El paraíso perdido: “It follows”, una interpretación

Proponemos una interpretación inédita de “It Follows” sobre la hipótesis del sexo como evidencia de nuestra mortalidad y articulada mediante referencias puramente bíblicas. Un nuevo análisis metafórico que revela una nueva simbología.

La película “It follows”, de Robert David Mitchell, supone, según el parecer de este humilde amante del cine, un soplo de aire fresco dentro del género terrorífico. Una película que difícilmente puede dejar indiferente al espectador, ya que oculta una compleja simbología que hará las delicias de los que gusten de darle a las neuronas y buscarle los tres pies al gato.

Lo que me lleva a dedicarle unas líneas a esta película es el hecho de no haber encontrado en la red, para mi sorpresa, a nadie que le hubiera dado la misma interpretación que yo, y he de decir que he visto interpretaciones de lo más peregrinas. En algunas de las críticas y reseñas que he leído buceando en distintas webs se resalta la cercanía de este filme al cine de terror de los 80, y la influencia, ciertamente parece obvia: la música y la atmósfera puede remitirnos al cine de John Carpenter, y el protagonismo de los adolescentes (con pérdida de virginidad en el asiento trasero de un coche incluida) nos puede también recordar a algún slasher de Wes Craven. Sin embargo, una mirada un poco más en profundidad puede hacernos sospechar que los tiros no van precisamente por ahí, que la afinidad de esta película con ese tipo de cine es sobre todo estética. Así, aplicando el bisturí se descubre que bajo esta superficie se esconde una compleja simbología que puede poner a It follows más cerca del universo de David Lynch que del “seriebismo” de slasher ochentero. A continuación, procedo a desarrollar mi interpretación de la película.

La idea que se desarrolla a lo largo de la película es la del sexo como evidencia de nuestra mortalidad. Con el descubrimiento de su sexualidad, el ser humano toma conciencia de la condición limitada de su existencia, se pierde la inocencia de la niñez y toma posesión del sentimiento trágico y agónico de la vida. Las palabras que al final pronuncia Yara en el hospital, parecen ser la confirmación de esta interpretación (palabras que además, curiosamente, son leídas en un eBook con forma de concha, claro símbolo sexual): “La más terrible agonía no son las heridas mismas, sino el saber con seguridad que en una hora, o en diez minutos, o en medio minuto, ahora, en este mismo instante, tu alma dejará tu cuerpo, y ya no serás una persona”. En definitiva, lo que persigue a los protagonistas no es más que el sentimiento trágico y agónico que viene con el descubrimiento de la finitud de su existencia. Todo el argumento de la película es un símil de esta idea, creándose también cierto paralelismo con el relato bíblico de la expulsión del paraíso. En toda esta alegoría tomarán un gran peso simbólico la representación de las distintas etapas de la vida, estando los adolescentes protagonistas en el estadio intermedio entre la inocencia de la niñez y la responsabilidad creadora de la adultez.

Los padres, pues, cumplirían el papel de “Creadores. El hecho de que no intervengan en la acción de la película, mientras, a su vez, son constantemente referidos por sus hijos, no parece casualidad o capricho, pudiendo simbolizar esa presencia casi fantasmagórica suya el abandono de Adán y Eva por parte de su Creador.

Los hijos, tras vivir en la edad de la inocencia, son expulsados de ese paraíso por sus padres, abandonados, arrojados a un mundo en el que tienen que hacerse absolutamente responsables de ellos mismos y cargar con su mortalidad. El sexo, no es más que el símbolo de ese pecado original, del conocimiento prohibido (recuérdese de nuevo el eBookfreudiano”). Referencia a la mítica expulsión del paraíso parecen ser las palabras de Yara al relatar que cuando eran niños sus padres les prohibían ir al sur, “donde acaban los suburbios y comienza la ciudad”. Esta prohibición, efectivamente, puede recordar a la advertencia que Dios hizo a los primeros padres sobre comer del árbol de la Ciencia.

Los niños, por su parte, son la representación de la inocencia. Recuerde el lector que cuando Jay y Hugh están esperando en la cola del cine jugando a un intercambio de personalidades, el chico confiesa que le gustaría cambiarse por un niño. Mientras él ya conoce el misterio de su mortalidad, el niño permanece ignorante y feliz, mientras sus padres velan por él. Pero los niños finalmente, pierden la inocencia, descubren el sexo: tenemos los ejemplos en la película de los niños que espían a Jay en la piscina, y el relato de la infancia de Jay y Paul cuando descubrieron unas revistas porno.

Con la pérdida de esa inocencia viene el sentimiento agónico de la vida: la apariencia de cárcel o manicomio que tiene el edificio de la piscina, las películas de terror que se ven en la televisión, así como las múltiples referencias veladas al suicidio (los aparatos eléctricos al lado de la piscina, las briznas de hierba sobre el muslo de Jay y su tatuaje de la muñeca que parecen simular cortes) parecen ser reflejo de esta angustia existencial.

Pero al final, la adolescencia pasa y se llega a la madurez, que es la aceptación de nuestra condición trágica, y esto es lo que se refleja en el final de la película. La escena después de que Jay y Paul se acuesten, resulta muy sugestiva en este sentido: mientras Jay yace bocabajo en la cama, la mano sin rostro de la madre le acaricia la espalda mientras la chica mira fijamente una fotografía familiar, por lo que parece entenderse que la madre le ha pasado el testigo a su hija.

Para rematar esta idea, tenemos la última escena del filme, en la que Paul y Jay pasean cogidos de la mano por su vecindario. Se puede observar que alguien les persigue a lo lejos, pero ya ninguno de los dos corre. Ellos ya han alcanzado la adultez, ya han aceptado su mortalidad y juegan el papel de creadores. Se oyen niños jugando…se acaba la película.

Espero que este escrito sirva para traer a la luz esa posibilidad interpretativa que parece ocultarse en esta película, para hacer ver, en la medida de lo posible, que la intención de David Robert Mitchell no ha sido aparentemente la de crear una simple película de género, sino la de usar esa excusa estética ochentera para ir más allá. Usando los cánones de ese cine de terror, “It follows” pretende transmitirle al espectador el miedo que conlleva la reflexión existencial, el miedo que conlleva, en definitiva, pensar en nuestra mortalidad.

Podría decirse, si los lectores me lo permiten, que esta película significa la inauguración de un nuevo subgénero: el terror existencialista. 

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