“Manchester by the sea” o la renuncia de lo mítico en el cine contemporáneo

¿Y si “Manchester by the sea” (Kenneth Lonergan, 2016) pudiera ser elegida, entre las películas estrenadas en los últimos años, como una de las más sintomáticas de eso que podríamos denominar una cierta “rendición subjetiva”? Sí, un efecto que nos definiría a los contemporáneos en base a unas señales antropológicas que apuntan hacia esa tan traída “crisis de subjetividad”. Bueno, seguramente no será la más paradigmática película a la hora de mostrar esa rendición colectiva, ese posible declive de nuestra firmeza civilizatoria, aunque sí podría ser una de las que con más claridad, incluso con honestidad, con la valentía que se halla en el reconocimiento de un pecado, lo pone en escena y nos lo devuelve en forma de exclamación urgente y, en último término, como interrogante. Pero vayamos más despacio para localizar lo que de notable y, quizás, de sorprendente, tiene el film.

Un film que, y ojo a los spoilers que siguen, nos contará la historia de un hombre, Lee, que deberá trasladarse hasta otra ciudad por el fallecimiento de su hermano y que terminará descubriendo que fue designado por este para convertirse en el tutor legal de su sobrino prácticamente adolescente. Sin embargo, el encargo no está exento de un mandato adicional cuya dimensión solo se nos revelará mediante el flashback con el que descubrimos que Lee había perdido a sus tres hijos calcinados en el incendio de su casa que él pudo haber provocado debido a una negligencia, y del que él se siente absolutamente culpable. ¿Cómo asumir la tutela de un nuevo “hijo”? ¿Cómo colocarse nuevamente en la posición de “garante” de un adolescente que comparece bajo la sombra de tres inconmensurables e irreductibles cadáveres? ¿Cómo poder sentir “garantizado” a un nuevo ser que reclama de él más sustancia de “garante” de cuanta cree poder poner en juego? Lee descubre que lo que su hermano fallecido le ha legado es la oportunidad y el mandato de convertirse en el hombre que él siempre quiso que fuera, quizás el hombre que su hermano siempre vio, pero a cuya sombra se arrastra, inerme, desde que el incendio acabó con sus hijos y provocó que su esposa, Randy, le abandonara.

 

Dialécticas insólitas, “lugares comunes” del cine de siempre

En la francesa “Intocable” (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2011), un aburguesado millonario contrata como cuidador a un inesperado inmigrante de color con el que forja una insólita amistad. La adaptación resulta de lo más problemática, fricción esta de la que surge el propio film, provocando aprendizajes y transformaciones para ambos personajes con los que se convertirán en una versión mejor de sí mismos. En la también francesa “León” (Luc Besson, 1994), un asesino a sueldo termina haciéndose cargo de una inocente niña de doce años que queda huérfana. Lo que podía hacer preludiar una relación difícil da pie, sin embargo, a una relación llena de ternura y de complicidad, articulándose, nuevamente, una forma de aprendizaje y transformación para el más frío de los personajes. En Paris, Texas” (Wim Wenders, 1984), un hombre que vio desmoronarse su vida familiar y que vaga solo por el desierto, consigue encumbrarse a la posición del padre que jamás había llegado a ser para obrar la reunión de madre e hijo, en una transformación que frisa lo heroico y que conllevará una enorme renuncia personal. Y así podríamos seguir indefinidamente, apuntando títulos cinematográficos en una interminable enumeración de la que emergen, y esto es algo de lo más interesante, ciertos patrones narrativos que el espectador avezado tiene ya interiorizados. Ni siquiera es necesario que se produzca una conceptualización de las líneas maestras de tales patrones, pues a menudo el espectador adivina la forma cómo el relato dará término en base a simples intuiciones, cuyas raíces se encuentran en tales repeticiones a las que se ha acostumbrado a lo largo de su trayecto cinefílico. Las transformaciones que hemos puesto como ejemplos fílmicos terminan compareciendo como una discreta colección de formas de evolución diegética que tienden a repetirse, precisamente poniendo de manifiesto su condición mítica. Los mitos que los subyacen nos transfieren sentidos y valores fundantes que nos configuran como sujetos en relación a los cuerpos míticos en los que se nos confecciona.

