Poríferos: ¿Qué está haciendo internet con los cinéfilos?

¿A qué formato audiovisual tiende nuestra demanda? ¿Y la demanda de los nacidos en la era de las nuevas tecnologías? ¿Sería posible que nuestra atención soportara un “Lo que viento se llevó” en nuestros días? ¿Acabaremos por no poder centrar la atención más allá de las dos horas o más allá de tres o cuatro temporadas? ¿Sufrimos de ansiedad fagocitante los cinéfilos ante la ingente oferta de algunas plataformas de video online?

 

Rogelio PujolRogelio Pujol

Empiezo esta conversión teniendo en mente que ayer Netflix me recordaba “17 películas y series añadidas la última semana”. ¿Qué hacer ante esta tremenda invitación a no relacionarse más que con tu pantalla del ordenador o de la televisión? Y más para unos engullidores de imágenes en movimiento como somos nosotros, ¿eh Ricardo?

Acto seguido, no pude más que matar al gato y ver qué me ofrecía de nuevo Netflix: estaba casi cantado, más series nuevas de formato corto y algunas películas añadidas al catálogo. Formato corto mmm, pienso, y me pregunto: ¿es lo que estoy buscando? ¿o es lo que quieren ellos que acabe buscando? No sé qué pensarás tú, pero yo me decanto por lo segundo.

Para mí está claro que si me ofrecen esto es porque en algún lugar recóndito de la India, o de California (de China no, allí las nuevas tecnologías están en manos del sector público) las técnicas de Data Mining asociadas al emergente Big Data han revelado a los magnates de la industria audiovisual que mis gustos ya no son como antes, que prefiero el formato sitcom a zamparme un capítulo de más de una hora. Y todo porque en algún momento alguna máquina ha registrado, con mi consentimiento ingenuo, a qué plataforma me he conectado, desde qué punto del planeta, durante cuánto tiempo, qué he solicitado ver y, aquí el quid de la cuestión, he clicado sobre algún “me gusta” o derivados.

Quizá esto que te cuento sean simples cábalas de un estadístico que está empezando a sufrir en sus carnes el paralelismo de los códigos que permiten a las grandes compañías minar datos a velocidades de vértigo y los llamados servicios web con estado, culpables ellos de que nuestro ordenador memorice nuestros pasos pues acumulan en cierto modo información sobre las últimas páginas visitadas o última información descargada. Así quizá esta información permite a estos grandes del mercado formular nuevos modelos de demanda en base a nuestros gustos. Así que, vuelvo a lo mismo, ¿veo lo que les digo que quiero ver? ¿o veo lo que finalmente ellos quieren que vea? ¿Fue antes el huevo o la gallina?

RicardoRicardo Sánchez

¡Antes de nada!, felicitarte por esta denominación, diríamos, “de ciencia encrucijada”, que propones para los que hasta ahora nos sospechábamos de “cinefagia”: “Poríferos”. Esponjones, y algunos, aspiracionales, dispuestos a “consumir”. De eso sabemos mucho, mi querido amigo cinéfilo; tú mismo lo decías, con toda la razón, en alusión a la inabordable cantidad de contenidos cinéfilos con la que convivimos hoy.

En efecto, pareciera que ciertos lugares recónditos de la India, como tú dices, o de Utah, reservan un mini-rincón virtual en alguno de sus miles de discos duros para almacenar mis clics y, con ellos, lo que algunos creen que podría ser un grafo representativo de mi cinefilia. Bueno, es una ilusión muy posmoderna ésta de creer que unos clusters de datos son capaces de abarcar cualquier fenómeno analógico que acontece a los sujetos, y que una serie de criterios cuantitativos y mediciones concretas, tales como mis fechas de compra, los importes de las mismas, mis elecciones cinematográficas, mis frecuencias de conexión, etc., permitirían reconstruir virtualmente la esencia de mi relación con el cine. “Conocerme”, para predecirme, y así, como tú indicas, proponerme aquello que más probabilidad tiene de llamar mi atención. En primer lugar, yo reivindico que por más criterios inteligentes que estos sistemas apliquen para predecir nuestro comportamiento, y aunque los “índices de conversión” de sus promociones vayan aumentando progresivamente, siempre existirá un resto que se escapa a lo numérico y que quizás sea, precisamente, lo que esconde la esencia misma de nuestra cinefilia, la razón por la que querremos ver la próxima película, la que nos convertirá en la próxima versión mejorada de nosotros mismos; y, en esencia, algo de lo que lo numérico no puede saber.

Y esto es, precisamente, lo que más me preocupa: Cómo esa predicción del comportamiento cinéfilo del usuario y su sobrealimentación de productos similares impiden y bloquean la travesía personal que toda verdadera cinefilia requiere de sus espectadores y que es la que, en última instancia, le convierte en esa “versión mejorada de sí mismo”. Me refiero a esa travesía cultural que conduce al espectador de una película a la siguiente, mediando su propia experiencia subjetiva y humana, y no basada en la correlación externa que las películas puedan presentar entre sí, ni en eso de “Otros usuarios también han visto: XXXX”. Pareciera que las técnicas de CRM y las plataformas del big data estuvieran dificultando esa travesía subjetiva, ese itinerario personal, sustituyéndola tan solo por un flujo de compra donde los “índices de conversión” guían nada menos que las elecciones culturales con el único ánimo de incrementar la facturación por cada cliente y/o fidelizar su suscripción. Así, la chispa inolvidable que encendió el final de una película y que condicionó al espectador la elección de la siguiente, una chispa irremisiblemente conectada con algo abisal del propio sujeto, algo más allá de cuanto él mismo puede llegar a conocer y mucho menos comprender, quedaría relegado a una intuición que terminaría perdiéndose ante el exceso de estímulos basados en correlaciones ajenas al propio sujeto. Algo de esa intuición que prometía actuar como el umbral de esa “versión mejorada de sí mismo”, podría perderse, y algo de ese “próximo yo” terminaría alejándose. Cualquier pensador actual en la línea libertaria conectaría esta reflexión con el deseo de los poderes fácticos por anclar al sujeto a “su versión actual”, haciéndole renunciar a “su próxima versión mejorada”, confundiendo los caminos en la cultura que permiten la activación de las “chispas cinéfilas” y “las intuiciones abisales”. Yo no llegaré tan lejos, pero sí creo que en esa perfecta satisfacción y predicción de las elecciones culturales hay una renuncia subjetiva que sería de gran interés para el espectador.

