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“Los duelistas”: La sublimación a través del duelo

06/10/2016 -
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En esta su primera película, Ridley Scott navega por una época tan atrayente y hermosa como es el Romanticismo, sirviendo de marco perfecto para una historia que se desliza por la cuerda de un nihilismo vital y moral; dos personalidades opuestas que entran en el bucle de la sinrazón y del honor, a la vez que Europa vive una época de cruentas guerras y cambio sociales. La historia, el punto de partida, es muy simple: En 1800, fecha de la subida al poder de Napoleón, dos húsares del ejército francés, Armand D’HubertFeraud, comienzan un duelo que les llevará, a lo largo de 15 años, a batirse en duelo a lo largo de toda Europa.

Ejemplo perfecto de cómo una película con la factura de cine de aventuras se transforma en un juego delicioso y subyugante. Ridley Scott recoge el relevo de Kubrick, que poco antes había estrenado “Barry Lyndon” y trae a su terreno algunos puntos clave para poder contar una historia de este calibre: iluminación, exteriores, vestuario; todo puesto al servicio de la película.  Todo ello sin olvidar que Scott partía de un buen punto de salida; el guión está basado en una novela corta de Joseph Conrad, “El duelo”. A Conrad tampoco le salió mal el “guión” de “Apocalipse Now“…

D’Hubert vs Feraud

La historia se asienta en los personajes principales; dos personalidades contrapuestas que se elevan a categoría de arquetipo. Cada uno personifica una realidad existente en aquella época; el duelo no es sino la metáfora de la realidad que vivía Europa en aquel tiempo, tanto en lo social como lo político. Cada uno pertenece a un estrato de difícil convivencia, y que uno de los dos sabe que está por extinguir.

Feraud bien podría definirse por las frases con las que comienza la película: “El duelista exige satisfacción. El honor, para él, es un apetito. Esta historia real retrata un tipo de hambre excéntrica”.

"Los duelistas" de Ridley Scott

Se nos presenta a  Gabriel Feraud, teniente de los húsares franceses, bonapartista, y con un trastorno neurótico que le lleva a batirse en duelo de manera compulsiva. Las razones no importan, la obsesión de satisfacer sus impulsos son mayores a cualquier llamada a la razón. En el momento en el que comienza la película, en 1800, Napoleón acaba de subir al poder, por lo que su carácter ególatra está en alza. Es un hombre que encarna en sí lo que Freud en su libro “Lo siniestro” determina con tal término, siniestro: “un individuo siniestro es portador de maleficios y de presagios funestos”. El maleficio de Feraud es su trastorno; su ego le lleva a decidir si se bate en duelo o no. Cruzarse con él puede llevar irremediablemente a la muerte.

Durante el período romántico, el duelo llega incluso a convertirse en un arte; el bello arte de morir con honor. Ese sentimiento de lo trágico de la época lleva a un desprecio por la vida; la vida y la muerte están llevadas a un extremo en el que la vida se hace insoportable y la muerte es la única salida para poder soportarla. Todos los sentimientos están ensalzados; el ideal del amor era suicidarse por (des)amor.

“Sátira del suicidio por amor” Leonardo Alenza

Feraud hiere en un duelo al sobrino del alcalde Estrasburgo, quien presiona al General Treillard para buscar a un hombre que lo arreste. Ese es el principio de todo, sin más explicaciones. D’Hubert se presenta voluntario y va a su casa en su busca. Ahí se nos hace la presentación de D’Hubert, un hombre recto, con un gran sentido del honor, quien al preguntar a la mujer de Feraud por su marido y responder ésta que está con Madame de Lionne,  le responde “tiene un ángel en su casa y va a visitar a Mme. De Lionne. Debe estar ciego”.  El choque de personalidades ya está servido: ego contra honor, cordura contra sinrazón, dos pulsiones enfrentadas.

Cuando D’Hubert le encuentra en un salón y le pregunta que “si esa mañana se había batido en duelo”, Feraud le contesta con un rotundo: Por supuesto. D’Hubbert le responde: “Para usted es un pasatiempo en el Jardín del Edén”. Feraud ni siquiera tiene muy claras las razones para su arresto.

Feraud va buscando poco a poco a D’Hubert; va buscando (darse) una razón para el duelo. Actúa como una especie de drogadicto buscando una excusa para caer en la tentación y drogarse. “Su deber es, hacer de mí, una víctima”, le dice a D’Hubert. En su neurosis él se ve como una víctima; el mundo va en su contra. Su deber es restablecer ese desorden social.

Sigue buscando a su próxima víctima, entrando en ese bucle dialéctico que solamente puede terminar como Feraud sabe:

- ¿Quiere batirse?
- No hay razón para ello.
- ¿Qué otra razón necesita? ¿Que le escupa a la cara?

