Naturaleza vs ciudad: a la búsqueda última de Dios

En la interpretación panteística, Dios y Naturaleza son lo mismo. El propio Spinoza defendía como tesis principal de su pensamiento la existencia de una única substancia que consta de diferentes atributos, como modificaciones o modos de dicha sustancia, negando de este modo la existencia de un Dios “moral” y creador. En paralelo, la ciudad representa la obra del hombre que ha logrado domar a la Naturaleza, imponerse sobre ella, modificándola para hacer más habitable o confortable la vida en la Tierra, en ese “gran teatro del mundo” del que hablaba Calderón de la Barca. A través del análisis del argumento de tres films vamos a repasar la idea de la Naturaleza como sinónimo de Dios y la de la ciudad como espacio artificial que nos aleja de esa misma Naturaleza, y, en última instancia, de Dios, si bien no desde la perspectiva religiosa de un Dios que “juzga” nuestro comportamiento, sino desde la de la esencia de la vida misma, desde un punto de vista, si se quiere decir así, más telúrico.

 

Stromboli, terra di Dio (1950)

¡Dios, ayúdame, por favor! ¡Dame fuerza, comprensión, dame valor! ¡Dios misericordioso! ¡Dios… Dios!

En la escena final de “Stromboli, terra di Dio”, Ingrid Bergman terminaba invocando el nombre de Dios con voz desgarradora, mientras un fundido en negro anunciaba el fin de la película. Rossellini diría respecto del final de “Stromboli” que “la expresión ¡Dios mío! es la invocación más simple, más primitiva, más común que pueda salir de la boca de una persona oprimida por el dolor; puede ser una invocación mecánica o la expresión de la verdad altísima. En un caso como en otro, es siempre la expresión de una mortificación profunda, que puede ser incluso el primer paso hacia una posible conversión”.

El argumento del film gira en torno a Karin, una mujer de origen lituano interna en un campo de refugiadas que desea emigrar a Argentina (representación aquí de la ciudad) y cuyo visado le es denegado, razón que la lleva a aceptar la proposición de matrimonio de un joven soldado pescador de la isla de Stromboli que la corteja, a donde ambos se trasladan. Allí Karin sufrirá una terrible decepción nada más desembarcar en la isla, donde se encuentra con un paisaje casi lunar, presidido por la silueta del volcán humeante, cuya lava se desliza por las laderas del mismo hasta el mar. Karin experimentará a lo largo del film un doble rechazo: por un lado, la naturaleza propia de la isla, escenario inhóspito donde apenas hay nada salvo algunas viejas casas y la presencia amenazante del volcán; por otro lado, acusará la actitud abiertamente hostil de parte de las mujeres de la isla, que pronto comienzan a mostrarle su desprecio. Karin se nos presenta como una mujer de clase acomodada, casada anteriormente con un arquitecto, que ve su suerte cambiada con el estallido de la 2ª Guerra Mundial. Se trata, pues, de una mujer culta, cuya educación europea choca de lleno contra la profunda religiosidad que atraviesa la conducta de las mujeres de la isla, que ven con malos ojos su actitud de mujer libre ante la vida. Es a causa de una de esas actitudes, precisamente, lo que provocará que Antonio, el marido de Karin, sea objeto de burla durante una noche por parte de los hombres del pueblo, que le gritan “¡Cornuto!” desde diferentes rincones, ocultos tras las ventanas. Antonio, tras propinar una paliza a Karin, la obliga a asistir a misa al día siguiente, ante las miradas cargadas de desprecio de los asistentes a la misma.

"Stromboli, tierra de Dios" (Rossellini, 1950)