Sin embargo, no cabe decir exactamente lo mismo de “Manchester by the sea”, donde el vector del mito al que el relato parece deberse, simplemente señala un camino imposible para nuestro protagonista, Lee Chandler (Casey Affleck). El relato comienza poniendo en juego este vector, diríase que paradigmático, que nos hace pensar que la película serpenteará hasta consolidar la transformación necesaria en Lee para que este pueda ser el Lee que su esposa esperaba que fuera, o el Lee que su hermano siempre pensó que era o que podía llegar a ser. Faltaría narrar el cómo, los sketches pertinentes, los accidentes oportunos o los episodios narrativos que irían justificando cómo adquiriría Lee algo de una condición paternal que le permitiera afrontar la posición de tutor legal de su sobrino Patrick (Lucas Hedges), y así es cómo el espectador comienza a leer la historia. Toma cada pequeño avance de ese proceso de transformación como los pasos necesarios para un final que adivina con arreglo a lo tópico, o mejor, a lo mítico que parece contener. Asistimos a un proceso de transformación, es cierto, y cada vez comprendemos mejor el porqué de una dificultad extra para Lee, de la que no sabíamos nada al principio y que se nos postula como el verdadero reto para el personaje: Superar la crisis de confianza que siguió al incendio de su hogar y la muerte de sus hijos. El espectador barrunta que esa transformación en curso de Lee solo puede conducir a una plena asunción de tutoría sobre Patrick, pues solo de esa manera el relato adquiere ese sentido mítico que el espectador da por hecho en cuanto tiene noticia del “encargo” de su hermano Joe (Kyle Chandler) y las renuncias que conlleva. Y, de hecho, la historia nos va mostrando cómo se van sucediendo esos pequeños pasos de transformación, o de madurez, si se quiere.

No obstante, como venimos apuntando, “Manchester by the sea” nos sorprende con una derivada narrativa que no por el hecho de estar perfectamente integrada en la historia consigue ocultar lo inesperada que resulta. El relato va mostrando los pequeños pasos que Lee va dando para consolidar esa esperada transformación catártica que le permita ser el “padre” de Patrick, colocarse en la posición de “garante” de su sobrino y ser, por fin, el padre que sus hijos fallecidos no conocieron. Los pasos van topando, eso sí, con obstáculos y retos que el personaje deberá ir sorteando y aprendiendo a superar. Las dificultades van siendo circunvaladas o directamente atravesadas con mayor o menor éxito hasta que, sin embargo, el relato alcanza un hecho que cambiará por completo la progresión de la historia y pondrá freno a ese proceso de transformación que el personaje de Lee estaba experimentando. El momento exacto es este:

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

Hija: Can’t you see we’re burning?
Lee: No, honey. You’re not burning.

Lee, que se ha quedado dormido con el fuego encendido en la cocina, sueña que sus hijas (fallecidas) le miran a su lado y una de ellas le pregunta si no se da cuenta de que se está quemando. Cuando Lee despierta súbitamente inmerso en una nube de humo que proviene de la cocina, corre a apagar el fuego y comienza a pensar que ningún cambio hará que deje de ser el que provocó la muerte de sus hijos. El Lee del pasado se abre camino entre el nuevo Lee, relativizando sus logros, recordándole que sigue siendo el mismo. Lee se convence de que nunca podrá ser un buen tutor para su sobrino y pacta su adopción por parte de una pareja de amigos con los que Patrick se irá a vivir. Dicho de otra manera y con todas las letras, cosa que urge hacer para que el giro quede claramente indicado y “Manchester by the sea” quede cruelmente retratada: Lee se rinde, abandona ese proceso de madurez y transformación en el que estaba inmerso y que antes decíamos que era una de las pocas formas de evolución narrativa que daba sentido a todo lo sucedido. Esa visión de la historia en la que su hermano Joe, como un acto de fe, le confiaría nada menos que la tutoría de su hijo adolescente a modo de segunda oportunidad, queda truncada. Ese habría sido el camino por el que Lee hubiera encontrado la redención tras lo sucedido con sus hijos, pero la película nos cuenta su fallo, su fracaso, su dimisión. En otras palabras, aunque Lee comienza a aceptar y superar la primera parte de la tarea, que no sería otra que la de aceptar las renuncias que supone la posición de tutor, es decir, asumir la pérdida de las libertades de la vida en soledad, fracasa en la segunda, aceptar su falibilidad y reubicar satisfactoriamente su autoexigencia. Pero, ¿cómo culparle considerando el coste del gran error que cometió con sus hijos? Por él los perdió a ellos, les condujo a una muerte espantosa y fue abandonado por su esposa que no dudó en culparle de lo sucedido.

