Experimento 1: “El Yo, el Ello, el Ego”: Estoy Perdido (1/4)

Lost in translation

Estoy perdido”. En el título original la Coppola nos la llama “Lost in Translation”; en algunos sitios de Latinoamérica la llaman “Perdido en Tokio”, diferentes palabras periféricas pero una fija en pleno derecho: “Perdido”, perdidos todos, todos los protagonistas de las tres películas de la serie. Perdido Bill Murray, perdida Scarlett Johansson, perdido Kevin Spacey, perdida Thora Birch, perdido Edward Norton y otros tantos en alguna medida. ¿Qué pasa cuando uno se siente diferente y tiene la sensación de que no encaja en el mundo?. Habrá quién esté ya pensando en “Matrix”, Neo y la dichosa pastillita roja de las narices, pero no, la cosa no va por ahí. Otros estarán acordándose de aquella genialidad de Woody Allen, la enésima, del “hombre desenfocado”, un Robin Williams borrosillo que transmitía su falta de integración en el mundo a través de aquel extrañamiento óptico a la mirada, el desenfoque, consistente en no tener las líneas definidas, la forma de uno totalmente perfilada o estar relleno de una materia informe de la que cuesta sacar la más mínima certeza. Así se encuentran los personajes de nuestra serie, por diferentes motivos y con muy distintas respuestas, pero perdidos todos en el mundo, en sus vidas tan incomparables.

Lost in Translation” nos propone un ejercicio de empatía para sentir en nuestras propias narices lo que es sentirse desplazado del mundo, olvidado por el rumbo cotidiano de las cosas a nuestro alrededor, unas que se supone que están creadas a nuestra medida y que sin embargo no hacen sino transportarnos a una dimensión alienante y superficial en la que nos resulta imposible encontrar nuestra identidad y el sentido de la misma. ¿Y si el mundo que nos rodea resultara tan críptico o absurdo?. Quizás fuera como viajar a Japón, a miles de kilómetros de lo que uno cree que es uno mismo y alcanzar así la vertiginosa perspectiva de vernos desde fuera o de sentirnos de forma concreta fuera del mundo en el que vivimos. O sea, se nos lleva de las orejas a un entorno extraño, un mundo imposible que si bien resulta fascinante en su dimensión estética, nos plantea a cada minuto retos enormes por las diferencias culturales y grandes sacrificios por el coste social de nuestro viaje: La soledad. Ésta, por su parte, además, se convierte en la plataforma de desarrollo para llevar hasta sus últimas consecuencias la reflexión sobre el destino de nuestro deambular por el mundo y por nuestras propias dudas sobre nuestras existencia. Nos vemos en Tokio, vaya. Y lo hacemos sintiendo nuestra propia torpeza de la mano de Murray en cada cosa que hacemos.

Scarlett Johansson en Lost in Translation

Así es como nuestros personajes se sienten “Perdidos”, aunque de distintas maneras. Murray contempla desde la privilegiada perspectiva de la experiencia vencida el ridículo y el absurdo que vertebran todo el avance de su vida a lo largo de los años. “25 años de casado”, dice. Mira hacia atrás y no ve en la esencia ni de sus actos, ni de sus decisiones, las características de su propio yo. Por el contrario, sólo encuentra motivos para preguntar qué fue de su vida, qué fue de su amor por su esposa, qué fue de su amor por el cine o por el teatro… Durante todo el metraje, Murray hace el ridículo” ante sí mismo y ante los demás forzando a cada minuto la reflexión sobre sí mismo. Ya es un cincuentón y atraviesa la crisis correspondiente a su edad, el nervioso momento en el que, viendo ya de cerca el comienzo de la senescencia lógica de su vida, aún anda preguntándose en qué consiste ésta y qué es lo que en realidad la justifica. Johannson, por su parte, representa la misma idea de confusión sobre su propia identidad aunque en el lado contrario de la vida, es decir, en los comienzos, cuando aún existe la oportunidad de tomar decisiones sobre el rumbo, y sin embargo sintiéndose vacía y novata a la hora de marcarlo mirando al futuro. Su interior dejó de ser aquel mar de dudas de la adolescencia que a cada minuto le recomendaba una ocupación diferente y se ha convertido en una vacía y aparentemente acabada mezcla de ideas sueltas que bien sabe ella que no tienen posibilidad alguna de llegar a buen puerto, de convertirse en su día a día a lo largo de su vida. Tiene ante sí el refulgente privilegio divino de escoger con tiempo el destino de su existencia, pero también la exagerada presión de hacerlo; y hacerlo bien. El resultado es la indecisión, la vacuidad, la falta de sentido, de perspectiva, el enmarañamiento en ideas sin esperanza de progreso ni trascendencia alguna. Está perdida, como Murray, por distintos motivos, pero profundamente confundida y presionada.

