalá) para proyectar tres películas en una única sesión: “Lost in translation”, “American Beauty” y “El Club de la lucha”. ¿La premisa? Enfocar las tres películas, cuya relación entre sí se sospechaba previamente, desde un enfoque único que se formuló como “El Yo, el Ello, el Ego” y concretar posteriormente los análisis, sensaciones, reflexiones, etc. en forma de reportajes críticos e individuales. Lo que aquí os traemos es, en fragmentos, el fruto de aquella sesión experimental que, al menos nosotros, no olvidaremos nunca.

4/4 parte del experimento. “El camino solitario”.

Si el camino emprendido en El club de la lucha destacó por una clara y aguda ruptura en la transformación total del individuo de los pies a la cabeza en su concepción del mundo, y sobre sí mismo, la rebeldía que destila las otras dos películas en este experimento presenta unos actos no tan severos y seguramente más fáciles con los que identificarse.

En cierto modo esa rebeldía, aunque a un nivel mas moderado y por supuesto no tan profundo, se demuestra en el personaje de Lester Bullhar en American Beauty (1999). En apariencia no son muchas las diferencias con el personaje de Edward Norton. Ambos tienen buenos trabajos, son jóvenes, aunque la responsabilidad de Lester es mayor al tener esposa e hija, y se puede decir que poseen lo que todo un buen cliente de El Corte Inglés desearía tener en el salón de su casa. Están dentro de la misma gama de un estilo de vida.

Salvando las distancias cabría destacar que Lester va algo más lejos desde el rol de su personaje. Digamos que él ha conseguido lo que políticamente es correcto y ansiado: la realización personal. Sin olvidarnos del factor familiar que no deja de ser la base de un modelo de vida al que tan sometidos se encuentran estos personajes. Lester profundiza más por lo tanto en este modelo ya que el personaje de Norton se queda a las puertas de dar el siguiente paso. El de fundar una familia.