La escena del “¿No ves que estoy ardiendo?” incorpora un elemento diferencial que marcará el giro inesperado de los acontecimientos. No se trata de un reto externo, una dificultad adherida a la experiencia del duelo que debe atravesar o a la de la paternidad que está comenzando a asumir. Por el contrario, es un reto interno, una duda irreductible que emerge de sus recuerdos y de la quiebra misma de su propio alma, y que le acompaña, que le cuestiona intrínsecamente, que se le impone, desde el terrible acontecimiento del incendio. De repente, sus antiguas aspiraciones paternales comparecen para Lee en forma de impostura. Lee parece ser capaz de asumir las renuncias paternales que se le proponen, y de tomar las riendas de las gestiones burocráticas por el fallecimiento de su hermano, pero no es capaz de superar una herida que lleva inscrita dentro de sí mismo y que le arrasa tan pronto como es puesta en juego. El éxito en la superación de las primeras adversidades externas consolida aún un poco más esa evolución diegética del personaje hacia la madurez necesaria, y de ahí que este giro narrativo, este “plot point” tan inesperado, resulte una enorme y sintomática sorpresa.

 

El giro diferencial de “Manchester by the sea”

Así es cómo el espectador descubre que “Manchester by the sea” es más compleja de lo que parece, que la había subestimado, que había dado por supuesto el punto de llegada de una historia que, por el contrario, tenía la intención de mostrar, al menos, lo extraordinario de una herida que rasga al personaje y que lo atraviesa de tal modo que le impide completar ese proceso de transformación, de madurez. “Manchester by the sea” no nos traza el circuito íntimo que sigue Lee hasta suturar la dramática herida que se produjo en el incendio en el que perdió a sus tres hijos, sino más bien cómo ésta permite tan solo una parte de ese proceso de cicatrización. En el final de la película, Lee se rinde, abandona la posición de tutor, aunque también es cierto que salva una parte de ese proceso de progresión interior, cosa que se traduce en decisiones como la de volver a Boston pero buscar una casa con una habitación adicional para su sobrino, para que vaya a verle; o cómo comienza a tomar decisiones “paternales” sobre Patrick para ir tomando las riendas de su educación. Algo de un Lee que nunca llegó a emerger cuando sus hijos aún vivían, comienza a aparecer, por fin, aunque en una medida limitada, y por completo obstruida por el efecto de una crisis traumática que truncó por completo la evolución paternal.

Bueno, hasta aquí el accidente de Lee, es decir, lo que de singular tiene su historia y que provoca la interrupción de su transformación; pero, ¿qué hay de lo general que puede deslizar “Manchester by the sea” con esta derivada? “Manchester by the sea” podría considerarse por la intención de abandonar su condición de mito, o al menos su paralelismo con este, para cumplir una función más representativa de cuanto puede estar sucediendo hoy en la subjetividad colectiva del hombre contemporáneo. No tomemos la deriva narcisista, esa que tan fácilmente se podría aplicar aquí para asegurar que Lee fracasa porque no quiere asumir las renuncias personales que conlleva la paternidad, pues sería como decir que el incendio en el que murieron sus hijos no habría dejado secuelas, cuando esto es precisamente lo contrario de lo que sucede. Pero sí podríamos llegar a decir que este anti-final, este final que tanto se despega de lo mítico (que defendería una cierta puesta en valor de la estela que sigue el sujeto emancipado, el sujeto autónomo, el que supera las heridas y garantiza a otros), refleja el cambio del propio cine y retrata también la rendición de su condición simbólica en el espacio público de los discursos actuales. Lógicamente, este giro nos hace reflexionar sobre la nueva posición del cine con respecto a los sujetos que lo crean y los que lo consumen. Si el mito tenía que ver con una forma de lenguaje que por su efecto performativo obraba la fundación subjetiva, y el cine bien pudiera ser texto para la confección de nuevos discursos míticos, parece que en su derivada actual renuncia a dicha competencia. “Manchester by the sea” parece más bien la justificación de un sujeto que no estuvo a la altura de la llamada, que no estuvo a la altura de su responsabilidad y que explica por qué dimitió de la tarea. Y con él, quizás, la sociedad contemporánea, más entregada al discurrir de las excusas que al esfuerzo por dar el paso y asumir las consecuencias. El éxito del trauma de Lee es un no-final, es un retorno a la situación de partida del propio relato, a un momento en el que la herida mantenía cabizbajo y depresivo a nuestro sujeto hundido. Se pone en juego una lógica circular en cuyo centro, inaccesible para Lee en su girar, situaríamos la Prueba fundante que le articularía como “padre simbólico”, garante posible. En sus decisiones evasivas se manifiesta la fuerza centrífuga de ese girar que le aleja cada vez más de la Prueba en cuyo umbral le ha colocado la vida. Sí, como prueba, pero también, como segunda oportunidad.