Por su parte, Karin, desde el comienzo de su llegada a la isla hace manifestación de su ateísmo tanto en el hecho de retirar una imagen de la Virgen de la casa de Antonio mientras la decora como en las diversas conversaciones que mantiene con el párroco del pueblo, quien, no obstante, se convierte durante un tiempo en su único confidente en la isla. El cura le recomienda en todas las ocasiones que tenga paciencia y se encomiende a Dios, a lo que Karin le llega a responder que “Dios nunca me ha ayudado” o “Usted es despiadado como su Dios”, tras negarle el mismo la ayuda económica que Karin le solicita para huir de la isla. Karin en esa misma conversación con el párroco se refiere a su marido como un ser “primitivo, al que hay que hablarle como un niño”, poniendo de relieve la diferencia que la separa del mismo, tratándose ella de una mujer cultivada. Rossellini muestra así mismo las diferentes sensibilidades de Karin y Antonio a través de algunas escenas claves, como la compra de un hurón por Antonio, quien se ríe mientras aquél da muerte a un conejo que el propio Antonio le proporciona, escena a la que Karin asiste horrorizada, o la de la pesca de los atunes durante la jornada de faena de los pescadores, en el estilo inconfundiblemente neorrealista del director, que sirve una vez más de vehículo para mostrar, a través de la extrema dureza de las imágenes de la muerte de los atunes, la angustia que provoca en Karin el estilo de vida de los lugareños que han de encontrar el sustento en las difíciles condiciones de vida que impone la isla y que choca con su sensibilidad de persona educada en una gran ciudad.

Karin acaba convirtiéndose así en sujeto paciente de eso que Spinoza denominó las “pasiones tristes”, esto es, de todo lo que resta “potencia de acción” a la vida, como son la tristeza, la burla (por parte de los habitantes del pueblo) y la desesperación de la que es presa desde su llegada a la isla, que va poco a poco incrementándose como consecuencia de la hostilidad que representan respectivamente la propia isla y sus habitantes. El filósofo holandés en el siglo XVI ya hablaba entonces de la “culpa” y del “pecado” como categorías que envenenan la vida. Como bellamente describiría Deleuze, Spinoza (antes que Nietzsche), dibujó en su Ética “el retrato del hombre del resentimiento”, que odia la vida, se “avergüenza” de ella, “siempre ocupado en poner cercos a la misma, en mutilarla”. Los habitantes de la isla, así, atravesados por ese “resentimiento a la vida” aprendido de la religión, calificarán a Karin de “desvergonzada” en diferentes ocasiones en las que ella no alcanzará a comprender la razón o sinrazón de semejante descalificativo e incluso el cura le llegará a reprochar su “falta de humildad”, pidiéndola que se “humille” ante Dios, cercenando la posibilidad de “vivir” de Karin, que solo desea huir nuevamente a la civilización, lejos de la barbarie de la Naturaleza y de la Religión que representan la isla.

Tras un estallido del volcán que obliga a todos los habitantes del pueblo a buscar refugio durante una noche en barcas en el mar, Karin, que está embarazada, le anuncia a Antonio su intención de abandonar la isla, donde no desea criar a su hijo. Antonio la encierra en la casa y Karin pide ayuda desde una ventana al guardián del faro, personaje que ya hace su aparición en el comienzo del film en la barca que los transporta juntos hacia Stromboli. No sabemos si la condición de farero del hombre que rescata a Karin es simbólica o un mero recurso por tratarse de una persona extraña a los lugareños, que bajo ningún concepto prestarían ayuda a Karin en su empresa de huida. Sea como fuere, gracias a su intervención Karin logra abandonar el pueblo en dirección a otro que está situado al otro extremo del volcán, desde donde piensa tomar una lancha motora hasta Mesina. Para ello Karin ha de subir hasta la cima del volcán, momento clave de la película en el que Karin abandona durante su tortuoso trayecto el bolso y la maleta que lleva (únicos vestigios de su vida anterior en la ciudad) a causa del intenso humo gaseoso que desprenden las fumarolas del volcán, obligándola a enfrentarse a la fuerza superior de la Naturaleza, esa otra cara hostil de la isla junto a la de los lugareños.

"Stromboli, tierra de Dios" (Rossellini, 1950)

Karin es presa del agotamiento y de la desesperación ante la grandeza de los elementos que la rodean y cae rendida rogándole a un Dios en el que ella misma nunca ha creído que “si existes, concédeme un poco de paz, solo te pido un poco de paz”, momento en que Karin descubre con asombro la bóveda estrellada que es el cielo esa noche sobre la cima del volcán. Karin cae en un profundo sueño exhausta y se despierta al día siguiente con la calidez de los primeros rayos del sol en su rostro, en un hermosísimo plano, momento en el que en voz alta y tranquila observa: “La naturaleza es misteriosa”, mientras pasea la mirada sobre el paisaje que la rodea, en una toma de conciencia de estar en presencia de una fuerza superior. Karin decide retornar hacia el pueblo de su marido, pero se detiene nuevamente a medio camino para gritar que no desea volver: “Son horribles, todo es horrible. Ellos no saben lo que hacen. Pero yo soy peor”. En un final deliberadamente abierto, donde no llegamos a saber lo que el destino depara a Karin, ésta invoca el nombre de Dios, no se sabe muy bien qué Dios, si el del catolicismo de los habitantes del pueblo, llevando a cabo ese primer paso hacia una conversión a la que aludía en sus propias palabras Rossellini, o una presencia universal origen de todas las cosas, esa substancia primera y original de la que nos hablaba Spinoza, de la que todas las criaturas somos una extensión de la misma.