A pesar de las similitudes, y diferencias entre los dos, ambos personajes acabarán estancados preguntándose si esta es realmente la vida que estaban buscando, si merece la pena porque el problema llega cuando se dan cuenta que tienen mucho recorrido por delante. En el caso de Lester hablamos de un hombre joven que cada día siente como una parte suya va muriendo por dentro. Empieza de algún modo, con alguno pequeño destello reflexivo, a ser testigo de su lenta decadencia como individuo y observa que todo aquello que lo rodea (esposa, hija y todos sus bienes materiales) no es precisamente lo que le hace feliz. Poco a poco se va asomando al abismo de su monótona y cansina vida y va entrando en el papel de víctima de una sociedad que le valora como una estadística más. Como muy bien dice al principio de la película, sabe que ha perdido algo, sabe que ya no es el de antes; no es aquél soñador que veía la vida con otros ojos, que valoraba los pequeños detalles y sentía un inmenso placer al ver el coche de su primo Toni, las delicadas manos de su abuela como papel arrugado. Es, al igual que en el club de la lucha, otro rebelde más (a su manera), otra víctima más.
Pero American Beauty no sólo representa la frustrante vida de Lester. Si bien a el club de la lucha se la puede considerar una película más nihilista en general, American Beauty desarrolla un perfecto desglose sobre la desolación y pérdida de cada individuo en la sociedad. No es sólo Lester la única víctima, el único incomprendido, aunque sí la única víctima que hace algo al respecto, el único que se rebela. Destaquemos la actuación de su esposa Carolyn (Annette Bening) a la que el matrimonio parece haberla transformado en una mujer fría, monótona, empeñada en el éxito laboral, con ataques de pánico ante cualquier situación, seguramente fruto del desgaste habitual en la rutina matrimonial. La hija que tienen en común, Jane, típica adolescente confusa a la que no le gusta que la incordien, decidida en ocasiones y dubitativa en otros aspectos. Puede que sea una clase de caparazón imaginario lo que esta Jane crea a su alrededor; rebelde e inconformista respecto a sus padres, pero que a pesar de esa máscara, de ese falso traje que la oculta, al mínimo interés mostrado hacia su persona hace que poco a poco vaya perdiendo ese miedo adolescente. El inicio de su relación con Ricky, su nuevo vecino, un chico algo pintoresco por su tranquila apariencia e inquietud fílmica a grabar todo lo que le rodea es un claro ejemplo de ello. Cómo un simple chico sin hablar apenas, mostrándose tranquilo y dando una sensación algo misteriosa, empieza a comprender más a la atormentada Janeque por momentos parece no entender qué tipo de relación mantiene con su mejor amiga Ángela Hayes (la niña que juega a ser mala) y qué decir de unos padres que hacen vanos intentos por acercarse a ella. Ese haz misterioso que posee Ricky, diciendo las cosas claras y en el momento oportuno, es una bocanada de aire para una Jane que a medida que avanza la historia se va soltando cada vez más. Parece ser que nace entre ellos su primera relación sentimental al mismo tiempo que los dos son testigos del declive de la relación de sus padres.
Otro ejemplo de personaje perdido lo encontramos en el padre de Ricky, el coronel Frank Fitzs del cuerpo de marines. Un hombre serio, dotado de una increíble disciplina cuyos valores no toleran saltarse las reglas, con mirada fija, intensa; un hombre tan fuerte en apariencia como débil interiormente. Nunca se le ve un ápice, ni un mínimo síntoma de cariño. Ambas familias son un mar de desolación por la que pasan cada uno de sus miembros. En el caso de Lester, la familia está completamente partida. Cada uno es una pieza de un rompecabezas distinto. Y como todo rompecabezas las piezas tratan de juntarse en las cenas familiares donde lo normal es acabar en repetidas discusiones. Lo mismo sucede con la familia de Ricky. Una casa donde impera la disciplina con un matrimonio de extras y un hijo que actúa, a lo James Stewart en La ventana indiscreta (1954), grabando a su vecino cuando éste practica deporte y en ocasiones a su enamoradiza Jane. ¿Será pura perversión o tiene la necesidad de grabar todo aquello que no sea de su entorno familiar como fuente de inspiración?
Encontrar fuera lo que dentro está muerto.
 American Beauty no pretende presentar batalla como sí hacía el club de la lucha con su ejército de luchadores. La película de Sam Mendes refleja muy bien las piezas que cada personaje representa como parte de un gran rompecabezas de familias fragmentadas. El desgaste de un modelo de vida que va en contra de la felicidad de sus protagonistas en los que cada uno intenta hallar el camino para obtener su espacio. El resultado no es tanto un enfrentamiento como una huida en direcciones opuestas para superar el conflicto.
Resulta poco menos que llamativo el rol que juega Ricky como traficante de drogas siendo en cierto modo un delincuente, un violador de las reglas, con un padre representante de la obligación y la disciplina. Un padre que, como el resto, como una víctima más, es incapaz de aceptar la realidad usando la fuerza como medio. Un hombre engullido por las dudas y acontecimientos que van rodeando a su hijo y que decide poner fin a su estado de incertidumbre pegándole un tiro a Lester. Precisamente a Lester, el individuo que se rebela (y podríamos decir con causa) es asesinado por la autoridad representada en Frank. ¿Representaba Lester alguna amenaza a alguien?. Su transformación apenas duró unos pocos días.
Como ya apunté anteriormente, Lestertiene sus semejanzas con Tyler Durden y sus formas de rebeldía en varios aspectos son similares, pero en ocasiones es Carolyn quien más se le asemeja porque ella tiene la necesidad de tener un arma entre sus manos; la necesidad de realizar un acto violento como ponerse a pegar tiros para sentirse liberada; una manifestación de odio a todo lo que le rodea. Aunque en el caso de Carolyn seguramente que Tyler, analizándolo globalmente, diría que eso no es tocar fondo del todo.
Ella está sujeta a aquello que Lesterno necesita y es sabedora, respecto a la actitud tan despectiva que su marido mantiene hacia su vida, su matrimonio, su trabajo, dando un paso adelante, una acción de valor que es precisamente de lo que ella carece. Lester emprende su propio camino mientras Carolyn prefiere seguir apostando por un modelo que la ha hecho infeliz pero del que está dispuesta a seguir creyendo en él a través de cualquier guía. Proyecta su vida (y su éxito) hacia fuera siendo “el Rey del inmueble” su nuevo gurú y amante en el que apoyarse. Ya se lo dijo el exitoso vendedor de casas: “Para tener éxito uno debe proyectar una imagen de éxito en todo momento”.
 
 
En comparación con el personaje de Edward Norton, quien comienza por aceptar lo banal que son los aspectos materiales yendo a grupos de apoyo cuando no padece ninguna enfermedad y utilizando la lucha cuerpo a cuerpo como acción violenta de liberación y malestar, con Carolyn tenemos a una mujer que emplea una mezcla de autoayuda de cintas de cassettes con una galería de tiro y el retorno a una vida sexual dejada y sin complacencia. Ella no está conforme con nada, y en ocasiones ve a su marido como un enemigo al que a la mínima ocasión aprovecha para desprestigiarle. El malestar profundo por el que pasan todos ellos les hace tremendamente vulnerables a la vez que revela a unos personajes sin educación interior.
 
