Experimento 1: “El Yo, el Ello, el Ego”: Tocar fondo (3/4)

En noviembre de 2006, los autores de este blog nos encerramos junto con otro grupo de amigos y cinéfilos (entre los que se encontraba también Carlos Albalá) para proyectar tres películas en una única sesión: “Lost in translation”, “American Beauty” y “El Club de la lucha”. ¿La premisa? Enfocar las tres películas, cuya relación entre sí se sospechaba previamente, desde un enfoque único que se formuló como “El Yo, el Ello, el Ego” y concretar posteriormente los análisis, sensaciones, reflexiones, etc. en forma de reportajes críticos e individuales. Lo que aquí os traemos es, en fragmentos, el fruto de aquella sesión experimental que, al menos nosotros, no olvidaremos nunca.

3/4 parte del Experimento. “Tocar fondo”.

“Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida”. Palabra de Tyler Durden.

Es difícil saber hasta que punto estas palabras pueden considerarse como el “Nuevo Testamento” de la humanidad, o mejor dicho, la definición más próxima de nuestra avanzada sociedad. Lo que sí parece tener un color más claro es lo de “la guerra espiritual” y “nuestra depresión es nuestra vida”. En una sociedad que se mueve por el interés económico, donde el motor de todas nuestras acciones arranca en la publicidad, donde crear falsos sueños está a la orden del día, donde todo aquello que nos van enseñando cuando apenas teníamos uso de razón y poco a poco vamos siendo testigos de nuestra caída, de nuestro choque con la realidad, de la caída de ese imperio idealista lleno de buenas intenciones, es en definitiva lo que desembocará en nuestra depresión. En nuestra vida. La ruptura de lo aprendido, fruto de nuestra inadaptabilidad, fruto también de nuestro deseo, el conflicto de nuestros intereses con el de los demás, nuestro punto de vista sobre todas las cosas nos incumba o no, de querer siempre dar el último discurso, de meternos en lo ajeno como algo de nuestra propiedad es lo que poco a poco nos va convirtiendo, y siempre influenciados por la masa global, en pequeños intrusos que un día deciden cortar por lo sano y llegar a justificar el fin con los medios empleados para tan largo viaje de limpieza espiritual.

La lucha cuerpo a cuerpo es una mera excusa para tener los músculos tensos y los nervios a flor de piel. La lucha es como un despertador que te mantiene continuamente alerta, donde cada segundo cuenta, cada gesto, cada distracción puede ser clave pero que al mismo tiempo te hace estar más vivo que nunca.

La lucha es el arma a emplear, que a su vez emplea una sociedad que se rige por la guerra como principio económico. La lucha es, ¿cómo diría?, otra forma de actuar. Por eso, porque no vemos ninguna otra escapatoria, y porque somos incapaces en algún momento de nuestra vida de aceptar la realidad, de aceptar una realidad no creada por nosotros, y pensamos que hasta aquí hemos llegado, creemos que la solución es luchar, cambiar de postura, intentar acabar con aquello que provoca el cáncer en nuestro interior. No adoptar otras alternativas, no crear un final más violento como un asesinato o un suicidio. No, no, nada de eso.