 

Cegados por el sol (2015)

En esta cuidadosísima película (donde cada plano, la música, el vestuario, los diálogos, están calculados con la precisión de la maquinaria de un reloj suizo), muy libre adaptación del film de Jacques DerayLa piscina” (1969), el escenario natural (la isla italiana de Pantelleria) cobra una importancia vital en todo el desarrollo del film como agente catalizador-transformador de las pasiones y afectos que recorren a cada uno de los protagonistas, en detrimento del otro (supuesto) escenario artificial del que toma prestada su idea esta cinta como eje principal (la piscina de la villa).

"Cegados por el sol" (Guadagnino, 2015). Derecha: "El pecado original" (Masolino, 1425)

“Cegados por el sol” (Guadagnino, 2015). Derecha: “El pecado original” (Masolino, 1425)

El film se inicia con una imagen que nos hace pensar de inmediato en un contacto pleno y directo con la Naturaleza, a través de dos de sus personajes, Marianne y Paul, los cuales se nos presentan tomando el sol desnudos alrededor de la piscina de una villa, y que remite directamente al pasaje del Génesis del Paraíso donde Adán y Eva se encontraban igualmente desnudos. La plácida tranquilidad en la que ambos protagonistas se encuentran durante su estancia vacacional en la isla se ve interrumpida por la llamada de un antiguo amigo de ambos, Harry, que les anuncia su inminente llegada a la isla, arribo que se asocia con la aparición del Demonio en el Paraíso, y que queda simbólicamente recogida en el propio film con la imagen de una culebra que repta por el suelo cercano a la piscina. En el relato bíblico, Adán y Eva son expulsados del Paraíso tras comer el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, y a partir de entonces deberán cubrir sus cuerpos, al tomar conciencia de su desnudez y del sentimiento de vergüenza que hasta ese momento desconocían. Del mismo modo, Paul, la pareja de Marianne, le anuncia a ésta que, con la llegada de sus nuevos huéspedes (Harry se presenta con una hija adolescente), ya no podrán “volver a andar desnudos por la casa”. En este punto acaban las referencias a la idea de un Dios que “en el principio era el Verbo” (paradójicamente, el personaje de Marianne no puede hablar debido a una operación de garganta consecuencia de su profesión de cantante, en paralelismo al personaje del hijo mudo del protagonista de “Sacrificio” de Tarkovski, que solo tras el sacrificio efectuado por su padre consigue recuperar el habla, citando precisamente esas mismas palabras del evangelio de San Juan), a un Dios creador y ante el que se dará cuenta en el Juicio Final de todas nuestras acciones, para ceder todo el protagonismo a la Naturaleza que representa la isla en su conjunto. Solo hacia el final de la película se retomará el tema de la vergüenza y de la culpa como sentimientos desconocidos hasta ese momento, de los que tomará plena conciencia Penélope, la hija de Harry, justo en el momento en el que se produce su partida de la isla, y que podría asociarse en clave veterotestamentaria a la Expulsión del Paraíso tras haber comido el fruto prohibido (su encuentro sexual con la pareja de Marianne) y, tras “ingerirlo”, el conocimiento de la diferencia entre el Bien y el Mal. La presencia de Penélope (junto a su padre) va a suponer el otro elemento desequilibrador para la pareja formada por Paul y Marianne, debido a su actitud desafiante y su aspecto directamente emparentado con la Lolita de Kubrick (ambas lucen unas ingenuas gafas de sol que les otorga un aspecto a la vez aniñado y un aura de sensualidad), al crear una atmósfera de tensión sexual reprimida en relación a la pareja de Marianne, Paul, y que viene así a compensar a su vez la existente entre Marianne y Harry.