Esta clase de personajes con los que a veces podemos sentirnos identificados en algún momento, son personas a las que les cuesta encontrar su lugar en el mundo y que, de un modo u otro, pretenden cambiar la situación en sus vidas a través de una continua lucha. Al contrario de lo que podemos observar en Lost in Translation (2003), el personaje de Charlotte (interpretado por Scarlett Johansson) se asemeja en algunos puntos con los demás como es su vacío interior. Porque si la lucha, sea cual sea el extremo del que parta es peligrosa o insuficiente, en el caso de la joven Charlotte prima más la contemplación y la reflexión sobre la situación que el acto de luchar contra ella. La propuesta de Sofia Coppola nos presenta a una mujer joven, bella y recién casada, a la que en muchos momentos de su corta existencia la soledad parece ser su mejor compañera, y que acaba juntándose con un actor de éxito ya pasajero cuya profesión ha pasado de rodar éxitos de taquilla a rodar spots publicitarios en países lejanos. El pretexto ideal para alejarse por una temporada de su vida familiar.
El personaje de Charlotte representa ese yo solo e incomprendido, diferente al resto, buscando de alguna manera una explicación a su vida. En ese trance son evidentes los puntos en común de Charlotte con Carolyn cuando se pone a escuchar en su habitación del hotel su dosis diaria de la teoría del mapa interior. Nada más contradictorio como estar en la capital de la tecnología y la comunicación para emprender la búsqueda de sí misma y estar perdida. Largos son los paseos por el centro de Tokio, revolviéndose y mezclándose con el resto de la gente por si al final acaba encontrando su pequeño rincón que como ser humano le corresponde. Y parece que la soledad va a seguir siendo su hábitat natural durante un tiempo porque Lost in Translation no es una película como las demás donde nos muestran la rebeldía y las ganas de luchar de unos solitarios personajes. No, al contrario. Es la confirmación de que estamos perdidos.
Lost in Traslantion deja a un lado la rebeldía, ni la toca. Nos propone la contemplación y la aceptación de la gran soledad por la que pasamos todos. Es una larga búsqueda la de encontrarnos a nosotros mismos, hallar el verdadero motivo a nuestra existencia, en la que no se lucha pero sí se busca una comprensión.
No deja de ser interesante el encuentro, cosas del destino, entre la joven Charlotte y el consagrado actor Bob Harris (Bill Murray) en la cafetería del hotel, en un momento de la noche que para ellos comenzó a ser sagrado para evadirse de su cotidiana vida, y de aquellas cuestiones más transcendentales a las que estaban acostumbrados a plantearse diariamente, con el estimulante del alcohol para planear posibles planes de huida hacia un proyecto de vida más excitante. Y este encuentro confirma lo diferente que pueden ser dos personas, sea por la edad o sus creencias (una recién licenciada en Filosofía y un actor famoso), que no impide un acercamiento mutuo y una empatía común para sobrellevar cada jornada en la gran metrópolis de Tokio. Los largos viajes en tren a templos budistas nos muestra a una Charlotte, en representación de todos, en busca de una respuesta no ya sólo a su vida sino también al papel que juegan el resto de la gente como miembros de una misma sociedad.
No puedo evitar creer la terrible similitud que existe, lo comento a título personal, entre Ricky y Janejunto a Charlotte y Bob. Sé que la primera pareja son un par de adolescentes que están precisamente en el momento existencial donde más probabilidades hay de que les asalten más dudas, pero el encuentro entre las dos parejas supone un alivio y complicidad para esa crisis espiritual que no entiende de edades, para esa depresión que diría Tyler (nuestra guerra espiritual). Puede que esa carga acabe siendo más llevadera en pareja y el descubrimiento al final del viaje más gratificante si tienes con quien compartirlo. En el caso de Bob, el asumir su papel en el mundo de cincuentón con ciertos momentos de desajuste personal, le ahorra tiempo de estar dándole vueltas a la cabeza y bien sabe, como le comentó a su compañera de juergas una noche en la habitación del hotel, “con el tiempo no mejora”. 
Puede que esas últimas palabras de aliento que susurra Bob, poco antes de emprender su regreso a su incomprensible vida de actor pasajero, sea el consejo de un veterano de la vida que no ha encontrado a día de hoy su lugar, huyendo de aquí para allá, pero que no pierde un ápice de su humor cínico ante las adversidades que la vida le va presentando. Unido a ese esporádico beso de afecto, hace que Charlotte se sienta agradecida, y algo aliviada, de saber que no es la única interiormente perdida, pero que a lo mejor el estar perdido es la única manera de encontrarse uno mismo. En las ciudades hay tener la oportunidad de perderse en ellas, porque sólo así logras entenderlas, sólo así consigues conocerlas y tal vez, al perderte tú también, consigas encontrarte a ti mismo por el camino.
Estamos ante tres películas de obligado visionado, sin vínculo directo alguno, pero que forman tres piezas de un mismo puzzle donde cada una tiene su importancia y a pesar de las diferencias que pueda haber, las tres están intrínsecamente unidas porque las tres son la viva representación del ser humano actual.

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