La guerra termina como Feraud quiere; D’Hubert se ve acorralado y sucumbe a las provocaciones.
El duelo comienza.
El primer duelo entre los tiene lugar en el jardín de Feraud; un sitio pequeño, claustrofóbico, que nos transmite esa sensación de improvisación, pero también de angustia. Angustia de Feraud por ver saciada su sed, angustia de D’Hubert de batirse en un duelo sin  apenas saber la razón; seguramente sea su primer duelo.

"Los duelistas"

Y el duelo termina como empezó….de manera improvisada, con la mujer de Feraud atacando a D’Hubert por la espalda al ver a Feraud herido en un brazo.

"Los duelistas"

Un amigo de D’Hubert aporta el toque “mágico/trascendental” a la relación de los dos al afirmar que un viejo dice que “érais enemigos en una encarnación anterior” , la trasmutación de las almas. Esto aporta un elemento de leyenda (su relación de odio ya se cuenta, es algo público), a la vez que le va quitando la responsabilidad a algunos de ellos para otorgarla de manera inmadura a algo que no podemos controlar, como es esa parte  espiritual que, abandona todo raciocinio para pasar a un plano incluso de superstición. Razón contra creencia. Otro duelo interesante el planteado aquí.

El sabueso de D’Hubert sabe que el hecho no haber investigación se debe a una sola razón: la guerra. Eso conlleva volver las filas y seguir los dictámenes de la batalla, lo que para Feraud lleva implícito el dejar la muerte de D’Hubert en manos de la guerra. Su deseo de terminar el duelo y resarcir así su honor corren peligro.

Los enemigos de la razón tienen la mirada turbia”, dice el amigo de D’Hubert. Y de hecho, con el nuevo estado de guerra, las disciplina del ejército prohíbe los duelos; el Estado y su defensa tienen prioridad. D’Hubert debe alejarse de Feraud, evitarle a toda costa, ya que su ceguera mental le llevará a retarle a un duelo allá donde se vean; lo que llevará a una persecución durante 15 años.

Antes de que pase a la Historia, ¿a qué se debió el duelo?”, le pregunta el amigo a D’Hubert. “Llámalo….una escaramuza entre caballeros. Honestamente, yo tampoco la conozco muy bien”, le contesta éste.

La historia se traslada a Hasburgo, un año después. Feraud encuentra D’Hubert, a la vez que éste encontraba a un antiguo amor, Laura. Pero el duelo debe continuar….esta vez se traslada a campo abierto, diáfano. Un duelo preparado a conciencia. Los duelistas ya se conocen, como antiguos amantes, y por eso también saben dónde dar. Y efectivamente, se van tanteando hasta que empieza el duelo, interrumpido por la herida que Feraud hace a D’Hubert. Otro duelo interrumpido y otras ansias de satisfacción desvanecidas. Podría casi pensarse que esta vez Feraud no ha querido matar, que le divierte tanto todos los “preliminares” al duelo, que se autosatisface así. La sublimación canalizada a través del sable, a través del duelo. Los instrumentos que ensalzan la masculinidad (sable) puesto a disposición de un juego entre dos hombres; uno de ellos que busca al otro durante 15 años por media Europa para terminar lo ya comenzado. Dos hombres que se respetan, pero a la vez hieren. El honor y el ego siempre de por medio.

A D’Hubert herido en el suelo le consuelan “Armand, ha sido un duelo legítimo. No dañará tu reputación, te lo aseguro. ¿Por qué no hacéis las paces como buenos amigos? No hay motivo para el rencor”. A D’Hubert le entra la risa.

"Los duelistas"

A Feraud también le animan para que estrechen la mano; “Fuera lo que fuera ya ha pagado su ofensa. Parece un hombre de honor”. El hombre insatisfecho se va lleno de ira contenida no descargada.

La fama de los duelistas ya empieza a extenderse, tanto que bromean con D’Hubert acerca de las conquistas que puede hacer; todas las mujeres le adoran. Es un duelista de mala fama y salvaje. La mejor carta de presentación para una mujer que se precie…su virilidad no está puesta en duda. Un duelo más, le aseguran, y habrá creado una sólida reputación.

Laura va en busca de Feraud: “Nadie comprende por qué te bates con Armand. Se supone que es un secreto entre vosotros dos. A mí me parece que el secreto es sólo tuyo. Creo que quieres alimentar ese maldito resentimiento propio de un canalla sediento de sangre”. Ahora es una mujer la que le toca el orgullo.