El punto en común para esa problemática especial que los hermana es la búsqueda de su propia identidad, la falta de un “yo” definido por una vida con inercia o por una sólida autoimagen mental. Están sufriendo la “descodificación aberrante” del mundo, es decir, un desajuste entre su manera de interpretarlo y la manera cómo él se propone a sus seres, lo que produce una sensación de marginalidad y exclusión. No son capaces de ver el mundo cómo lo ven los demás, le encuentran problemas, no le ven su sentido y se abocan a una indefinida desconexión de él. Ambos buscan en los confines de su propia existencia, o mejor, en donde ya sus vidas no son concebibles como tales (idea representada en pantalla por las calles, costumbres y rótulos luminosos de Tokio) lo que de esencial hay en su presencia, lo que de irreductible tienen sus vidas, cosas de las que no puedan dudar en ningún caso. Como discípulos prestados y temporales de Descartes, se afanan en el acometido de un proceso de reducción a lo más simple, el “cogito ergo sum” que les “recuerde” (Platón) cuáles son los pilares sobre los que se apoya su felicidad, dónde quedaron ahora que ya no son felices y se han PERDIDO por los sucios reflejos del mundo real. Johansson acalla las voces de todos sentándose frente a su ventana a reflexionar sobre sí misma y sufrir su propia existencia. Sólo le pasa el turno de palabra a un CD de autoayuda que no hace más que aumentar su confusión permitiendo contrastar en perjuicio de su propia salud lo complejo de su perspectiva y de su más innata necesidad de identidad y sentido, con un discurso universal y desajustado que le propone una forma comercial y barata de entender su problema y con el que fracasa a todas luces. Peor incluso, el propio método le hace sentir avergonzada agravando su problema de identidad y reduciendo la posibilidad de que este tenga algún mínimo efecto curativo.

"Lost in translation"Estamos ante la idea pura que sirve de punto de partida para las tres películas de nuestro análisis, “Lost in Translation”, “American Beauty” y “El Club de la Lucha”: La idea de sentir leve o intensamente ese profundo desajuste con el mundo, la insatisfacción del alma por lo que nos rodea, ya sean personas, ideas, lugares, expectativas o productos. Edward Norton (“El Club de la Lucha”) también se siente vacío a pesar de que ha completado el viaje por el consumo simbólico de las marcas comerciales de moda y de un estilo de vida que se ha atribuido como propio aunque ha sido claramente sugerido por el contexto en el que vive. Combina ropa de marca que promete, desde el utópico discurso publicitario, una plenitud de vivencia sólo propia de quién rebosa felicidad, una forma propia de la publicidad que en su devenir más radical sólo es capaz de provocar una profunda decepción y una alienación insana. No obstante, podría pensarse que Edward Norton ha vivido desde siempre en esa plataforma desesperada abocada a la insatisfacción, mientras que la propuesta de “Lost in Translation” tiene que ver más bien con el proceso de puesta en cuestión de las propias decisiones, unas que nos llevan por senderos vitales en los que no nos reconocemos y en cuyos finales sentimos la necesidad de plantearnos todo el viaje. Murray observa su vida y se pregunta dónde se fue la emoción, el cine, el amor, la pasión… Johansson hace dos años que se ha casado, pero llora a solas en la habitación del hotel anhelando estar con sus auténticos amigos cerca de su hogar, y propone cierto arrepentimiento tácito en la decisión de su matrimonio o en la de acompañar a su marido en la excursión japonesa. Lo que Coppola nos propone es pensar que son las decisiones de uno las que pueden llevarnos a una situación de confusión profunda, a no tener claro dónde ir, dónde querer ir; o no tener claro cómo es que hemos llegado a sentirnos así tomando con facilidad decisiones que pensábamos que eran fieles reflejos de nuestra personalidad en el mundo, bien seamos Johansson o Murray, bien estemos empezando en la vida y nos sintamos perdidos por no saber dónde ir o bien por sentirnos en el peligroso momento en el que nos hacemos conscientes del inevitable paso del tiempo y andar aún decidiendo si todo lo vivido nos ha llevado realmente a un lugar desde donde ver con claridad nuestra felicidad más auténtica.

