“House of Cards” o la exquisita destreza de una venganza política

La ambición desmedida en la arena política como tema para una exquisita y fría historia de venganza. Cuando las emociones se ausentan, la estrategia y la manipulación brillan.

Los aficionados a las series de televisión de temática política estábamos a la espera de un producto digno desde que Sorkin abandonara “El Ala Oeste de la Casa Blanca” y dejara seguir por sus propios medios (y en otras manos) la que seguro será para siempre considerada el paradigma de las series de dicha temática. Lo que los aficionados no esperábamos era que el mundo de la política fuera a ser recuperado del modo cómo lo ha hecho “House of cards”, con una estética tan diferente, una trama radicalmente contraria a la de Sorkin y unos personajes en las antípodas de aquellos buenos demócratas.

House of Cards” es la historia y la trama de una manipuladora venganza ejecutada sin contemplaciones bajo una dirección fría y calculadora: Una historia vieja inherentemente anidada en la lógica interna del sector político. Kevin Spacey (cuya “American Beauty” ya analizamos) da vida a Frank Underwood, un congresista llamado a ser Secretario de Estado que, en el último momento, es desprovisto del cargo y apartado de la primera línea del gobierno de los Estados Unidos al que ayudó a ganar las elecciones. Lo que sigue es la búsqueda del poder y la venganza de un político manipulador y sin escrúpulos cuya mente funciona previendo los pasos de su permanente estrategia. De hecho, toda la narración de la serie parece ser el despliegue de una estrategia de grandes proporciones en busca del poder, aunque oculta a la audiencia hasta bien avanzada la primera temporada. Así es cómo Underwood crece ante la mirada de los espectadores desbordando sus expectativas de poder y sorprendiendo por la altura de sus planes y de su ambición.

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Lo mejor de la naturaleza del guión de “House of Cards” es la inexistencia absoluta de complejos en cuanto al tipo de narración. House of Cards” no se avergüenza de ser una serie política y no duda en integrar en su trama jugadas de índole puramente política sólo valorables por una audiencia receptiva hacia esta temática. Esta no es una serie para audiencias que se declaren apolíticas o cuyas opiniones habituales sobre el mundo del poder aludan en exclusiva al cliché de la ineptitud de la clase dirigente. La serie rescata estrategias de pasillo político de primer nivel y las integra para construir un guión que va de menos a más sin salir en ningún momento de su propia temática. Al contrario que “Boss”, que también es una serie de naturaleza política aunque mucho más intervenida por las emociones del personaje principal (sorprendentemente interpretado por Kelsey Grammer), “House of Cards” resulta más técnica, más limpia, más estratégica y si cabe más mezquina, aunque se tome su tiempo para dejárnoslo ver. “House of Cards” se conduce a través de acciones encaminadas a objetivos políticos, quedando las emociones casi totalmente sublimadas en ambivalencias sentimentales que rara vez entorpecen el avance de la venganza.

Se busque o no, aunque ciertamente parece que es precisamente uno de los objetivos, “House of Cards” pone de manifiesto la cara más perversa, impresentable e incluso delictiva del mundo de la política. Frank Underwood es un arquetipo de político exagerado, un estereotipo perfeccionado en su paradigma para ser elevado a la categoría de super-político capaz de alcanzar sus objetivos (su esposa Claire explica que “es un hombre que sabe conseguir lo que quiere”). Underwood representa la manipulación deliberada de las personas, sus ambiciones y sus debilidades, al servicio de un ansia de ascensión personal y política que termina reflejando la peor de las aplicaciones del poder democrático. Sus actividades son pura táctica aplicada y dispuesta para la mejor presión inteligente. Sin embargo, la serie parece querer ir más lejos hasta condenar toda forma de política con independencia del lugar de actuación o el objeto de la misma. Y para ello, la historia se sirve de otro de sus grandes personajes, Claire Underwood (la esposa de Frank), que dirige una organización de actuación benéfica internacional en donde también aplica la cara más eficaz, no siempre presentable, de las tácticas políticas. Claire, que no duda en utilizar la presión de los lobbies, el mercadeo de intereses y una gran desconsideración por quiénes la rodean, refleja cómo la lógica política, propia del ser humano, es aplicable a cualquier ámbito u objeto. El suyo es, al menos de partida, más defendible, más digno, aunque sus técnicas no son tan diferentes de las que emplea su marido, y de hecho, a lo largo de la historia, éstas se trenzan y se confunden llegando a construir una justificación virtual para la ambición desmedida de Frank, y una crítica profunda y ácida hacia la actividad benéfica de Claire (cuyo nombre alude con ironía a esa vertiente pretendidamente transparente que se espera de su actuación de naturaleza benéfica).