"Cegados por el sol" (Guadagnino, 2015)

Así, lo que comienza siendo una incómoda y, en ocasiones, cómica visita por parte de unos huéspedes (no invitados), cuya aparición se asocia en diversos momentos con la de los reptiles o animales rastreros y, por tanto, del Mal desde un punto de vista iconográfico (la culebra al comienzo del film y el lagarto que cae sobre la mesa donde cenan los cuatro protagonistas tras una jornada donde han tenido lugar respectivas infidelidades por parte de la pareja protagonista, como consecuencia directa de la incitación a la que son sometidos por parte de Harry y su hija), se troca en tragedia, siempre con la Naturaleza de la isla actuando como fondo o decorado y tramoya de la obra (el sol ardiente, el sonido incesante de las chicharras, el viento pesado cargado de polvo rojizo del Sáhara o las laderas de las montañas con terrazas de vides plantadas). La contenida tensión entre los cuatro personajes acaba estallando en el final del film de la manera más brutal y terrible con la muerte violenta de uno de los personajes, precedida de una bella escena mientras éste efectúa sus últimas brazadas en la piscina al ritmo del aria titulada “Une, due, tre, quattro” del Falstaff de Verdi.

"Cegados por el sol" (Guadagnino, 2015)

El aire cálido de la isla, proveniente de África, (siroco) es un elemento natural presente a lo largo de la película, como premonición de la tormenta que conlleva, la cual estalla (en sentido literal y simbólico) al final del metraje, tras la despedida de la pareja de la hija de Harry en el aeropuerto; un elemento que recuerda en algunas escenas al polvo que constantemente azotaba en el rostro a los protagonistas del “Gatopardo” de Visconti. “Cegados por el sol” se configura, en definitiva, como una película donde las texturas de la Naturaleza se hacen palpables, casi táctiles al ojo del espectador, escenario salvaje que invita a los protagonistas a que desaten las pasiones más elementales del ser humano, a saber: El amor, el odio, los celos. Afectos la mayor parte de ellos inscritos en el repertorio de pasiones tristes de las que Spinoza nos hablaba, para dar paso, no obstante, a la alegría y a cierto grado de esperanza al final de la película, cuando se concede a la pareja formada por Marianne y Paul, tras el fin de la investigación policial, la posibilidad de poder abandonar la isla y olvidar, con ella, todo lo ocurrido: El lado más salvaje y primitivo del ser humano, la cara que le aleja de la civilización. En estos dos personajes no media la culpa o el arrepentimiento (sí la desesperación), sino tan solo el alivio de poder “olvidar”, cuyo alcance depende del regreso a la ciudad, momento auspiciado por las palabras del comisario de policía, cuando grita a Marianne antes de dirigirse ésta a su vehículo donde la espera Paul preso del pánico: “¡Señora! ¡Usted es buena persona! ¡Váyase a casa!”.

 

Rocco y sus hermanos (1960)

Me explicaba que allá en nuestra tierra, la gente vive casi como los animales, que solamente conocen el trabajo y la sumisión. Pero en cambio, todos ellos viven sin tener que servirse de los demás y sin olvidarse nunca de sus propios deberes. Pero Simone lo olvidó. Y por eso ha tenido el fin que ha tenido. Un mal fin.

Con estas palabras Ciro, uno de los protagonistas del extraordinario film de Visconti, dirigidas a su hermano Luca (aún un niño), el director realiza un breve pero preciso resumen de la historia que cuenta “Rocco y sus hermanos”.

Rocco (Alain Delon), junto a su madre Rosaria y otros tres hermanos (Simone, Ciro y Luca), abandonan la región rural de Lucania tras la muerte del padre para instalarse en Milán, donde reside otro de sus hermanos, Vincenzo, quien trabaja en la construcción y que al tiempo practica boxeo en un gimnasio, lo que servirá para que Simone y Rocco comiencen a entrenar también en el mismo. Un promotor se fija en Simone e intenta convertirlo en una estrella del boxeo, mientras Rocco alterna los entrenamientos con un trabajo como repartidor en una tintorería regentada por una viuda. Vincenzo, por su parte, forma una familia con su prometida Ginetta (Claudia Cardinale), mientras Ciro estudia en la escuela nocturna para trabajar como ingeniero de coches y Luca realiza recados ocasionales. De este modo, la ciudad de Milán se configura aquí como el espacio, el lugar idóneo elegido por Rosaria para que sus hijos puedan labrarse un futuro con mayores posibilidades, en oposición a la escasez de oportunidades que representa el ámbito rural.

