“Life Lessons” de Martin Scorsese: Tres artes simultáneos para un efecto de color inolvidable

Scorsese se despega valiente de su imaginario habitual y olvida los chicos malos para sentir el corazón entregado y perdido de un pintor de Nueva York; una oda fetiche a la llama en la que se consumen algunos y un orquestado estruendo de color.

 

En 1989, y bajo el título en común “Historias de Nueva York”, tres afamados directores de incuestionable calidad juntaron sus talentos para presentar tres obras, quizás “mediometrajes”, todas ellas inspiradas por la ciudad de Nueva York. Martin Scorsese aportó la obra de apertura titulada “Life lessons”, Francis Ford Coppola contribuyó con “Life without Zoe” y Woody Allen (cuya “Blue Jasmine” revisamos hace poco) con el plato fuerte del menú: “Oedipus Wrecks”. En general, la mayoría del público opina que la obra de Coppola es el fragmento más flojo de los tres, siendo el de Allen no sólo el más divertido de todos, sino además muy paradigmático de su cine en general y una gran pequeña obra en particular. Sin embargo, Scorsese logró cautivar el interés de los espectadores muy por encima de las expectativas con su “Life Lessons, protagonizada por un Nick Nolte en estado de gracia y una joven Rosanna Arquette para una réplica acertada. Fue la gran sorpresa de la propuesta, una pequeña película llena de elementos irresistibles y una apuesta arriesgada por parte de Scorsese, más habituado a otra clase de géneros cinematográficos.

Life lessons” narra fundamentalmente el tortuoso estadio sentimental al que se ve abocada una relación difícil entre Lionel (Nolte), pintor de éxito que vive en un loft en Nueva York, y Paulette (Rosanna Arquette), una joven pintora que se inicia en el mundo del arte y que vive con Lionel trabajando como su ayudante. Aunque Lionel parece enamorado de Paulette, ésta se siente hastiada por el tiempo que han pasado juntos hasta ese momento y con toda la intención de pasar página, dejar el loft, y a Lionel.

Pasión por la pintura

Con estos pilares y sólo 40 aproximados minutos de metraje, Scorsese da forma a una historia cuya faceta humana nos guía hasta su final, pero cuya carga estética, musical y artística se recuerda para siempre. De hecho, ya en sus planos iniciales, aún en los títulos de crédito, el espectador advierte la pasión de “Life lessons” por el color y la pintura gracias a una secuencia de planos cortos que recorren los “lugares comunes” del pintor; planos de sus pinceles, detalles de sus pinturas, rizos de óleo que sobresalen de las telas y botes de pintura a medio gastar, diseñando una suerte de slideshow cinematográfico que, además de recordarnos al comienzo de “El perfume de Yvonne” de Patrice Leconte (y su secuencia de lugares vacíos cuyo significado se aclara posteriormente), nos introduce al estilo que Scorsese empleará en sus planos más intensos, que sin duda son los que reserva para la actividad de su pintor. El director parece estar más interesado en captar la pasión de su artista y su talento para la pintura (“este trabajo es sagrado”, le dice Lionel a su aprendiz, en cierto momento), que en la historia (pseudo) romántica que transcurre frente a los lienzos. Es posible que Scorsese, de hecho, llegara a proponer su relato romántico como un instrumento para generar energía personal susceptible de ser sublimada y trasladada a las telas de las pinturas de Lionel.

