La noche en que me hice cinéfilo

Este es uno de esos textos que no significan nada, que llevan el sello inconfundible del tufillo bloguero, una cesión irreverente a un narcisismo con el que lidio cada día, recordándome que “esto no está para esto”, que lo que aquí hacemos, en esta web, es más importante que ceder a nuestro egocentrismo y mucho menos dar soporte a las palabras que lo cristalizan; pero aún así, necesito estas palabras, quizás para no correr el riesgo de olvidar. Ahora que ya tengo suficiente edad para mirar a mis recuerdos lejanos y empezar a dudar de si son realmente míos, empiezo a temer que el desgaste de los detalles en mi recuerdo sea solo el primer paso de un progresivo avance del olvido. Y soy demasiado narcisista para aceptar de buena gana… el olvido.

Así que diré que fue en Javea, esa ciudad a la que tanto quiero, seguramente como un acto más de narcisismo, pues toda ella es un enorme significante de las cosas cruciales que han sucedido en mi corazón, y de todas las veces que allí he estado sintiendo que es la única ciudad en la que imagino morir. Como mi abuela. Ella, seguro, nunca lo imaginó. Por contra, yo lo pienso todas las veces. Así que fue en Javea. No recuerdo el año exacto, pero fue a comienzos de los 90. Junio, eso seguro. Yo tendría 14 o 15 años. Mis padres y yo pasábamos dos semanas de vacaciones en esa ciudad, aunque esa tarde, de sábado, yo no pasaba por un buen momento: un dolor de cabeza, uno de esos que siento llegar durante la mañana y que se apropia de mí por la tarde, se había hecho con mis ojos y se empeñaba en oscurecerme el resto del día. Esa tarde no pude unirme al plan familiar, ni antes, ni después de la cena. Mis padres salieron a disfrutar del paseo marítimo mientras yo me quedé en casa. Eran esos tiempos en los que uno consultaba la programación televisiva en la penúltima página de las revistas semanales o en el periódico. Mi padre, que no tenía hábito de comprar a diario el periódico, a veces lo compraba para llevárselo a la playa. Hay muchas formas de destrozar un periódico pero solo una tan rápida como la que se produce cuando uno se lo lleva a la playa de vacaciones. Debió ser en uno de esos cadáveres de papel donde yo consulté esa tarde la programación televisiva de aquella noche. Y entonces encontré un signo cuya sombra aún crece y crece cada vez que veo una película. Esa noche, TVE programaba un título llamado “La doble vida de Verónica”. En la antepenúltima página venía una brevísima ficha de la película en donde no recuerdo que dijera que había sido dirigida por Krzysztof Kieslowski, ni tampoco que su actriz principal fuera Irene Jacob. Y dudo seriamente de que aparecieran otros datos que, con el tiempo, he aprendido de la película hasta convertirla en un gran tema de conversación junto a otras personas. Lo que sí recuerdo, fue la valoración del crítico: “Cine denso e intelectual”. Como este post va de tópicos y de frases blogueras, y ya es demasiado tarde para remediarlo, diré una más, una muy habitual en estos casos: Aquellas palabras se grabaron en mi memoria para siempre.

No sé definir el misterio que esas palabras evocaron en mi interior, pero sé que lo convocaron con una energía enorme. “La doble vida de Verónica” se convirtió en el mcguffin del día, el final más esperado y… llegada la hora, tuve la suerte de poder verla, en una tv que no era mía, en un apartamento que no era mi casa y, desde luego, mucho antes de que Javea fuera para mí la Javea que hoy ya no puedo evitar que sea. En cuanto comenzó, llenó el salón de aquel apartamento con una música inolvidable… aunque yo entonces no era consciente ni de que fuera algo tan especial. Desembarqué en aquella extraña narración de cine persiguiendo un misterio, y desde luego, como saben todos los fans del cineasta polaco, la terminé con muchos más enigmas. La película era de color ocre, con un tratamiento casi onírico, algo fantasioso, como de imágenes perdidas para siempre y difícilmente recordadas, como mis propios recuerdos de hoy. No sabía que se podía hacer una película así, jamás había visto una igual.