Retomando una de las preguntas que nos planteábamos, creo que, otra de las características de los nuevos cinéfilos es su necesidad de fragmentar los textos, así como su incapacidad para mantener la atención durante un metraje largo. Es la idea principal que Nicholas Carr presenta y desarrolla en su obra: “Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?” y que sostiene que nuestras mentes se han entrenado en la tarea de atender multitud de estímulos simultáneos y el coste es la pérdida de la capacidad de centrar nuestra atención en algo. ¿Cuántos somos capaces de ignorar las alertas del móvil durante 90 minutos para ver una película sin interrupciones? Quizás en el cine, y lamentablemente no todo el mundo, pero ¿y en nuestras casas? Y hoy, todos lo sabemos, el consumo cinéfilo se está trasladando desde las salas de cine a otros dispositivos. Claramente, películas como “Lo que el viento se llevó” tienen hoy gravísimos problemas de penetración cultural debido no solo a su metraje, sino a que parte de su valor cinéfilo solo emerge cuando goza por parte del espectador de una atención “de metraje largo”, que es una condición improbable en nuestros tiempos. ¿No te parece que esta es una gran amenaza para el propio cine?


Rogelio PujolRogelio Pujol

Antes de responderte quiero decir que me parece muy interesante, Ricardo, tu exposición acerca de esa “versión mejorada de uno mismo”. Y viene aquí a cuento la presentación “CÓMO ELEGIR QUÉ VER Y NO MORIR EN EL INTENTO” que, si recuerdas, hace unos días, tú, nuestro amigo Manuel y yo pudimos ver en la Fundación Telefónica de Fuencarral, 3.

En ella intervino, entre otros, Francisco Asensi, experto en estrategia y desarrollo de negocio digital. Entre las muchas cosas interesantes de las que habló Francisco una nos llamó muchísimo la atención. Comentaba los 25 años que había tardado en forjar su personalidad musical, empapándose de revistas especializadas de música, hablando con sus amigos, nutriéndose al fin y al cabo de muchas fuentes a un tiempo lento de cocción. Esto, irremediablemente, lo perderán las nuevas y sucesivas generaciones, que no tendrán tiempo para indagar en su individualidad (Facebook, y otras redes sociales lo tiene claro: si la clave está en compartir experiencias, la propia individualidad del ser humano pasa antes por modelarse grupalmente). Los nuevos tiempos demandan idiosincrasias instantáneas, versiones mejoradas a golpe de predicciones de nuestros gustos que otros se dedican a hacer por nosotros; por nosotros, que somos tan vagos que no tenemos ni tiempo para procurarnos nuestra propia personalidad.

Volviendo al tema de la fragmentación (risa malévola): Ricardo, ¿cuándo fue la última vez que en cine no miraste el teléfono móvil, ya sólo por instinto, aunque la película te estuviera gustando? Yo es que no recuerdo haberlo dejado de hacer nunca. Incluso cuando estoy enganchado a una trama una fuerza diabólica mueve mi mano, me dice que ella no está cómoda en el reposabrazos y la levanta, la mete en mi bolsillo, hace que agarre el móvil (mi córtex ni presta atención) y lo enciende, veo que no tengo ninguna notificación de WhatsApp y no sé si reír o llorar, pues, a la par, no tengo que preocuparme por leerlo si lo hubiera, pero es que eso también significa que nadie ha pensado en mí en los últimos cinco minutos. Qué tristeza. Ni me imagino la de veces que podría repetir este mismo tic involuntario viendo “Lo que el viento se llevó”. Bueno, supongo que si algún día me decido (uff, más de dos horas me tiran para atrás), dejaré el móvil en otra habitación, esperando que en este caso no sean mis piernas las que queden posesas de la fuerza diabólica.

¿Sabes?, no creo que el cine se vea amenazado por esta tendencia a la multitarea pero sí tendrá que adaptarse al cinéfilo multitask. En un futuro, y en esto supongo que YouTube por ejemplo tendrá mucho que decir, el formato corto, cortísimo, tanto en largo, que dejará de serlo, como en formato serial, se impondrá. Las películas, quiero adivinar, propondrán cortes cada quince o veinte minutos para que calmes la pulsión de la fuerza diabólica. Y uno decidirá si hacerlo o seguir viendo el contenido. Esto, seguramente, afecte a la construcción del guión, que tendrá que adaptarse al inminente próximo corte creando sucesivos suspenses que mantengan viva la atención del espectador. Y esta misma inmediatez de todo será la que nos genere más necesidad de fagocitar todo lo que se nos proponga, pues en cierto modo, se nos va a facilitar estar a las duras y a las maduras, viendo la enésima temporada de la serie de los zombies y a la vez, creando un nuevo grupo de WhatsApp para comentarla. ¿Crees que las plataformas de Video On Demand ya son conscientes de nuestra capacidad multitarea y por eso nos acribillan cada poco con nuevo contenido? ¿Eso nos hará también necesitar cada vez más contenido que engullir?

