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Escenas para la historia: “Gravity” y su gran secuencia de reentrada

31/08/2014 -
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Empleando una enorme combinación de elementos narrativos entre los que destaca la música, la coreografía y la composición de imágenes, la recta final de “Gravity” alcanza momentos de indudable poesía.


Hace casi un año celebrábamos el estreno de “Gravity” de Alfonso Cuarón no como el de una película extraordinaria pero sí como el de una producción capaz de reinventar el género de las películas del espacio gracias a un muy innovador tratamiento cinematográfico. No en vano, y aunque los Oscars hace tiempo que dejaron de ser una fidedigna unidad de medida de calidad cinematográfica, la película obtuvo 7 estatuillas, 6 de las cuáles correspondieron a los apartados técnicos: Fotografía, montaje, banda sonora, edición de sonido, mezcla de sonido y efectos visuales. Lo más importante es que esta destreza al frente de lo técnico no ha sido empleada para lograr un plantel de efectos visuales que constituyera en sí mismo un reclamo para el público, sino que ha sido puesto al servicio de una mano diestra y prudente con la idea de crear un nuevo “concepto” de película del espacio, una aportación mucho más relevante y que tras lo equilibrado de sus formas esconde una competencia visual y narrativa de primer nivel. La producción no ha optado por militar en el más vacío blockbusterismo de efectos especiales, sino que ha puesto estos al servicio de una novedosa estrategia visual que no habíamos visto antes en otras producciones. Gravity” no es una “soap opera”, no es “Star Wars”, tampoco es “2001: una odisea del espacio” de Kubrick y tampoco es exactamente “Apollo XIII”, sino que es más bien una mezcla de algunos de los ingredientes presentes en éstas y otros sintetizados para la ocasión, dando como resultado un manual del espacio exterior en el que podrían reinterpretarse muchas de las películas del espacio que hemos visto durante décadas. Su toque cientifista y su empeño en respetar las leyes físicas del espacio exterior aunque esto le suponga perder puntos en espectacularidad constituyen dos fuertes argumentos para pensar que su visión del espacio es la más objetiva que hemos tenido ocasión de ver en el cine, la experiencia cinematográfica más próxima a esa realidad del astronauta. Sin embargo, no debemos engañarnos, puesto que no es más que la visión de un creador y un excelente grupo de técnicos audiovisuales, aunque eso sí, en esta ocasión, se trata de un enfoque muy novedoso y muy seductor que ha sido debidamente recompensado en forma de premios.

Gravity - escena de la reentrada

De todas las escenas en las que podríamos fijarnos, elegimos aquí una de las últimas, la de la reentrada, por ser la más emocionante: Está confeccionada gracias a una brillante habilidad técnica pero lo más interesante es que el resultado es una escena profundamente excitante, emocionante e, incluso, por momentos, inesperadamente poética. Nos referimos a la escena en la que la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) procede a realizar la reentrada en la atmósfera terrestre tras un imposible periplo espacial a la desesperada, y a bordo de una nave Soyuz de origen chino que apenas puede gobernar.

Es la traca final que, como en “Apollo XIII”, nos hace a los espectadores contener el aliento y apretar las manos confiando en que la nave aguante las terribles turbulencias y la brutal desaceleración de la reentrada y llegue de una pieza hasta la superficie terrestre. La película se asegura de que el espectador sea plenamente consciente del enorme riesgo que la Doctora Stone está a punto de correr en una maniobra necesaria pero que puede acabar con su vida en pocos segundos, haciendo que su personaje recite un grave monólogo de descripción de situación: “Tal como lo veo, sólo existen dos posibilidades: O llego ahí abajo con una historia que dejará a todos alucinados, o me calcino en diez minutos”. El texto también tiene tintes metalingüísticos en tanto en cuanto incorpora percepciones del personaje que parecen referirse necesariamente a la calidad de la vivencia que se le promete a la doctora Stone, pero que también admite lectura desde el exterior del propio texto como una advertencia sobre el impacto de la experiencia de visionado para el propio espectador: “Pase lo que pase, va a ser una experiencia alucinante”, dice Stone, confundiendo deliberadamente el hecho de ficción con el hecho real del visionado, en un gorgorito fácilmente interpretable como petulante o autocomplaciente pero que, a tenor del visionado posterior, termina convenciendo en cierta medida. Un toque de dirección que refuerza esta interpretación es el hecho de que el personaje recite estas líneas mirando al infinito, a la latitud propia de una audiencia virtual o de un ser omnisciente (cualidad que en este caso representa el espectador que ha conocido y asiste a todos los detalles de la historia), con un ángulo escaso respecto de la frontalidad de la cámara; es decir, en un plano fijo en el que el personaje casi mira al espectador a los ojos, rompiendo el off-homogéneo en el que el espectador no es consciente de sí mismo y entrando en una fase de off-heterogéneo donde pareciera instarse a la audiencia a ser consciente de sí misma y la relevancia de cuanto la narración promete entregar.

Gravity - escena de la reentrada - Doctora Ryan

Y así es cómo da comienzo una escena apoyada en la firme fé de resolver una paradoja creativa: Una escena de profunda lógica destructiva cuyas tensiones sólo parecen responder al desconcierto del caos, y de la que, sin embargo, nace una coreografía incontestablemente estética que en combinación con la música, el montaje y el color parece hallarse en un área de poesía visual. Este área toma elementos de una cierta elucubración visual de carácter espacial a partir de un naturalismo que primero se fijó en las imágenes más hermosas de la naturaleza en clave paisajística, pero que admite una traslación espacial con un resultado igualmente evocador. En esta escena de desintegración y riesgo de muerte se pone a funcionar una lógica de belleza en donde la connivencia de este naturalismo espacial sirve de fondo óptimo para disponer un baile de elementos de fuego y calcinación que dejan rastros hermosos y emocionantes. De hecho, destaca la pericia para crear la imagen de ese plano que nos hace abocarnos hacia la atmósfera viajando a pocos metros de los restos de la nave china a punto de ser aniquilados por la fricción contra la atmósfera. Se trata de un plano de carambola destructiva entre los distintos restos que se golpean entre sí hasta aniquilarse en mil pedazos o desaparecer calcinados entre los que el espectador es capaz de reconocer la nave de la doctora Stone como si escapara de ese núcleo explosivo y liderara una huída esperanzada y humana hacia el interior de la atmósfera. El plano, además, cambia la posición de la cámara haciéndola girar para poder ver los elementos desde otro ángulo, una proeza visual que no ha pasado desapercibida para las audiencias más exigentes en lo técnico y que ha merecido multitud de premios. También hay que decir que la proximidad de la atmósfera permite relajar las reglas de sonido (o, mejor, de NO sonido) que imperaban desde el comienzo de la película y permiten añadir efectos de sonido para reforzar el estilo vibrante de la escena y hacer sentir sus turbulencias destructivas de la forma más física posible. Es el momento en el que la película se endeuda sin control con cargo a todos los códigos que alcanza: una música portentosa que transmite una gran relevancia narrativa, una iluminación espectacular de tonos saturados en donde los rojos del fuego contrastan con los colores vitales del globo terráqueo, la velocidad de los elementos, los efectos de sonido, … un repertorio de recursos audiovisuales mezclados para lograr una narración emocionante que durante su metraje pareciera no poder terminar de forma pacífica y que parece requerir un desenlace grandilocuente.

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