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“La sombra de una duda”. Un asesino con encanto

29/01/2017 -
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“La sombra de una duda” era, según palabras del propio Hitchcock en la entrevista que le concedió a Truffaut, “una película satisfactoria para nuestros amigos los verosímiles, nuestros amigos los lógicos… y los psicólogos”.

Puede que no sea su película más conocida, pero en esta ocasión nos plantea una trama subyugante, con unas diatribas que caminan todo el tiempo en el filo de lo moral y lo inmoral, temas estos que se van repitiendo a lo largo de todo el metraje, no solo con el personaje principal, sino también en la relación que mantiene con su sobrina, incesto velado con una relación obsesa.

En esta película Hitchcock coquetea por primera en su carrera con el cine negro propiamente dicho, desplegando todos sus recursos visuales, y aunque pueda caer en un manierismo hoy visto como algo inocentón y agotador, en “La sombra de una duda” se hacen más que justificados para poder reflejar la mente del protagonista, un Joseph Cotten en el papel de un asesino idealista, con un cierto encanto, que consigue incluso empatizar con el público.

Un asesino con traje y corbata

Con esta película, Alfred Hitchcock sienta unas bases muy interesantes para posteriores películas del género: el asesino es el protagonista de la película. Nuestro orondo director trasgrede la norma clásica de “protagonista-bueno/antagonista-malo”, para presentarnos a un hombre atractivo, bien vestido, con buenos modales que se ve a sí mismo como a un héroe, una persona que con sus actos realiza un bien para la sociedad. Es un asesino idealista.

Como bien dice al principio de la película su casera: “no todos los malos son negros ni todos los héroes son blancos. Hay grises en todas partes”. Hay que recalcar que la mujer no se refería a Charlie, puesto que no sospecha de él. Al fin y al cabo, es un hombre encantador y educado.
Una de las grandes bazas con las que cuenta Hitchcock para que el público empatice con el personaje es el hecho de no mostrarle cometiendo ningún asesinato. Mantiene las manos limpias de sangre en todo momento… al fin y al cabo, ¿cómo un hombre tan apuesto, educado y bien vestido puede ser un asesino? Es más, sabemos por lo que dicen los periódicos que es un estrangulador, que mata con sus propias manos; así que, literalmente, es un asesino sin sangre en las manos. Podemos comparar esta película con “Psicosis”, donde el protagonista es el asesino también, y, aunque mata con un cuchillo a Marion (en la famosa escena de la ducha), tampoco vemos nunca el rostro del asesino, solo sus actos. (O acaso no era su madre la asesina…).
Los primeros planos nos muestran la persecución de Charlie por unos policías, todo rodado en un plano aéreo, plano que usaría posteriormente Hitchcock en “Los pájaros”. Con este plano, que bien podría llamarse el plano de Dios, Hitchcock se aleja de la escena colocando la cámara en el cielo, en una materialización del ojo de Dios, donde ni los espectadores ni los personajes son parte ni jueces de la escena; el único que está mirando es Dios, único observante y crítico de todo lo narrado.

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Poco a poco, y en forma de círculos concéntricos (forma usada también posteriormente en “Psicosis”: el ojo abierto de Marion muerta en la bañera, o en “Vértigo”: el moño de Kim Novak, las espirales que ve James Stewart en sus pesadillas, la manera de rodar el vértigo a las alturas…), la escena va acercándose al personaje de Charlie, la sobrina. Ya dejamos el “el ojo que todo lo ve”, para pasar a ser nosotros mismos testigos y jueces de cuanto vaya a suceder a partir de ahora.

Otro recurso visual típicamente hitchcockiano es con el que nos anuncia la llegada de Charlie; llega en un tren que echa humo negro por su chimenea: el diablo acaba de llegar. Podemos comparar este plano con la partida de Charlie, al final del metraje. El tren con el que va a partir Charlie echa un débil humo blanco: la ciudad queda limpia de maldad.

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Pero esa maldad es sólo sabida por Charlie, su sobrina, y la policía. A ojos del pueblo, es un hombre encantador, amable, educado, con un punto de sinvergonzonería que hasta resulta atractiva; se burla de los bancos en el mismo banco en el que trabaja su cuñado.

Pero vemos cómo poco a poco el director nos da pinceladas de la personalidad de Charlie, el asesino de viudas. De las conversaciones con su hermana oímos que siempre ha sido “el mimado”, tanto, que incluso consigue que su hermana y su sobrina le lleven el desayuno a la cama.