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House of Cards” es plenamente consciente de que su trama, como decíamos, inherentemente política, no resulta visual, no es intuitiva y corre gran riesgo de perder por el camino a una audiencia no especialmente interesada en lógicas de pasillo que no se traducen en grandes cambios de localizaciones externas, sino que parecen rodar y rodar por una sucesión de planos de interior aparentemente idénticos. Para mitigar este riesgo, el personaje principal de Kevin Spacey articula una frecuente interlocución directa con la audiencia en la que, mirando a cámara, nos explica la historia subyacente, lo que el ojo no ve, y las estrategias e intenciones ocultas tanto de su personaje como las que él atribuye al resto de ellos. Nos ofrece así una suerte de barandilla para no perdernos en la historia y seguir informados en todo momento sobre lo que está sucediendo, aunque no se muestre o no sea fácil de detectar. Una serie sobre política puede versar sobre el mundo, pero transcurre en salas y pasillos, y no se traduce en escenas visuales que la audiencia pueda interpretar fácilmente. Las situaciones políticas y los escenarios que la trama muestra ante la audiencia son paisajes abstractos, y como tales, requieren de: 1) Una gran atención a la historia 2) una cierta receptividad e interés natural por los asuntos políticos y 3) una cierta capacidad para proyectar sentimientos sobre escenas que no aluden expresamente a estos y se caracterizan por una narración más técnica y aparentemente fría. La ayuda de Frank a la audiencia, mirándola a los ojos, articula un perfecto off-heterogéneo entre un personaje de ficción y la audiencia real, que ayuda al espectador a valorar esta visión subjetiva y que le permite, adoptando un punto de vista, comprender mejor las fuerzas y tensiones que dirigen la historia en una u otra dirección. Frank adopta una posición ciertamente docente y para que no resulte demasiado evidente la pone en marcha con dos atractivos ingredientes adicionales: 1) El subjetivismo imparable de su ambición, que nos hace construir el personaje en nuestra mente, y 2) mediante el humor, habitualmente legible en sus gestos mirando a cámara; una estupenda distracción que oculta el carácter explicativo de unas intervenciones sin las que la serie resultaría mucho más difícil de comprender. Si Washington es mostrado aquí como una partida de cartas, Frank nos explica siempre la jugada. La única que no explica es la gran jugada de la partida, cuya lógica se va desplegando poco a poco en el transcurso de la primera temporada sorprendiendo por sus dimensiones y por su perspectiva. Alguno diría que, una vez al descubierto, pareciera ciencia ficción política, y puede que lo sea, aunque ese puede ser precisamente el irresistible mcguffin de “House of Cards”.

