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“Mad Men”: La serie de TV paradigma de la “golden age”

08/10/2012 -
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Un espléndido guión, una ambientación retro tan efectista como nostálgica, un acertadísimo casting, una elección temática envidiable y un devenir irresistible: Las marcas propias de una de las series de TV de mayor éxito de últimos años. Una sorpresa televisiva que, sin embargo, se veía venir. “Mad Men” es la serie que este gran momento de producción televisiva se merecía.

mad-men-don-drapperSu primera temporada fue uno de esos brillantes ejemplos de producción televisiva de la más alta calidad, un producto que, simplemente, tenía que suceder. Como hemos defendido aquí ya en varias ocasiones, vivimos un gran momento en el sector de la producción de series de TV, una auténtica “Golden Age, y puede que “Mad Men” haya servido de crisol único en donde se han visto combinados los mejores ingredientes de otras muchas series de TV que han triunfado anteriormente. “Mad Men” cuenta con un rosario de atractivos mezclados con prudencia, esmero y gran acierto, y que han dado como resultado una narración irresistible, unos personajes ricos y extensos y una producción visualmente muy estética. Puede que “Mad Men” sea el más paradigmático de los ejemplos que la producción actual de series de TV puede exhibir, y hacerlo además con orgullo y distinción.

Como es conocido, “Mad Men” cuenta la historia de un equipo de redactores, creativos y secretarias que trabajan en una agencia de publicidad situada en Madison Avenue, en Nueva York. El lugar se convierte rápidamente en el epicentro de la publicidad reuniendo allí a las más importantes agencias y haciendo de Nueva York una de las ciudades más importantes del momento para la creatividad publicitaria. La historia se sitúa a finales de los años 50 y sin duda se empeña en reflejar los profundos cambios que la sociedad americana experimenta en dicha época. La generación más joven reivindica la ampliación de las libertades personales, civiles y sociales, y la publicidad funciona tanto para reflejar estos cambios y exhibirlos públicamente, como para catalizarlos y acelerarlos. “Mad Men” recoge ejemplos de anunciantes reales que se enfrentaron a problemas de comunicación reales derivados de dichos cambios sociales, y se muestran las soluciones que hoy sabemos que se aplicaron de hecho en el mundo de la publicidad.

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Don Drapper

Si el guión es la pieza fundamental de la serie, o al menos lo fue durante las tres primeras temporadas, su pilar básico es la figura de Don (interpretado por Jon Hamm). Puede que su figura sea la manera estilizada y retocada como se percibe hoy, desde el posmodernismo, a la figura masculina autoritaria que durante los años 50 aún ejercía el exclusivo control familiar y profesional. Y seguramente se trata de una representación errónea, totalmente maquillada para resultar aceptable al público de hoy (considerando este como la suma de hombres y mujeres), aunque sería inútil negar que su energía y su control resultan irresistibles. De hecho, múltiples revistas, canales de TV, etc. dirigidos al público femenino han recogido con orgullo la figura de Don Drapper, sin quitarle ni un tanto de esa energía que en ocasiones se puede considerar fácilmente como una forma de machismo. La figura de Don comparece autorizada en su autoritarismo como hecho histórico, pero paradójicamente se recupera hoy de forma íntegra como una figura de lo más seductora, proponiendo así cuestiones apasionantes sobre la relación entre la seducción sexual y el poder, así como su persistencia intergeneracional. El personaje de Don tiene mucho que ver con el mundo de la seducción. De hecho, a pesar de estar casado, Don no tiene dificultad ninguna para entablar relaciones con otras mujeres atractivas que, con su interés, parecen reafirmar el look irresistible de sus cualidades más emblemáticamente masculinas, proponiendo que cuanto más masculina sea su conducta (valga esto tanto para cualidades que hoy consideraríamos positivas como las negativas), tanto más atractivo resulta en última instancia.

