“Eyes Wide Shut” y el sexo, la fidelidad y la visión femenina: 3 preguntas para pensar

Eyes Wide Shut” sigue siendo una de las películas menos comprendidas de Stanley Kubrick cuyas incómodas reflexiones han quedado ocultas tras el efectismo de sus escenas de máscaras y orgías.

 

Aunque la filmografía de Stanley Kubrick cuenta en su haber con algunos de los títulos más míticos de la historia del cine (“La naranja mecánica”, “La chaqueta metálica”, “Lolita”, “2001: Una odisea del espacio”, etc.), sorprende que siga siendo una de las peor comprendidas por parte del público, que en la mayoría de las ocasiones seguiría errando hoy en día al intentar acotar los temas abordados y las tesis defendidas por muchas de estas películas. El caso más claro podría ser el de “2001: Una odisea del espacio”, cuyo final psicodélico sigue constituyendo todo un objeto de estudio por parte de críticos y aficionados y a menudo una decepción para la mayoría de sus espectadores.

La última película que Kubrick rodó antes de morir, “Eyes Wide Shut”, no es una excepción. Para el público más joven puede que fuera la única película de Kubrick que tuvieron ocasión de ver en una sala de cine en el momento del estreno (1999), aunque seguramente abandonaron la sala con más preguntas que respuestas sobre la temática abordada por Kubrick y aún más dudas sobre sus posibles conclusiones. De hecho, no todo el mundo alcanza a esclarecer el tema de fondo de una obra que por culpa de su llamativo diseño de producción y lo espectacular de sus escenas más emblemáticas, puede confundir sobre su objeto “de estudio”. Kubrick se plantea en “Eyes Wide Shut” una valoración sobre las relaciones matrimoniales, sobre sus dinámicas y tensiones más internas, sobre la conciliación entre la esfera de las fantasías y la estructura cotidiana de las relaciones, sobre la gestión interna y el coste de la fidelidad, y en alguna medida también acerca del casi siempre malinterpretado enfoque femenino sobre las relaciones conyugales. Se trata de un repertorio de indagaciones que el director lleva a cabo mediante una cierta experimentación práctica (en la ficción) que llevaría al límite la estabilidad de pareja de sus personajes (y actores). El efecto, por cierto, cabe esperarse igualmente entre los espectadores que alcancen el sentido de sus reflexiones configurando así una de esas películas incómodas de ver… en pareja.

 

Pregunta 1: “Eyes Wide Shut” y la fidelidad

La fidelidad es, sin duda, uno de los grandes asuntos de “Eyes Wide Shut”. De hecho, se plantea en escena desde la primera parte de la película, cuando sus protagonistas reciben por separado sendas propuestas de aventura sexual configuradas ambas como de lo más irresistibles. Aunque el matrimonio Harford (interpretado por Tom Cruise y Nicole Kidman) sale inicialmente bien parado y ninguno de los dos comete infidelidad (definiéndose así el escenario conyugal de partida como un ámbito estable), la estructura que sostiene esa fidelidad va a saltar por los aires pocas horas después cuando los Harford comentan lo sucedido en la intimidad de su dormitorio. En el transcurso de la conversación, Bill parte de dos premisas fundamentales: 1) Que los hombres “son como son” y que desean a las mujeres hermosas y 2) Que su fidelidad está avalada por sus sentimientos hacia su esposa y por la propia condición matrimonial de la relación. Alice, sin embargo, desacredita esa supuesta “seguridad” demostrándole a su marido que ni los sentimientos, ni la condición matrimonial tienen porqué ser suficiente para apuntalar una conducta fiel de forma definitiva. Para demostrarlo, Alice le confiesa que en una ocasión se vio extraordinariamente afectada por la tentación de entregarse a un desconocido “aunque sólo fuera por una noche” e incluso en el caso de que el coste de dicha locura fuera renunciar a su marido y a su propia hija.