"Rocco y sus hermanos" (Visconti, 1960)

La idea de ciudad, simbólicamente aparece unida en su fundación a la figura de Caín (es bien conocida la historia según la cual éste dio muerte a su hermano, Abel, y, tras ser maldecido por Dios a errar como un vagabundo, fundó la ciudad de Henok); supone, pues, la misma un signo de sedentarización de los pueblos nómadas, siendo tradicionalmente las ciudades cuadradas, símbolo de la estabilidad, frente a los campamentos o tiendas nómadas que suelen ser circulares, símbolo del movimiento. Más modernamente, la ciudad es uno de los símbolos de la madre: del mismo modo que la ciudad tiene a sus habitantes, la madre contiene en sí a sus hijos (Chevalier). En la historia de “Rocco y sus hermanos”, es la madre de éstos (interpretada por la extraordinaria actriz griega Katina Paxinou), la que siempre ha deseado abandonar el pueblo donde se dedicaban al campo todos ellos, y emigrar a la ciudad en busca de un futuro más próspero para ella y sus hijos.

Simone, el más débil de carácter de todos los hermanos, pronto se enamora rendidamente de Nadia (excelente Annie Girardot), una antigua vecina de la casa donde viven Rosaria y sus hijos, quien ejerce la prostitución. Nadia, a pesar de su baja extracción social, es una mujer sofisticada y alegre, una auténtica superviviente. Nadia le relata a Simone como, con tan solo trece años, conoce a un vecino de profesión dentista al que acaba visitando por las noches para poder huir de la casa donde vive afinada con otros parientes: “Una mejoría. Solo estábamos dos en una cama”. Simone no consigue despegar su carrera como boxeador debido a su carácter inconstante y comete el robo de una joya perteneciente a la dueña de la tintorería donde trabaja su hermano Rocco, para poder seguir encontrándose con Nadia. Ésta le devuelva la joya a Rocco y le anuncia su marcha de la ciudad durante un tiempo, para que le transmita el recado a Simone.

"Rocco y sus hermanos" (Visconti, 1960)

Por su parte, Rocco se reencuentra tiempo después con Nadia, e inicia con ella una relación sentimental, mientras ésta trata de obtener un título como mecanógrafa y poder abandonar así la prostitución. Simone es informado de los encuentros de Nadia y Rocco y una noche, en compañía de unos amigos, van en busca de ellos, donde tiene lugar una terrible escena en la que Simone viola a Nadia delante de Rocco. De este modo, Nadia queda humillada y destruida moralmente ante Rocco. Después de este trágico suceso, Rocco le pide a Nadia que vuelva con Simone. Ahora es consciente del amor desesperado que profesa su hermano por Nadia, y en un acto de sacrificio, Rocco elige renunciar a continuar con ella para despejar el camino que permita a su hermano encontrar la felicidad con Nadia: “Solo tú puedes ayudar a Simone”, le dice a la misma en un último encuentro entre ambos en el hermoso tejado de la catedral de Milán, repleto de elaboradas agujas y esculturas.

Rocco inicia su carrera como boxeador profesional obteniendo su primer éxito, mientras Nadia regresa con Simone, quien, bajo la promesa de mantenerla, llega a instalarla en la casa que habitan su madre y sus hermanos, desafiando así Simone a toda su familia que asisten escandalizados a su actitud de provocación dada la condición de prostituta de aquella. Nadia, al cabo de seis meses, tras una encendida discusión con Rosaria, abandona la casa tras aparecer la policía en busca de Simone, el cual ha sido denunciado por cometer un nuevo robo en casa de su antiguo manager. “Simone ya ha tocado fondo. Y ha sido por mí. Yo lo quise así. Ahora me voy contenta. Y dele a Rocco la noticia. Que comprenda a quien me ha sacrificado”, le dice desafiante Nadia a Rosario antes de recoger sus cosas y marcharse. Rocco, al tiempo que tiene lugar esta escena, y al objeto de salvar a su hermano de la cárcel, se compromete a pagar la importante suma de dinero sustraída por Simone a cambio de firmar con su entrenador una gira mundial como boxeador. Simone, huido, tiene noticias del paradero de Nadia y se dirige en su busca una vez más. Ésta le expresa su rechazo con duras palabras que Simone no puede soportar y da muerte con una navaja a Nadia en una terrible escena con sucesivos apuñalamientos.