Un punto muy interesante aquí no es solo su relación con su sobrina, que analizaremos más tarde, sino también la relación con su hermana. Vemos que se han querido mucho de pequeños, que incluso la hermana se culpa de haberse alejado de su hermano al casarse. Cuando le ve exclama : ”¡Qué guapo estás!”. Incluso deja un poco al marido de lado en beneficio de su hermano. Él, a su vez, la recuerda de soltera, punto muy importante, ya que al casarse, su hermana se puede convertir en una viuda, es una viuda en potencia, en una víctima suya. Por eso en su mente la recuerda tanto en su época de soltera, la tiene idealizada, al igual que idealiza a su sobrina, soltera aún.

Pero es en una cena familiar donde el tío Charlie expone su argumentario acerca de las viudas en un plano exquisito, en el que
Joseph Cotten está de perfil, con su rostro apolíneo, para finalmente mirar directamente a la cámara, algo bastante moderno para el año en que se rueda la película (1943). Charlie dirige su mirada final hacia nosotros, no sabemos si para hacernos partícipes, jueces de sus actos, o para intimidarnos con sus palabras:

- ”Se pueden encontrar viudas de todas clases, cuyos maridos se pasaron la vida haciendo fortuna, trabajando y trabajando. Luego se mueren y dejan el dinero a sus esposas, todo lo que han ganado. ¿Y qué hacen las esposas, esas inútiles mujeres? Cualquiera puede verlas en los mejores hoteles dispuestas a divertirse, comiéndose el dinero, bebiendo el dinero, perdiendo el dinero al bridge, jugando día y noche. Apestando a dinero, orgullosas de sus joyas pero nada más. Horribles, gordas, ajadas, codiciosas mujeres

- Pero también son personas – le dice su sobrina.
- ¿De verdad? - le contesta su tío.

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Casi se podría decir que tiene Charlie en la cabeza es una sociedad idealizada, sus actos son una especie de “limpieza de sobrantes”, de personas que hacen daño a la sociedad. Muchos podrían ver detrás de este discurso esa misoginia de la que decían adolecía Hitchcock. O una muestra más de su ironía y humor negro, de cuya muestra podría uno de los últimos planos, en el que nos muestra el cortejo fúnebre de Charlie, pomposo, digno de un héroe, arropado por todo un pueblo que lo ha admirado hasta el final.

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Charlie y Charlie

El otro punto interesante en la película, y de paso, uno de los más controvertidos en la filmografía de Hitchcock, es la relación que mantienen Charlie y Charlie, tío y sobrina. No es casualidad que se llamen igual, ya que a la sobrina le pusieran el nombre de su tío, cosa que ella ha tomado como una señal; se ha sentido especialmente unida a su tío, ella misma habla de “conexión”, de telepatía. Hitchcock nos presenta a los dos protagonistas en la misma posición (tumbados en la cama, boca arriba) para recalcar esa conexión entre ellos, cama en la que el tío va a dormir durante su estancia allí: el tío se acuesta en la cama de la sobrina a petición de ella.

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Aquí también es importante recalcar la figura del padre de Charlie, la sobrina. La radiografía que nos hacen de él es la de un hombre más bien pusilánime, un empleado gris de un banco obsesionado con la idea del crimen perfecto, idea que comparte con un amigo suyo, tan pusilánime como él, y que constituye el pasatiempo favorito de ambos.

La falta de este referente paterno, o de referente paterno paterno más fuerte (“hacer falo” como diría Freud) puede que haya sido el punto determinante a la hora de conformar la obsesiva relación de la sobrina hacia su tío. Cuando Charlie llega a la casa hace el ademán de tirar el sombrero encima de la cama (de Charlie), pero el padre le aconseja que no lo haga por superstición. Cuando el padre se va, Charlie lanza el sombrero encima de la cama, gesto de trasgresión total de las normas, morales y legales; él se siente por encima de todo.

A la llegada del tío, vemos los gestos de la sobrina, la cara de profunda admiración, e incluso de amor. Si no supiéramos el parentesco que existe entre ambos, podríamos deducir solo con el lenguaje no verbal que son dos enamorados que hace tiempo que no se ven. El clímax de esta relación llega en el turno de regalos, cuando tío y sobrina se quedan solos y el tío le introduce en el dedo un anillo como regalo, como si de una pedida de mano se tratara.