Kubrick organiza la escena de tal modo que la revelación de Alice parece causar una grieta terrible e insuperable en la confianza que Bill decía sentir por su esposa y en el aparente pacto de fidelidad en el que su matrimonio se desarrollaba cotidianamente. Acto seguido, Bill atraviesa dos experiencias adicionales: 1) Esa misma noche, una mujer que acababa de perder a su padre confiesa que sería capaz de renunciar a su prometido y a la vida de confort que parece aguardarle a cambio de estar cerca de él, y de hecho se lanza a sus labios y le besa con desesperación. Dicho de otro modo, este personaje demuestra ante Bill que las revelaciones anteriores de su esposa tienen base legítima y que es posible que viva más cerca de esta experiencia de lo que consideraba cotidiano. Bill está experimentando una toma de conciencia que, en el plazo de pocas horas, pone del revés muchas de sus convicciones sobre las mujeres y sobre sus deseos. 2) Con su “orden de valores” tocado y trastocado, sucumbe fácilmente ante la oferta callejera de una prostituta (Dominó) cuya propuesta inadmisible en términos de fidelidad parece cobrar una cierta legitimación como respuesta ante lo que él considera una cierta falsedad en esos valores maritales que él había dicho presuponer en las mujeres hacía apenas unas horas. Horas después, también acepta participar en una orgía y mantener allí relaciones con una prostituta (aunque no llega a suceder). En la última escena de la película, poco después de que Bill confesara a su esposa lo sucedido durante la noche después de que él abandonara el dormitorio, Alice le dice a su esposo que “quizás deban estar agradecidos por haber sobrevivido de alguna manera a nuestras aventuras”, apuntando que está dispuesta a perdonarle y que lo hará porque la realidad de una noche (refiriéndose tanto a la de él como a la que ella narró con aquel desconocido) “no es toda la verdad”.

Eyes Wide Shut

Eyes Wide Shut”, sobre todo a través de la gran escena de la película, la escena del dormitorio con las revelaciones de Alice, pretende contar que existen unas dinámicas internas en toda relación conyugal en donde hay que lidiar con las tensiones que originan las ocasiones de infidelidad y el balance interior de la fidelidad. La película trata de apuntar a que la cotidianeidad de una relación no se basa tanto en la revisión diaria del resultado de dicho balance sino más bien en la experiencia pactada sobre unos valores de amor, fidelidad, confianza, etc., que no tienen porqué tener una traslación idéntica a la esfera individual e íntima de cada uno, pero que sirven como fondo estable sobre el que se desarrolla la relación en el día a día. Kubrick apunta a que en esa esfera necesariamente interior, la omnisciencia que procura el hecho de conocer toda nuestra propia biografía (nuestros recuerdos, nuestras experiencias en materia de fidelidad/infidelidad, nuestras fantasías, nuestras debilidades y el saldo final del balance emocional de la fidelidad) somete a los valores de amor, fidelidad y confianza a una relativización fundamental que no se transmite con transparencia en pro de la estabilidad de la relación. Alice jamás había contado a su marido la debilidad que sintió por aquel desconocido para no perjudicar a su matrimonio, y de igual forma Bill termina confesando a su mujer lo sucedido aquella noche sólo cuando descubre la máscara sobre la cama donde duerme su mujer. Ambos operan con cotidianeidad a favor de la estabilidad de su relación apartando cualquier tensión interna que pudiera agrietar la supuesta firmeza de la fidelidad conyugal, pero al mismo tiempo poniendo de relieve que, desde el punto de vista de “Eyes Wide Shut”, el fenómeno de la infidelidad tiene al menos una vertiente, la mental y privada, con la que toda fidelidad hace lidiar; que es una deliberación interior que se presenta en el desarrollo de ese espacio íntimo, y que la película afirma que no debería ser diferente entre hombres y mujeres.