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Así, puede que la faceta más valiosa de “Life lessons” sea, precisamente, la que Scorsese dedica a la captación del talento de su artista, Lionel. Pero vayamos por partes. En primer lugar, es absolutamente necesario destacar la impresionante intensidad de los planos en los que Scorsese nos muestra a Lionel pintando sobre la tela, aplicando pintura sobre la pintura, capa sobre capa, haciendo de ésta una combinación intensa de colores vehementes y enérgicos que vistos de cerca resultan histriónicos e incluso abigarrados, pero que con la perspectiva suficiente, se ensamblan adquiriendo un sentido mayor, y el carácter real de una gran obra de arte. Scorsese hace a la cámara revolotear alrededor de Nick Nolte para captar los gestos de su rostro, los movimientos de sus manos con los pinceles, las mezclas de pintura sobre la paleta, los temblores de sus hombros al pintar con fuerza sobre el lienzo, y sobre todo, esos divertidos, sensuales e irresistibles primeros planos de la pintura expresionista acomodándose pastosa sobre capas anteriores, palabras tachadas. Es como un pequeño caos caprichoso y pueril donde los colores toman el control, como sucedía en “Más allá de los sueños” de Vincent Ward, y se convierten en señas de un sentido principal que parece guiar no sólo las manos de Lionel  sino el transcurso de toda la historia con Paulette. Inesperadamente, pareciera que en los toques de pintura, en los trazos vigorosos, en los sonidos del pincel violento sobre el lienzo, en las formas que salen de los pinceles, en todo ello, naciera un talento real y un arte auténtico, como si no se tratara tan sólo de planos fingidos rodados con esmero, sino que fueran el documento real de captación del talento verdadero de un artista. Es como si “Life Lessons” se propusiera atrapar el genio al control del pincel, el brillo real en el verso de color del pintor, su acierto y su talento, en la línea del objeto de obras como “El sol del membrillo” de Víctor Erice, aunque en otro ritmo, otra música, otro color, otro arte, ¡y otro mundo!. Es fácil verse seducido por estos planos de pintura, hipnóticos, a los que el espectador se hace adicto desde el principio, y que al ritmo de una música para la historia van haciendo evolucionar el lienzo hasta quedar… completo, como la película.

Y es que la obra que Lionel pinta no es tratada cinematográficamente como si tan solo fuera un lienzo sobre el que se pinta, como si fuera tan sólo una actividad del pintor cuyo valor es el de ser una actividad en sí. Por el contrario, Scorsese hace que el contenido de la pintura, la obra en sí, evolucione durante la película desde su temprano estadio de boceto, cuando el lienzo aún muestra el blanco de la tela y sobre ella apenas unas líneas negras a modo de esbozo, hasta su estadio final cuando se encuentra terminada y expuesta en una gran exposición llena de público. El espectador asiste al proceso completo de concepción, confección, corrección y exposición de la obra, su vida completa, y si frente a sus primeros trazos agonizaba la relación con Paulette, bajo su resultado final empieza Lionel una nueva historia con una nueva mujer, cerrándose así la incuestionable relación que Scorsese establece entre los trazos al óleo de Lionel y su propia vida.

Historias de Nueva York - Rosanna Arquette

No cabe ninguna duda de lo orgulloso que Scorsese termina de sus propios planos; no sólo por lo prolijo de estos, sino también porque dicho talento queda reflejado en las caras de Paulette en aquellas escenas en las que, de forma involuntaria, queda atrapada mirando a Lionel pintar y trabajar sobre la tela. Si el espectador aún no se había percatado de que dichos planos artísticos tienen un valor más allá de lo narrativo, el rostro de Paulette, hipnotizado por el trance violento y creativo de Lionel, se lo advierte y se lo transmite. Es posible que estos planos pudieran ser concebidos como una forma del egocentrismo de Scorsese, pero se le ha de perdonar principalmente porque, bajo cierto punto de vista, dichos gestos quedan bien justificados en el devenir de la historia: No en vano, el motivo por el que Paulette vive con Lionel es, precisamente, presenciar el trabajo artístico en movimiento, la quintaesencia de su sueño, el que quisiera para ella. El ego de Scorsese, satisfecho por la creación de su artista total, va más allá de Paulette: Cuando ella pasa la noche con otro artista joven y éste se encuentra con Lionel a la mañana siguiente en el loft, Lionel le sirve una taza de café, le reduce a “pintor de graffiti”, comienza a pintar sobre su lienzo, impresionante, y se da la vuelta para mirarle y sonreír sabedor de que su gran obra está fuera del alcance de aquel tipo.

Historias de Nueva York - Nick Nolte

Los planos de los pinceles, los botes de pintura, las manchas por doquier, la piel del pintor llena de óleo, las gafas sucias, etc., transmiten el desorden, el caos, la desorganización de una mente creativa entregada a un lienzo y que deja atrás un pequeño desastre, físico… pero también personal y emocional. “Pierdo los estribos”, le dice Lionel a Paulette tras una discusión. Y también: “¡Escúchame bien!, no sabes cómo me entrego ni cómo puedo hundirme“, le dice. Es como si del desorden más terrible surgiera la energía para las ideas, la inspiración, y de ella los trazos que terminarán confeccionando la obra. La cara de Nolte, pintando, transmite ese trance interior que parece experimentar mientras trabaja, una ruptura interna, una grieta del alma de donde emanan las curvas de pintura y los brochazos de color. El artista se rompe y desaparece como ser para convertirse en una fuente de energía perdida en su talento, una voluntad poseída y agitada en forma de convulsiones cromáticas de donde surgen caras, trazos, puntos de color, estrías y mejunjes simplemente irresistibles.

