“La escafandra y la mariposa”: Cine de recursos al servicio de la claustrofobia

La escafandra y la mariposa

Julian Schnabel ensambla voz en off, planos subjetivos, desenfoques, planos fijos y toda una miríada de recursos clásicos de cinematografía de altura para describir la escafandra de discapacitado en la que vive Jean-Do.

Nadie debería cometer la imprudencia de comentar sobre “La escafandra y la mariposa” (2007), de Julian Schnabel, sin la responsabilidad adecuada, sin una cierta cinefilia para escudriñar sus códigos y desde luego desprovisto de toda compasión. Schnabel nos propone la historia de un afamado periodista, redactor jefe de la revista “Elle” de Francia, desde el instante mismo en que abre los ojos tras sufrir un gravísimo accidente cardiovascular que le deja incapacitado para moverse, para hablar, y prácticamente cualquier cosa salvo mover sus párpados. Y con ellos comienza a construir un estrecho vínculo con el mundo a través del cuál se comunica con los doctores, sus logopedas, su ex mujer, su amante, sus hijos y con destinatarios insospechados que se van descubriendo con el avance de la película. Es la historia de una atascada comunicación que se convierte en el fino hilo que mantiene en contacto a Jean-Do con el mundo en el que “vive”. La imposibilidad de pronunciar ninguna palabra hace que “La escafandra y la mariposa”, aunque lo parezca, no tenga nada que ver con la célebre “Intocable”, también de producción francesa, ni con “Abre los ojosde Amenábar.

La escafandra y la mariposa” es una permanente metareferencia al propio mundo del cine. Lo hace no sólo desde el primer plano de la película, sino especialmente en los primeros planos de la película, en esa confusa escena de planos borrosos que, en plano subjetivo, nos muestran el momento en que Jean-Do abre los ojos tras pasar tres semanas en coma para descubrir cómo será su nueva y limitada vida cotidiana. La secuencia presenta planos mal enfocados, de encuadre fallido, con movimientos de cámara totalmente erráticos que nos transmiten la confusión de Jean-Do exactamente como si fuéramos nosotros los que estuviéramos abriendo los ojos en semejante situación. La escena está cinematográficamente medida con esmero y con mucho acierto, coreografiando cada movimiento de cámara para no transmitir locura, sino confusión, aturdimiento y ansiedad. La película aborda constantemente el problema recurrente de hacernos sentir con sus planos la impotencia de un ser capturado en el interior de una escafandra que no le permite comunicarse con el mundo. Y este es uno de los mayores aciertos de la película, su diligente y empático modo de hacernos sentir esa visión tan subjetiva del personaje. La dirección hace uso de todos los mecanismos y procedimientos semióticos, de construcción de significado, para transportarnos al interior de la escafandra, y con la ayuda de la voz en off, construir para nosotros una lúcida mente con la que sentirnos identificados en todo momento. Jean-Do no puede moverse, apenas puede comunicarse, pero su pensamiento queda intacto, su capacidad para imaginar y recordar está perfecta, y en todos los sentidos es un personaje intelectualmente brillante. Voz en off, planos subjetivos, desenfoques, exagerados primeros planos, planos fijos, y un enorme etcétera de recursos fílmicos desplegados en una complicada coreografía de imágenes para transmitir esa sensación de claustrofobia que, simplemente, no está al alcance de todos los cineastas. “La escafandra y la mariposa” no supone la conquista de ninguna sintaxis insólita que no conociéramos ya, pero sin duda es una obra que hace uso de un vocabulario narrativo más extenso de lo habitual y que hace referencia a la propia construcción semiótica de la narración fílmica, y esto nos lleva a los tiempos de D.W. Griffith o incluso de Meliès. Han pasado 100 años, pero sigue siendo difícil encontrar cineastas con la habilidad para emplear todos los recursos cinematográficos al servicio de una historia que debe, al final, resultar emotiva y de valor.