RicardoRicardo Sánchez

En efecto, nos lanzaron unas cuantas ideas interesantes en la mesa redonda “Cómo elegir qué ver y no morir en el intento”, que nos hicieron salir preocupados e incluso asustados por la que se nos venía encima, empezando a esbozar el efecto no previsto y seguramente inconveniente de las tecnologías de la información que, según se nos presentó, están ya guiando las elecciones cinéfilas de los clientes de las principales plataformas de contenidos audiovisuales online. ¡Y las que llegarán!

La intervención de Francisco Asensi fue crucial, por más que, adivino, a los millennials entre la audiencia les pareciera que estaba descentrando el tema, dirigiéndolo a una derivada offline que nada tenía que ver con las tecnologías de recomendación de contenidos. 25 años para forjar su criterio musical (sustituyámoslo mentalmente por “cinéfilo”… o “gastronómico”, ¿por qué no podría ser?), exponiéndose a diversos canales, con sus propios formatos, etc. ¿No te parece que en esos 25 años se jugó algo de una cierta cocción a fuego lento con potencial para proporcionar a cada elemento o producto cultural el tiempo suficiente para labrar el efecto del que era capaz? 25 años de sensaciones, asimilaciones, cambios de dirección, entusiasmos, decepciones, y una lista de fenómenos que no solo van a tener que ver con el contenido en sí, sino que van a ir apuntando, cada vez más, al efecto subjetivo que ese contenido obró en nuestro Francisco y que le situó en un horizonte de entendimiento y sensibilidad para la música enormemente valioso y del que él mismo se siente notablemente orgulloso. Y tiene motivos. Hablo de un proceso de avance personal a cuyo timón se situaría su propia subjetividad, siempre en evolución, ordenando y conectando los nuevos contenidos conforme a su propia manera de sentirlos y entenderlos, y permitiendo que la diacronicidad de su propia vivencia, en su faceta incluso cotidiana, sirviera de escenario para una asimilación nada sencilla y de efectos complejos, imposible de repetir. Y también deberíamos aceptar que si ese proceso de 25 años se hubiera acelerado y comprimido en 12 meses no le habría devuelto el mismo resultado: Por tanto, localizamos un resbaladizo resto inatrapable que tiene que ver con un cambio, una madurez personal, en donde el sujeto habría tenido una verdadera capacidad de intervención, guiada por su propia consolidación subjetiva, y mucho menos expuesta al condicionamiento externo. Habrá quien arguya que es un cambio meramente cuantitativo, de grado, pero, en mi opinión, algo que afecta nada menos que a la autenticidad de un efecto subjetivo, debería hacernos levantar todas las alertas, pues algo de una alienación cultural y de una amputación subjetiva podría estar produciéndose. No deja de ser paradójico que, en un momento donde la problemática está asociada al exceso de contenidos, hablemos de un efecto de amputación.

No se trata de declarar una guerra abierta contra las tecnologías de la información que permiten proponer a los usuarios contenidos relevantes, sino de vigilar sus efectos al tiempo que tratamos de proteger ese proceso personal del espectador del que, con el tiempo, y en la medida en que haya sido verdadero, terminará haciéndole feliz en su relación con los contenidos. Por supuesto que las recomendaciones externas han jugado un papel crucial desde siempre, y así debe ser, pero el funcionamiento de los nuevos sistemas de recomendación automática, las velocidades actuales, la cantidad de contenidos que tenemos hoy por ver, etc. han cambiado mucho la situación. Si cedemos a la tecnología el criterio para la confección “inteligente” de esa enorme lista de películas y series de tv que vamos a ver, cada vez más excesiva e inabordable, estaremos entregándonos en vano a una tarea infinita en donde no reconoceremos nuestra propia traza personal. Y, por supuesto, allí donde el exceso nos aturde, la perspectiva mengua y nuestra capacidad crítica disminuye. Vuelvo a conectar aquí con lo que, seguro, sostendrían los más efusivos discursos libertarios sobre manipulación cultural. Lo que más me interesa es reclamar que ese proceso de avance personal sea “verdadero”, no artificial o demasiado condicionado, porque solo así podrá conducirnos a esa “versión mejorada de nosotros mismos”. Y aunque algunos no quieran verlo, es posible que el tiempo tenga mucho que ver en esa autenticidad: la Tierra crea diamantes haciendo enfriamientos lentos del magma. Cuando el proceso se acelera radicalmente, lo que sale es un “piedro negro”.

Sobre el tema de los efectos de la multitarea en la morfología de los contenidos, decirte que estoy totalmente de acuerdo contigo en que se producirá el efecto que describes, es decir, que los contenidos se irán, cada vez más, adaptando a ese deseo (¿o ya necesidad?) del espectador por dividir su atención. De hecho, es algo que se ha producido ya en el pasado; recordemos cómo las series de tv comenzaron a fragmentar su discurso, incluso en el interior de cada capítulo, previendo los cortes publicitarios de las cadenas, lo que podría considerarse una injerencia externa que violenta la lógica del propio relato. Sin embargo, ha sucedido. La cuestión es determinar cuánto perdemos debido a esa injerencia del formato. Habrá quien defienda que no tiene por qué suponer necesariamente una pérdida, pero yo defiendo que sí se produce un efecto y que a menudo limita las posibilidades del texto. ¿Cómo no va a limitarlas o a entorpecerlas? ¿Acaso no es evidente las enormes diferencias paradigmáticas que existen entre los capítulos de 20 minutos y los de 40 o 50 minutos en el caso de las series de tv? Afecta a elementos cruciales del relato: Su tono, su histrionismo, la profundidad y complejidad de los personajes, tipo de humor, etc. Aunque hayamos vivido (empiezo a darla por amortizada) una “era de oro de las series de tv”, si uno gana un poco de distancia, en seguida se aprecia que el cine sigue abordando sus temas con una enjundia mayor, con una potencia emocional y de cálculo superior y con una profundidad difícil de alcanzar desde el formato de las series. ¿Cómo no apuntar, entonces, la pérdida que el multitasking del nuevo espectador va a infringir sobre los nuevos contenidos?

