El final de “Mad Men”: Analizamos su último alarde de enorme calidad

Mad Men” ha sido siempre por derecho propio la más digna aspirante al título de “serie paradigmática de la era dorada de las series de televisión”, es decir, ésta que vivimos desde que se inaugurara con otros míticos títulos como “Los Soprano”, The Wire o “A dos metros bajo tierra”. Puede que la serie haya dibujado unos cuantos meandros alternando gestos de calidad extrema con algunas temporadas más anodinas, pero lo cierto es que ha llegado a su última temporada con un brillante estado de forma, seguramente solo comprensible gracias a que sus formas, hábitos y costumbres han marcado todo un hito en la historia de TV y se va con un reconocimiento irrepetible por parte de todas las instituciones que tienen algo que decir sobre contenidos televisivos. El capítulo 7×14 ha sido el último de la serie, pero también de una época. A partir de aquí, el resto de series se quedan solas, caminarán por sí mismas, ya no tendrán la protección de la serie que siempre podría ser enarbolada para salvar, elevar y reivindicar un género que en otro tiempo fue considerado “menor”.

Si la última temporada ha tenido una nota identificativa, ésa ha sido la de su voluntad por ir cerrando la mayoría de los asuntos importantes que ha abordado durante 7 temporadas. La cosa tenía su enjundia, porque uno de los puntos fuertes de la serie ha sido, desde siempre, la calidad distribuida entre todas las subhistorias que formaban su gran relato: Grandes nombres de personajes que lejos de servir de sostén para la gran historia central de Don Drapper (como sucediera con los periféricos actores que ayudaron a sostener la gran historia de “House”, por poner un ejemplo), se habían convertido en piezas esenciales sin las cuáles ya no era posible concebir “Mad Men”. De menos, a más; empezando por los personajes menores, y cerrando las historias más cruciales en los últimos minutos de la serie, como la historia de Peggy Olson o la de Roger Sterling. Llamaba la atención que en esta segunda parte de la séptima temporada, la serie no encaraba nuevos ímpetus narrativos y los que iban apareciendo se convertían rápidamente en derrotas para los personajes principales. El final se barruntaba en el “feeling narrativo” de cada una de las subhistorias y al espectador avezado no se le escapaba el hecho de que la serie ya no contaba ni siquiera con espacio/tiempo suficiente para construir una nueva dirección a la altura de sus propios precedentes (¡Esto no es “Scandal” de Shonda Rhimes!).

Pero, en efecto, el gran elemento central y verdadera “reason-why” de “Mad Men”, era Don Drapper, y entre las muchas responsabilidades que la serie había asumido a lo largo de estos años se encontraba la de encontrar un final a la altura de uno de los personajes más inspiradores y fascinantes que se han creado jamás para la TV. Pensado y construido desde la primera temporada como un complejo personaje con capacidad para lograr el mismo éxito iluminando a todos los demás con su visión publicitaria y construyéndose una intimidad paralela en donde aliviar su más oscura faceta. Si no hubiera sido por el éxito de “Breaking Bad”, seguramente Don sería el paradigma actual más famoso de antihéroe televisivo, una categoría en la que últimamente se han cocinado los mejores personajes de la TV reciente y donde deberíamos buscar parte de las razones del éxito de la llamada “era de oro de las series de TV” (solo mencionemos a “Los Soprano”, por ejemplo). Pero el mérito de “Mad Men” es mayor de lo que parece porque el paradigma antihéroe de Don Drapper es de todo menos anodino… o sencillo. Y además cuenta con elementos propios que han disparado la necesidad o el deseo de los espectadores de identificarse con él: No sólo es una equilibrada muestra de elementos luminosos y oscuros, es decir, exactamente como cualquier espectador en tanto que persona y ciudadano, sino que además contiene dos vectores casi pulsionales que han disparado la fascinación: El “triunfo” y la “libertad”. Drapper comete los errores que la audiencia necesita para ver en él alguien que NO se nos propone como ejemplar, pero al mismo tiempo es el gran ejecutivo de publicidad que vemos que es gracias a su extraordinaria capacidad para entender el mundo en el que vive; o mejor, porque sabe detectar el umbral de los cambios que su mundo está a punto de experimentar, una gran ventaja para dar forma a los discursos publicitarios. En definitiva, Don Drapper no es solo un personaje, o una categoría de personaje; ya es toda una institución en la historia de las series de TV y una escritura particular de trazo brillante creada por Matthew Weiner en ese capítulo que algunos quieren reducir a la etiqueta de “antihéroe”.