El momento en que Lee abraza a su sobrino tras darle la noticia de que ya no vivirá con él, es decir, que ya no será su “padre simbólico”, que abandona voluntariamente esa posición, refleja su imposibilidad para lidiar con los retos de su posición paternal, es decir, soportar la aflicción de su sobrino, de su “hijo”, así como su degradación de “padre simbólico” a “padre amoroso”, ocultando en esa muestra de amor la imposibilidad para lidiar con el reto de la paternidad. Y bueno, el fracaso en la lidia del reto de la paternidad es, de hecho, uno de los signos de nuestro tiempo europeo y ciudadano.

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

Sujetos que se inclinan, que se tambalean, que miran al suelo, nunca al horizonte: Una rendición que alcanza su clímax en el abrazo no-paternal, sino maternal, con el que Lee trata de frenar la angustia del “hijo” para el que no tuvo promesa alguna, es decir, al que falló.

Resultaría aquí fácil establecer la comparativa con los análisis de “The searchers” (“Centauros del desierto”, John Ford, 1956) que realiza González Requena afirmando que Patrick obtuvo un abrazo de Lee en sustitución de la promesa y la firmeza que Martin obtuvo de Ethan, y no olvidemos que este adoptó a aquel también por la muerte de su familia. Las siguientes imágenes mostrarían los extremos de un eje que diferenciaría de forma radical a ambos relatos:

"Manchester frente al mar" y "Centauros del desierto"

“Manchester by the sea” y “The searchers” (“Centauros del desierto”)

Martin vio a Ethan mirar al frente, mantenerse erguido, montando su caballo; pero Patrick tuvo que conformarse con un abrazo. No hubo para Patrick ojos que miraran al horizonte, a los que agarrarse, sino más bien unos ojos ocultos en un abrazo del que apenas obtuvo más que ser entregado a otros para que se hicieran cargo de él. Allí donde Ethan sujetó a Martin por la camisa, justo a punto de caer, Lee no pudo ofrecer a Patrick más que llevarle al hospital cuando este fue alcanzado por su crisis de pánico en la cocina. De nuevo, el eje diferencial entre ambos:

"Manchester by the sea" y "The searchers" ("Centauros del desierto")

“Manchester by the sea” y “The searchers” (“Centauros del desierto”)

Patrick: Estoy teniendo una crisis de pánico.
[…]
Lee: Y si vas a asustarte cada vez que ves un pollo congelado… creo que debes ir al hospital. No sé nada de esto.

“No sé nada de esto”, que suena a “que venga alguien y se haga cargo”, es la ausencia de firmeza, de respuesta, para poder encarnar la posición de tutor que Patrick necesita desesperadamente. “No sé nada de esto” es la frase que mejor representa a Lee, como “Al final los encontraremos, te lo prometo” es la que representaría, en esta dualidad antagónica, al personaje de Ethan en “The searchers”.

 

El choque con la adultez desde la condición de niño

¿No podría abordarse también esta historia desde la perspectiva de choque entre la condición de niño y la exigencia adulta? Explorémoslo atendiendo al hecho de que la historia nos presenta a un Lee-niño. Se nos propone como un personaje cuya configuración psicológica resulta algo insuficientemente edípica, y que se comporta más cerca de lo que sería la conducta de un niño que busca la satisfacción de su placer. Hay varios elementos que así nos lo atestiguan.