Rogelio, ¡en el cine soy capaz de apagar el móvil!, pero cuando veo cine en casa, ¡mejor no me preguntes cuántas veces miro el móvil o a qué distancia de mí lo coloco! jajaja


Rogelio PujolRogelio Pujol

Cierto, no es descabellado anticipar una limitación o entorpecimiento, como bien dices, en los contenidos por culpa del futuro multitarea del espectador, pero no creo que eso tenga que reñir con la calidad. ¿Desde cuándo “más” siempre es “más”? Ahora más que nunca, en esta época de la revolución nanotecnológica, “menos” es o pretende ser “más”, y por tanto el formato corto no debería ser sinónimo de peor o más baja calidad. Quizá sí es verdad que los guionistas deban trabajárselo un poco más, por culpa no sólo de la duración del formato sino también de una competencia ingente.

Por mi parte, estoy cansado de ver como películas se inflan hasta alcanzar más de dos horas de duración (requisito indispensable, parece ser, para lanzarse a la carrera del Oscar; me viene a la mente una última mega nominada, “Manchester frente al mar”, con un Cassey Affleck acertado, pero a la que la duración no va a la zaga). Una sitcom como “Friends”, que no creo irrepetible, contenía en episodios de poco menos de veinte minutos diálogos ingeniosos, trabajados, de calidad. Veremos qué nos depara el futuro, pero no creo que todo lo que sea “menos” vaya a ser “menos”. Eso sí, “mucho” sí que puede llegar a ser “menos” en términos holísticos. Cualquier plataforma visual bajo demanda puede llegar a decaer si no tiene cuidado de no abarrotar de contenidos su muro.

Este descontrol de la oferta, por utilizar términos económicos (que me perdonen Keynes, Smith y otros tantos), puede llegar a abaratar los productos, creando al fin y al cabo un excedente de stock y una brecha entre los que prefieren pagar menos por tener más disponible aunque posiblemente de peor calidad y aquellos que optan por la exclusividad y prestaciones de un producto más caro.

No creo ni quiero pensar que Netflix, Filmin, Yomvi, etc. pretendan actuar como exocerebros nuestros. Si esto no es lo que buscan al menos parece que es hacia donde se encaminan. Me explico: según el sociólogo y antropólogo Roger Bartra, nuestro cerebro, limitado, necesitaría de una ayuda externa para alcanzar todo su potencial, el llamado exocerebro. Estas plataformas junto a la solvencia de las nuevas tecnologías, y esto ya es extrapolación mía, nos darían ese empujón que nos falta. Así, el individuo, bajo una visión empresarial, estaría definido en esencia por una nube de tags, dinámica por supuesto, almacenada en dicho exocerebro. La materia gris de este nos serviría de backup, pues la nuestra propia acabaría por no poder recordar nada de nuestros propios gustos de no utilizarla. Sería, por tanto, en esta materia gris, formada por un aluvión de datos, aquellos que el Big Data explota, donde acabaríamos encontrando esa “versión mejorada de nosotros mismos”, una versión en continua actualización, sí, pero, tristemente, no de nuestra autoría.

Y con esto, quisiera que nos volvamos a preguntar, ¿veo lo que quiero ver o veo lo que quieren que vea? ¿mis preferencias son mías o se trata de un espejismo? Recuerdo que hace unos años me pasó una cosa de lo más curiosa. Voy a intentar relatar los hechos de modo más o menos cronológico hasta llegar lo que me ocurrió. En la adolescencia, en una biblioteca municipal descubrí el álbum “The Visit” de Loreena McKennitt, uno de mis favoritos de todos los tiempos, que ha marcado y supongo seguirá marcando mi ruta cultural. En él había una canción que había puesto música a un poema de corte medieval de Lord Alfred TennysonThe lady of Shalott”. Y no fué hasta unos años después que descubrí en la biblioteca de mi casa un libro que arrastraba desde pequeño: nada más y nada menos que un poemario de este mismo Lord (que mi padre me había comprado en un todo a cien). ¿Casualidad que hubiera descubierto este disco de Loreena para cerrar un círculo?. Continúo. Ya con veinte pocos años, interesándome como nunca antes por ciertas corrientes pictóricas inglesas, descubrí un cuadro encantador de John William Waterhouse, con una señora encima de una barca, de mirada ida, como en babia, a la deriva. Se trataba de la pintura “The lady of Shalott”, que Waterhouse había trazado inspirado en el mismo poema de Tennyson que había fascinado a Loreena. Acudí al año siguiente a la Tate Britain de Londres para degustarlo en vivo. ¿Qué pulsión me llevó a esta “causalidad” una vez más? Y por último, la guinda: como amante del anime de Miyazaki y después de haberme maravillado con “El viaje de Chihiro” y otras filigranas del autor, apareció Ponyo en el acantilado. Uno de los personajes de este largo, la madre del mar que había engendrado a Ponyo, había sido diseñado basándose en la figura de la dama de Shalott.

No sé si esta cadena no es más que un cúmulo de causalidades o quizá casualidades (que conste que no creo en el destino); lo que sí sé es que hoy por hoy sería difícil llegar a este nivel de profundidad, de recorrer este viaje que en años ha modelado mi gusto por este corte medieval y en tan diversas corrientes artísticas, pintura, música, literatura y cine. Esto es lo que más miedo me da: dejar de realizar estos viajes culturales de cocción lenta. Ricardo, ¿has pasado como yo por algo como esto?


