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Krzysztof Kieslowski: Alma y color

05/07/2013 -
2 comentarios
El cine de Kieslowski marca una de las huellas más íntimas y hermosas del cine europeo, la extrema sensibilidad de unas imágenes talladas en el alma humana en las que sentimos desesperadamente la esencia misma de nuestra propia existencia.

 

KieslowskiDesde su Polonia natal y aún también desde la escena internacional que apenas vislumbró con un éxito arrollador, Kieslowski se ganó uno de los huecos más hermosos y queridos de cuantos el cine europeo ha querido dejar para sus grandes nombres. Artesano del alma, constructor de entresijos, auténtico escultor de las emociones inefables que al ponerlas en palabras se rompen en añicos como hechizos delicados. Kieslowski dibujó en sus últimos años de carrera, antes de su inesperada y precipitada muerte, los hilos invisibles que conectan a los seres humanos, y lo hizo con un lenguaje universal sólo al alcance de un auténtico maestro del cine.

Lo que pocos imaginaban en 1988, cuando Kieslowski ganó en Cannes el Premio del Jurado y el Premio de la Crítica Internacional y se convirtió en uno de los directores europeos más fascinantes del momento, es que su “No amarás” o su “No matarás” servían de puente entre dos tipos de cine aparentemente antagónicos e irreconciliables: La mirada gris en el marco de la Polonia comunista de tono contestatario y demasiada desesperanza, y la mirada de la luz, inesperada y mágica, que supusieron sus cuatro últimas películas, las obras que todos recordamos: “La doble vida de Verónica” (1991), y su “Trilogía Tres Colores” (1993-1994). Aun con el paso de los años, no deja de sorprendernos que nuestro demiurgo favorito de las angustias vitales comenzara su carrera rodando documentales sobre un país empachado en su propio exceso de realidad.

Sin embargo, Kieslowski logró en apenas 5 años elevar un ejemplo histórico de sensibilidad cinematográfica como pocas veces se alcanza en una película, con textos que nos hablan del dolor, de la libertad, de la desesperanza, de la impotencia, de la empatía, de los dilemas… entresijos universales a todos los seres humanos abordados desde una mirada que, en palabras del propio Kieslowski, se debía “más a la profundidad, que a la amplitud”.

La doble vida de Verónica, Kieslowski

Kieslowski se enfrentó a algunos retos admirables, como el proyecto de “La doble vida de Verónica”, la historia de dos mujeres, una polaca y otra francesa, que aunque no se conocen entre sí, sienten su presencia mutua en la distancia como enlazadas por un hilo mágico e invisible que las conecta y las comparte. A pesar de la presencia reiterada de estas relaciones invisibles en muchos mitos y tradiciones, la de “Veronika” y “Veroniquees una maravillosa y delicada historia que nos invita a sentir la presencia del mismo alma de los seres humanos, a sentir la compañía de los seres queridos más allá de la proximidad física. Puesta en palabras, la historia cae en el ridículo más espantoso y necesitaría ser explicada en clave infantil para mantener su dignidad. Sin embargo, Kieslowski logró contarnos la historia con el tono de sensibilidad justo para que sus personajes mantuvieran la absoluta dignidad de su angustia y nosotros sintiéramos su tormento del alma como prendados de su destino.

El más admirable y personal talento de Kieslowski residía en su capacidad para acercarnos a los personajes dejando atrás su presencia en el mundo y alcanzando su esencia misma, la naturaleza de su sensibilidad, su corazón vivo y a menudo apabullado de sensaciones, como las que vive Verónica en “La doble vida…” o Juliette Binoche en “Azul”, o Zbigniew Zamachowski en “Blanco”… Decía Kieslowksi que los actores, como cualquier otra persona, pretenden esconder sus emociones personales, su bagaje sentimental, cuando en realidad, “es el único material del que disponemos”, como si las interpretaciones que Kieslowski arañaba a sus actores y actrices fueran el compendio de los momentos escasos pero valiosos en que dejaban salir su auténtica naturaleza humana y que, expuesta al desnudo, alcanza la universalidad de la sensación, lo que quizás explica porqué los espectadores nos sentimos tan involucrados viendo las películas de Kieslowski independientemente de si somos polacos o no, con la seguridad de que ninguna de sus cuatro últimas películas tienen nada que ver con el lugar donde están rodadas.

Kieslowski arguyó definitivamente y para siempre a aquellos que desde la ignorancia consideraban al cine una forma de entretenimiento nada más, con películas en cuyos finales se experimenta la emocionante sensación de haber asistido a algo especial.

Se trata de apenas un momento que se desvanece rápidamente, pero en el que sentimos nuestro cuerpo sincronizado con el mundo de tal forma que por un momento pensamos que nos hemos convertido en máquinas de sentir, con la piel expuesta y el corazón abierto, con la burla borrada y totalmente entregados a un discurso de poesía cuyo tema es, en el fondo, la esencia humana destilada de todo artificio argumental, y comprendida a base de leves y precisas pasadas de pintura que son los planos de Kieslowski.

