¿Por qué “Moonlight” se merece el Óscar?

“Siente que estás en el medio del universo”. En el momento en el que Juan sujeta a Little en el océano y lo mece mientras le dice esta frase, bien puede merecerse ella sola todos los premios, porque verdaderamente hace sentir al espectador dentro del agua con ellos, sentirse otra vez una criatura en el vientre materno mecido suavemente en el líquido amniótico, mientras el universo gira a nuestro alrededor, esperando nuestra venida. “Moonlight” es una película contenida en todo momento, pero caminando como un funambulista entre lo tierno y lo agridulce, vidas duras y emociones a flor de piel. Cuando no quieres que acabe la película.

Si de algo nos sirven los premios cinematográficos es para generar debate y sacar a relucir manidas frases hechas con ningún sentido detrás, pero que en una conversación quedan muy bien. Así que no quedaría mal decir que tras la “resaca de los Óscars”, podemos empezar a hacer balance de lo que en esta edición han supuesto estos galardones; ya se daba por sentado que “La La Land” se iba a llevar un buen puñado de premios, pero que un error que ya ha pasado a la Historia, ha hecho que el “premio gordo”, el de Mejor película, vaya a manos de “Moonlight”, no sin antes dejar que por unos minutos los productores del musical saborearan las mieles del éxito, para pasar a la vergüenza de que les arrebataran el premio de las manos en pleno discurso y encima en directo y televisado. Y ya está, el debate está servido. ¿Se merecía “Moonlight” el galardón? ¿Se merecía “La La Land” tantas nominaciones?

Lo que no se puede negar es que detrás del musical de Chazelle ha habido mucha publicidad, muchísima. Parece que todo estaba orquestado, desde el inicio, a que fuera una película de premios. El anterior trabajo del mismo director “Whiplash” era tan redondo, tan pulido y tan bien interpretado, que las expectativas eran muy altas. Así que tiró por el camino fácil: metan en una coctelera a los actores de moda, números musicales resultones, una historia que nos deja sensación de déjà vu (chica que quiere ser actriz y trabaja de camarera, chico que quiere ser músico de jazz y actúa en garitos), una ciudad de Los Ángeles que a todos nos resulta familiar por tanto que la hemos visto en películas, una banda sonora tontorrona pero agradable al oído… y tenemos un perfecto combinado, con sombrillita y todo. Es de estas películas que a la gente le gusta aunque no la hayan visto, como “El padrino” . Pero sólo es eso. Si rascas un poquito, se le va el esmaltado, como a un juguete de plástico malo comprado en un bazar chino. Gene Kelly sentado en una silla y moviendo ligeramente un pie encierra más cinematografía que toda “La La Land” entera.

A Damien Chazele le premian su dirección, puede que por el número musical que abre la película (justificaciones que intento buscar), o más bien por el más que merecido premio por “Whiplash” que no se llevó. Esa ley no escrita de las compensaciones. Pero la mejor película ha sido “Moonlight”. ¿Qué nos ofrece “La La Land”? Aquí la vida está llena de clichés: las camareras ganan tanto que viven en unas casas maravillosas, van a fiestas “cool” y tienen coches híbridos; los músicos de jazz tienen vidas bohemias y atormentadas, como no puede ser de otro modo. Y todos son guapos, por supuesto.

Cuando terminas de ver “Moonlight” lo haces con una sonrisa, sonrisa por la historia tierna, sonrisa de satisfacción, ya que el ser humano, cuando está en el lodo, es capaz de levantarse y sobreponerse a todo. Estas dos películas bien podrían ser las dos caras de la misma moneda. Por una cara tenemos el buenrollismo y el glamour de Los Ángeles, y por otra tenemos los guettos donde sus habitantes sólo han tenido la mala suerte de haber nacido en la parte mala del mundo, o en este caso, de un país. En esta película, contada en tres capítulos, conocemos la infancia, adolescencia y entrada en la adultez de unos de esos niños a los que la vida no se lo ha puesto nada fácil, de esos que tiene la mirada esquiva y tímida pero con demasiadas vivencias para un cuerpo tan pequeño. El guión puede pecar de “inconcluso”, de no explicar ni terminar todas las tramas, pero también es algo de lo que adolece el binomio “guión maduro/espectadores inmaduros”, los que necesitan que se les ofrezca una película (o serie, obra de teatro…) mascada y hasta digerida; de lo contrario, no la entienden. Pero, ¿acaso en la vida terminamos todas las “tramas”? ¿Hace falta que se nos muestren todos los detalles? No, no hace falta. La gente tiene que sobreponerse a los hechos para poder sobrevivir; como se dice, la procesión va por dentro. Porque hay sociedades en las que los niños tienen madres yonkis y reciben palizas en vez de saturación de regalos. Donde se busca la felicidad y la tranquilidad vital trabajando en una cocina, o en la orilla de una playa. En “La La Land” los personajes tienen grandes ambiciones, su mensaje de “tus sueños se pueden hacer realidad” es una arma de doble filo, pues muchas veces la caída suele ser más dura.

A lo largo de “Moonlight” vemos parte del recorrido vital de Little: un chico tímido y sensible, con un entorno familiar difícil, y su desarrollo vital hasta convertirse en un hombre con el aspecto de Juan, el hombre que lo crió, pero con el interior de ese niño pequeño que, cansado de tanto acoso y maltrato, emprende el único camino que para él ha marcado el destino, el único que sabe tomar. Noten ustedes que no nombro aquí la temática homosexual que es bastante importante en la trama; de hecho una de las causas del bulling que sufre Little en el instituto es debido a su condición sexual. Pero la elegancia con la que está trata tratado el asunto hace que olvides si el amor es entre un hombre y una mujer, entre hombres o entre mujeres. El amor se vuelve universal, se vuelve redentor y esperanzador. Y por si fueran pocas las razones por las que esta película se merece todos los premios (y más) que ha recibido, hay que resaltar su maravillosa e hiriente banda sonora, subrayando cada escena para hacerla sublime.

El título de la película hace referencia al dicho de que los negros, a la luz de la luna, se ven azules. Y Blue no es sólo el apodo de Juan, sino ese sentimiento que sobrevuela a todos los personajes, pero cada uno vive como mejor puede. Y por eso la sonrisa que esbozamos al terminar la última escena, el “pellizco” de emoción que notamos en el estómago, se hacen muchísimo más valiosas. Puede que no nos sintamos mejores personas, pero tampoco vamos a salir del cine cantando y bailando. Simplemente saldremos con la satisfacción de haber visto un trabajo hecho con mimo y cariño, una película bien hecha, unos personajes de los que quieres saber más y les deseas lo mejor en la vida.

¿No es ese uno de los cometidos del CINE?

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