Escenas para la historia: “La habitación del hijo” de Nanni Moretti

“La Habitación del hijo” de Nanni Moretti contiene una escalofriante y horripilante escena, rara vez mostrada, que se salta los límites visuales habituales sobre la muerte y el dolor. Hace saltar por los aires el contrato de decoro y nos arrastra a un inesperado horror.

 

Cuando el cine o las series de TV abordan el tema del horror y la muerte en la pantalla, pareciera que existen dos niveles diferentes que observan distintas normas de espectacularización. Por un lado, el horror visual, el horror estético, el horror de la laceración y el accidente, que pudiera etiquetarse como un “horror escópico”, o externo, que se despliega en forma de imágenes y que capta la mirada por la tentación morbosa. Sin embargo, existe otro plano de horror que, aunque también está relacionado con la muerte, se desarrolla a través de ideas internas que no dan lugar a escenas visualmente muy elocuentes sobre la pantalla sino a escenarios emocionales horripilantes que hieren a través de la más profunda empatía. Y nada menos que a través de la empatía de la muerte, que es una autoridad firme de la que ningún espectador puede escapar por su propia naturaleza humana.

La habitación del hijo

El cine y las series de TV parecen atender ciertos límites tácitos sobre estos dos planos de horror, aunque son mucho más permisivas con el horror visual y estético que con el que se desarrolla a través de ideas y emociones horripilantes. El cine ya nos ha acostumbrado a que, en la narración audiovisual posmoderna, es posible ver casi cualquier cosa: Esvásticas grabadas a cuchillo sobre la frente de alguien (“Malditos Bastardos”, Tarantino), un tipo que decide ir a Las Vegas a morir bebiendo (“Leaving Las Vegas”, Figgis) o el calvario desmedido por la abstinencia (“Trainspotting”, Boyle), por citar algunos ejemplos, y parece que sus límites van transando poco a poco concediendo cada vez más espacio a la satisfacción del “deseo escópico”, el descontado ansia de VER de audiencias preparadas para las imágenes más macabras. Sin embargo, en el segundo tipo de horror, el horror interno, el horror de las ideas y los escenarios emocionales, el horror de “Millennium” y similares, existen aún algunos límites que la narración audiovisual parece observar.

Y quizás por esto resulta especialmente llamativo, e incluso escalofriante, asistir a imágenes que transgreden estas normas tácitas y se atreven a desvelar imágenes que, aunque no resultan terribles por su vertiente escópica, lo son desde el punto de vista emocional. Nanni Moretti, al que inscribíamos más en el área de la comedia que en el del drama, rompe esta confianza interna con el espectador en su película “La habitación del hijo” (2001). En ella, Moretti nos cuenta la triste historia de una familia con dos hijos que enfrenta la muerte accidental de uno de ellos, el hijo varón en edad adolescente.

La habitación del hijo

La película, como algunos críticos han recogido en sus valoraciones, dibuja un retrato de lo más real y completo de la experiencia de la pérdida de un hijo tan querido, y quizás por ello agudiza el corazón de la audiencia al apabullarle con escenas y situaciones que hieren por su extrema verosimilitud. Refleja lugares comunes, escenas tópicas terriblemente tristes, rostros y gestos inevitables en la tragedia, etc., que hacen a la audiencia, seguro, rememorar sus propias pérdidas con sus propias imágenes, creando un terrible vínculo entre ficción y realidad.

A pesar de la enorme verosimilitud alcanzada por Nanni Moretti en su relato, las imágenes mantienen el tipo, guardan las formas y no atraviesan las “líneas límite” de lo macabro. Excepto en una escena inesperada: la escena en la que la familia despide el cuerpo de su hijo ya en el ataúd a punto de ser cubierto para siempre. Junto a él, velan con gesto de terrible dolor los familiares más allegados además de sus padres y su hermana. A continuación, la mayoría de los familiares abandona la sala excepto el padre y la hermana del chico fallecido, que se quedan en ella para asistir a la más angustiosa y escalofriante escena de la película. Los operarios de la funeraria proceden al cierre final del ataúd, un proceso rara vez mostrado ante las cámaras y que subraya de forma incontestable el final de la esperanza y hasta los bordes más ariscos del adiós a un ser querido. Los operarios cubren la parte superior del ataúd con una chapa metálica y a continuación la sueldan con un soplete para confinar para siempre el interior del ataúd. El soplete recorre por completo los bordes del ataúd consumiendo gran cantidad de estaño y rompiendo físicamente cualquier vínculo que pudiera quedar entre los graves espectadores de la escena (el padre y la hermana del difunto) y el propio fallecido. Nanni Moretti no escatima imágenes ni detalles de esta “sencilla” operación cuyo valor simbólico es, sin embargo, sobrecogedor e indescriptible. Ambos asisten a la escena que se presenta como una forma de despedida, aunque probablemente eclipsada por la gravedad de ese aislamiento terrible del fallecido que queda desconectado del mundo en cualquier sentido que pudiera quedar a su disposición. La tristeza por la pérdida que sufren estos (rotos) observadores se ve elevada a una nueva categoría de horror al asistir al cierre físico, intoxicando su desconsuelo con un ingrediente horripilante: La claustrofobia del inerte, la oscuridad impuesta sobre el fallecido al que no se puede asistir en modo alguno. Puede que “La habitación del hijo” sea una de las películas que mejor ha narrado de principio a fin todo el proceso triste de la pérdida de un ser querido, pero con esta escena, consciente o inconscientemente, atraviesa una línea-límite de respeto que la audiencia daba por supuesta y nos lleva a rastras a un lugar en el que no sabíamos que nos encontraríamos, una escena inesperada de las que hiere en el plano de nuestra humanidad y que termina demostrando la cara más salvaje de la narración de Moretti.

La habitación del hijo

La habitación donde sucede, prácticamente desnuda y desprovista de elementos estéticos de cualquier naturaleza, evita toda posible distracción y focaliza la atención de una audiencia seguramente horrorizada. Se demuestra que atravesar ciertas líneas de seguridad en la narración es terriblemente sencillo desde el punto de vista de la producción de la película y que no es necesario recurrir a ningún aparatoso artificio para provocar a la audiencia un estado emocional del que quizás no vuelva en las mismas condiciones en las que entró al comienzo de la película. Valga esta escena para demostrar que el cine es mucho más que un entretenimiento, que tiene capacidad para cambiar a las personas y también que, por tanto, exige una enorme responsabilidad.

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