Eyes Wide Shut” establece mediante las confesiones de Alice un repertorio de consideraciones interiores sobre la fidelidad, el sexo, el deseo, lo clandestino, etc., que está alejado del modelo de estereotipos convencionales sobre las actitudes y expectativas de hombres y mujeres. La película puede resultar algo iconoclasta y desde luego dividir al sector femenino de la audiencia a la hora de reconocerse o no en ese riesgo de infidelidad que la película atribuye a ambos géneros, pero resulta muy eficaz promoviendo al menos la desmantelación de algunos modelos aceptados de antemano en virtud de estereotipos sociales a modo de clichés. Se trata de una película que dispone el escenario inicial (la escena del dormitorio) y un desarrollo posterior a modo de “road movie” de la noche para estudiar el asunto de la fidelidad desde una óptica adulta y experimentada y reconociendo al fenómeno de la fidelidad/infidelidad como uno de lo más complejo. La película requiere por parte del espectador de unas ciertas competencias personales sin las cuáles es imposible abordar una interpretación ni tan siquiera de lo más inmediata, a saber: 1) Adultez. La película exige la mesura de una valoración sólo al alcance de un criterio maduro que no se vea forcejeado por la ingenuidad o la puerilidad de la conducta adolescente. 2) Experiencia emocional. Muchas de las consideraciones y lógicas que explican la conducta de los protagonistas (tanto si estamos de acuerdo con ellos o no, tanto si obraríamos igual que ellos o no) se despliegan con cargo a sensaciones y deliberaciones que han de encontrarse previamente en la audiencia y que tan sólo existirán allí en la medida en que ésta haya participado en alguna medida en escenarios similares. Esta es una película que versa sobre las parejas y las cosas que pasan entre ellas cuando deliberan sobre fidelidad, y por tanto se da por supuesta cierta competencia en el campo semántico de la fidelidad y su vivencia. Como ya decíamos en el caso del cine de Garrel, y en particular hablando de “Un verano ardiente”, abstenerse novatos emocionales. Eso sí, lo bueno de Garrel es que su cine no resulta exteriormente atractivo para las personas que no cuentan con la experiencia emocional suficiente y no suelen ser deambulantes accidentales frente a sus metrajes, cosa que, por el contrario, sí puede suceder con las películas de Kubrick.

 

Pregunta 2: “Eyes Wide Shut” y el sexo

Resulta curioso comprobar que aunque en “Eyes Wide Shut” el sexo está constantemente presente en la narración de forma explícita e implícita, al mismo tiempo comparece en el film bajo a una naturaleza asintótica inalcanzable. Si exceptuamos la escena de sexo conyugal anterior al “nudo” de la historia, cuyo sentido en el argumento es muy limitado, el resto de ocasiones en las que alguno de los protagonistas se dirige hacia una escena sexual termina truncada por alguna razón. Para ser uno de los elementos más importantes en la reflexión sobre la fidelidad/infidelidad, lo cierto es que el sexo parece en “Eyes Wide Shut” algo inalcanzable:

 

  • En la fiesta inicial, Alice es cortejada por un caballero de edad madura. Alice le rechaza alegando que “está casada”.
  • En la misma fiesta, dos hermosas modelos tratan de conducir a Bill a un trío sexual pero cuando éste se percata de lo cerca que se encuentra de ello frena el “in crescendo” expresando sus dudas. En ese instante es llamado por una urgencia médica y abandona a sus acompañantes.
  • En el velatorio de un conocido, su hija se lanza a sus labios y se le ofrece desesperadamente en perjuicio de su prometido. Bill la rechaza asegurándole que la tragedia del momento no le permite darse cuenta de lo que está haciendo.
  • En una escena posterior, Bill la llama de nuevo pero es su prometido quién contesta el teléfono y Bill cuelga sin tan siquiera saludar y con un gesto de fastidio.
  • En la tienda de disfraces, el personaje interpretado por Leelee Sobieski, en ropa interior, se pega a él por detrás para defenderse de su padre y al abandonar la escena le lanza una oferta sexual. Ella desaparece sin que Bill pueda ni valorar la propuesta.
  • Bill sube a casa de una prostituta para recibir un servicio pero la llamada de su esposa le hace cambiar de opinión y abandona la casa.
  • En la escena de la orgía, cuando Bill acepta la propuesta erótica de una de las mujeres es abordado por otra mujer que le requiere para hablar en privado. Y cuando él se acerca a esta segunda mujer a la que parece conocer, ésta se escabulle corriendo evitando que él le quite la máscara y la identifique. A continuación, es conducido por una persona del servicio al “juicio” central evitando que pueda tener sexo con ninguna de las mujeres de la casa.
  • Cuando Bill trata de volver a encontrarse con la prostituta Dominó, ésta ha desaparecido.
  • Y, por supuesto, Alice cuenta la ocasión en la que se habría entregado a un desconocido pero a la mañana siguiente éste había abandonado ya el hotel donde estaban todos alojados.