Su desorden de vida, cuyo epicentro es Paulette, es una fuente de arte y es el borde del precipicio en el que Lionel vive abrazado por los celos y la debilidad de sus fetiches. “¿Qué me impide que pierda el control y te tome?”, le dice a Paulette al verla provocativa. “Podría violarte. O matarte. O matarme yo mismo”.  Y la cámara contribuye a hacer sentir las convulsiones con planos arriesgados e imposibles: Primeros planos en donde casi no surge forma alguna, planos cenitales sobre el canto del lienzo, picados y contrapicados para enfrentar a Lionel con su obra, planos encadenados con el lienzo fijo pero el pintor moviéndose frente a él, ¡y mucho más!. Dirección cinematográfica pura al servicio de una proeza expresiva que con las armas de tres artes simultáneos, el expresionismo abstracto, la música y el cine, alcanza un techo inolvidable.

“A whiter shade of pale” hace sentir color para siempre

Es el tema musical de Procol Harum con el que se abre “Life lessons pero también con el que termina y la música más representativa del fragmento de Martin Scorsese. Suena alto y firme durante los títulos de crédito y de forma interrumpida durante todo el comienzo de la narración, con pausas para la presentación de alguno de los personajes. Pero también es la música que suena en varias secuencias de violenta pintura, y quizás por ello queda, finalmente, tan asociada en la mente del espectador a los planos de óleo y trazo vigoroso. Así, tras el visionado de “Life lessons”, esta melodía de Procol Harum hace sentir color y pintura… para siempre.

Sin embargo, no es el único tema de la película, y junto a otros que también suenan durante las secuencias de pintura, forman una selección de lo más significativa. Fragmentos de ópera como “Nessun dorma”, de “Turandot” (Puccini), una rockera versión de “Like a rolling stone” interpretada por su autor, Bob Dylan, etc.,  son la banda sonora del talento, siempre sonando de una minicadena ochentera y llena de manchas de pintura que Lionel tiene en su taller, y a todo volumen. El estruendo contribuye a incrementar el caos y el desorden del que nace la creación, la grieta del alma de la que se nutren los pinceles. Sin embargo, cuando un nuevo romance está en ciernes, como sucede al final de la película insinuando la sucesión de Paulette por una nueva y bonita ayudante, la música se torna dulce, comedida y en clave de jazz.

Trazos fetiche

Historias de Nueva York - Trazos de fetiche

Aquí y allá, a lo largo de “Life lessons”, Scorsese rasga la narración lineal para abrir espacios de fetiche libre, momentos de autorización sexual para dotar a la energía de Lionel de un nuevo contenido. Son planos subjetivos que, a través de sus ojos, nos permiten sentir el modo cómo Paulette le cautiva con sus detalles; no ya con su presencia, sino con los pliegues de su presencia, que Lionel percibe con una enorme carga erótica y que atrapan su mirada. Si, como decíamos, su pintura es el lugar y el tiempo donde va a reflejarse su desvencijada relación con Paulette y en donde se alivia la energía, estos planos subjetivos del más puro fetiche son una de las fuentes donde ésta nace.

No obstante, el fetiche también está presente incluso antes de llegar al contenido de “Life lessons”, por ejemplo, si nos detenemos un poco antes, en su solución formal. De hecho, algunos de los planos de Scorsese responden a una lógica del fetiche sin alcanzar la naturaleza explícitamente sexual. Así, por ejemplo, se comprenden mejor algunos de los planos de Lionel esperando a Paulette en el aeropuerto, en los que Scorsese muestra imágenes a cámara lenta del rostro del actor y los gorgoritos aéreos del humo de su cigarro retorciéndose en el aire al más puro estilo Wong Kar Wai (aunque con más luz). Todo ello con la música de Procol Harum alcanzando un resultado estético que muchos considerarán hermoso y otros demasiado snob. De un modo o de otro, cumple con el objetivo de permitirnos escrutar el modo cómo Lionel mira a Paulette cuando ésta aparece por primera vez en la película. Detectamos en sus ojos ralentizados que es un hombre cautivado que lucha con su propia debilidad y contra una entrega personal espontánea seguramente algo imprudente. Se trata de un recurso visual que nos permite comprender mejor la situación emocional prístina de donde surge la historia de “Life lessons”. Desde este punto de vista, asistimos a un fetiche visual al servicio de una historia y que cuenta con la complicidad del repertorio artístico de un Nick Nolte de lo más inspirado.

