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“Frances Ha”: Una adorable hipótesis neoyorquina de la “nouvelle vague”

19/04/2014 -
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Noah Baumbach propone el experimento de trasladar el estilo de la “nouvelle vague” de los 60 a la actual Nueva York, y conocer a una joven llamada Frances, una más que adorable creación de Greta Gerwig.

 

Resaltar esta vez una obra de trayectoria seguramente limitada por su propia confección de doméstica factura, “Frances Ha“, pero valiosa si atendemos a dos férreos puntos cardinales que en esta producción de Noah Baumbach fijan el interés de la audiencia hasta sumirle en una reconfortante, nostálgica y agradable sensación de bienestar cinematográfico: Por un lado, el bien acreditado y descrito homenaje que Baumbach brinda a uno de los movimientos cinematográficos más espontáneos y fundamentales de la historia del cine, la nouvelle vague francesa. Y por otro, la tierna y cuidada construcción gestual de Greta Gerwig que diseña un personaje admirablemente adorable con el que la audiencia o se identifica o siente la impetuosa necesidad de hacerlo con razón o no.

Visto así, “Frances ha” podría ser el resultado de buscar una mezcla entre la cinefilia de Baumbach y los registros humanos de Gerwig (su esposa), la cultura histórica cinematográfica de uno y la potencia gestual de la otra. Baumbach despliega así un escenario cinematográfico que sirve de fondo para la historia y que parece confeccionarse a través de un elocuente y ajetreado baile de signos rescatados o bien de los más representativos filmes de la llamada nouvelle vague, o bien del ideal virtual de ésta que ha quedado como definición histórica del movimiento. De un modo o de otro, el resultado es un escenario que sabe a paradigma y que resulta inmediatamente reconocible para el cinéfilo medio. El hecho de que Baumbach no aporte toques personales a este estilo sino que tan sólo obre como cocinero para que “la ciudad arquetípica de la nouvelle vague” aparezca como contexto narrativo para la historia de Frances, confirma el hecho de que el director tan sólo pretende realizar un humilde homenaje con un cierto sentido nostálgico. De hecho, lo cierto es que el empleo de los recursos visuales de este estilo francés de los años 60 se articula aquí para ser puesto en valor en sí mismo, como “un lugar reconocible” de la historia del cine que evoca todo un imaginario propio al cinéfilo versado y que sirve para potenciar aún más la innegable espontaneidad de su brillante personaje central.

Aunque muchos pensábamos que la mitad de los elementos sintagmáticos que confeccionaban el diccionario necesario para dibujar “la ciudad de la nouvelle vague” eran de hecho las calles de París, sus cafés, sus árboles, sus amplias avenidas, etc., Baumbach consigue demostrar que en realidad dicha ciudad “ideal” se alcanza no tanto por la presencia de lugares o detalles arquitectónicos concretos de París, sino más bien a través de una estética propia del movimiento que hace emerger ese lugar mental en el que una chica exclama “¡New Herald Tribune!” (“Al final de la escapada”). En alguna medida, el director consigue arrebatar a la ciudad de la luz su sello cinematográfico históricamente asociado a la nouvelle vague y lo pega en una urbe tan diferente como es Nueva York. Podría pensarse que el experimento no funcionaría y que las calles de la ciudad de los rascacielos no admitirían semejante disfraz, fuera por la lejanía física o fuera por la temporal, puesto que el viaje estético nos llevaría del París de los 60 al Nueva York de la actualidad. Sin embargo, en la “Frances Ha” de Baumbach, Nueva York luce a lo años 60 y sus calles podrían albergar a un arquetípico Jean-Pierre Leaud o Jean Paul Belmondo sin problema alguno. Eso sí, decíamos que el robo geográfico se producía tan sólo “en alguna medida”, puesto que el experimento revela sus carencias cuando el personaje de Frances viaja realmente a la ciudad de París y su figura evoca el auténtico sabor de la “nouvelle vague” con una mayor naturalidad.

 

Greta Gerwig - Frances Ha

En aras de potenciar aún más ese vínculo con la “nouvelle vague”, Baumbach se asegura de que la película contenga algunos planos especialmente representativos. De hecho, no se conforma con que las imágenes estáticas “respiren” al estilo del cine francés de los 60, sino que también incluye algunas escenas en movimiento en donde también es posible reconocer dicho estilo. Por ejemplo, no existe en la historia de “Frances Ha” ninguna razón para que su personaje se quede sin dinero al pagar la cuenta de un restaurante y tenga que darse una tremenda carrera por la ciudad buscando un cajero, si no fuera porque verla correr en blanco y negro por las aceras de Nueva York evoca poderosamente las imágenes de Belmondo o de las películas de Jean Eustache.