 

Por tanto, la figura del sexo comparece aquí en su concepción exclusivamente conyugal, quedando cualquier otra forma de sexo apartada del radio de acción de los protagonistas que parecen haber sido confinados en su relación matrimonial.

De hecho, el sexo conyugal es la escena sexual de apertura (la primera que se produce en la pantalla) y la última a la que se alude y de cuya materialización no cabe duda alguna, que se produce cuando Alice le dice a su marido que hay una cosa que deben hacer cuanto antes: “Follar”.

Sin embargo, curiosamente, es en esa primera escena de sexo conyugal en la que Kubrick muestra una de las imágenes que mejor refleja visualmente el meollo de la reflexión de “Eyes Wide Shut” en torno al tema de la fidelidad: Mientras Bill aborda a su esposa y comienza a besarle el cuello, ella levanta la mirada y mira fuera, como consciente de cualquier otra presencia alternativa. En la escena sabemos que se mira a sí misma a través del espejo, pero esa imagen estática fue elegida para promocionar la película y su lectura (sin saber que mira al espejo) transmite claramente que al menos uno de los dos no está inmerso en la sensación física del instante sino que incluso en ese momento sigue consciente de todo lo que pasa a su alrededor, de otras posibles presencias, y de sí mismo/a. Esos ojos levantados que se despegan del placer para recuperar la perspectiva desprenden precisamente esa idea de consciencia de posibles terceros que es el fondo mismo de esta película. De algún modo, Kubrick intoxica incluso la mayor de las intimidades sexuales entre los dos protagonistas con la consciencia de un tercero, o de sí mismo.

Eyes Wide Shut

En “Eyes Wide Shut”, el sexo de pareja no es el rincón de la intimidad de dos personas, entendido como un espacio infranqueable protegido al socaire de una estructura conyugal reflejada tanto en el estilo de vida como en la costumbre de interior, que es la concepción convencional que cabe esperar. Kubrick plantea el sexo conyugal como una arena confusa donde puede llegar a ser posible la presencia de terceros en forma de fantasía o debilidad y que está ocasionalmente amenazada por tensiones internas o externas. Se plantea como un espacio cuya comprensión íntima depende de unas dinámicas individuales y tensiones inconfesables en donde no sobreviviría la concepción clásica basada en una confianza mutua indestructible.

 

Pregunta 3: “Eyes Wide Shut” y el enfoque femenino de lo conyugal

Es posible que el catálogo audiovisual de “Eyes Wide Shut” y sus momentos más memorables estén escogidos entre lo que podríamos llamar “la franja masculina de la historia”, es decir, esa parte de la sinopsis que transcurre a partir del momento de la confesión de Alice y que comprende el periplo nocturno de Bill. Y dentro de este fragmento, puede que la escena más efectista y la que muestra una visión más inherentemente masculina, sea la de la inolvidable orgía nocturna con máscaras y disfraces en la gran mansión. De hecho, y por si la escena no resultara suficientemente masculina, Kubrick decide hacérnosla vivir empleando un plano subjetivo de la mirada de Bill mientras deambula por los pasillos de la mansión descubriendo llamativas escenas sexuales a su alrededor, una sintaxis de elementos aparentemente seleccionados de un imaginario tópicamente masculino. ¿Es “Eyes Wide Shut, por tanto, una película de enfoque masculino?.