Dicho esto, El Club de la lucha, película dirigida por David Fincher, no es una película fácil de digerir. Te puede resultar asquerosamente vomitiva, extraña e incluso engañosa, pero tal vez sea por la cruda realidad humana que representa en dos horas y media. Tal vez lo que nos asusta es su descarado desparpajo, esa forma radical, siniestra de contarnos las cosas con la habilidad suficiente como para creernos que no está pasando nada, cuando no es cierto. Parece una simple película con tintes revolucionarios pero oscura, muy oscura, confusa y llena de siniestralidad. Por momentos parece haber perdido el rumbo; el sin sentido en ocasiones se apodera del espectador. En apariencia no deja de ser una película más de la industria americana que en ocasiones roza la independencia, desviándose del resto; mostrando una visión diferente, marcando otras pautas, pero que a pesar de su tratamiento y su inexplicable confusión en ciertos momentos, tiene las bases bien puestas, tiene un criterio, puede que sumergido, bien definido. Posee ese morbo desde el punto de vista cinematográfico del que otras películas carecen. Posee la suficiente dosis de adrenalina intelectual que le hace al espectador formularse preguntas que hasta ese momento en su vida había sido incapaz. Ésa es la gran hazaña del Club de la Lucha, posicionar al espectador, transformarle en el personaje interpretado por Edward Norton, siendo ahora él, siendo ahora tú el protagonista de la historia. Siendo la víctima atormentada que cree estar mal y decide ir a grupos de apoyo para así comparar su profundo malestar con los verdaderos problemas de la gente. Para ser pues, un débil. Pero eso, “eso no es tocar fondo”, como diría Tyler Durden. Tocar fondo, como la misma expresión dice, supone romper con tu vida, romper con todo, supone intentar lograr “el milagro” de ser aquél que siempre soñaste ser. Pero para ello no sólo basta con protestar, no sólo basta con admitir la injusta situación, no. Hay que luchar, hay que utilizar la cabeza dejando a un lado falsos complejos que no dejan de ser sencilla propaganda de un estilo de bienestar. La búsqueda del alter ego del protagonista es la búsqueda de todos nosotros. Es encontrar, dar con aquello que siempre quisimos ser. La amistad, el dinero, las posesiones materiales, el trabajo, nuestra vida nocturna y un largo etcétera son aquello que no necesitamos. La causa de nuestro retroceso como individuos de una sociedad consumista donde a todo y a todos hay que ponerles un nombre, hay que controlarlo todo, tener uno mismo la seguridad de no se sabe muy bien qué pero que nos es necesario (necesidad de seguridad), donde nuestra cronología como seres humanos ya está marcada desde antes de nacer.

El camino emprendido por el protagonista es un camino lleno de contratiempos, es el camino de la desintoxicación espiritual; un camino duro, viéndolo desde la perspectiva de la personalidad. Una nueva vida que no acepta religiones, sólo el día el día, el momento presente que tiene como pura certeza la muerte; la posible llegada de esta de forma inesperada pero que es un hecho que pasa y pasará, y por lo tanto, por el bien de uno, será mejor aceptarlo. Las peleas en sótanos abandonados mezclándose pulsiones escondidas y deseos de romperte todo el cuerpo con tu contrincante (y compañero en la lucha de la vida) para borrar una identidad muy alejada del sentir profundo.

Su evolución va en claros aumentos y contrastes. Un piso que representa a la perfección cualquier catálogo de interiores, al igual que un buen oficio, se ve reducido a añicos cuando las terapias con los enfermos terminales no son suficientes para llenar el vacío de un pobre individuo víctima de su propio éxito. Del insomnio pasamos al cáncer fingido y del cáncer fingido a volar por los aires toda identidad para a partir de ahí salir afuera y coger fuerzas para una nueva lucha en la que el cuerpo ha de entrenarse (y expresarse) y la mente ha de estar al servicio del presente y del olvido de cualquier rastro del pasado.

Nada que ver con las otras dos películas tratadas en este experimento, American Beauty y Lost in Traslation, donde los avances y evoluciones de una u otra película son apenas percibidos. Véase en el estático hombre medio“. Parece ser que Tyler dio con la tecla: “Sin sufrimiento no seríamos nada”. Creo que no sería una osadía afirmar que cuestiones tipo como ¿Qué es la vida?, ¿Qué estoy haciendo aquí, que hago con mi vida?, ¿Por qué hago así las cosas, por qué no intento cambiar? son preguntas comunes que nos rodean, nos persiguen hasta al más diminuto rincón de nuestro cerebro. Son interrogantes habituales que también se reflejan en la primera parte del experimento al que hacía referencia Ricardo Sánchez con el titular de “estoy perdido”.
La dependencia a lo que nos rodea, a nuestras propiedades sin ver un poco más allá su verdadero enfoque, su verdadera fisiología, es algo, no sé si una sensación, no sé si una especie de sombra que va tirando de nosotros volviéndonos más lentos, más irremediablemente ambiguos. Es, como dice Tyler, el largo camino empleando la masturbación para llegar a la auto perfección. El querer conseguir una perfección de un Dios virtual con millones de creyentes que actúan mecánicamente. Es esa lucha interna, ese conflicto entre nuestro “yo” que busca otro, busca una nueva alma, busca su pareja, su verdadera esencia. Busca a su alter ego.

Resulta verdaderamente interesante esa teoría de la vida que Tyler plantea con cierta ingenuidad. Ya saben, ese camino a tomar que es la autodestrucción.