Esa mujer, Laura, es la que vuelve a introducir en la historia el elemento supersticioso al acudir a una bruja/mujer que lee las cartas en busca de una respuesta para su situación actual: está enamorada de D’Hubert y de otro antiguo amante suyo que le ha pedido la mano. Este elemento vuelve a entrar otra vez  en la historia, depositar en manos de terceros la responsabilidad de nuestras acciones, decisiones o pensamientos; la razón. El raciocinio supeditado al azar, a la magia, a las creencias propias o ajenas….”El camino del instinto es el que debes seguir”, le aconsejan a Laura.

"Los duelistas"

Tú debes responder a tus propias preguntas”, termina la vieja. El principal miedo de Laura es la soledad: sabe que a D’Hubert le espera una muerte segura en un duelo, y le aterra la idea de quedarse sola. Escribe con carmín (elemento sumamente femenino, rojo sangre) un “adiós” en el sable de D’Hubert (elemento fálico masculino).

"Los duelistas"

El siguiente duelo vuelve a tener lugar en un espacio cerrado, apenas con luz. La lucha es cada vez más encarnizada, más larga. Cada vez  se hacen heridas más profundas, pero cada vez aguantan más, a pesar del cansancio, llevándoles incluso a apoyarse en los sables para mantenerse en pie. El duelo termina con ellos dos en el suelo,intentando pelear cuerpo a cuerpo.

"Los duelistas" Ridley Scott

En un momento dado, cuando D’Hubert va a ver su superior, espera en una sala con la puerta cerrada. Un pájaro se cuela en la habitación, e intentando salir, va a parar a la puerta, intentando buscar una salida que no encuentra. Es una clara metáfora de ese “enclaustramiento” mental en el que se encuentra D’Hubert; Feraud, en su neurosis ha conseguido atraerlo hacia su terreno, arrastrarlo en su desgracia y su podredumbre interior. Tienen que abrir la puerta para que el pájaro se vaya a otro sitio a buscar la salida. Ahí no hay nada que hacer.

Al hablar con su superior, éste le alaba su labor, aunque vuelve a preguntarle acerca de Feraud; “es una cuestión de honor. No puedo hablar con libertad del teniente Feraud si no tiene la oportunidad de defenderse. Nadie se bate tres veces para luego hablar mal de él” es la respuesta de D’Hubert dejando bien claro, no sólo que es un hombre con un concepto del honor bien alto, sino que también ha aparecido un sentimiento de, podría decirse, admiración para con Feraud. Es un hombre leal no sólo consigo mismo, lo es hasta con la persona que quiere matarlo.

El convencionalismo le permite ser un caballero estúpido, pero deje de ser un estúpido pendenciero. No permitiré más duelos en mi regimiento” le dice su superior. Un nuevo concepto de honor irá sustituyendo, con el devenir de los tiempos, al antiguo. Y los caballeros deben ir haciéndose a la idea.

La historia ahora se adelanta cinco años en el tiempo, en Lubeck. Los dos caballeros han subido de rango…e inevitablemente se vuelven a encontrar. El duelo tiene lugar al aire libre otra vez, en un bosque y a caballo . Se nota la intranquilidad y nervios de D’Hubert, que en arranque de valentía, ataca a Feraud, dejándolo malherido. El duelo debe ser suspendido otra vez.

"Los duelistas" - Ridley Scott

La historia vuelve a dar un paso hacia adelante, esta vez situándonos en la nefasta fecha de 1812, en Rusia.
En aquellas condiciones tan duras, los caballeros vuelven a encontrarse. Feraud, que bien podría personificar al mismísimo Napoleón pide voluntarios. D’Hubert es el único que se presenta. Otra muestra más de honor y de responsabilidad.

"Los duelistas" - Ridley Scott

Los dos caballeros se defienden mutuamente con pistolas, lo que les lleva a “bromear” y decir que el próximo duelo será con pistolas.

La trama se vuelve a adelantar; esta vez a 1814, en Tours. Vemos a un D’Hubert herido, pero acomodado en la casa de su hermana. La burguesía se va abriendo paso. Los colores fríos de escenas anteriores, la suciedad de las calles de ciudades pasadas, dan paso a un paisaje de tonos claros, de limpieza, de orden. D’Hubert está así; es un caballero que ha pasado por toda la crudeza de Rusia y que se ha batido en duelo una y otra vez. Ahora sienta cabeza y se casa.

"Los duelistas"

Malo tiempos para Napoleón y sus seguidores, como Feraud, quien no duda en lanzar el rumor de que D’Hubert no está de parte del Emperador, y que incluso, se batieron en duelo en su nombre. El pasado vuelve a la vida de D’Hubert. Pero es un hombre que ya ha evolucionado, que se sabe perteneciente a una etapa que está por venir, que hombres como Feraud están en vías de extinción. La guerra ha traído a Europa un nuevo orden, y hay que adaptarse a él. Pero Feraud es un hombre que se anquilosa en su defensa a Bonaparte.

