Cine

“La frontera del alba” de Philippe Garrel: Una forma de cine como soporte fotográfico

13/09/2013 -
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La frontera del alba de GarrelPhilippe Garrel propone no tanto una película como una hermosa excusa amorosa en clave de intimidad para rendir homenaje a la fotografía de claroscuro, congelando el tiempo y reescribiendo el amor en fotos.

Philippe Garrel y su particular homenaje a la fotografía. Así podría titularse, a modo de descripción un tanto “estupenda”, la película “La frontera del alba” (2008) de este director francés tan acostumbrado a rodar con su propio hijo, Louis Garrel. Y este homenaje se nota en todo momento: Para empezar, en algo tan sencillo como que el protagonista, François, es fotógrafo. Y lo es no sólo porque lleva la etiqueta bien pegada desde el primer plano de la película en la que porta un trípode; lo es en todos los sentidos, porque además responde como nadie al perfil, casi al cliché, que todos tenemos de los fotógrafos. Baste acordarse de aquél del que se enamora Sophie Marceau en “La fidelidad” para darse cuenta de que existe todo un paradigma del fotógrafo de pelo desaliñado al que el cine, por cierto, debe mucho.

Sin embargo, el homenaje de Garrel, que comienza con la figura de su fotógrafo y con sus cámaras, se consolida en realidad en los planos que forman la película misma, especialmente si atendemos a la primera parte. En ella, cada plano es una fotografía confeccionada con un dedicado esmero, con un diestro sentido de la luz y del claroscuro, y con todos los tópicos fotográficos que le son propios al blanco y negro pero de los que los espectadores no terminaremos de cansarnos nunca. Quizás los fotógrafos tampoco. Imágenes de contraste para perfilar los rostros, el pelo y los ojos de los enamorados, y un sentido repertorio de grises para hacer de Laura Smet una mujer más que hermosa. Garrel coge las formas y las ideas de “Último tango en París”, le añade un toque de las imágenes de Roy Stuart y nos lo presenta todo en blanco y negro en una sucesión de fotografías de donde a duras penas surge una historia pero de las que emana un fuerte tono artístico. Garrel no parece interesarse por la evolución de la historia hasta muy avanzada la película, y a medida que se acerca el final acelera como haciéndose el responsable, pero en realidad está claro que su pasión son los planos de la primera parte: Dos jóvenes cuya piel, labios, sábanas y ventanas son la excusa irrenunciable para un book lento y lleno de recursos que los vuelve irresistibles. Las imágenes se hacen tan elocuentes que por momentos huelga la narración y la contundencia de los encuadres y los encajes maravillosos de ambos parecieran suficiente para justificar toda la película.

Las imágenes sirven no sólo para dibujar hermosos planos de intimidad, también para entrar a analizar subniveles emocionales que parecen alcanzarse sólo tras el estudio o el disfrute de dichos planos. Su estaticidad, su belleza formal, así como la manera cómo capturan y retienen los rostros, los gestos, las miradas, etc., son elementos que insinúan connotaciones emocionales más allá de los diálogos y codificados en los claroscuros de las fotografías que forman la película. Muchos espectadores encontrarán tal sucesión de imágenes algo redundante o incluso narcisista por parte del director y del director de fotografía (W. Lubtchansky); una abundancia fotográfica sólo justificada por el interés propio de sus autores, pero lo cierto es que la prolijidad de estos planos, cuyo ritmo llega en ocasiones a hacernos dudar del paso del tiempo, es la llave secreta para descodificar sensaciones que circulan en planos no tan inmediatos. “La frontera del alba” tiene lecturas gestuales de detalle prácticamente innecesarios para comprender la historia pero valiosos para entender todo lo que sucede entre los protagonistas. Es una sensación similar a la que tenemos cuando asistimos a otros silencios garrelianos, por cierto también en blanco y negro, como los de personajes como Paul y Ulrika en la película “El nacimiento del amor“, en los que algunos planos fijos y sin diálogos captan momentos íntimos de enorme belleza y donde tales silencios adjetivan con

valores humanos inefables y detalles íntimos irrepetibles los momentos secretos de los amantes.