Sin embargo, también existen otros planos en los que la lógica sexual es muy explícita en estos trazos de fetichismo: Primerísimos planos de las manos de Paulette doblando su ropa interior, de su pie decorado con una tobillera y expuesto sobre un cojín como una joya irrenunciable, de su dedo acariciando casualmente sus labios al estilo de Faye Dunaway en “Thomas Crown”, o ya cuesta abajo y entregado a una colección imparable de detalles femeninos en una secuencia de “no retorno” con la nueva aprendiz y sus labios entreabriéndose, su mano exhibiendo la base de su cuello, sus ojos tímidos en plano cerrado, los escalofríos de su piel, su pelo cuidadosamente colocado alrededor de la oreja o su ropa interior asomando por el escote de su vestido. Una locura de terraplén visual por el que Lionel se tira, con la audiencia, llevado por la energía de sus fetiches y directamente reflejados todos para el espectador en forma de planos deliciosos. Fetiche en estado puro y en cuyos detalles arder “con el león”.

Otro de los recursos que Scorsese emplea y que armoniza con el mundo de la “percepción fetiche” es el de los planos de efecto túnel, en los que la imagen se oscurece desde el exterior y se va cerrando hasta dejar tan sólo una zona circular central por donde vemos algo o alguien que se convierte en el centro exclusivo de nuestra atención. Scorsese la emplea a menudo para subrayar el efecto fetiche de los detalles de Paulette, empezando por su propia presentación. Lionel la descubre en el aeropuerto, y nosotros con él, a través de uno de estos planos túnel, quedando su rostro en el centro mismo de la imagen, y siendo en ese instante lo único que existe para Lionel y para el espectador. Paulette juega con su pelo en el mismo momento en que aparece al fondo del túnel, asemejando una aparición epifánica, así sentida por Lionel. Pero lo mismo sucede con el “bodegón” de su pie con la tobillera y otros momentos similares. Sugiere, asimismo, la mirada voyeur de quién espía los detalles de alguien que le fascina, lo cuál incrementa aún más el efecto de la lógica del fetiche por acumulación de ingredientes.

Sin embargo, el fetiche de Lionel existe también en su pintura, como describen los planos en los que asistimos a su trabajo con los pinceles, sobre todo aquellos en los que vemos en primeros planos el modo cómo la pintura es aplicada sobre el lienzo. En ocasiones, son pequeños trazos de color, sólo algunos toques de pincel, guiados por un cariño artístico de valor, y de los que surge la forma y el dibujo. Se retratan con detalle, se aplican con esmero y en ellos parece arder la pincelada de Lionel llevado por la locura de un fetiche. Si la pintura era el reflejo de sus tensiones fuera del lienzo, los detalles cruciales de sus pinceles y sus trazos más queridos serían el reflejo de sus fetiches fuera de la tela. Si se pinta como se ama, y los trazos vigorosos de los pinceles son la metáfora del deseo, las puntas de color que sobresalen de sus trazos son la metáfora de sus fetiches.

Por último, apuntar que Scorsese, quizás para sugerir el modo fantasioso cómo Lionel ve a Paulette, hace uso de un recurso cromático interesante: La muestra en planos cortos, sinuosos, eróticos, todos ellos en un intenso color AZUL como si flotara en un universo de puro cariño; el de Lionel, que termina besándola lleno de ternura. Se trata de un recurso que recuerda al empleado por Jean-Luc Godard en “El Desprecio (para mostrar a Brigitte Bardot) aunque allí el francés empleó no una imagen, no un color, sino una sucesión de planos idénticos en donde el color cambiaba de un tono a otro.

En definitiva, Scorsese se despega valiente de su imaginario habitual y olvida a sus chicos malos de costumbre para sentir el corazón entregado y cautivado de un pintor de Nueva York; una oda fetiche a la llama en la que se consumen algunos y un orquestado estruendo de intenso color. Puede que Lionel sea el falso pintor más auténtico de la historia del cine.

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