Por ejemplo, que la noche en que se produjo el incendio y el subsiguiente fallecimiento de sus hijos, todo comenzó con una noche de juerga, alcohol y cocaína con sus amigos en el garaje de su casa. El ambiente era festivo, masculino, desenfrenado, etc., y todo ello aunque estuvieran en la misma casa donde sus hijos trataban de dormir en el piso de arriba. La fiesta solo concluye cuando una fuerza externa sobreviene a Lee para exigirle la conducta del adulto que se resiste a ser. De hecho, Randy tiene que exhortarle dos veces.

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

En otro momento, vemos a Lee levantar a su bebé mientras su esposa, desde la cama, le pide que le deje:

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

Randy: No lo cojas en brazos. Si no está llorando es mejor dejarlo, ¿vale?
Lee: Es mejor dejarlo, eso debimos hacer tu mami y yo en vez de casarnos – Le dice a su hijo en alto.
Randy: No digas bobadas.
Lee: Entonces no habrías nacido, ni tampoco tus hermanas. Podría ver el partido de fútbol en mi salón tranquilo y en paz.
Randy: ¿Sabes qué te digo? Que te vayas un rato a la mierda.

Lee verbaliza su deseo, el deseo narcisista del niño que en su interior aún clama por gozar de algún tiempo exterior, por ser satisfecho. Vemos a un Lee que lidia por aceptar de la mejor gana posible la posición paternal que su esposa Randy le reclama sin cesar, pero para la que él sigue teniendo una actitud difícil. Y tanto es así que llega a decir en alto lo que preferiría estar haciendo, es decir, “hacer el niño”, que es lo que termina haciendo al final de la escena:

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

Y que sabe a…

“Manchester by the sea” (2016) y “Léolo” (Jean-Claude Lauzon, 1992)

“Manchester by the sea” (2016) y “Léolo” (Jean-Claude Lauzon, 1992)

Un niño que, como decíamos, disfrutaba de una noche de alcohol, juerga y cocaína y por la que, en buena lógica, terminó actuando de forma negligente y provocando la muerte de sus hijos. Visto así, y considerando el niño que es, ¿qué otra respuesta podría esperarse sino la de una infinita culpa y el autocastigo que su bonhomía interior le exige aplicar? Así es cómo reacciona Lee tras el incidente, y tras ser abandonado por su esposa que le culpa de lo sucedido: Solo y triste se autocastiga llevando una vida solitaria sin aceptar ninguna responsabilidad. Se ha buscado un empleo desagradecido, incluso desatascando inodoros (“está literalmente limpiando la mierda de mi retrete ahora mismo”, dice de él una de sus clientas), y no responde a ninguna de las ofertas sexuales que se le presentan. De algún modo, Lee evita a toda costa ser de nuevo colocado en una posición desde la que terminó decepcionando a todo el mundo.

Dicho de otra manera, enfrentado al reto de la adultez por su faceta más exigente, precisamente la paternal, Lee fracasa por completo. Nunca se introdujo en la adultez desde la aceptación ni desde la asunción de las renuncias que convocaba, de modo que lo afrontó como al niño que es. Como resultado, la vida termina pasando factura a sus seres queridos, abocándole a una culpa infinita. Incluso para superar la culpa, hace falta algo de una adultez que Lee no puede poner en juego, y es el hecho de ser consciente de la falta de esa madurez lo que hará que su progresiva transformación se trunque cuando aparezca de nuevo la duda sobre sí mismo:

"Manchester by the sea" / "Manchester frente al mar" (Kenneth Lonergan, 2016)

Hija: Can’t you see we’re burning?
Lee: No, honey. You’re not burning.

Fueron los demás, o los acontecimientos, los que le solicitaban que se recolocara de nuevo en la posición paternal. No en vano, es su hermano, antes de fallecer y sin informarle previamente, quien le cede la condición de tutor legal de Patrick. Es más, es este quien le pide a Lee que se instale en la habitación de su padre fallecido, es decir, que le “adopte”, que sea su tutor. Patrick no cesa de pedir implícitamente que alguien sustituya a su padre. Y, en efecto, Lee comienza a poner en juego esa transformación, incluso llegando a ser capaz de arrogarse la fuerza paternal para negar a Patrick algunos de sus deseos. Sin embargo, las dudas interiores, el fantasma que porta y que se manifiesta de nuevo con la pesadilla del “Can’t you see we’re burning?”, le hacen sentirse invadido por la sensación de niño y vuelve a comportarse como el niño que no ha dejado de ser.