El final de Drapper se parece a toda la serie en su conjunto: Es equilibrado y prudente, con un devenir sin grandes giros difíciles de asimilar para el espectador y que hace sentir que todo entra dentro de lo que, a estas alturas, consideramos más que posible en el imaginario propio de Drapper. La serie lleva al personaje al límite para hacerle tocar fondo como ya nos había mostrado tantas veces a lo largo de sus siete temporadas, pero a partir de ese punto propone lo suficiente en varios niveles al mismo tiempo para poner en juego varias ideas que se convertirán, cristalizadas en su canción final, el jingle de Coca-Cola, en el verdadero final de la serie.

 

La autenticidad de la idea

Desde el comienzo de la serie, Drapper había comparecido como un enorme triunfador que debía su éxito al acierto de su trabajo profesional, es decir, a la calidad de su trabajo como publicitario. Con el paso del tiempo, y ya con varias temporadas bien desplegadas, el espectador va conociendo mejor a Drapper y descubre que no solo dispone de una gran mente para la publicidad, sino que ésta y sus mecanismos se nutren también de una “forma de vida”, una “actitud personal”, un ingrediente humano intransferible que está en él, que tiene que ver con su forma de vivir y ver el mundo y que no es no copiable ni transferible. Dicho de otro modo, que Drapper ve mejor lo que otros no ven debido al discurrir de su propia vida y a las decisiones que ha tomado. En última instancia, a su valor como persona, a lo que le distingue de cualquier otro, y no tanto a la inspiración más limpia o a las horas de trabajo (de hecho, más que trabajar, le vemos dormir, beber y fumar en su oficina). Siempre que Drapper daba con una idea ingeniosa para una campaña de publicidad, el espectador sentía que latía en ello el resultado de una vida, de una altura como persona que pocos llegaban a alcanzar. Así es cómo el espectador construía esa admiración por el personaje, no porque fuera realmente excepcional debido a una tirada de dados genética, sino por las decisiones de vida que Drapper adopta. En última instancia, porque en su propia persona consolida las curvas, acelerones y frenazos de la vida singular de un tipo único. Por cierto, esa es la vía por la que Drapper justifica su gran éxito con las mujeres, es decir, por todo lo que se deriva de esa “forma de vivir” y “de ver”, aunque ésa es otra historia.

Vayamos al momento en que Drapper comienza de veras a escribir el final de la serie. Él se encuentra en una gran e importantísima reunión publicitaria con un cliente de McCann & Ericksson, es decir, un cliente de la agencia para la que él trabaja, y cuando le proponen el “briefing” (la documentación que se entrega a los creativos para que trabajen en el concepto creativo para una campaña de publicidad), él comienza a mirar por la ventana. Dicho de otro modo, en lugar de buscar el “concepto” en el briefing, en el interior de la reunión, en su interior mismo, él comienza a poner los ojos en el exterior, es decir, en la vida. Ve un avión que vuela libre por el cielo, yéndose lejos, insinuando la posibilidad de un nuevo devenir, lejos de la madera de la sala de juntas. Ojo, allí se nos deja un objeto fetiche que en ese momento no revelará su importancia, pero que llegado el momento del final de la serie resultará crucial: Unas latas de Coca-Cola que todos tienen frente a ellos. Todos beben Coca-Cola, la bebida cuya cuenta estaba predestinada a Don Drapper. Ya lo había dicho el Director de la agencia en un capítulo anterior: Era la cuenta que tenía reservada para Drapper. De hecho, la cuenta publicitaria más deseada del mundo, en la agencia de publicidad de más éxito de la historia, para nuestro protagonista indiscutible. Pero en ese momento, la lata de Coca-Cola comparece ahí como un sencillo guiño que aún no ha revelado su importancia. En su lugar, a Don se le propone trabajar en la cuenta de una cerveza “diet”, algo mucho menos motivador, algo muy inferior a su altura. Él mira por la ventaja y sueña con volar lejos de allí. Y de hecho, lo hace. El éxito alcanzado le permite levantarse de la reunión, exhibir su altura (una que Ted no puede igualar y por eso se queda sentado al verle irse) y abandonar la sala, el edificio y hasta la ciudad. Lo que viene a continuación es un periplo de gran contenido a cuyo término Drapper aparece tocando fondo en un centro hippie de retiro espiritual y terapia.  