Tyler cree que la mejor manera de crecer es perder. Así al menos lo manifestó a sus seguidores cuando les pidió a éstos que provocaran una pelea para después perderla. Y así fue como demostró su gran fortaleza al dejarse recibir golpe tras golpe del dueño del local, cuando éste interrumpió una de las reuniones en el sótano, para hacer un acto de valentía y mostrar lo vulnerable que uno se vuelve cuando decide luchar. La lección de aquella noche fue clara: Vence el que resiste los golpes y no el que golpea más fuerte.

Una teoría que rechaza todo lo material que rodea al individuo, todo objeto que carece de valor. Rechaza pues, todo aquello que no tenga la necesidad fundamental para la supervivencia del ser humano. Sin embargo, y aunque en ocasiones podría estar en lo cierto, esa rebelión, ese manotazo seco al sistema, puede resultar peligroso y algo confuso; la prueba la tenemos en nuestro protagonista, en su búsqueda de su yo interior y que acabó yendo más lejos que unas simples clases de guía espiritual. Ese cambio de ritmo en su vida, esa fuerte corriente para pasar del blanco al negro mostrándonos una actitud puramente nihilista, mostrándonos la voluntad de la nada, recorriendo ese camino a la autodestrucción que cree, tiene la fe, de que será su salvación. La duda paraliza pero hace también que avance. Como muy bien dice al final de la historia a su “trapo humano” Marla Singer (Helena Bonham Carter)“Marla, escúchame. Me has conocido en un momento extraño de mi vida”Su alter ego creó un ejército de luchadores a su imagen y semejanza dispuestos fundamentalmente a dos cosas: La lucha sin tregua ni fin y, por último, el reclutamiento de más soldados para el osado plan del proyecto Mayhem. El reclutamiento de los más listos e inteligentes para la causa. ¿Qué causa? Acabar con los pilares del capitalismo de la civilización actual. Por lo que, aquello que empezó siendo un divertimento organizando peleas y cometiendo alguna  sonada novatada, poco a poco fue adquiriendo un propósito mayor donde la organización y los objetivos eran importantes cumplirlos. Aquí El club de la lucha establece un acercamiento abierto acerca de los métodos en muchos casos violentos y perfectamente ejecutados por el nuevo ejército de cazadoras negras y botas negras, y la duda de si realmente esa lucha va a tener como resultado la obtención de un estado más puro para el alcance de la libertad del individuo. Recordemos que en el proyecto Mayhem no se hacen preguntas. Recordemos que todo está planificado y ordenado y que ningún miembro es más ni menos (un copo de nieve único) que el compañero de al lado.
Pelear en sótanos oscuros es una cosa. Hacer estallar edificios financieros es otra bien distinta. Lo que me lleva plantearme si ese plan por parte del ejército de Tyler es un plan a llevar acabo con las mismas armas que emplea, como ya apunté al comienzo, una sociedad cuya economía no son solo acuerdos entre grandes empresas sino grandes agresiones y el estallido de guerras que afectan a millones de personas fuera del círculo del poder. Es la violencia combatiendo a la violencia.

Pero recuerden lo que también dijo Tyler: “Solo cuando no tenemos nada, somos libres de actuar”. ¿Es posible que la destrucción, el camino a no tener nada, sea el camino a seguir? ¿Es posible que estemos más cerca de la libertad, al menos en esencia, si echamos abajo el poder reinante? Y es en esta transcendente cuestión, en la que entra a jugar la libertad, cuando se ve de qué somos capaces y cómo ponemos en marcha aquello que en innumerables ocasiones demandamos como nuestro: Nuestra capacidad y libertad de movimiento y pensamiento. Aquí podría perfectamente entrar ciertas reflexiones tratadas por Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad (como en otros muchos autores). Su obra supuso un incisivo análisis en ese concepto y sobre la situación del hombre en la moderna sociedad industrializada (y muy globalizada) y cómo éste ante un paisaje plagado de diferentes espejismos, mostrando la cara del oportunismo para su crecimiento, acaba siendo el origen de su infelicidad y esclavitud.

La apuesta de El club de la lucha es clara y contundente: Levántate y pelea. Pues cuanto más pelees más vivo estarás. La muerte ya viaja por esa vida de guerra espiritual.


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