“La jalousie” de Garrel o el cine como “constelación familiar”

Ensayemos una idea: La idea de que las películas de Philippe Garrel no se construyen con arreglo a los giros y estructuras convencionales de un guión, sino a modo de retales de recuerdos de vivencias reales, de historias materialmente vividas y de las sensaciones verdaderas que estas dejaron en su interior. A veces encontramos un Garrel fotógrafo, como en “La frontera del Alba”, y otras veces un Garrel cineasta, como en “Salvaje inocencia”, efectos todos ellos que parecen aparecer a modo de distracción, o de divertimento, pero en todos los casos sin poder evitar la sensación final de que sus películas se construyen a partir de emociones que saben a vida real, no a experiencias guionizadas. Saben a fragmentos de sucesos auténticos que como espectadores no podremos reconstruir por completo en nuestra mente, y desde luego tampoco en los relatos de sus películas, pero de los que intuimos mucho, y de los que nos quedamos prendados, detectando en ellos el sabor intenso de algo que sucedió realmente. Quizás es que reverberan esas sensaciones con las nuestras propias, cuando se dan, cuando las tenemos porque las hemos vivido, y nos hacen sentir los sucesos de nuestra propia historia. Así, parecen sus películas mantas de retales cosidos, subsegmentos de vida que aguantan juntos, cada uno hablando de una historia diferente, aunque real, viviendo la ilusión de contener, unidos, un relato único, un resultado coherente. Puede que en esa ilusión de coherencia sienta Garrel la presencia de su propio resumen, la consolidación de sus vivencias, un sostén de identidad que iría quedando a modo de estela a través de su filmografía.

Ya decíamos en el análisis de “Un verano ardiente que las de Garrel no son películas para novatos emocionales, entendidos estos como aprendices de vida o como personas con insuficientes decepciones. Al contrario, Garrel escribe y rueda para sí mismo, como confiando en que al otro lado haya alguien que sepa de lo que habla y al que imagina asintiendo sin remedio con un gesto nostálgico y dolido, como lo son sus propias películas. No suele escribir Garrel sobre momentos felices, sino de sinsabores, de historias truncadas y de excesos de adultez que viran al escepticismo y a la desilusión con demasiado brío. Suelen ser las suyas historias que saben de trascendencias pero no de su gestión, y que suelen terminar en forma de juegos interrumpidos.

Con una cinematografía que solo toma de los cánones lo que va necesitando por el camino, y que si toma algo más no suele ser sino como juego superfluo, Garrel entrega la cámara al rodaje de esos fragmentos de vida, de la suya, intuimos, con los que va confeccionando una historia que sabe a autobiográfica, y que seguramente lo es, pero no a través de la literalidad de su sinopsis, es decir, no mediante la yuxtaposición de las escenas rodadas, que de seguro no son su vida ni su completa dramatización, sino a través de sus recodos y de las sensaciones que dejan sus escenas. Se escuchan en sus películas frases que saben tanto a recuerdo y a huella vital, que no queda duda de que una vez, alguien, en algún sitio, se las dijo a Garrel, y este se las llevó torcidas y atascadas en algún lugar de sí hasta que les encontró una casilla en una película, en alguna historia que promete versar sobre otra cosa pero que en realidad existe porque alguien, una vez, en algún sitio, dijo… precisamente aquellas palabras. Es como si el auténtico Garrel se le escapara a sí mismo por las rendijas de las historias que nos cuenta, que no son como tal las suyas, pero sí pretexto precisamente para sus rendijas. Oportunidades de revisión, de elaboración subjetiva de su propia vida, ocasión para la nuestra propia.