Allí vive toda una serie de experiencias emocionales intensas que quizás no van a hacer de él “un hombre nuevo”, pero sí que van a “configurarle” de una nueva forma. El momento culminante se produce cuando, haciendo yoga frente al amanecer, escucha una voz que le habla de la esperanza que trae “el nuevo día”. El plano se va cerrando y Drapper… sonríe. Lo hace polisémicamente, aunando al mismo tiempo la sonrisa de la curación por la interiorización de la posibilidad de “una nueva vida”, “un nuevo Drapper”, y también porque, no lo olvidemos, una campanita suena como sonido icónico de “¡la idea!”. Es el instante en que Drapper resuelve el gran enigma que inconscientemente venía arrastrando desde que el director de McCann le insinuó que la de Coca-Cola sería su cuenta en la agencia. Con la experiencia vivida, crea la IDEA, el concepto creativo publicitario que regirá después la campaña de Coca-Cola. La serie cierra así el círculo que comenzara en aquella sala de juntas con las latas de Coca-Cola sobre la mesa y además reencuentra a su propio personaje en su costumbre habitual: Encontrar la IDEA que nadie ve. Además, no cualquier idea: Una vivida, experimentada y sufrida en su propia rotura espiritual que le convierte y le dispone a una forma de entender la pregunta de Coca-Cola que nadie era capaz de ver. Una idea “auténtica” nacida de su propia experiencia, de la persona que es, no del trabajo que realiza. Visto de este modo, es como si cuando miraba por la ventana en aquella sala de juntas se diera cuenta de que no podía dar con la respuesta publicitaria necesaria allí dentro; sino que precisaba salir a vivir y ensanchar su alma y su experiencia para poder volver convertido en el tipo que necesitaba ser para resolver el enigma y ver lo que nadie ve. “It’s the real thing”, dice la canción del final.

 

Una catarsis hacia “un nuevo Drapper

Lo mencionábamos antes ya, pero quizás no en el sentido completo que esta idea tiene en el final de la serie. Frente a la ocurrencia de muchos espectadores, que quisieron ver en la caída al vacío del personaje de la sombra negra de los títulos de crédito un fragmento narrativo profético del final del personaje de Drapper (y que por tanto pensaba que Drapper terminaría muriendo de un modo u otro), en su final, Drapper VIVE. No hubiera sido una idea extraña, sobre todo porque ya hemos comentado aquí el ejemplo de alguna otra serie cuyos títulos de crédito revelarían hacia su final que contenían ideas proféticas (The Killing), pero también es verdad que la muerte de Drapper habría sido una salida simple para un guión mucho más complejo y mucho más capaz. En otros términos, semejante final habría corrido el gran riesgo de decepcionar a su audiencia y, desde luego, no habría cumplido ninguna función para con su propia historia.

No, el final de Drapper tenía que ser un vector hacia el futuro, un camino hacia un nuevo Drapper o hacia el Drapper que siempre ha sido. Era la salida más realista y adulta para una serie que puede presumir de haber conservado la prudencia en todo momento. La voz del monitor de yoga se convierte en la clave para la comprensión del futuro de Drapper: “El nuevo día trae nueva esperanza. Las vidas que hemos llevado. Las vidas que vamos a llevar. Nuevo día, nuevas ideas. Un nuevo tú”. Y ahí está. “Un nuevo tú”. Un nuevo Drapper… sobre el que siempre ha sido, tan excepcional como para fascinarnos a todos (y a todas), pero también un nuevo personaje que se enfrenta a los nuevos retos. Es decir, que sale del agujero emocional en el que se encuentra en ese momento. Y que empieza en ese preciso instante con una nueva campanita que marca la llegada de una nueva Idea publicitaria… que bien pudiera ser la de Coca-Cola. Drapper queda así consolidado en ese plano como el resultado de todo lo visto (en la serie) pero en el umbral del que está empezando a ser, como siempre, con la mejor Idea porque nadie la ve antes que él, con una visión maravillosa que parte de la VIDA, no de los despachos, pero también con una componente de futuro… que nos perderemos como espectadores. El final de Drapper no es una gran interrupción, ni un profundo cambio de sentido, ni un abandono de su vida habitual, etc. Es un cambio posible, producto de un reciclaje como los que ya había realizado varias veces en la serie, y del que siempre volvía ligeramente re-configurado. Se produce así una cierta catarsis cuya génesis y precipitación hemos visto producirse, pero cuyo discurrir exacto no podremos ver.