Y aquella música se me quedó en el corazón para siempre, cosa que no sería la última vez que me sucediera con Kieslowski. Me enamoré de Veronica y de Veronique, las dos mujeres que Kieslowski unió con sus imágenes en la película, y el relato terminó dejándome la brutal sensación de que algo había sucedido. Algo como de un encuentro arrollador, aniquilante, que bien pudiera parecerse a ese acontecimiento del que habla Badiou cuando habla del encuentro amoroso. Reconozco en lo que me pasó esa noche el empeño de que aquello no terminara ahí, sino de que la brutalidad y la potencia del fenómeno tomaran de mí más que una noche. Y al final, terminé dándole una vida entera, o al menos, la que llevo. La película me llenó de sensaciones que resistían cualquier palabra, y que aún las resisten sin que pueda hacer nada al respecto, a pesar de que ahora sé más de Kieslowski, de su vida, y conozco más palabras y más formas de juntarlas. La historia me hizo sentir algo que importaba. No algo que me hiciera llorar, o reír, que eso ya lo conocía, sino algo que tenía delante de mí, recién sucedido, pero también que parecía prolongarse y perderse al otro lado de una pared que no podía cruzar. La película me hacía sentir cosas que ni era consciente de haber recibido. Además, ni siquiera había terminado de comprender la historia, cosa no tan rara en el cine de Kieslowski cuando se tiene esa edad y cuando tu película favorita hasta ese momento había sido “Hatari!” (1962). Hoy sé que eso no debió preocuparme, pues no es un efecto extraño en el cine de Kieslowski, pero entonces, esa necesidad de terminar de engarzar las piezas servía de significante a una pérdida de un sentido más profundo de cuya existencia tenía noticia por la manera cómo se me retorcía el alma, pero de la que no habría podido decir prácticamente NADA.

Algo perdí viendo aquella película, como se pierde siempre que ves una que te gusta demasiado. En aquellos tiempos, se perdía hasta la propia película en sí, pues si no se trataba de un título taquillero, alquilable en el videoclub, en VHS, simplemente, la perdías “para siempre”. Pasaron años hasta que pude volver a verla. Y después de la segunda vez, aún más años hasta que pude verla una tercera. Hoy la tengo, claro, tengo mi copia, y aún así la siento como una película perdida, que me arrebataron, o que me arrebató ella algo y que no he vuelto a encontrar. Quizás aquella sensación de hacerme consciente de haber perdido algo crucial y el deseo que le acompañaba de recuperarlo urgentemente, llegar a entenderlo, es lo que me sigue animando a ver películas, una tras otra, a lo largo de mi vida. Como si fuera una forma de recuperar algo que perdí sin tenerlo, a comienzos de los 90. Me sigue pareciendo que en sus escenas hay algo más de lo que parece, una parte de algo demasiado humano, una respuesta que sé que versa sobre mí a una pregunta que no sé siquiera formular, una identificación masiva con unas imágenes a las que siento como una extensión de mí, la obra del primer famoso cuya muerte lamenté y que se produjo muy poco después de descubrir su película. Porque, maldita sea, Kieslowski murió muy joven, y lo hizo cuando a mí aún no me había dado tiempo de entender lo importante que llegaría a ser en mi vida. Siento que aquella tarde de junio me robaron algo que hasta entonces no necesitaba, pero de lo que quedé desesperadamente prendado, y que siento que seguirá haciéndome ver películas el resto de mi vida. Quizás fuera el inefable instante mismo en que mirando a Irene Jacob pegar la mejilla al cristal de la ventana, llegué a sentir que entendía algo de ella que no podía ponerse en palabras, que no sabría ni por dónde empezar a explicar, y que siempre que lo llego a ceñir, aunque sea por un segundo, al siguiente se me escapa. Tendré que volver a ver la película… y otras muchas, porque quizás sigo desde entonces buscando hacer mi mirada y mi corazón, ambos, tan grandes, como para poder entender y retener algo de ese ingrediente que perdí aquella noche de junio y cuyo hueco me hace seguir escribiendo sobre cine.

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