En casa de Rosaria se celebra la última victoria en el ring de Rocco, en una cena donde están presentes todos los hermanos excepto Simone, el cual continúa huido. En el momento del brindis, Rocco pronuncia un emotivo discurso: “Vendrá un día, que aún está lejano, en que volveré al pueblo. Y si no me fuera posible a mí, tal vez alguno de vosotros podrá volver a nuestra tierra. (…) esa tierra nuestra, es la tierra de los olivos, del cielo azul y del arco iris. (…) cuando el albañil empieza a edificar una casa, tira una piedra sobre la sombra del primer caminante que pasa por allí. Porque hay que hacer una ofrenda para que la casa se levante sólida”. Estas palabras contienen un velado mensaje en alusión al sacrificio que Rocco ha tenido que realizar por su hermano. Simone se presenta en la cena inesperadamente y confiesa a su familia el crimen que acaba de cometer. Ciro huye en dirección a la comisaría con la intención de denunciar a su hermano, en contra de la voluntad de su madre y Rocco, quien, una vez más, trata de salvar a su hermano: “Óyeme bien, Ciro. Yo no creo en la justicia de los hombres, pero no nos corresponde a nosotros juzgarle. Sólo tenemos que ayudarle, ¿me oyes? ¡Ayudarle!”. A pesar de esta desesperada súplica de Rocco, Ciro acude igualmente a la policía y días después Simone es finalmente arrestado. El film concluye con el anuncio de este hecho por parte de Luca a Ciro, quien termina dando la réplica a su hermano menor: “Simone antes tenía las raíces sanas. Pero se las envenenaron las malas plantas y menospreció la excesiva bondad y generosidad de Rocco. (…) Tú sólo algún día” (en alusión a la posible vuelta al pueblo por parte de Luca). “Pero encontrarás aquello distinto. Porque incluso allí los hombres están aprendiendo que el mundo debe cambiar“.

Visconti recoge en esta especie de alegato final el mensaje de un mundo que está en cambio, con el auge de la industria en las ciudades y el progresivo abandono del campo, acorde a los nuevos tiempos. La ciudad representa en el film de Visconti un ramillete de oportunidades para Rocco y el resto de sus hermanos, excepto para Simone, “la semilla con gorgojo” (en palabras de Ciro), quien sucumbe a los vicios que la vida en la ciudad también facilitan: el dinero rápido, el alcohol, el sexo. Babilonia la Grande, la antítesis de la Jerusalén de lo alto, la que atrae la muerte y las maldiciones. Simone, “el que era el mejor de todos” en palabras de su madre, comete robo, violación y asesinato tras su arribo a la ciudad. Rocco es el único de los hermanos, que, a pesar del éxito obtenido, no solo no lo ha buscado sino que lo consigue en contra de su deseo más íntimo: paradójicamente, el regreso al campo, a la tierra natal. La ciudad se revela para él como un lugar a donde no siente que pertenece, donde no ha nacido. Su bondad natural se asocia a su tierra natal, a la que le ha visto nacer y crecer, si bien se ve despojado hacia el final del film de cualquier esperanza ante el infructuoso sacrificio (ofrenda continua) que efectúa en favor de la salvación de su hermano Simone (primero renunciando a Nadia y después consagrando su oficio para saldar la deuda resultante del robo al antiguo manager de Simone), desesperanza como consecuencia directa de la inevitable entrada en la cárcel de su hermano. Simone debe pagar finalmente por todas sus malas acciones y lo ha de hacer cumpliendo la justicia de los hombres, justicia en su vertiente terrenal. El resto de hermanos, Vincenzo y Ciro, son los que mejor logran adaptarse al nuevo medio, mientras Luca representaría la posible vuelta al campo (en la escena final se cruza en su camino con unos obreros que se dirigen a la fábrica, mientras aquel corre en dirección contraria, hacia su casa) pero presumimos que en su regreso a la tierra natal encontrará un sitio que también habrá tenido que cambiar para garantizar su supervivencia, tal como le profetiza Ciro.

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