Cabe una interpretación radicalmente opuesta. De hecho, nuestra apuesta es por la preeminencia de lo femenino en el origen de las diversas tensiones que van a dar lugar al desarrollo de una sinopsis de decoración masculina. Dicho de otro modo, si bien la distracción estética y diegética de los personajes y sus escenas más llamativas responden a una presentación de color masculino, la dinámica interna que condiciona la historia y que va a colegir sus principales conclusiones se desprende de una energía puramente femenina. Y esta energía brota del personaje de Alice y se concreta en su impactante confesión a Bill durante la escena del dormitorio, la escena más importante de toda la película y una de las más increíbles de todo el cine de la década de los 90. Es en ella donde el genio de Kubrick alcanza el pináculo fílmico de “Eyes Wide Shut sin hacer uso de unas formas desproporcionadas ni interna ni externamente (aunque el metraje es de una enorme belleza plástica) pero planteando una escena de insoslayable intensidad narrativa, muy psicológica, tremendamente adulta y claramente exigente con la audiencia.

Eyes Wide Shut

En dicha escena, Alice le cuenta a Bill lo tentada que se sintió por abandonarle a él e incluso a su hija para escaparse con un marine, un desconocido, con el que coincidieron en un pequeño hotel durante unas vacaciones que disfrutaron años atrás. Alice confiesa que en aquella ocasión se sintió embriagada por el deseo de dejarse llevar por la tentación y entregarse a ese desconocido aunque ello hubiera conllevado la destrucción de su unidad familiar, la ruptura del espacio más íntimo y el fin de la confianza más profunda con su marido. Confiesa que a la mañana siguiente se despertó sintiendo “pánico”, porque “no sabía si tenía miedo de que se hubiera ido o de que aún estuviera allí”. Es el conjunto de la confesión de Alice lo que desmonta en apenas unos minutos los pilares básicos sobre los que se apoyaba la visión conyugal y las creencias matrimoniales de Bill. Su cara, absorta, refleja no sólo la sorpresa sino más bien el escenario de ruina emocional en el que queda sumido comprobando que muchas de sus creencias y presunciones sobre la visión que él creía que Alice tenía sobre su relación matrimonial eran tan sólo una forma de atrezzo cotidiano o, en cualquier caso, una visión parcial de la realidad. Bill comprueba que la felicidad diaria de Alice no es más que una parte de su realidad, que es mucho más profunda, libre y desconocida de lo que él había imaginado y en cuya consuetudinariedad se había instalado cómodamente. Bill comprueba que ni su éxito profesional, ni el prestigio social alcanzado, ni la confianza obtenida por parte de los poderosos, ni su comodidad económica, etc. consiguen blindar su matrimonio contra tentaciones y fantasías por elementos externos. Esto conlleva dos sensaciones terribles para Bill. Por un lado, la impotencia que siente quién no encuentra entre sus enormes y potentes pertrechos bélicos el arma adecuada para obtener la victoria, es decir, la tristeza de comprobar que los criterios de vida en los que él había alcanzando la excelencia y que parecían garantizarle la atención exclusiva de su esposa no tienen, en realidad, este último poder, porque dicha atención, o mejor, tentación, responde a lógicas que pueden no tener nada que ver con sus formas de éxito personal masculino. Y segundo, más grave aún, que sus suposiciones sobre las expectativas de la mujer en general y de su esposa en particular pueden no servir para explicar más que una pequeña parte de ellas, quedando un enorme espacio interior en donde sobreviven engranajes psicológicos de otro cariz, de otro anhelo diferente, con otras visiones y otro posible devenir. Hay más: Bill descubre que entre todo lo que Alice le confiesa no sólo hay elementos desconocidos e inesperados para él; también hay elementos incompatibles con su visión conjunta del matrimonio sobre los que resulta prácticamente imposible construir esa visión acendrada y pura de una unión estable y feliz en la que Bill parece haber vivido hasta ese momento. Así, toda su visión queda sumida en un galimatías del que no se desprende en ese momento una visión coherente de la mentalidad de su esposa y que va a poner en funcionamiento fuerzas mentales de lo más caóticas y erráticas. El resultado de esta demolición de valores es un hombre desestructurado cuya visión del amor como forma de confianza íntima y pilar fundamental queda temporalmente desprovista de sentido.