 

El cine de Garrel como “constelación familiar

Hasta aquí, imaginario de Garrel al uso, ideas habituales en sus espectadores. Sin embargo, cabe desarrollar una idea más que queremos hacer central y que emerge más claramente que nunca a través del metraje de “La Jalousie” (2013). Si sus películas son revisiones y ajustes de cuentas con sus propios recuerdos y sus deseos, con su nostalgia y su dolor, ¿qué sucede al considerar que sus películas son, a menudo, interpretadas por otros miembros de su familia? Garrel ha filmado alguna de sus películas con su padre Maurice Garrel, como “El corazón fantasma” (1996) y no es infrecuente que sea su hijo Louis quien protagonice muchos de sus films. Es el caso de este que elegimos hoy, “La Jalousie”, en donde además interpreta un personaje también llamado Louis. Junto a él, como actriz, su hermana Esther Garrel, que da vida en la pantalla a la hermana de Louis, también llamada Esther. Imposible no colocar a Philippe Garrel, por tanto, en la figura del padre de Louis y de Esther en el plano del relato, del que se nos cuenta que murió, aunque el espectador que haga esta asociación lo articulará como el hombre vivo al que en todo representa. No solo vivo, sino como la mente que guía la historia y que reflexiona sobre sí mismo a través de otros, pero no cualquier otros, sino los suyos, sus auténticos otros.

Visto así, cuando Louis interpreta una película para su padre, una en la que necesariamente recibe algo de sus vivencias auténticas (en las que se deslizarán también seguro recuerdos y experiencias que tocan a otras personas conocidas, o amadas, o miembros de la familia) no lo hace como mero actor, sino como actor-hijo. Aporta un intangible que no está al alcance de ningún otro actor, y con lo que su padre seguramente cuenta desde el instante mismo en que comienza a escribir el personaje. Con su hijo en mente, ese hijo-actor, la historia cobra una potencia que de ninguna otra manera podría alcanzar. No es que el efecto esté provocado por completo por esa circunstancia, esa ventaja peculiar que Garrel disfruta por dirigir a su propio hijo, pero no podemos negar que el efecto se verá enormemente multiplicado por semejante vínculo. De hecho, cabe preguntarse hasta qué punto es un disfrute semejante operación de dirección artística, pues hay en ella algo de una zambullida en el barro de los recuerdos y bajo el riesgo de ser juzgado no solo por los espectadores, como viene sucediendo desde que el cine es cine, sino por su propio hijo, con el riesgo que ello conlleva. ¡Cómo explicarle que su rostro de actor debe mostrar aquel desdén, aquel dolor, aquella fingida pasividad de la que su hijo no sabe nada, no entiende nada, o peor, mientras empieza a entenderlo y aún mal! En las indicaciones del director, cristaliza el imaginario secreto de su padre al que jamás se le habría dado acceso. Sin duda, un manejo difícil de unos actores que no están exactamente allí en calidad de tales, sino de otra cosa.

Habrá, seguro, quien se atreva a dar un paso más. Habrá quien considere que Garrel dispone a su hijo como soporte de un Garrel que tiene algo de auténtico Garrel, como jugando a echar a andar una “constelación familiar” con la que descubrir algo de sí mismo, o de su hijo, o del engranaje familiar que late bajo ese vínculo. Así, algo de esa constelación real se traspasaría a la historia del film en el mismo momento de su escritura, prefigurando algo de esa teatralización que será su rodaje, pero también en el momento de la interpretación, pues en su articulación física aparecerán nuevas nociones y recuerdos, o incluso reaparecerán sensaciones dolorosas y cruciales que el verdadero Garrel reprimiría por supervivencia pero sin las cuales resultaría imposible alcanzar a inteligibilizar sus propios demonios. Y así llegamos a la gran conjetura de esta fantástica pero irresistible especulación: Imposible no apostar a que la interpretación de Louis Garrel es también una forma de investigación familiar, una forma de hurgar en un pasado, el de su padre, por entero inaccesible para él si no es a través de esas rendijas que se detectan en el guión. Rendijas que si el espectador intuye, más las sentirá Louis, encontrando en ellas, seguramente, las puertas hasta ese momento cerradas a un pasado paterno que tenía vedado. Tamaño regalo el de su padre, y por cierto peligroso, esas puertas por las que descubrir los relatos que nunca le fueron revelados y las emociones que por definir… llegarán a tocar algo de su propia identidad, pues como hijo suyo es también una fase del que escribe la película. Para nosotros es un ejercicio de voyeurismo extraordinario que va más allá de la media existente en toda cinefilia, pero para Louis (como para Esther) será un viaje sobrecogedor a un fragmento de vida al que por orden natural no tendrían acceso alguno.