 

Vuelta a los orígenes de “Mad Men”

No es extraño que gran parte de la audiencia mencionara el hecho de que la serie abandonó hacía tiempo su conexión con la publicidad para perderse en otros derroteros. Parte de la audiencia echaba de menos aquellas ideas geniales de las primeras temporadas en las que Drapper exhibía su acierto publicitario: “¿qué quieren las mujeres? Una excusa para acercarse”, fue el eslogan de Drapper para una marca de desodorantes. O aquel “It’s toasted” para cigarrillos Lucky que hacía a la serie brillar tanto por su faceta creativa como por ser capaz de trasladar a una serie de TV el estilo publicitario de la creatividad de una agencia (matiz que quizás solo una parte de la audiencia estaba en disposición de descodificar y disfrutar). Uno de estos hábitos de la serie en aquellas tres gloriosas primeras temporadas era presumir de ese momento en el que Drapper daba con la IDEA. Ya se echaba de menos ese recurso que, finalmente, Weiner convirtió en el último GIRO para el final de la serie. Todo un guiño de ésta a sus mejores momentos que hace a la audiencia sentirse como en casa y acordarse de por qué le gustaba tanto esta serie.

“Mad Men” no quería terminar con la estampa de su principal personaje tumbado bajo un teléfono tras haberle confesado a Peggyno ser el hombre que ella pensaba que es”. No quería terminar con la figura de Drapper siendo levantado por una desconocida para ir a terapia. Tampoco quería terminar siendo “absorbido” por McCann en términos espirituales. No quería terminar su relato viendo a su protagonista ser zarandeado por sus propias debilidades como el alcohol o su condición de mujeriego. Todo ello, guardado en la alhacena bajo la escalera junto con el resto de monstruos, es decir, su faceta oscura (clave para poder ser considerado un personaje antihéroe), debía ser articulado una vez más en forma de última bajada a los infiernos, pero solo como mecanismo para volver más “auténtico” y “real”. Y con una gran idea. De modo que “Mad Men” termina con su personaje haciendo de sí mismo, sonriendo por haber alcanzado la mejor idea, por haber completado el trabajo, por ser de nuevo el más listo, y por ser el triunfador que viene siendo desde el primer año de la serie. “Mad Men” deja su relato en el mejor momento de la historia de la publicidad, es decir, los 70, la época dorada de la MARCA. Y lo hace confundiendo a su enorme protagonista con la más icónica marca que jamás ha existido. La serie quería acabar con un gesto de orgullo por su propio éxito, o mejor, por la necesaria función que ha cumplido dentro de la “era dorada de las series de televisión”. En ese gesto de Drapper, en esa postura de relax y meditación, se lee también el gesto orgulloso de un Matthew Weiner que se ha ganado una posición mítica dentro del escenario de los contenidos de TV. Su nombre ya está esculpido entre otros como el de Aaron Sorkin, Alan Ball o David Simon, y en la figura de Drapper se detecta el trazo histórico de Matthew Weiner. La serie quería terminar en forma de homenaje al propio Drapper, con uno de sus instantes de gloria, pero también dejando ver algunas de las características que le definen íntimamente, como la de su soledad, o la de su capacidad para cerrar los ojos y ver lo que los demás no ven. Weiner sí que vio lo que nadie más veía y creó esta serie que se ha convertido en una metáfora de los mejores años de esta última fase televisiva con tantas series de TV y de tanta calidad. Hoy, momento en el que algunos se preguntan si no estaremos comenzando a escribir el final de esta era dorada, el final de “Mad Men” se nos antoja como algo más simbólico de lo que querríamos que fuera. Bajo el influjo de “Mad Men”, que además de exitosa ha sido una serie inteligente, se ha permitido de todo en el mundo de las series. “Mad Men” siempre permitía a las demás series sentir que formaban parte de un momento histórico. Hoy, con su final, se cierra una etapa de gloria y se abren interrogantes. Quizás necesitemos un verdadero Drapper para encarrilar esta última fase de la era dorada de las series; alguien que vea lo que los demás no ven. A partir de aquí comienza una andadura para el resto de series sin la propuesta de mayor calidad con la que han coincidido desde que existen. Esto… va a ser algo nuevo.

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