Así, parece que el deseo de articular por completo los “lugares comunes” de la “nouvelle vague” se desboca interviniendo en la historia sin más sentido que el de hacer posible una cierta postura estética. El homenaje, en estos términos, se vuelve algo caprichoso, aunque el lector aficionado al paradigma francés agradecerá este “rincón” en el que seguro encontrará la satisfacción que produce reconocer un código de lo más querido. Eso sí, también habría que decir la película de Baumbach demuestra que si Truffaut, Godard o Eustache se afincaron en el gobierno de las imágenes del París de los 60, Woody Allen parece haber hecho lo propio sobre las imágenes de Nueva York, puesto que cada vez que alguien corre por una acera de esta ciudad… los cinéfilos creemos ver a Allen atravesándola en busca de Mariel Hemingway con la intención de evitar que se vaya a estudiar a Londres (“Manhattan”). Tan poderoso resulta, por tanto, el imaginario alleniano de la ciudad de los rascacielos que se convierte o bien en una irresistible tentación de director de cine, o bien en un polo magnético estético que atrae a todo cineasta que hace correr a algún actor en blanco y negro por alguna de sus aceras.

En cuanto a la otra artífice de este contenido prodigio tan agradable que es “Frances Ha”, es decir, Greta Gerwig, cabe afirmar que es la segura responsable de diseñar un adorable personaje principal con suficiente contundencia gestual para derretir hordas de espectadores, consiguiendo la extrañísima marca olímpica de lograr el mismo efecto entre hombres y mujeres, aunque articulando, claro, razones diferentes. Su personaje se ve forzado a experimentar el paso de la juventud, una que había estirado más de lo normal gracias a lo confortable de una amistad desmedida con su amiga Sophie, hacia una mohína y desganada adultez que exige renuncias y perspectivas incómodamente realistas. Si la película comienza con Frances pidiéndole a Sophie que le cuente “su historia” de nuevo, es decir, los mutuos sueños de éxito y autonomía (“no tendremos hijos”) que quieren para sí mismas y en cuyas líneas de evolución quieren que transcurran sus vidas, el “abandono” de Sophie implicará, como sucede habitualmente, reescribir su identidad con arreglo a unas experiencias más contenidas en donde buscar la felicidad cotidiana de la madurez. Es el viaje que transcurre desde ser “Frances Halliday” hasta ser sólo una parte de la fantasía, “Frances Ha”, etiquetada así al final de la película cuando se completa el reacomodo de la vida, como el hito que señaliza el comienzo de algo nuevo. Todo un viaje experimentado a la fuerza que repartirá renuncias entre las dos amigas pero que será veladamente indulgente con Frances proporcionándole un éxito disfrazado de “normalidad” profundamente más auténtico que el de su (en ocasiones) díscola amiga. Por cierto, no sabemos cuánto de estas dos amigas vienen de una propuesta similar de lo más recomendable, aunque en clave griega, rodada antes por Athina Rachel Tsangari y titulada “Attenberg”.

A pesar de que los accidentes orográficos de esta experiencia de madurez tiene momentos de desazón, toda la película, y en especial su personaje central, están bañados por un plasma de cariñosa comprensión hacia el personaje que le exime de una rotura catártica, resultando la irremediable fase de madurez como un estadio que emerge con naturalidad y sin violentas contracturas. De este modo, el tono de la película no se vuelve dramático en ningún instante en absoluto y permite a Greta Gerwig desplegar con una prolijidad envidiable su extensísimo catálogo de gestos para construir una Frances Ha tan maravillosa que dan ganas de masticarla por el simple gozo de hacerlo. Sumando ese envidiable y luminoso sentido de la amistad que sólo es posible en edades pre-treintañeras, el placer de las locuras admisibles en donde cabalga una enorme diversión y la libertad que se experimenta viviendo sin cargas y escribiendo a cada fin de semana dónde dormir, Frances Ha termina siendo una fantasía horizontal en la que hombres y mujeres pueden sentir la tentación de ver la vida que no tuvieron. Lo de Gerwig es una proeza de la que apetece apartar a Baumbach y en la que cabe leer el verdadero valor de esta película que él firma pero de la que ella debería sentirse algo más que autora.

Por cierto, “Frances Ha” es una de esas películas que parece pedir constantemente ser comparada con otras o puesta en relación con otros productos culturales. A las referencias a la nouvelle vague, que eran totalmente evidentes, se suman las del universo alleniano, pero Baumbach se permite también incluir en el casting a un actor (en alza) como es Adam Driver, personaje clave en la serie de TV “Girls” de Lena Dunham. La conexión es interesante porque “Girls” ha sido comparada con otras películas, series de TV, etc. hasta la extenuación, como si estuviera en sus genes narrativos partir como punto de conexión con otros productos artísticos, y también porque si nos fijamos veremos que el personaje que Driver configura podría ser prácticamente el mismo que interpreta en “Girls”. Podría interpretarse que si a “Frances Ha” se le arrebatara su estilística francesa, la historia resultante tendría mucho que ver con “Girls”, toda vez que ambos relatos narran la urgente necesidad de sus personajes principales de abandonar los sueños de juventud y buscar una forma de vida en una ciudad real y un tiempo de facto en la ciudad de Nueva York. ¿Estarán atravesando las generaciones más jóvenes una fase catártica de “golpe contra la realidad” que se traduce en todo un género propio? ¿Será producto de las promesas realizadas por la generación anterior empeñada en una enorme formación personal y profesional, y el ahínco actitudinal hacia el éxito?.

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