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Este anillo se convertirá en el mcguffin de la película, cosa que el doblaje al castellano se encargó de asesinar… Charlie está tan ilusionada con el regalo de su tío, que ni siquiera mira lo que le está “introduciendo” en el dedo; en sus propias palabras “no me hace falta mirarlo,viniendo de ti seguro que me gusta”. Cuando al fin se fija en él, observa que hay unas iniciales grabadas en su interior: “a T.S. de B.M”. Este dato, el que las iniciales no coincidan con las suyas, pero sí con las iniciales de una viuda asesinada según los periódicos, hace que Charlie entienda todo sobre su tío: la razón de su llegada al pueblo, los regalos caros, sus comentarios… Ahora se tiene que debatir entre el amor que siente hacia su tío y el rechazo que le producen sus actos. En palabras de la propia Charlie hacia su tío: “No somos únicamente un tío y una sobrina. Es algo más. Yo te conozco, sé que hay muchas cosas que no le dices a la gente, yo tampoco. Tengo la impresión de que dentro de ti hay algo que nadie conoce”.

El hecho de que unos policías descubran la identidad del asesino, y de que uno de estos declare su amor hacia la chica, la ponen entre la espada y la pared. Un dato curioso aquí es que el policía es el mejor marido posible para ella, ella lo sabe, pero su enfermiza relación con su tío le impiden darle una respuesta positiva al policía. En el plano final, plano típicamente hitchcockiano, vemos a la pareja hablando en la puerta de la iglesia mientras dentro se celebra el funeral por Charlie. La pareja posiblemente se casará en esa iglesia, pero la sombra del tío va a ser demasiado alargada en la vida de ambos; ella siempre va a estar enamorada de su tío…

Tras unos intentos infructuosos por parte de Charlie para acabar con la vida de su sobrina, vemos cómo es ahora ella la que desafía “la autoridad de su tío” bajando por las escaleras enseñando(le) el anillo que le inculpa delante de mucha gente. El tío inmediatamente anuncia su decisión de abandonar la ciudad.

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La violencia del tío hacia la sobrina va in crescendo conforme avanza la película; él debe matarla para poder vivir tranquilo y dejar de huir de la policía. Por eso es de vital importancia la escena anterior mencionada. Ella se revela contra él. Anteriormente, en una dura escena en un bar, mientras Charlie juega y retuerce una servilleta (en claro símbolo de lo que hace a las viudas), le dice a su sobrina: “Hay tantas cosas que ignoras, ¡tantas! ¿Qué es lo que sabes? No eres más que una chica vulgar que vive en un pueblo vulgar. Vives tu pequeño día vulgar, y por la noche duermes tu tranquilo y repetido sueño vulgar lleno de dulces y estúpidas ilusiones”. En esta escena, la cámara “se convierte” en el otro de manera subjetiva, para aumentar el dramatismo y dureza de la escena y del discurso.

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Hitchcock no dudará en hacer hincapié en esta relación cuasi incestuosa en unos gestos en los que el amor y el sexo se dan la mano: cuando Charlie se monta en el tren para irse del pueblo (por la puerta grande, la policía no le ha arrestado), hace un último intento de asesinar a la chica; escenas que no podríamos saber, sacadas de su contexto, si es un intento de asesinato o una violación. Este recurso lo usará más tarde en la escena central de “Crimen perfecto” ( pasatiempo favorito del padre…), donde el crimen y el sexo con violencia están entrelazados para que en nuestra mente no sepamos qué estamos viendo; desde luego, una de las grandes virtudes de Alfred Hitchcock y su mente retorcida.

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La viuda alegre

Aunque en esta película no colaborara Bernard Herrman, compositor habitual de Hitchcock, en esta ocasión contó con un compositor de excepción, Franz Lehár, compositor de la opereta “La viuda alegre”, cuyo vals principal será un leit motiv a lo largo de toda la película. Durante la primera comida con el tío Charlie, los personajes no pueden dejar de tararear este motivo, como si saltara de cabeza en cabeza por telepatía. Todavía nadie sabe nada sobre la oscura personalidad del hombre, pero al preguntarse el título del vals, él se va poniendo muy nervioso… el título ronda demasiado de cerca la realidad. Él contesta: “El Danubio Azul”, en un intento de desviar la atención. Pero cuando su sobrina empieza a decir el verdadero título, él tira una copa para terminar de desviar la atención del todo.

Una vez más, y como a lo largo de toda esta película, Alfred Hitchcock hace muestra de su ingenio, irónico y negro sentido del humor, a la vez que navega por oscuros temas de la mente humana.

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