Juliette Binoche en "Azul" de KieslowskiQuizás no sea casualidad que un documentalista alcanzara la maestría en el dibujo de la esencia humana por los caminos de la ficción, sobre todo si recordamos el motivo práctico por el que Kieslowski llegó a ella. En sus años de estudio en la prestigiosa Escuela de Cine de Lodz en Polonia, las teorías de Bossak y Karavascz, los grandes documentalistas que le precedieron en los años 50 y 60, defendían la función de la imagen documental como la captadora de la realidad, entendida esta como un objeto de culto tal que ella misma era su propio límite, y cualquier adorno retórico o artificio narrativo adicional era proscrito de la historia. La imagen debía ser lo suficientemente elocuente por sí misma para transmitir toda la idea (“Los músicos” de Karavascz,1960; o “Desde la ciudad de Lodz”, 1969, del propio Kieslowski). Así, cualquier cosa que el cineasta quisiera mostrar al mundo, debía ser algo visualmente captable en los gestos y los rostros de las gentes frente a su cámara. Sin embargo, como confesaba Karabascz, si bien resulta sencillo captar frente a la cámara las sensaciones lógicas tras un desastre natural o el dolor por la pérdida de un ser querido, es muy difícil captar emociones como la indecisión, la meditación, la esperanza, la duda,… que también integran el alma humano y además de modo universal. Cuanto más nos acerquemos a las personas en busca de tales emociones, más las espantará la presencia de la propia cámara, por la cauta tendencia, antes descrita, de los seres humanos por esconder nuestra auténtica naturaleza y nuestras emociones más intensas. Kieslowski acudió a la ficción como método para reproducir frente a la cámara esas emociones huidizas y/o escondidas que los seres humanos tratan de defender, la última milla de su alma. Kieslowski no sólo pone en marcha la ficción para contarnos una historia que con sus pasadas vaya transmitiendo las sensaciones adecuadas, sino para reconstruirlas dentro de nosotros mismos y vivirlas más que en primera persona, a través de un lazo único y personal con el personaje, cuya esencia abrazamos desde nuestra propia vida. Eso sí, gracias a las aportaciones desnudas de las auténticas emociones de los actores y actrices, justo ese brillo expuesto de su intimidad que Kieslowski trataba de encontrar. La ficción, por tanto, como crisol experimental para destilar el alma y sus pulsiones, sus angustias y todo lo que nos hace humanos.

No Amarás, de Kieslowski

Ahora podemos revisitar nuestros propios prejuicios: No es casualidad que haya sido un documentalista que llevó la captación de la realidad aséptica hasta sus últimas consecuencias en busca de la elocuencia visual de las imágenes, quién supiera explotar al máximo las capacidades de la ficción para hablar de la realidad y de las personas.

Ahora, 17 años después de su muerte, Kieslowski sigue valiendo en la cartelera de nuestro recuerdo como uno de los más grandes cineastas europeos, un gran conocedor del color en su faceta humana, el gran doctor de los entresijos del ama, el investigador de la moral en su sentido humano y a menudo también político, un alquimista de las sensaciones y desde luego un nombre de autor personal e inquebrantable que inventó el cine no para la audiencia, sino para las personas y para el alma.

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  • ¡¡¡Magnífica cinta la de Azul!!!. Destructora soledad la que siente la protagonista y que en algún momento de nuestra vida nosotros también sentimos.
    La “libertad” que Julie encuentra en la soledad se queda grabada a fuego en la memoria a través imágenes de un azul frío e intenso que bailan al compás de la devastadora y desgarradora composición de Zbigniew Preisner.

    Acciones y sentimientos, que como bien dices, solemos esconder y que en “Azul” se muestran de forma desgarradora. Kieslowski es un maestro del imaginario del alma y las sensaciones humanas.

    Ha sido genial leer el artículo y creo que la descripción que haces sobre Kieslowski “Artesano del alma, constructor de entresijos, auténtico escultor de las emociones inefables que al ponerlas en palabras se rompen en añicos como hechizos delicados” no podría ser más acertada.

  • “Destructora soledad”, es una buena expresión para describir la inesperada e indeseada “libertad” en la que se encuentra el personaje de Juliette Binoche. En libertad, es fácil que sobrevenga la soledad, y si además es producto de una desgracia, bien puede ser la peor de las libertades, y de las soledades. Y llevas razón, el azul, que es el color del frío, encaja perfectamente con la sensación que sume a Juliette Binoche en ese invierno sentimental en donde ya no queda nada, tras perder a sus seres más queridos. El frío del azul puede ser una metáfora de su añoranza, o el efecto de la pérdida.
    ¡Gracias Velvia!

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