Padre, hijos, hermano, abuelo, … una familia de cineastas, de oficio, cuyas películas no se han distraído nunca con los destellos glossy de la mejor producción visual, ni con el papel cuché, y que en su dedicación a rebuscar en sus emociones verdaderas han creado una colección de películas de reconstrucción vital. En su lógica conjunta de cineastas de largo recorrido y con la suma de sus rodajes parecieran estar poniendo en marcha una involuntaria suerte de “constelación familiar”, y por cierto ante la pantalla, casi a modo de reality, mostrando al público una parte de sus complejos más íntimos.

No nos referimos a la “constelación familiar” en el sentido místico o energético, sino en el junguiano, es decir, como una actividad que a través de la representación de relaciones interpersonales podría hacer visibles los complejos más íntimos de los sujetos interrelacionados, sus debilidades, sus inquietudes, sus deseos no alineados con sus palabras y, por supuesto, el modo cómo sus conductas se encuentran “consteladas” por lógicas pretéritas que hasta ese momento les estaban vedadas y que, en el cine de Garrel, se convierten en un arriesgado descubrimiento para sus actores como protagonistas de la familia real.

¿No les recuerda a algo de lo que muchos especulan que sucedió en el rodaje de “Eyes wide shut”? No es difícil imaginar que ese juego de representación de un plano narrativo al que se supone sobre las cabezas de los actores arrastra no solo algo de lo real y material de sus vidas, sino incluso de lo que no era del todo consciente, reflejándolo en la pantalla, y así haciéndolo por completo explícito, con todo lo que ello pudo suponer para Tom Cruise y Nicole Kidman, nada menos que sobre el núcleo de su matrimonio. ¿Acaso no sería, aquella histórica escena del dormitorio que aquí analizamos en su día, una suerte de proyección y distribución de un plano de lo íntimo que mostró más de lo que debía? ¿Hasta qué punto se podrían llegar a considerar los rostros de los protagonistas como el sujeto dividido de una sesión psicoanalítica que les devolvió algo inesperado de sí mismos? ¿No habría en esos actores algo de un “sujeto barrado” que se empeñarían en disfrazar bajo la apariencia de “arte dramático” pero que terminó siendo suficientemente poderoso y revelador como para contribuir al proceso de su separación personal? Es una especulación bien descrita, casi tópica, relacionada a menudo con la gran verdad que encerraban a menudo las películas de Kubrick y con el efecto perturbador que Stanley y su esposa, Christiane, habían imaginado juntos cuando, según contó ella, hablaban de “Eyes Wide Shut” antes de su rodaje. Una brutal terapia de pareja para Cruise y Kidman y que podría haberles barrado a ambos, y un efecto que también vimos reproducido en el plano del relato cuando analizamos al personaje de Camille (Emmanuelle Beart) en “Un corazón en invierno” de Claude Sautet.

"Eyes Wide Shut" y "Un corazón en invierno"

“Eyes Wide Shut” y “Un corazón en invierno”

Pero volvamos a “La Jalousie”. Si como espectadores valoramos lo que enama de las rendijas de Garrel padre y lo vivimos como la sustancia de la cinefilia misma, la quintaesencia del valor del cine, imaginen el contenido que arañan para sí los hermanos Garrel. Y por cierto, hagámoslo considerando, además, que el cine de Philippe Garrel es rico en rendijas y en sustancias, escenarios reales que si ya son fascinantes para el espectador, serán irrenunciables para sus propios hijos. Seguramente, habrá un juego interno en los Garrel al participar en una producción, uno que comenzará con la escritura y lectura del guión, pero que en la dramatización ante la cámara y con la repetición de las tomas alcanzará una química familiar entre claustrofóbica e iniciática. Imaginaremos casi con horror los procesos transferenciales y contratransferenciales que se producirán en la iteración de los rodajes, como una secreta y casi indebida comunicación entre inconscientes.