RicardoRicardo Sánchez

No tengo ninguna duda de que hoy, si lanzaras el keyword “The lady of Shalott” a una de esas monstruosas máquinas traganúmeros de Utah, en menos de un segundo te habría devuelto el mapa semántico completo del poema, año de escritura, autor, biografía, adaptaciones musicales, biografía de Loreena McKennitt, otros álbumes suyos, pinturas relacionadas, y todo un universo descomunal de signos y propuestas del que, estoy seguro, apenas habrías consultado un par de cosas. Todo te habría resultado de interés pero estoy seguro de que tan solo habrías “chapoteado” sobre los elementos sin más relevancia. Creo que cualquiera que lea tu recorrido por el poema de “The lady of Shalott” y los otros signos que fueron engarzándose unos con otros a lo largo del tiempo se da cuenta del valor que todo ello tiene para ti, que es mucho. Creo que cociste los elementos al ritmo necesario, construyendo vínculos entre ellos llenos de sentido y de valor subjetivo. De otro modo, no habría sucedido. En esos vínculos entre los elementos, habita tu propia subjetividad, tu propio recorrido; en último término, tú mismo. Y ese “tú mismo” es lo que yo creo que debería ser protegido, pues como sujetos, nos satisfacemos con esos sentidos, con esas construcciones que son nuestras propias travesías, y que nos llevan a esa “versión mejorada de nosotros mismos”. Este recorrido tuyo es otro ejemplo de travesía, como la que nos proponía Francisco Asensi y de la que hablábamos anteriormente. El hecho de que la máquina de Utah hubiera podido establecer el grafo de elementos culturales relacionados en menos de 1 segundo, y además haberlo podido expandir en todas direcciones alcanzando más y más elementos relacionados, no le proporciona una mayor capacidad para llenarte de sentidos y hacerte sentir más completo. Este es el drama que se esconde tras estos algoritmos tecnológicos que nos arrebatan algo de lo que podemos llegar a ser. De hecho, te pregunto: ¿te gusta la forma cómo viviste tu travesía alrededor de “The lady of Shalott”, o preferirías haberla vivido como una única y simultánea entrega del poema, la canción y la pintura? Estoy convencido de que por nada del mundo renunciarías a esa vivencia de todo esos elementos “encontrados”, ¿por casualidad?, poco a poco y a lo largo del tiempo, consolidando en cada momento el sentido que cada elemento suponía y celebrando la casualidad que lo conducía, ¿a que sí?

Gran tema el del exocerebro, ¿verdad? Creo que, además, es un tema al que la civilización dedica cada vez más y más tiempo porque va sintiendo que su llegada es inminente. De hecho, muchos de los capítulos de la serie de TV “Black mirror” se basan en la hipótesis de ciertos gadgets que servirían para “mejorarnos” (¿recuerdas el capítulo 1×03 en el que una memoria artificial insertada en nuestro cerebro nos permitiría recordar cualquier momento pasado de nuestra vida?). Estoy muy de acuerdo en que ese exocerebro, aplicado a la recomendación de productos culturales de nuestro interés, supondría un paso más hacia la alienación del individuo. Ese pensamiento externo nacería para complementarnos pero en su imparable proceso de crecimiento y densificación, terminaría considerando irrelevante a la parte biológica del sujeto que quedaría irremisiblemente atrás. ¿Cuál es el problema de esto? Que esa identidad virtual, por más que sea concebida a partir de parámetros y mediciones practicadas sobre el sujeto de partida, no son “el sujeto de partida”. Es otra cosa, quizás ese “espejismo” del que tú hablabas. No sé a partir de qué momento es posible hablar de alineación, pero sé que en su extremo hablaríamos de “sustitución” del sujeto. Bien, pues lo que vivimos hoy es algo similar solo que en menor grado, y creo que ya estamos renunciando a esos sentidos y valores que solo pueden producirse dentro de nosotros, no en nuestro exocerebro, y que son la razón por la que vivimos. Y por cierto, todo ello, como bien dices, suponiendo que ese exocerebro (sustitúyelo por “algoritmos de recomendación de productos culturales”, si es que te parece demasiado exagerado por ahora) se nos brindara gratuitamente y sin condicionantes previos, cosa que no será así, pues estarán sujetos a intereses comerciales de las marcas y empresas que los ofrecieran. No cabe duda de que si Movistar+ decide promocionar una nueva serie recién adquirida para competir con otra que ofrece un competidor, podría provocar un nivel mayor de aparición de dicha serie entre las recomendaciones propuestas por su algoritmo. ¿Impensable? Esos exocerebros que se nos proponen podrían estar deseando traicionarnos escondiendo los objetivos e intereses de otros.

¿Aceptaría Francisco Asensi las contribuciones de ese exocerebro?

Retomo tu idea del “descontrol de la oferta”. Creo que viene sucediendo desde hace ya mucho tiempo, pero las nuevas tecnologías y la imparable fragmentación de los canales lo han acelerado aún más. En la mesa redonda a la que asistimos se hablaba ya, lo recordarás, de “burbuja audiovisual” y si sumamos el very long tail”, es decir, el “estiramiento de la vida del catálogo”, el resultado es inabordable. Me pregunto si el exceso de oferta no habrá contribuido, precisamente, a ese final de la “golden age” de las series de TV. Creo que el exceso de oferta no es positivo, aunque a menudo pueda parecerlo, y que ya estamos asistiendo al proceso de abaratamiento, como tú dices, de los productos culturales, que es el mayor cáncer al que se enfrenta la cinefilia: La precarización de su contenido, precisamente el mayor y más valioso de sus tesoros, la razón final por la que vemos cine o series de tv.


Rogelio PujolRogelio Pujol

Por supuesto, no cambiaría las sorpresas que me llevaba cada vez que encontraba un nexo de unión por la inmediatez de un mapa semántico, un listado de referencias y/o sugerencias. Aunque pueda sonar pedante y chocante, estos descubrimientos culturales no sólo han moldeado mi materia gris sino que también, en un plano más emocional, me han hecho sentirme especial en muchas ocasiones. ¿Qué de especial tiene compartir una nube de tags? Nos gusta sentir que formamos parte de un grupo pero a la vez disfrutamos creyendo que somos únicos.