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Sin embargo, la serie también se esfuerza por construir una base inapelable sobre la que justificar el valor de su personaje central. ¿Por qué Don es el creativo más exitoso?. Se nos cuenta de muy diversas y numerosas formas que suele acertar mejor que nadie con las ideas que “vender” a sus clientes. Y esta habilidad, se nos cuenta, está relacionada sobre todo con su profunda comprensión de los cambios que se están produciendo en la sociedad de los años 50. Don parece entender la esencia de dichos cambios mejor que sus compañeros y en sus eslóganes publicitarios se encierra su forma de entender esta nueva sociedad de libertades civiles y personales que reclama la generación más joven. Incluso en materia de actitudes femeninas frente a los derechos, frente a las libertades, etc., también demuestra un profundo conocimiento. Para una campaña de desodorantes que pretendía comunicar su modernidad, Don propone el copy: “¿Qué quieren las mujeres? Una excusa para acercarse”. Y así es cómo se construye la idea de que Don es un seductor de altura, no por sus frases, sino por el valor que le confiere entender mejor que nadie lo que sucede a su alrededor, y lo que sucede en los corazones de la gente a la que se dirige. Tiene el talento de desnudar las actitudes, destapar las verdaderas intenciones y deseos de las personas, y sabe explotarlas en forma de palabras que dan lugar a campañas de publicidad. “Mad Men” tiene un gran éxito al hacernos creer que Don es el visionario creativo que mejor acierta; lo consigue fundamentalmente en la primera temporada y en ocasiones pareciera que, en las siguientes, apenas necesitara gestionar ese valor bien construido en los primeros episodios. Que Don resulta atractivo tanto profesional como personalmente es una de las piezas sobre las que se construye la serie entera.

Una ambientación efectista

La serie construye escenarios con el auténtico sabor americano de la década de los años 50. Su estilo se refleja pronto en todos los detalles de la ofina, empezando por el diseño de los vasos en los que beben (por cierto a todas horas), las luces y el mobiliario de oficina, el vestuario, los escotes, los peinados y hasta las actitudes políticas. Sin embargo, es una ambientación, en ocasiones, algo engañosa.

Como suele pasar en estos casos, el cine y las series de TV no buscan reflejar el auténtico aspecto de la década, sino presentarla tras un conveniente restyling posmoderno que lo adapte al estilo actual. Dicho de otro modo, “Mad Men” no trata de alcanzar el estilo verdadero de los años 50, sino una versión estilizada y diseñada a través de la visión del estilo posmoderno que haga de la década representada una era más estilizada. En el caso de “Mad Men”, esta adaptación se aprecia especialmente en la iluminación tanto de los espacios de oficina como de los espacios domésticos: La paleta de colores, perfectamente integrada, da lugar a un aspecto muy reconocible que se convirtió durante las tres primeras temporadas en el sello visual de la serie. Así se alcanza un efectismo de iluminaciones apasionantes que, entre las moquetas y los colores de las paredes, y hasta de las bebidas, despliegan un estilo propio que recuerda intensamente a la década de los 50 pero que oculta un proceso de adaptación y reconversión para resultar mucho más atractivo.

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No es cosa de considerar que este efectismo (cromático, objetual, de texturas, etc.) es una forma engañosa de representación histórica por cuanto todo lo que se nos presenta responde en realidad a la lógica espectacular del show. Y de la misma forma que se diseña y modela la historia, o los vestidos de los personajes, es lógico que también se modele nada menos que el aspecto general de todos los espacios en donde transcurre la acción. De hecho, la audiencia posmoderna, entre la que nos encontramos, está ya verdaderamente adaptada a esta espectacularización de las épocas pasadas y disfrutamos de ellas en diversas producciones tanto de cine como de televisión. Así, es innegable que el embellecimiento que musicales como “Chicago” (de Rob Marshall, 2002)  hacen de la ciudad en los años 30 constituye uno de de sus fuertes atractivos. O que el París de 1900 luce aún más hermoso en la “Moulin Rouge” (de Baz Luhrmann, 2001). Quizás, el origen de este empeño se encuentre tanto en la intención de embellecer para hacer más exitoso pero también en la fascinación creciente con la que una generación cualquiera suele representar épocas anteriores. Woody Allen ha reflexionado recientemente sobre este efecto en su exitosa “Paris in Midnight” (2011), en donde, por cierto, también se permite reflejar el París de los años 30 a través de una cierta espectacularización más o menos amable que, aunque no abusa de sus adaptaciones, sí que reconoce no pretender captar el auténtico París, sino una versión intensificada del mismo.