Desde la óptica más paradigmáticamente edípica, se espera del hijo un proceso de identificación con su padre que le conducirá a ocupar su lugar. A menudo, esta comprensión del lugar que le promete requiere de unas vivencias a través de las cuáles irá reconstruyendo algo de lo que fueron las de su propio padre. Puede que la palabra directa medie entre ambos, pero es posible que no, e incluso a pesar de que esté presente, siempre habrá algo que quedará fuera del discurso paterno, bien por reprimido, bien por inefable, pero bien entroncado silenciosamente con la competencia que requiere la identidad paterna y que el hijo deberá desentrañar inscribiéndose allí como legítimo llamado. Sin duda, este proceso será peculiar para Louis Garrel porque fue siempre dispuesto en esa “constelación familiar”, esa representación de los tiempos pretéritos de su padre que también son fundantes para él mismo y en los que encontrará revelaciones notablemente íntimas, mucho más de lo que aguarda al resto de espectadores.

¿Imaginan tener un acceso tan privilegiado a los mayores secretos de vida de su padre y que su trabajo fuera reconstruirlos e interpretarlos en la pantalla para millones de espectadores?

 

La jalousie”, terrible regalo de padre a hijo

En “La Jalousie”, sentimos a Philippe Garrel situado en esa figura invisible del padre fallecido, del que se nos habla, y de cuyos efectos sabemos por lo que descubrimos de los personajes. Así, la película entera sería lo que ese padre fallecido nos contaría de sus hijos si pudiera dirigirse a nosotros desde su condición de muerto; un doble giro con el que Philippe Garrel, de alguna manera, confiesa ser consciente del juego transferencial y de estar cosiendo hilos reales con hilos verdaderos, es decir, hilos que describen sucesos con hilos capaces de hacernos sentir de forma verdadera las emociones de otros sucesos que también son, por sus efectos, convocados. El mix final es todo un amasijo autobiográfico, bien por la forma, bien por el contenido, en el que el pasatiempo del espectador por escudriñar sus retales no es comparable a la experiencia de terapia que será para Louis y para Esther Garrel. En “La Jalousie”, se nos presenta a ese padre fallecido como el hombre que defendía el cumplimiento de “La regla del desierto”, es decir, dar cobijo a cualquiera que lo solicite, durante tres días y tres noches, tras las cuáles, el huésped deberá marchar. Nos dibujan así la lógica de un fallecido que el espectador siente como vivo y del que se pregunta hasta qué punto está contenido en “La regla del desierto”. ¿Imaginan ser hijo del hombre que defiende su vigencia? Esa es la experiencia única que Louis Garrel lleva a cabo, como Esther, una al alcance de pocos actores y que hace que sus interpretaciones no sean un proceso de “salir de sí”, o “meterse en la piel de otro”, sino “entrar en sí mismo”, o en el “sí mismo” que él es para otro como su padre, es decir, hacerse fuerte en una atalaya prestada, la atalaya de otro desde la que descubrirá de sí mismo nociones prohibidas que seguramente jamás debió llegar a ver. El clan de los Garrel investiga en los oscuros cuartos de su historia familiar delante de nuestros ojos y aunque para nosotros hay rendijas, para ellos, seguramente, hay puertas y umbrales difíciles. Es fácil imaginarles marcar con la claqueta el comienzo de una escena que para nosotros es un fragmento de una historia pero que para alguno de ellos puede ser la representación de una vivencia pasada, o vivida, o narrada, y que quizás quedó como un suceso fundante que (les) explica algo de sí mismos.

Seguramente, la película existe por una razón que vive dentro de Garrel, una necesidad de elaboración, pero tiene unos efectos que van más allá de los espectadores, es decir, que se localizan en el plano familiar, quien sabe si en el plano más oculto de lo familiar. Quién sabe si estas películas no son solo una forma de reflejar algo real del plano familiar, aunque aparezca deformado, metaforizado, sustituido o reinterpretado, sino que devuelven y vuelcan efectos hacia el interior de ese tejido familiar, del mismo modo que una constelación familiar al estilo junguiano no solo explica sino que también transforma. En otras palabras, puede que cuando Louis Garrel termine el rodaje de una escena y escuche a su padre decir “¡Corten!”, se vea irremisiblemente invadido y arrasado por un recóndito saber que hasta ese momento solo podía suponer en su padre y del que ya no podrá escapar jamás. De ese saber, como espectadores, no sabemos nada, aunque nos damos cuenta de que lo que estamos viendo es solo el reflejo externo de un auténtico diálogo entre inconscientes.

 

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