Fincher (“El Club de la Lucha”), en cambio, lo que nos presenta es una alternativa menos existencialista, es decir, permuta existencia y actos para proponernos que estamos abocados a una vida de superficialismos, de nimiedades culturales que prometen la facilidad a través del acto del tener y del acaparar, o del consumo simbólico de ideas a través del consumismo puramente comercial. Por tanto, se refiere Fincher, más pesimista, a una forma más peligrosa de desajuste vital. Se trata aquí de describir el mundo como un lugar que, independientemente de las decisiones que tomemos, nos dirige irremisiblemente hacia una situación de vacuidad personal y enorme tristeza. Así, se ve obligado a buscar una violenta ruptura con el sistema para encontrar el camino de la catarsis para el personaje. Coppola es más optimista, confía más en sus personajes, reconoce sus enormes problemáticas y les hace plenamente responsables de sus actos, pero les concede más tiempo y mejores oportunidades para intervenir en sus vidas y ponerlas de nuevo en el buen camino, aunque ninguno de los dos lo logre a lo largo de la película.

Kevin Spacey en American Beauty

El caso de “American Beauty” es, en este punto, más revelador y radical. Kevin Spacey sufre un repentino y epifánico despertar. En la esencia de su personaje vive una parte del Bill Murray de Coppola, aunque este último es externamente un triunfador y Spacey sería más bien lo contrario. Tras el sorprendente despertar, Spacey disfruta no sólo de la oportunidad de cambiar su vida sino del valor para hacerlo poniendo en marcha un impulso aparentemente autodestructivo que inaugura una ¿nueva? manera de ver la vida. Spacey se entrega al placer de sus pulsiones (drogas, coches, una seductora adolescente…), aniquilando el efecto de su freudiano Superyo y escribiendo su conducta sólo con la energía de su Ello más caprichoso. Spacey actúa, pone en marcha ideas, gasta una fortuna, se pone en loco funcionamiento. Johansson, en cambio, se deja arrastrar por la estaticidad del tiempo que no pasa en los pasillos y la ventana del hotel en el que reside. Ve la vida pasar, se pregunta adónde debe ir, no se atreve a internarse en la realidad, a correr sus riesgos. O quizás es que no encuentra el valor para hacerlo, pero en cualquier caso se queda inmóvil mirando a la cámara, fotografiándose a sí misma, fotografiándose los pies, como ella misma dice en la película. Se deja llevar por una sucesión de etapas programadas para sucederse sin remedio y sin síntesis final esclarecedora. El “yo” tiene un punto de identidad pero en el fondo se

define mejor como la pizarra donde escriben el Ello y el Superyo freudianos, y quizás por eso, la búsqueda del yo sea un proceso vacío. Quizás la identidad se escriba en el contexto en el que vivamos y por tanto quedarnos a solas con nosotros mismos nos aleje de nuestra propia identidad por mucho que parezca una genial aplicación del “cogito ergo sum”. Johansson sufre la eterna persecución de un ideal que nunca alcanzará: su idealizado “yo”, su ocupación vocacional cuya aparición curativa espera (y esperará) para siempre. En “El Club de la Lucha”, la búsqueda de la identidad se produce por esa reducción a lo básico, a las sensaciones más intensas y primarias, como la de la violencia. Así, “El Club de la Lucha” no es más que la herramienta que Fincher (“House of cards“) emplea para que sus “perdidos” personajes exploren en las ideas más simples hasta obtener un camino que dará sentido a sus vidas. A través del dolor, una sensación irreductible, inalcanzable, AUTÉNTICA, se ponen de nuevo los personajes en contacto con la realidad, encontrando certezas que vertebran y dan sentido a su existencia. Además, la violencia, la estrategia activa de Edward Norton para salir de su situación de confusión vital, le proporciona una autoestima extraordinaria que le procura cierta capacidad de explicación de su propia vida, del sentido de su existencia, encontrando este sentido no tanto en el contexto como en sí mismo por el egocentrismo y las ganas de desarrollarse por encima de sí mismo, de trascender sobre el problema y la confusión. Algo así le sucede también a Spacey cuando pretende crecer sobre sí mismo, hacer ejercicio para mejorar su cuerpo. El ejercicio físico le proporciona autoestima, le da bienestar, una apariencia de valor que resulta ser terapéutica como en el caso de “El Club de la Lucha”. En “Lost in Translation”, en cambio, el devenir es estático y no se llega a producir acto ninguno asociado a la confusión de los personajes. Toda la película parece continuar para siempre recalcando y mostrando una y otra vez la profunda confusión de sus personajes sin solución ni avance de ningún tipo, como la escena en la que Murray sale del karaoke, se sienta junto a Johansson, fuman, mantienen silencio… La situación se propone como una de esas en las que las palabras sobran por la complicidad y el máximo entendimiento entre los dos personajes, pero que en realidad es poco más que una nueva oportunidad para decirnos que ambos son conscientes de sus problemas y que dedican su tiempo a verlos reptar por sus vidas autocompadeciéndose para siempre.

