Bienvenidos a la Golden Age de las series de TV

Lejos de arrinconarse en su vetusto modelo de sitcom de gracietas de segunda y carcajadas enlatadas que durante décadas apenas fueron capaces de lograr una fingida sonrisa permanente en el espectador, las series de TV han sido elevadas a la categoría de grandes obras, grandes narraciones, grandes historias audiovisuales herederas de una calidad antaño sólo presente en la franja de prestigio del cine convencional. La TV toma el testigo de las grandes historias.

Se dice que mucho de esto empezó a suceder con “Los Soprano”. Otros dicen que el cambio comenzó a gestarse con el éxito de series como “A dos metros bajo tierra”. Otros cavan más profundo y encuentran los orígenes en series como “Doctor en Alaska” o incluso “Expediente X”. Sea una, otra, o la sinergia histórica de unas cuantas elegidas, lo cierto es que hoy las series de TV se han convertido en uno de los contenidos audiovisuales más demandados y de mayor calidad que se puede encontrar en todo el negocio de la producción. Sus estrenos se esperan casi como los de algunas superproducciones de Hollywood, y sus sucesivas temporadas se conciben como secuelas, aunque no sufren de la denostada imagen que en el cine suelen tener éstas. Algunas de sus estrellas rivalizan con las del cine, creándose ya grandes nombres que a menudo terminan rodando cine convencional. Y eso cuando no se produce el efecto contrario: Las estrellas de Hollywood desean abandonar un barco en claro proceso de hundimiento para zambullirse de lleno en el mundo de las series de TV que está en plena ebullición.

Y todo esto gracias a… magníficas historias (“A dos metros bajo tierra”, “Mad Men”, “The good wife”…), diseños de producción de primera que reflejan el enorme presupuesto que las sustentan (“Juego de tronos”, “Downton Abbey”, “Galactica”, “Perdidos”, …), estrellas de lo más magnéticas para la audiencia (como Hugh Laurie en “House”) y un abundante rosario de atractivos que articulados con una brillantez creativa como nunca se había encontrado en la producción de contenidos para TV han conseguido que el escaparate de las series tenga una oferta irresistible para cada tipo de consumidor.

Las series de TV, además, permiten desarrollar mejor los personajes porque cuentan con más tiempo, permiten desarrollar subhistorias y relatos secundarios hasta dotarlos de un atractivo propio que a veces rivaliza con la trama principal, permite plantearse grandes fases y puntos de inflexión a partir de los cuáles puede considerar nuevos objetivos narrativos, nuevas subhistorias, apariciones ulteriores de nuevos personajes, etc.

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Hoy, tanto la crítica, como los espectadores y hasta el propio sector de la producción de series de TV saben que la exigencia es máxima, que ya nadie duda de que una serie de TV puede apasionar al espectador como antes sólo conseguía el cine, que la calidad no está reñida con la lógica de fragmentación permanente del discurso de TV que impera desde hace décadas en las cadenas, que se puede rodar con un elenco envidiable de actores de primer nivel, que se puede producir una serie con insólitos efectos especiales, que se pueden ganar premios Emmy hoy de lo más prestigiosos y que hay productoras arriesgadas que apuestan por contenidos experimentales para cubrir las expectativas de audiencias de nicho, más reducidas, que permiten rodar contenidos más exclusivos. Las series de TV se han convertido en el sitio donde se pueden crear grandes obras que, si triunfan, pueden mantenerse en antena durante muchas temporadas y dar a sus narradores oportunidad de desarrollar cada detalle de la historia.

Vivimos una auténtica golgen age de las series de TV.

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