Y esta es la gran revelación de la película: El descubrimiento y puesta en valor de esa visión impactante de Alice y sus secretos que va a ensanchar su personaje y la visión que Bill tenía de su esposa. La película exhibe el impacto brutal que un hombre de éxito externo sufre al chocar contra una confesión inesperada, una realidad que parecía no tener cabida y contra la que creía ser inmune. La interpretación notable de Nicole Kidman parece ralentizar la dicción de cada frase con el paradójico efecto de multiplicar su estruendo en una habitación en silencio nocturno, haciendo que sus palabras desconecten los cables principales de la visión de Bill que termina aturdido no tanto por el tabaco como por las palabras de su esposa. Pocas escenas en la historia del cine han articulado un terremoto narrativo tan intenso con una puesta en escena tan aparentemente sencilla y sin apenas movimiento. Sin duda, recuerda al modo magistral y terriblemente grave cómo Bergman hacía salir y sentir la tragedia y el drama interior en películas como como “El Silencio” o “Sonata de Otoño”, con mano firme y desprovista de morbo.

Se plantea, así, el espacio íntimo femenino del matrimonio como un lugar donde también caben fantasías y tentaciones: Es la gran revelación del personaje de Alice y que actúa cómo “plot point” que hace cambiar a la historia de dirección hacia la deriva psicológica de Bill. En función de lo estereotipado del contexto de interpretación, la confesión resultará más o menos sorprendente para cierto segmento de la audiencia, aunque la película juega apostando de partida a que será una revelación inesperada. El metraje nos propone esa forma de recibir las palabras de Alice invitándonos a reflejar en nuestro rostro el gesto atónito de Bill. Y el resultado es una película que da por supuesto que la revelación sorprenderá gravemente a cierto perfil masculino que sobreentendemos aquí en términos de “generalidad”. La revelación de Alice parece una reivindicación a través de Kubrick de la existencia de una energía sexual que escapa a toda lógica de confort o de carácter familiar en las mujeres y que es enormemente intensa. Es la primera clave para entender ese carácter femenino de la historia.

Eyes Wide Shut

Curiosamente, a pesar de que gran parte de la película se desencadena a partir de la incompatibilidad manifiesta entre la realidad familiar de Alice y la existencia de sus posibles fantasías de entrega a un desconocido, Kubrick alcanza en la escena final de “Eyes Wide Shut”  una síntesis más o menos plausible a cuyo socaire parecen estabilizarse las tensiones:  “estoy segura de que la realidad de una noche, por no hablar de la de toda nuestra vida, nunca será la verdad al completo”, dice Alice, ofreciendo una salida al entuerto de Bill y también a la disrupción marital que ella misma había creado durante su confesión anterior. No es que Kubrick consiga así encontrar un encaje matemático y estable para las tensiones generadas y desde luego estas palabras no dibujan una apuesta equilibrada para una concepción marital de largo recorrido, sino que parece encontrar una forma de aplacar la virulencia de las tensiones hasta llegar a una fórmula que parece reconocer su existencia pero sobre la que hace prevalecer la fé y el compromiso de sus protagonistas. Puede que esta propuesta de solución decepcione a cierta parte de la audiencia, aunque quizás no esté tan lejos de lo que sucede en la realidad y de la contradictoria manera cómo se desenvuelven los matrimonios reales. Puede que sea ésa, precisamente, la premisa última de esta obra tan poco entendida de Kubrick, el principio de una fórmula elaborada por un hombre de visión esclarecedora sobre la relación matrimonial entre hombres y mujeres, un estado en el que vivió personalmente durante 45 años hasta su muerte en 1999.

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