¿Y probando el amor?

¿Y no tiene el amor capacidad para dar sentido a nuestras vidas?. La película de Coppola sí llega a internarse levemente en el asunto del amor, buscando la manera cómo este puede afectar a la crisis en la que se encuentran Murray y Johansson. Incluso se llega a mostrar el ambivalente comienzo/final de su relación con varios besos de lo más interpretables, aunque una mínima reflexión sobre ellos resultará recomendándonos no dejarnos engañar. La relación entre los dos personajes NO va a afectar de manera alguna a sus problemas personales. Son personajes que se entienden y comprenden mutuamente pero con capacidad para hacerlo tan sólo en aquel contexto dispar y fugaz en Tokio. Son personajes de mundos distintos, tienen sus parejas y sus incompatibles vidas. Recordemos la escena en que ambos se miran con ganas de besarse pero sin hacerlo en la mesa del bar del hotel; o la escena de ambos tumbados, intentando dormir, en la misma cama… pero sin el más mínimo acercamiento sexual. Su “puente indestructible”, que diría Benedetti, en realidad es más vulnerable de lo que parece. Murray tiene fecha para abandonar el hotel y ni siquiera su identificación sincera con el momento que atraviesa Johansson le hace pensar en la idea de quedarse. No, el amor es un elemento periférico en la película sin capacidad para hacer evolucionar la idea de la que parte todo el texto: Sentirse perdidos, sin rumbo, sin ideas, sin energía ni compromiso. Johansson se siente al final triste por su partida al darse cuenta de que perderá a quién más la comprende, pero no a quién da sentido a su existencia, que esa es una competencia que trasciende claramente a Murray y a su personaje.

En esto, la película se hermana plenamente con “American Beauty”, historia en la que Spacey sólo siente deseo puro por una adolescente. Incluso cuando, en un momento de debilidad del nuevo hombre, se fija en su legítima esposa, al espectador en realidad no se le escapa que pesa más la pulsión de tenerla sexualmente más que el intento de re-enamorarla para siempre. Así, desde esa situación de vacío sentimental, pareciera que ningún director le atribuye al amor la capacidad para justificar ninguna existencia. El caso de “El Club de la Lucha” es aún más radical: El personaje de Helena Bonham Carter no se enamora de nadie, rechaza a Edward Norton cuando más sincero se muestra y apenas vuelve a la casa para seguir gozando de los espectaculares servicios sexuales de Brad Pitt. Es más, comparece en una histriónica postura sexual de un rápido y fugaz plano que echa por tierra toda la dignidad del posible amor. “Deshazte de ella”, le dice Pitt a Norton refiriéndose a la mujer. Así pues, la visión de todos los directores es muy pesimista con respecto al amor, al que no atribuyen virtud ninguna para solucionar la problemática de los personajes.

El Club de la Lucha

¿Hay catarsis?

Dicho de otra manera, ¿llegamos a algún sitio?, ¿se resuelve de alguna manera la perdición sentimental o de vida de los protagonistas?. El caso de “Lost in Translation” resulta especialmente preocupante, puesto que no sólo no lo consigue sino que además ni siquiera lo intenta. El metraje parece demasiado obsesionado con la proyección permanente de la frustración de los personajes y olvida mostrar los auténticos y serios empeños por los que podrían apostar con la intención de superar la crisis. Lost in Translation” no es una película de actos, sino de sensaciones, las que desde el comienzo se van dibujando cada vez con más efecto sentimental en la mente del espectador. En el fondo, es la menos constructiva de las tres películas, la que menos aporta por superar la crisis. Es, sobretodo, aprehensiva, autocompadeciente y onanista de su propio dolor y frustración: A Coppola no le preocupa la manera de combatir esa soledad y esa falta de rumbo, sólo se siente feliz mostrando la profundidad de la crisis en la que se encuentran los personajes y viéndola desarrollarse ante la pantalla.

De hecho, más que soluciones o alternativas constructivas para superar el problema, lo que los personajes emprenden son impulsos autodestructivos que agravan la problemática de sus crisis: Ser infiel a su mujer con la cantante del hotel, vivir una noche adolescente en la que no encuentran su sitio, la bebida… Se trata de una situación donde la catarsis es inconcebible. Así, “Lost in Translation”, en lo que respecta a este extremo, resulta ser la más diferente de todas puesto que las otras, “American Beauty” y “El Club de la lucha”, se desarrollan en realidad para contarnos el devenir de la solución emprendida por parte de sus protagonistas. En el caso “El Club de la Lucha”, Edward Norton pone en marcha el llamado “Club de la Lucha” a través del cuál encuentra cierta certeza autónoma en la violencia real contra el prójimo y se desarrolla contando su suerte a lo largo del tiempo.