Qué miedo da pensar que los algoritmos de las plataformas de internet oculten objetivos truculentos. Que quieran hacernos pensar que lo que nos ofrecen es fruto de nuestros “likes” y no sea así. Tienes razón, ¿cómo no pensar que “Narcos” pueda colarse en la mayoría de sugerencias? ¿Qué patrones subyacen en la implementación del Big Data para dar más peso a la visibilidad de unos contenidos sobre otros? Quizá bastase cumplir un mínimo matching para que se nos ofrezca la serie más de moda o aquella que la plataforma tenga más necesidad de rentabilizar. Aquí aparece otro tema (nos salen enanos por todas partes): ¿sabemos realmente qué tiempo de visionado de un capítulo cualquiera es el mínimo como para que se tenga en cuenta su preferencia? No sé si alguien ya ha respondido a esta pregunta o cómo estudian esto las plataformas (ya investigaré cuando pueda), pero creía conveniente lanzar (alertar de) la cuestión.

Existe una nueva aplicación (ay!, el mundillo de las app, qué de cola trae; daría para otras tantas conversaciones, pues para mí no hay mucha diferencia entre WhatsApp y cualquier arma de guerra: parecen necesarios pero puede que no lo sean tanto) llamada Buaala que me ha llamado mucho la atención; no sólo su objetivo sino, también, cómo se publicita. Quienes vean el anuncio con que se dan a conocer podrán asombrarse conmigo al escuchar en él que quizá necesite inspiración para saber lo que me más va a gustar ver. Pero, ¿qué demonios? ¿Me están diciendo que soy inútil? ¿Qué no sé qué es lo que prefiero y lo que no? Bueno, no debería verlo así, me están en cierto modo ayudando a gestionar toda la oferta, hacen una labor social. Me tranquilizo, por un momento, poco tiempo, pues después escucho “descubre lo que más te va a gustar [… ], cosas que ni tú sabes que necesitas”. Esto sí que es alienación Ricardo, y de la buena. Ahora va a resultar que vamos a necesitar ver “Juego de tronos. Mi hermano ya lo está sufriendo, y no en silencio pues siempre que me ve me lo suelta. Está acomplejado pues no puede formar parte de cualquier conversación medio normal con sus amigos; no ha visto ningún episodio de este fenómeno. Pobrecito, marginado porque no sabe que “necesita” suscribirse a HBO.

Me gustaría acabar mi turno hablando de una costumbre que seguro también te estará pasando a ti, Ricardo. Una mala costumbre de hecho; mala, a mi entender, pues nos debilita como cinéfilos. La introduzco con una pregunta: ¿cuántas películas tienes a medias? Hace tiempo (y hoy en día en algunos reductos de algunos barrios donde aún se pueden alquilar películas), la cultura del alquiler en vhs nos obligaba en cierto modo a tragarnos aquellas películas que habíamos adquirido, fueran buenas o malas. Ahora, con la televisión a la carta podemos dejar en pausa cuantas se nos antojen. Yo mismo tengo más de media docena en suspenso (y más de la mitad de estas desde que me he suscrito a Filmin, que tiene un catálogo que hace que me se haga la boca agua). Los japoneses, que ya sabemos ahorran en caligrafía, tienen una palabra para esto: Tsundoku. Este palabro viene de que viene de tsumu y doku, que se traducen como apilar y leer respectivamente. Esto es, apilar o acumular sin leer. Se suma a la idea de horror vacui que nuestra generación está asumiendo con tanto gusto y que nos hace retroceder a los tiempos del Rococó (hasta en esto nos estamos volviendo retro). En cierto modo, y lo más triste del asunto, es que me he acostumbrado a ver cine por partes, no me molesta, incluso le he pillado el punto. Me permite disfrutar de ciertos minutos al día de una película. Ya que no suelo tener tiempo para tragarme una película completa, qué bien que puede dejarla en stand by. Eso sí, que esa película acabe provocando en mí el mismo sentimiento que provocaría viéndola de una sola vez… eso sí ya es otra historia.

RicardoRicardo Sánchez

¡También quería yo hablarte sobre el “tsundoku”!, me alegro de que lo traigas a colación de lo que hablamos, puesto que me parece muy relevante, y desde luego que también tengo unas cuantas películas sin terminar y otras muchas pendientes de ver, además de series de TV, que con el paso del tiempo, además de ir mutando de “placer” a “deberes”, van cobrando la forma de “asignatura pendiente”. ¡Y vamos a suspender! jajajaja