No es que Garrel olvide la fotografía a medida que avanza la historia, pero la película gana en narración y de repente los acontecimientos se suceden dando forma a una historia no demasiado original. Los planos dejan de estar tan planificados, son más casuales, con movimientos de cámara más rápidos y redaccionales. La vida del protagonista comienza a cambiar, pero como una metáfora de la pasión de Garrel por los planos inolvidables de la primera parte de la película, el personaje tampoco es capaz de olvidar a la amante con quién los compartió. Pareciera que toda la historia hubiera sido planteada para que Garrel pudiera rendir ese homenaje fotográfico sin demasiada preocupación por nada más. Lo demás, es sólo… por si alguien necesitaba un final. El recuerdo de la película se reduce a los planos de interior en los que François y Carole se aman en blanco y negro en un amor eterno que promete vencer a la misma muerte. Y así nos lo cuentan.

La frontera del alba de GarrelGarrel vuelve, con esta historia, a plantear una relación amorosa poco convencional, en este caso en el contexto de una infidelidad, aunque con una carga emocional “eterna”, como marco de interés para su película. Aunque la relación entre los protagonistas nada tiene que ver con la de “Un verano ardiente”, también dirigida por Garrel, sí comparten la desestructura de su compromiso y la espiralidad no resoluble de sus sentimientos. De nuevo, en Garrel, las historias de amor más intensas se producen en presencia de cierto caos, cierta imposibilidad, una improcedibilidad que frena la convencionalidad y que sirve como azote y energía para unos sentimientos que cobran toda su vehemencia. Garrel vuelve a apostar no precisamente por una atildada convencionalidad elegante, sino por la autenticidad trascendente que sobrevive insólita en el caos del “no puede ser”. Y en ese frenazo estático de donde no nace una pareja, Garrel nos sostiene estáticos, capturando el espíritu fértil de los instantes de intimidad con sus planos maravillosos de publicidad de perfume (un imaginario bien probado en el audiovisual francés). Es como si nos invitara a aferrarnos a la sensación de privilegio por estar inmersos en un amor inmenso en unas condiciones imposibles, todo un clásico de la literatura que Garrel (experto en estas narraciones como también se advierte en “El Corazón Fantasma“) captura en imágenes gracias a sus claroscuros. Los protagonistas hablan de amarse siempre, pero el espectador presiente la improbabilidad de la promesa. Y nos enganchamos seducidos por las imágenes a sentir esos instantes íntimos tan largos como sea posible, quizás en plena referencia a nuestras propias experiencias en las que sentimos los momentos efímeros con necesidad de terminar y de “perderse”. Por cierto, en ambas películas de Garrel, el protagonista es un artista (fotógrafo en ésta, pintor en aquella), lo que sugiere un perfil emotivo, sensible y dispuesto a una intensa vivencia.

Claramente, la película no alcanza como obra la altura mediana de una narración digna, y recurre en exceso al cliché de una historia demasiado sencilla contada demasiadas veces. No obstante, la obra tiene muchos puntos de interés para 1) Cinéfilos que vean las películas con cargo a sus propias experiencias y que comprendan el cine seguramente a través de ellas. Puede que sean los mismos que disfrutaron con “Una habitación en Roma” de Julio Medem o “Mi noche con Maud de Eric Rohmer.  2) Aquellos que tengan un interés específico en la fotografía, sobre todo en la de claroscuro, una rama moderna y lejana de una influencia cuyas raíces muchos sitúan en el expresionismo alemán de comienzos del siglo XX. 3) Aquellos que encontraran deliciosas las imágenes de Marlon Brando y Maria Schneider en “El Último Tango en Parísy que nunca quisieron que termina la película. Y, 4), en general, para cinéfilos aficionados al cine francés, siempre con actitud de rescatar las partes más maravillosas de las películas menos “redondas.

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