Y como guinda para esa metareferencia cinematográfica que hace al espectador permanentemente consciente de que está siendo puesto a prueba en su habilidad para descifrar el código cinematográfico, Schnabel monta hacia el final de la película, en una importante secuencia, una de las músicas más icónicas y representativas de la cinefilia universal: La música que acompañara a Jean-Pierre Leaud en la eterna “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut, mientras Jean-Do avanza por una avenida parisina que recuerda a aquella en la

que Jean Seberg gritaba “¡New York Herald Tribune!” en la inolvidable “Al final de la escapada” de Jean-Luc Godard. Todo un homenaje al cine oculto en su propio código realizado por una película que sabe mucho a cine y que no tiene tanto que ver con la compasión por un personaje discapacitado.

La escafandra y la mariposa

Y aún así, “La escafandra y la mariposa” aún encuentra momentos para insinuar asuntos que resultan irresistibles, como invitarnos a abordar el asunto de la sensibilidad artística desde la discapacidad, es decir, desde el interior de la escafandra; el desempeño de las funciones emocionales de la paternidad desde esa misma imposibilidad de comunicación gestual o física; y por supuesto la vivencia de una mermadísima sexualidad reducida al consumo escópico del voiyeur ocasional. Todo ello, siempre, escapando de los tópicos de las películas de discapacitados y desde luego evitando en todo momento caer en la tentación de plantear el sempiterno y fácil asunto del sentido de la existencia. El personaje principal, Jean-Do, apenas tiene un levísimo acceso existencialista, suficientemente tópico y breve como para ser superado al instante y quedar, película y espectadores, dispuestos para ir juntos mucho más lejos en la narración. Esa tentación apoptósica de la existencia en relatos como éste se sustituye aquí, más bien, por el experimento de identificar el brillo humano que mantiene la consciencia y que garantiza la “vida” dentro de la escafandra. “Tienes que agarrarte a lo que te hace humano”, le dice un compañero a Jean-Do, invitándole a comenzar así un camino de búsqueda interior que tendrá como recompensa esa sensación de humanidad vehemente, de energía de vida, que aquí se codifica mediante la metáfora de la mariposa. La película también se atreve a comparar la fortaleza de la escafandra del protagonista con la senectud, la vejez, de su anciano padre al que se le olvidan las cosas y que no puede salir de casa por no ser capaz de vencer los 4 pisos que le separan de la calle. Puede que la comparación sea algo injusta, pero nos vuelve a todos humildes al presentir el axioma de nuestro propio envejecimiento. Y eso sí que tiene mucho que ver con Jean-Do.

Buscando contrastes llamativos, nos atrevemos a señalar dos: Primero, no deja de ser llamativo que la producción de “La escafandra y la mariposa” haya elegido para interpretar a su personaje impedido precisamente a uno de los actores más dinámicos y enérgicos que se encuentran hoy en el cine francés, como es Mathieu Amalric (una inesperada elección que la hermana con “Abre los ojos” al elegir al enérgico Javier Bardem). No obstante, se nos ocurre que quizás la conexión provenga de esa imagen que tenemos del actor derivada de las películas de Arnaud Desplechin, como “Un cuento de navidad“, en las que le recordamos como ese hombre de vida díscola y liberada que atiende poco los compromisos familiares. Y es que, a medida que avanza la película “La escafandra y la mariposa”, reconstruimos la vida de Jean-Do para darnos cuenta de que una parte de su personalidad abraza los placeres más inmediatos como quizás se espera de un heterosexual al frente de una de las revistas de moda más importantes del mundo. En segundo lugar, existe un contraste hermoso entre la inesperadamente lúcida prosa de Jean-Do y la precariedad de su discurso como discapacitado. Dicho de otro modo, la lentitud y lo desesperante del mecanismo de comunicación que Jean-Do emplea para lanzar sus ideas al mundo contrasta con las frases hermosas que nos llegan a través de su pensamiento en voz en off, pronunciadas con velocidad, con cadencia, con el ritmo precioso de un poema de métrica bien calibrada. Vamos descubriendo que la tragedia de esa mente encarcelada en la escafandra es aún mayor al comprobar la altura literaria de sus pensamientos. Y en su discurrir, mientras repican de fondo las consonantes y las vocales del alfabeto torpe con el que se comunica, nos convence el carácter poético de su interior.

La escafandra y la mariposa” no es una película ni tan importante ni tan eximia, pero contiene un patrimonio sintáctico por encima de la media, alcanza en dos o tres ocasiones una cierta altura emocional y tiene una extraña capacidad para agarrarnos hasta el final.

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