¿Otro detalle que apoya esta visión? Cuando Lee se encuentra con su ex-esposa Randy, ésta le confiesa que aún le ama y que todas las cosas horrendas que le dijo, es decir, los reproches por la muerte de sus hijos, fueron tan solo una reacción puntual. De algún modo, Randy le dice que le ha perdonado y le pide que vuelvan a verse. Lee, sin embargo, no puede atender la petición de Randy, y no porque ya no la ame, pues tenemos indicios para pensar que sí lo hace, sino porque él aborrece la idea de volver a ser colocado en la posición paternal desde la que fracasó su mundo entero. Si hay una persona a la que siente que decepcionó en grado sumo, fue precisamente a Randy, la mujer para la que él sabe que no fue hombre suficiente. Y todo ello intuyendo que, al fondo de sí mismo, nada ha hecho emerger el hombre que faltó, sino el niño que se castiga. Él no acepta verse de nuevo colocado en esa posición, del mismo modo que terminará no aceptando la petición de su hermano y cediendo la paternidad simbólica sobre Patrick a otra pareja de adultos. Si no podía ser el “padre” de Patrick, ¿cómo serlo para el hijo que Randy ha tenido con otro hombre? Randy será siempre la mujer para la que Lee no fue suficiente padre. En otras palabras, Lee continúa huyendo de sus responsabilidades como el niño asustadizo que solo quiere salir corriendo, una postura, en el fondo, algo narcisista, pues sigue orbitando alrededor de sí mismo, y no alrededor de aquellos que le necesitan.

 

“Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”

Hay un momento en “Manchester by the sea” en el que el relato toma prestadas unas palabras muy especiales. “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”. Para quienes las conocen, los que conocen su origen, el relato se enriquece con unas nuevas consideraciones de lo más reveladoras. Freud recoge esas palabras en un sueño que analiza en “La interpretación de los sueños” (1900) perteneciente a un sujeto desconocido que había perdido a su hijo recientemente como resultado de una enfermedad. Ya fallecido el hijo, amortajado y rodeado de velas, es dejado al cuidado de un anciano mientras el padre se va a dormir. Sueña que su hijo, aún vivo, se acerca a él y le hace esa pregunta, “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”. El padre despierta, siente el resplandor que proviene de la habitación donde está el cuerpo de su hijo muerto y se percata de que el anciano adormecido no se ha dado cuenta de que el cuerpo se quema al caer sobre él una de las velas.

La intertextualidad es abrumadora, al punto de que no existe duda posible sobre la voluntad de Lonergan de aludir literalmente a este sueño que Freud analizó, tanto por la literalidad de las palabras, como por la coincidencia total de elementos como la muerte de un hijo o el efecto de las llamas. En su obra, Freud apunta la posibilidad de que “Padre, ¿es que no ves que estoy ardiendo?” pudieran haber sido las palabras de su hijo enfermo antes de fallecer, informando a su padre de que tenía una fiebre muy intensa. De algún modo, si bien el sueño satisfaría el deseo del sujeto de ver a su hijo de nuevo vivo, pondría en juego un cierto reproche por no haber sido capaz de salvarle, hasta el punto de haber cometido la negligencia de haber dejado su cuerpo al cuidado de un anciano incapaz. El reproche es la nota fundamental de esta historia que transcurre paralelo al sueño de Lee en “Manchester by the sea”.

Lee descubre que sigue siendo el niño no fiable que siempre fue, y vive la escena (onírica) en que sus hijas le reprochan no haber sido suficiente para ellas. ¡Demasiado para un niño que se siente arrasado por la culpa y que solo quiere evitar a toda costa ser colocado de nuevo en la posición de garante de ningún otro!

 

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  • Excelente análisis de una película que trata de escenificar la lucha contra el sentimiento de culpa que carcome por dentro al personaje. Solo quería aportar que existe un error en la alusión que haces en el siguiente párrafo: ” En la también francesa “León” (Luc Besson, 1994), un asesino a sueldo termina haciéndose cargo de una inocente niña de doce años a la que deja huérfana cuando él mismo asesina a su familia..” En dicha película quien asesina a la familia de la niña es el personaje Norman Stansfield interpretado por Gary Oldman, y es Léon quien se hace cargo de ella.

  • ¡Hola, Federico!
    Llevas razón en el error que comentas, ¡ya lo he corregido!, mil gracias.

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