Yo quería proponerte el fenómeno “tsundoku” desde la lógica de una dualidad histórica y muy productiva en términos filosóficos, que es la del SER-TENER. Algo de eso decías tú ya cuando asegurabas que esos “descubrimientos culturales” que se sucedieron en torno a “The lady of Shalott” fueron moldeando tu “materia gris”. Dicho de otra manera, la verdad que guió ese recorrido cultural que hiciste te convirtió en lo que eres, y no solo en términos subjetivos, sino también físicos, pues todo ello está físicamente en ti. Estoy convencido de que Nicholas Carr, al que citaba más arriba, estaría totalmente de acuerdo con esta idea en términos fisiológicos, pues habla a menudo de la enorme capacidad del cerebro humano para transformarse en función de las operaciones que realiza. Por tanto, ese patrimonio que atesoras en tu interior no es una sucesión de elementos que puedes recordar, ni una lista de películas que TIENES dentro, sino que es, más bien, el conjunto de efectos reales que tu travesía cultural ha ido obrando físicamente en tu interior y que tiene que ver con el modo cómo tu SER vive, reacciona, descodifica el mundo, se expresa, etc. De hecho, la sucesión de obras culturales que consumiste… se perdió, pues somos finitos y no podemos recordar cada palabra literaria que hemos leído o todas las escenas de todas las películas que hemos visto, pero lo que nos queda es que somos aquello en lo que su consumo nos convirtió. Y convendrás conmigo en que, de hecho, esa es, precisamente, la parte más valiosa, mucho más importante que ser capaces de recuperar en un instante cada escena de una película que vimos hace décadas. Fíjate qué desviada va esa tecnología empeñada en mejorarnos, que ensaya una memoria infinita en nuestro interior para que pudiéramos, precisamente, recordar cada pequeño elemento de los libros que hemos leído o las películas que hemos visto, sin percatarse de que eso tan solo actuó como detonante, y que su acumulación no puede sustituir al efecto subjetivo que causó, y del que, por cierto, la tecnología no sabe nada. La tecnología, y con ella los algoritmos de recomendación de películas, series, etc., parecen estar, por tanto, conduciéndonos a la confusión entre el SER y el TENER, allí donde el acceso inmediato a la cultura, es decir, el TENER, aparenta ser capaz de sustituir a su efecto, que es el SER. Y todo ello mientras asegura estar ayudándonos a ser mejores, por ejemplo, mediante el uso de ese exocerebro del que hablábamos antes. En otros términos, ¿qué hacemos como poríferos, como esponjas, con lo que nos atraviesa? El problema de la tecnología no es que no sepa nada de lo cualitativo, sino que hasta lo cualitativo lo quiere someter a la lógica de lo cuantitativo cualquiera que sean los efectos de ese cambio radical de medio y sus pérdidas más valiosas.

Esto me recuerda a un amigo que, a finales de los 90, cuando las redes de P2P como Emule comenzaban a funcionar y el precio de los DVD vírgenes ya tendía a la baja, se lanzó a descargar y acumular todas las películas que quería ver, las que había visto y todas las famosas de las que tenía noticia. Si aún estaban en los cines, mejor todavía (no tenía miramientos con los sórdidos “screeners”). Pero nunca veía ninguna de esas películas. Las acumulaba, las clasificaba, las ordenaba y se las intercambiaba con otros amigos, sin darse cuenta de que era una acumulación inocua, un acto que solo tenía que ver con lo tecnológico, pero no con lo subjetivo. “Que un día quieres ver una película, la tienes”, decía. ¿Llegaría ese día?

Te preguntabas qué patrones subyacen en la implementación del Big Data para dar más peso a la visibilidad de unos contenidos sobre otros. En mi opinión, múltiples, los que sean, pero en última instancia, todos ellos sometidos al de la fidelidad como consumidor, fidelidad con la cuota mensual de Netflix, pues sin el beneficio final de la red de distribución, no hay red de distribución. ¿Quedo demasiado mal si cito aquí al “materialismo cultural”? ¿Acaso las decisiones de relevancia cultural que toman las empresas no están sometidas a las constricciones materiales a las que se hallan sujetas?

Hablemos de Buaala. Ciertamente, el día que alguien escribió el copy “Descubrirás cosas que ni tú sabes que necesitas” para su anuncio, fue un día algo triste para la cultura, aunque parezca lo contrario. Además, claro, de ese insulto que subyace al uso del verbo “necesitar”. ¿Sabes lo que me resulta más paradójico del anuncio de Buaala? Esa frase que dice “Ya nunca volverás a sentirte solo viendo tus contenidos favoritos”. Pero, ¿no ha sido precisamente la tecnología la que ha contribuido de forma notable a individualizarnos, atomizarnos e independizarnos unos de otros hasta el consumo en solitario? Sí, ¿no?, porque se escondió detrás de la promesa de “personalizacion”, “ubicuidad”, “inmediatez”, etc. ¿De veras será la tecnología, que fue quien contribuyó de forma importante a crear este fenómeno, la que arreglará el problema de la soledad? Ah, claro, ¡que puedo chatear con alguien mientras veo “Hannibal”!, un ejemplo magnífico de compañía, contacto humano, grupo. Claro, sin duda. ¿Pero hay algo menos social que Facebook? Y por otro lado, ¿es que no hemos apuntado ya lo que sucede con el consumo de cine o de series de tv desde que las “tecnologías sociales” han llegado, tales como Whatsapp o Twitter? Ojo, no pretendo reivindicar la vida rural ni culpar únicamente a la tecnología, sino tan solo apuntar la impostura que es que la tecnología prometa resolver el problema de la soledad. ¡Espero que los chicos de Buaala comprendan mi falta de fe! Pero bueno, sé que es un tema que les trasciende a ellos, no tengo nada en contra de Buaala. Y esta reflexión crítica deberán recogerla como el coste marginal y normal que se puede producir si saltas al escenario a hacer relaciones públicas para promocionar tu servicio, como hicieron en la mesa redonda a la que acudieron. ¿Te das cuenta del arco tan grande que abre el tándem Asensi-Buaala?

Por cierto, antes de terminar, decirte que, desde luego, algo de los efectos de una película se pierde cuando la vemos fragmentada en varias sesiones; estoy de acuerdo contigo. Marcos solía exclamar aquella frase genial que me encantaba: ¡A las películas hay que respetarlas!

Rogelio PujolRogelio Pujol

Pues mira, me gusta que hayas sacado el tema del materialismo cultural. Siempre he pensado que a nuestro emic (punto de vista del que mira desde dentro, del nativo) lo hemos dejado abandonado en manos privadas a costa del reconocimiento digital en una red social (la VoD no dejan de serlo en parte). Las empresas propietarias de estas plataformas de las que hablamos cogen nuestro emic y lo transforman en un etic (punto de vista del que mira desde fuera, del extranjero), tristemente, casi impuesto, alienado. La visión externa de lo que disfrutamos y compartimos culturalmente se desvirtúa cuando este etic no es fruto de una puesta en común natural sino de una máquina “turingniana” que atrapa un input y despide un output en base a mecanismos que no son para nada transparentes. Así, esas decisiones culturales que mentas y que toman estas empresas acaban desembocando en ni más ni menos que etics envenenados disfrazados de smiley emics.