La preeminencia de la ambición y del poder en “House of Cards” arrincona el papel de las emociones y los sentimientos hasta dejarlos prácticamente fuera de la trama, proporcionándoles apenas una valor testimonial que rara vez interviene en el devenir de los acontecimientos. De hecho, el amplio abanico de opciones sentimentales se ve aquí forzadamente reducido a las emociones clásicas de las historias políticas: lealtad, traición, debilidad, etc. “House of Cards” deja escaso espacio para el campo semántico de la amistad, la complicidad, la química personal, el carisma (a pesar de ser
una cualidad tan esperada de los políticos), el amor, etc. De hecho, son escasas las relaciones entre personajes en donde se advierta una componente sentimental, con algunas excepciones, por cierto ambiguas y apasionantes. La excepción más fascinante de todas es la que  representan Frank y Claire, un matrimonio ni unido ni separado, ni exclusivamente romántico ni estrictamente interesado, un equipo indestructible que jugará sus cartas con exigencia tanto fuera como dentro de su propio matrimonio para alcanzar sus objetivos. En el mismo piloto de la serie, cuando Underwood es humillado por el Presidente al arrebatarle la Secretaría de Estado, es Claire quién le recuerda que ellos “hacen las cosas juntos” y le dice “quiero ver más de lo que veo, eres mucho mejor, Francis”. Ambos son conscientes de que juntos llegan más lejos, una insólita fórmula que equilibra el éxito personal con los sentimientos, rebajando a estos y aumentando a aquel por encima de toda felicidad romántica. Se confecciona un extraño bienestar en donde el interés parece regir el matrimonio pero que revela un extraño sentido de pertenencia y apoyo mutuo. En una historia cuyo protagonista parece capaz de manipular a cualquier adversario, la esposa debe ser capaz de dar una réplica brillante y ganarse el respeto de un marido. De hecho, el desaire de Claire es la única fuerza que Frank no consigue ni detener, ni detectar con antelación. El de Claire es, sin duda, uno de los personajes más fuertes de toda la serie, una de las grandes bazas narrativas de ésta y uno de los focos de atención de más éxito de toda la serie.

En “House of Cards”, los personajes fuertes son aquellos cuya conducta no está afectada por ninguna clase de emoción o empatía interpersonal hacia otros personajes. Los débiles, en cambio, son aquellos que presentan afinidades emocionales o relaciones interpersonales de valor, haciendo comparecer a éstas como grietas en sus intereses, huecos por donde los personajes fuertes penetran para interceptarlos y anularlos, para dejar sin valor “sus cartas”. Entre los personajes débiles se encuentra Peter Russo (que ama a sus hijos, que tiene miedo de decepcionar a su madre, que quiere ayudar a sus amigos trabajadores en una fábrica a punto de cerrar, etc.), o Christina Gallagher (por su amor a Peter Russo), o la misma jefa Linda que goza de la confianza del Presidente (pero que haría lo que fuera para ayudar a su hijo a entrar en la universidad), etc. La serie parece acometer un desprestigio progresivo de la naturaleza personal y humana de los personajes que pierde todas las partidas contra cartas articuladas por artes de manipulación. Las relaciones personales comparecen así como una mácula que hace vulnerables a los personajes y que sirve como punto de apoyo de terceros para neutralizarlos sin piedad. En este punto, “House of cards” se aleja de la decana “El Ala Oeste de la Casa Blanca” cuyos personajes principales ponían en valor sus propias debilidades y afectos convirtiéndolos en el punto de partida de su mejor voluntad política.