Pero la rectitud y alto sentido de la responsabilidad de D’Hubert le lleva a pedir que se tache el nombre de Feraud de la lista de oficiales acusados de traición. Le ha librado de una muerte segura; “hemos tenido una relación muy larga” explica D’Hubert.

Pero Feraud, en su dulce retiro, no puede olvidar terminar su afrenta, y busca a D’Hubert para un duelo final. Con pistolas, en unas ruinas (elemento romántico por antonomasia). Quieren, para este su último duelo, jugar a encontrase, al ratón y al gato. Sus duelos ya son leyenda. Se han visto interrumpidos una y otra vez; cada duelo ha ido más allá, ha dejado heridas más profundas. Pero también ha habido un respeto mutuo y una admiración; incluso se podría dudar que no se han matado antes porque no han querido. Pero mientras Feraud se ha quedado anclado en el pasado, D’Hubert ha ido evolucionando y madurando; ya tiene la suficiente fortaleza y sabe lo que quiere en la vida: “me he sometido a tu voluntad durante 15 años. No volveré a hacer jamás lo que me pidas. Según las reglas del combate, tu vida me pertenece, ¿no es así? Simplemente te declaro muerto. Por lo que a mí respecta, eres hombre muerto. Me he sometido a tu idea de honor durante mucho tiempo. Ahora tú te someterás a la mía”. Con estas palabras termina D’Hubert el último duelo, casi podrían ser las palabras de un amante cansado de jugar. El apetito de Feraud se queda insatisfecho y su rival lo ha despreciado; no ha conseguido de él lo que buscaba. Es como un niño al que no le han  concedido un capricho.
En el bellísimo último plano vemos a Feraud (bien podría tratarse de Napoleón en su exilio en Elba) observando la belleza serena del paisaje, de ocaso. Su ocaso.

"Los duelistas"

 

Estética del Romanticismo/ pinceladas sobre la película

“Decir la palabra romanticismo es decir el arte moderno, es decir la intimidad, la espiritualidad, color, aspiración hacia lo infinito, expresados por todos los medios disponibles para las artes”
Charles Baudelaire

El que Kubrick rodara poco antes “Barry Lyndon”, con el magnífico uso de la iluminación de los interiores sólo con velas, no le quita  a Scott méritos en esta película. Menos redonda que la anterior, pero con unos exteriores exquisitos, nos hace retrato fiel de la época gracias a la interpretación que hace de algunos cuadros de la época, y a elementos de ellos. De hecho, muchos planos bien podrían ser obras pictóricas.

"Los duelistas"

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“Napoléon Bonaparte” Benjamin Robert Hayton

Un personaje más de la historia bien podría la propia época en la que se desarrolla la misma. El Romanticismo eleva y ejemplifica la “Crítica del juicio” de Kant; el hombre comprende que hay algo caótico, inconmensurable que le sobrepasa, lo que le produce un sentimiento de angustia y de dolor, que canaliza a través de una idea de la razón. Es en este período, por lo tanto, donde a través de la representación de la naturaleza en su estado salvaje se canaliza esa angustia. Los típicos paisajes románticos serían las ruinas, la tempestad, el mar con grandes olas, niebla….Como bien teorizó Eugenio Trías en su libro “Lo bello y lo siniestro”, el Romanticismo toma cualquier elemento bello, lo eleva a sublime, para posteriormente hacer de él un elemento siniestro; “A través del gozoso sentimiento de los sublime el infinito se hace finito, la idea se hace carne, los dualismos entre razón y sensibilidad, moralidad e instinto, número y fenómeno quedan superados en una síntesis unitaria”.

"Ruinas" Lluis Rigalt

En “Los duelistas” el propio acto del duelo está llevado al extremo de lo siniestro; ha dejado atrás toda la pompa que tal acto conllevaba para convertirse en un juego macabro, del que no se sabe a ciencia cierta su fin; un bucle que arrastra a sus  protagonistas atrayéndose y repudiándose mutuamente a lo largo de 15 años. La absurda dilatación en el tiempo lo vicia, convirtiéndose en un patético y absurdo juego.

“Riña a garrotazos” Francisco de Goya

 

Todo esto unido a la iluminación, que rueda los interiores añadiendo un punto de luz adicional al que usó Kubrick, el soberbio vestuario y el propio rodaje de los duelos, mezclando planos generales con cámara sobre el hombro, crean una obra que ha sabido adaptarse muy bien al paso del tiempo, a pesar de las menos conocidas del director. Y un delicioso plano final que cierra perfectamente la historia.

La época de los duelos terminó, pero… que levante la mano aquella mujer que no desearía que se batieran en duelo por ella, que luchen por ella…

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