Ricardo, comparto totalmente tu visión de la dicotomía SER/TENER. Yo creo que todos, algunos más o menos, pero todos, hemos sentido alguna vez que confundimos cantidad con calidad; volvemos a lo que habíamos comentado al comienzo del diálogo: creemos confundir que más es más, buscando la plusvalía en la cantidad. Unos párrafos más arriba enlazabas inteligentemente este tándem con el concepto de exocerebro. En efecto, este apéndice virtual viene al parecer para quedarse, y mientras no le dejemos claro que no queremos más porque somos seres vacíos por dentro y sólo nos sentimos bien cuando la cultura se nos desborda por todos los poros, mientras que no cambiemos nuestro patrón de consumo (no más likes gratuitos, no más oportunidades a la nueva serie que me ofrecen en primer plano de la home de la plataforma), como tú bien dices, lo cualitativo irá en detrimento de lo cuantitativo. Y en ese caso, aunque no nos demos cuenta, nosotros seremos los que vamos a salir perdiendo.

En este sentido, ay qué tontuna melancólica de adolescencia, me recuerdo, como tu amigo, almacenando películas descargadas por E-Mule o en formato torrent teniendo en mente un “por si acaso algún día la veo” cual síndrome de diógenes (bueno, no tanto, no sólo bajaba basurilla, aún confío en mis gustos cinéfilos). Incluso, en términos más palpables, la casa de mis padres continúa repleta de DVD’s esperando a ser aniquilados. A mis padres les haría un favor; aunque sé que no les molesta, ocupan espacio, y su tiempo de horror vacui (del que hablábamos antes) pasó hace ya. Ahora para ellos menos es más, y para mí también, que intento mantener aquellas películas más preciadas en un disco duro externo (ahí se encuentran por ejemplo Dublineses (los muertos)”, la última de Houston, de quien las malas lenguas dicen que, con mascarilla de oxígeno, co-dirigió bajo las órdenes su hijo Tony) al que acudo cada cuanto aunque sepa que Filmin y cía me las ofrezcan. Las veo en este disco duro externo pues con esto tengo la plusvalía del recuerdo, de volver al momento en que disfruté como un tonto bajándomelas de Internet.

Termino mi intervención con una, para mí, primicia de última ahora, pues mientras escribo esto mi hermano me ha dicho por WhatsApp que un tipo se ha dedicado a condensar toda las temporadas de la serie “Breaking Bad” en un par de horas, a modo de película, para “animar” a aquellos que quieren ver la serie entera pero no tienen tiempo. ¿Qué piensas de esto Ricardo? ¿Qué pensará de esto Marcos? ¿Es el inicio de una nueva era en el consumo serial? ¿Es el principio del fin del formato para series con más de dos o tres temporadas? Sí, se perderán matices y puede que no cale tan hondo en nosotros pero al menos algunos como mi hermano podrán verla. Siempre cito a mi hermano, lo hice más arriba cuando hablaba de “Juego de Tronos“. Es la persona más ocupada que conozco, así que, ¿por qué tiene que renunciar a formar parte de la sociedad y a poder relacionarse con el resto? Yo lo que le digo es que deguste una serie porque le atraiga de por sí, que no se deje llevar por los demás,que se deje seducir por el placer del descubrimiento cultural a fuego lento y no caiga en la trampa de convertirse en un porífero desalmado.

RicardoRicardo Sánchez

¡”Breaking bad” en un par de horas puede parecer una buena idea!, pero cabe preguntarse también si aún podemos considerarlo “Breaking bad”. Esa noticia me recuerda a aquella ocasión en la que surgió de Internet una versión alternativa de “Star Wars: Episodio I” en la que se había eliminado el tan odiado personaje de Jar Jar Binks. Recuerdo que Jaime García Cantero, analista habitual en congresos de marketing, jornadas de e-commerce, etc., usaba este hecho para explicar el concepto de “comunidad” en el mundo digital y cómo ahora existen “hackers” que pueden intervenir en las obras de arte para confeccionar versiones alternativas de las obras de arte. Por otra parte, déjame dudar de que esa “edición” encante a aquellos que se aproximen a la ¿serie? por primera vez cómo hizo con los que vimos la serie de tv en su versión oficial. En mi opinión, como creo que he defendido suficiente en el Contraplano: “¿Es mejor el libro o la película?”, habría que tomar, por supuesto, cada obra de forma absolutamente independiente. No obstante, ¡ese es otro debate!

En fin, Rogelio, el discurso tecnófilo tiende a maravillarse y a conformarse con cuanto se logra en la capa externa, no queriendo darse por enterado de que lo subjetivo que subyace es el soporte del auténtico valor. Abordajes como el del TENER o el del etic que tú planteas como una fantástica aproximación etnográfica al asunto, ponen de manifiesto una cierta miopía numérica que tiende a considerar solo lo que alcanza a ver y promete que lo que no, está debidamente representado en lo que sí. Visto con perspectiva, nuestro debate se ceñiría si lo planteáramos como: Hasta qué punto alcanzan los números a recoger cuanto se define por su antagonía con ellos. Y también, hasta qué punto los engranajes de recomendación son honestos y sirven fielmente al verdadero devenir del sujeto? Hoy, gracias al Big Data y a los aceleradísimos procesos heurísticos que procesan la información, no solo vivimos en una escena poblada de artificios para conducirnos externamente hacia donde otro desea, sino que además pensamos que lo hacemos en el ejercicio de nuestra más sincera autonomía. Sin duda, la más eficaz y sutil forma de alineación posible.

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