houseofcards-04House of Cards” también hace comparecer a la prensa como una presión más bien de carácter inocente a quién también es posible manipular en gran medida. La prensa, que debiera funcionar como vigilante del poder, aparece en la serie como una fuerza conducible por las artes de Underwood. El personaje de Zoe Barnes, periodista, se ofrece tanto profesional como personal y sexualmente a Underwood, constituyendo esta relación una metáfora perfecta del modo cómo la prensa se pervierte y puede ofrecerse al poder. De hecho, si entre Underwood y Barnes se dispusiera una relación estrictamente profesional de intercambio de información, podríamos hablar de una latente corrupción institucional entre dos sectores cuyo reto mutuo constituye la profunda garantía de la democracia. Sin embargo, el intercambio sexual de Barnes dibuja una prensa corruptible a la que la clase política somete a sus intereses. La serie, continúa aquí por tanto ahondando en esa visión perversa de la política como una manipulación multidireccional capaz de obtener rédito cualquiera que sea el ámbito de actuación (un complot de pasillos, un juego de ambiciones, una organización benéfica o el adversario histórico natural: La prensa). Se ofrece así una visión pesimista en donde el esperado equilibrio de poderes aparece en realidad viciado en favor de la oscuridad política y sus manipulaciones deliberadas. Esta representación de los medios de comunicación convencionales (Zoe Barnes trabaja para un tabloide físico que confiesa “poder hacerlo mejor” en los canales online) encaja con la visión que ofrece el revelador capítulo piloto de la serie de televisión “Black Mirror”. Allí, los medios de comunicación convencionales no sólo no son capaces de liderar la información sobre una crisis política, sino que tampoco lo son de ofrecer una cobertura digna ni vigilar al poder. Aparecen como veletas zarandeadas a menudo por los medios de comunicación online, por las redes sociales, etc., y atascados por sus propios métodos de garantía informativa, la doble fuente de información, la comprobación de los hechos, etc. En “House of Cards”, el director del periódico pierde el puesto en su intento por hacer valer su integridad como periodista profesional.  En la serie, los medios sufren de su propia corruptibilidad en relación con las debilidades personales al servicio de las estrategias de la clase política. Parece que, en general, la narración audiovisual más presente en nuestra sociedad no hace más que apuntar la cuestionada posición de los medios de comunicación convencionales.

Conviene también mencionar que House of Cards” representa un interesante y quién sabe si premonitorio experimento sobre distribución online de series de televisión. La serie ha sido producida por Netflix, la empresa americana de distribución doméstica de contenidos online en streaming, que publicó a la vez todos los capítulos que forman su primera temporada permitiendo a los aficionados visionarla sin esperas hasta el final. No es de extrañar que esta forma de distribución haya sido impulsada por una empresa que, al contrario que las cadenas televisivas convencionales, no maneja parrillas de programación sino contenidos a la carta que se distribuyen “on demand” y que contribuyen a que la periodicidad semanal pierda todo su sentido en distribución de series de televisión. Más interesante aún, en realidad, Netflix se ha adaptado a esta nueva costumbre entre los aficionados a las series de TV de ver varios capítulos seguidos consumiendo grandes tramos de temporada en pocas sesiones de visionado. En palabras de Beau Willimon, productor ejecutivo de la serie, “publicamos los 13 episodios en 1 día porque eso refleja la forma cómo los espectadores consumen el contenido”.  Netflix demuestra así que está interpretando correctamente su puesto en el nuevo escenario de distribución de contenidos online, que entiende las costumbres de las nuevas audiencias en la red, y que está dispuesta poco a poco a contribuir en los formatos de producción y en los métodos de distribución para avanzar en un proceso de adaptación a los nuevos tiempos que parece por fin estar entendiendo cómo va a ser el consumo de series de televisión de aquí en adelante. No se trata tanto de maximizar el beneficio de la producción de series de TV sin una estrategia, sino de adaptar su formato a los nuevos visionados y seducir a unas audiencias exigentes tanto con los contenidos como en las formas de consumo. No es la primera vez que ponemos aquí a Netflix como un ejemplo a considerar  de cara al futuro, y hoy lo hacemos de nuevo subrayando que la viabilidad de su modelo económico les permite, incluso, co-financiar la producción de contenidos propios. Toda una lección en tiempos de trasnochados clichés como el célebre “Internet ha matado al cine.

En definitiva, “House of Cards” es una apasionante historia de manipulación y ambición personal apoyada sin complejos en los engranajes de la política americana, valiente al comparecer como una historia para audiencias de alto sentido político, sin ambages al mostrar las costuras más técnicas de los ardides de alfombra y pasillo, perversa al hacer valer la cara más oscura del poder y terriblemente adictiva y sorprendente para quiénes encuentren en el poder un escenario brillante para una historia de venganza.

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