American Beauty

Spacey, “American beauty”, da rienda suelta a sus pasiones como parte de una exitosa terapia. Es el caso más llamativo de los tres, puesto que en este caso, a pesar de su trágico final, sí se da una cierta catarsis, una “modesta” solución definitiva. Spacey aniquila su superyo dando rienda suelta a sus pulsiones. En una primera fase consigue sentirse “muy bien” casi por sorpresa comprobando la ventaja de la táctica aplicada. Y en un segundo y final estadio, Spacey toca fondo, se hace consciente de sus recomendables límites, su moral y sus auténticos deseos. Se trata de una situación causada por el desarrollo de su propia catarsis y que casi de forma milagrosa le proporciona todo lo necesario para enamorarse de nuevo de su esposa y de su familia encontrando así el camino para lograr ver de nuevo el sentido en todo aquello que formaba parte de su vida antes de la crisis. Por tanto, “American Beauty” es la única de las tres películas que “llega a a alguna parte”, la única que hace de la crisis del personaje tan sólo una fase de aspecto revolucionario que, sin embargo, a Spacey le vale para resolver su problema. Así es como Spacey recupera al final de la película las ganas de vivir en esa vida en la que despertó al comienzo con impulsos autodestructivos convenciéndonos de que lo sucedido en los días de catarsis y que tan cómico resulta a efectos estrictamente narrativos, era una parte necesaria de su vida, algo que debía suceder, una forma natural y espontánea que su vida tiene de reencaminarse y que le permite reencontrar el camino hacia la “normalidad” a través de la búsqueda, disfrute y aislado de aquellas cosas que verdaderamente tienen importancia en su vida, como su “perdida” hija o su “perdida” esposa (no es extraño que fuera la familia la institución social escogida para dar sentido a la vida teniendo en cuenta el carácter tan americano de toda la película).

Lo que sí debemos reconocer a “Lost in Translation” es que a pesar de que no avanza en ninguna dirección (como mucho el propio proceso de concienciación de la realidad de la crisis en la que los personajes se encuentran) no se acerca a ningún límite inaceptable, mantiene la verosimilitud de los sucesos en todo momento: Sus personajes no se vuelven locos, no abrigan pulsiones autodestructivas, más bien buscan la manera de sobrevivir de la mejor manera posible. Coppola, al contrario que por ejemplo Fincher, mantiene a sus “sufridores” en un estado congelado y les atribuye la suficiente altura moral como para no salir a la calle a darse palos entre sí, logrando así que el espectador sienta la tentación de identificarse con esos personajes que quizás no sean tan distintos a él si exceptuamos el hecho de que la intensidad de sus dudas son mayores que las que él tenía en esa nihilista adolescencia universal tan común entre cualquier ser humano de nuestros tiempos.

Un ámbito curioso en donde ver esta diferente respuesta ante la crisis de los personajes es la vena voyeur aplicada a la forma de ver la vida. Quiénes andan vacíos de respuestas y llenos de dudas tienen a convertirse, en palabras de Truffaut, en espectadores de la vida, cinéfilos del mundo y suelen buscar pantallas por dónde mirar. Johansson, como decíamos antes, dice en la película que atravesó esa fase de fotógrafo que toda mujer tiene en la vida. Es decir, se dirige al mundo como excluyéndose de él, buscando para sí misma lo que falta en su existencia e intentando su captura a través del obturador de una cámara. Precisa de este canal extraordinario para entender un mundo que ya “descodifica aberrántemente” y rechaza por ajeno a sí misma. El proceso es muy similar al del personaje de Ricky Fitts (Wes Bentley) que con su cámara de video en “American Beauty” rueda el mundo en busca de la belleza, una que casi nadie entiende y que también le ha abocado a la marginalidad. Está fuera del mundo, incomunicado, desplazado y su cámara le sirve de protección y de intento de interpretación. Toma de la realidad lo que encaja con la suya descremando lo demás y domesticando su alrededor para dejarlo conforme a su propia visión de belleza y coherencia. Así, “Lost in Translation” vuelve a exhibir su fase más estática y “American Beauty” un intento inteligibilizador y una forma más de buscar esa respuesta a la crisis.

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