“Mad Men”, adicionalmente, y mucho más a partir de la temporada 4, se plantea el objetivo de ir reflejando gradualmente el cambio de estilo que corresponde al avance del tiempo. La llegada de la década de los 60 va introduciendo pequeñas variaciones que, en la temporada 4, reforma por completo el estilo de la oficina. Aparecen de repente las obras del optic art de los 60, las oficinas más luminosas, las butacas de diseño, etc. En la temporada 5 le toca el turno a los interiores domésticos, comenzando por la propia vivienda de Don Drapper cuyo estilo recuerda al del ático Playboy (“Playboy’s Penthouse”), lo que sugiere la pretensión de vincular su personaje con el de un símbolo como es Hugh Heffner.

El capítulo 3×13

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“Mad Men”, además, cuenta con uno de esos tesoros que son difíciles de olvidar: Un capítulo mágico. Y es que normalmente valoramos las series de TV por su valor holístico, como unidad de narración, como obra completa que va más allá de un simple capítulo aislado. Sin embargo, en ocasiones es imposible ignorar el hecho de que un capítulo alcanza una altísima cota de calidad y merece ser destacado en solitario. Por ejemplo, aunque en general son pocos los que consideran que “Perdidos” sea una serie de máxima calidad, la mayoría de quienes han terminado de ver la serie recuerdan lo fabuloso que fue el capítulo 4×05 titulado “La constante” . En “Mad Men”, puede que uno de esos momentos para la gloria fuera el capítulo final de la tercera temporada (3×13) titulado “Cierra la puerta. Siéntate, tan emocionante y tan prometedor que podría por sí sólo constituir el comienzo de una serie completamente nueva llena de vigor y energía. La narración llega a un punto final que sabe a comienzo y que deja en el espectador algo más que las ganas de continuar el visionado en la cuarta temporada; consigue una plenitud narrativa construida sobre una enorme promesa de valor futuro que normalmente no se encuentra en capítulos aislados. Ni tan siquiera los fantásticos ganchos de final de capítulo que “Perdidos” solía emplear habitualmente compiten con la profundidad de la promesa que se esconde en los últimos planos del capítulo 3×13 de “Mad Men”. De hecho, la cuarta temporada acomete profundas reformas (algunas ya mencionadas aquí) quizás en un intento de estar a la altura de la promesa que se plantea en el capítulo 3×13. Lástima que, en ocasiones, pareciera que ese capítulo fuera el último de la mejor época de la serie y su siguiente fuera el primero de una temporada de menor valor en general.

Seguro que en ulteriores entradas de Código Cine tanto mi colega Marcos Isabel como yo mencionaremos a “Mad Men” y volveremos a reflexionar sobre ella, pero valga esta entrada como introducción, como primer análisis y como excusa, sobre todo, para presentar a Don Drapper como uno de los personajes de series de televisión más interesantes que existen en este momento.

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  • Es cierto cada temporada de la serie ha tenido al menos un episodio “mágico” como le dices, creo que el que más me ha gustado es el de la sexta temporada, yo veo Mad Men en HBO y me encantó ese episodio en el que prueban unas drogas, es muy loco jaja, espero que le final de la serie, con la séptima temporada sea igual de genial.

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