“Political Animals”: Un mero escenario político para una historia familiar

Una miniserie ligerita no demasiado interesada en el mundo de la política pero sí en la vida familiar de sus protagonistas, y bien apoyada en el morbo de desvelar la intimidad política de la familia Clinton.

En pleno auge de series de televisión de temática política, con el éxito de “House of Cards”, “Boss” o la recientemente celebrada “Scandal”, aparece una nueva propuesta de carácter político aunque en formato de “miniserie”. Political animals” apenas tiene seis episodios para contar una historia que aunque sí contiene una carga política de pretensiones de altura, su objeto principal de narración es más de bien de corte familiar. Diríamos que la serie versa en el fondo sobre las familias que han pasado por la Casa Blanca, como explica su creador Greg Berlanti, así como su frecuente empeño por volver al poder. Lo cierto es que quiénes busquen en “Political animals” una historia de carácter político con aires de gravedad se verán irremediablemente decepcionados.

La serie busca en todo momento un equilibrio sano entre la parte familiar del guión y la parte puramente política, que a su vez se divide entre el día a día del trabajo como secretaria de estado de la protagonista “Elaine Barrish” (Sigourney Weaver) y sus crecientes aspiraciones a la presidencia de los Estados Unidos. Este equilibrio, sin embargo, se rompe a menudo y siempre a favor de la parte familiar. Es decir, “Political animals” nunca pierde de vista que su verdadero tema de análisis es el impacto que la parte política tiene en la vida personal de sus personajes, cómo afecta a sus debilidades, cómo sienten la presión mediática y se han acostumbrado a ella, cómo se integran profesionalmente en una unidad cuya pretensión final es la de recuperar la Casa Blanca. El resto de la historia en donde los acontecimientos políticos marcan el ritmo, no es más que una excusa, un escenario, para ver a dicha unidad familiar desenvolverse a medias entre sus características personales naturales y aquella parte de ellos que sólo quiere volver a estar al frente del poder. La parte familiar tiene preferencia cualquiera que sea el acontecimiento político que la serie ponga en escena, aunque éste pueda ser el más terrible que podamos imaginar en materia política. Y es por este motivo por el que, como decíamos, “Political animals” no es exactamente una serie de política ni pretende acercarse a otras series cuya trama sí responde a la de una lógica puramente política. Los fans de “House of Cards” tendrán la sensación de que la serie no tiene la calidad esperada, cuando en realidad es que la calidad que pueda tener hay que buscar en áreas en donde aquélla no era tan diligente.

Political Animals

No deberíamos continuar sin aludir a que, por mucho que a su creador, Greg Berlanti, lo niegue, las vidas de los personajes de “Political animals” tienen demasiados puntos en común con la historia de la familia Bill – Hillary Clinton: Él, expresidente. Ella, secretaria de estado, puesto obtenido tras haber perdido unas primarias demócratas. Él, mujeriego con un affair en plena presidencia. Ella, en eterno debate para suceder al presidente. Alguno incluso apuntará ciertas comparaciones entre el carácter pusilánime de la política del presidente de USA en la serie y el resultado de la política de Obama tras muchos proyectos no tan exitosos como se esperaba. Es evidente que este paralelismo entre la realidad y el argumento de la serie juega a favor de ésta explotando una lógica morbosa que promete desvelar el cómo y el porqué de un escenario que tiene más de “real” de lo que podría asumir para ser, simplemente, una historia de ficción. El morbo se multiplica, además, por dos motivos: En primer lugar porque las decisiones políticas y/o personales de Hillary Clinton en la realidad han requerido de abundantes explicaciones para poder ser trasladada a una audiencia (electoral) de forma creíble, en forma de relato (“storytelling”), de modo que guarde la coherencia necesaria para poder dar base a posibles y grandes decisiones que puedan venir en el futuro. Y segundo porque la cuestión sobre las posibilidades de que Clinton decida presentarse a unas primarias en la vida real para lograr la designación demócrata de cara a las elecciones de 2016 coincide en tiempos con la presentación de “Political animals”, que aborda plenamente el asunto desde una óptica interior y familiar.

De hecho, la serie también reproduce el final del período de Clinton al frente de la Secretaría de Estado explicando en la “ficción” que ello no obedecía sino a una táctica de preparación de una posible campaña demócrata para afianzar la GRAN noticia tras el final del período Obama.

Sin embargo, la parte menos valiosa de “Political Animals” puede ser, precisamente, la que se postulaba como su principal escenario: el familiar. La serie no plantea situaciones que desborden lo más tópico y cotidiano cualquiera que sea la parte del guión que abordemos. Incluso se alimenta de una historia de adicción al alcohol que afecta a uno de sus hijos y que se plantea, se desarrolla y se resuelve con perfecto arreglo al más tópico de los relatos de alcoholismo que hemos visto hasta la saciedad en el cine/TV y que llevará a los demás miembros de la familia a reaccionar de formas totalmente predecibles. Y aún tiene espacio para tópicos de poco vuelo como una “abuela espabilada y pizpireta”, “una novia con bulimia” y el sempiterno cruce emocional entre un político y una periodista desarrollado con escaso esmero. Se argüirá que el escaso metraje (apenas 6 episodios) de “Political animals” está detrás de esta cierta ligereza con la que se abordan la mayoría de los asuntos pero hay que tener en cuenta que otras miniseries con menos capítulos alcanzaron una enorme dignidad y profundidad en sus relatos, como es el caso de “Treme” que incluso tenía un capítulo menos en su primera temporada. Por otra parte, la duración del metraje, así de escaso, fue una de las decisiones que el creador de la serie tomó y defendió frente a la cadena de TV que tenía interés en prolongar la historia.

En lo que respecta a la parte política, es imposible no encontrar algunos errores en común con la serie “Scandal”, creada por Shonda Rhimes y protagonizada por Kerry Washington. O más que errores, quizás sean “limitaciones propias”. Como decíamos analizando “Scandal”, los acontecimientos políticos narrados son, puestos en palabras, de un calado inmenso, aunque su puesta en escena y su desarrollo audiovisual carecen del tono digno y verosímil para resultar valioso. El espectador tiene en todo momento la sensación de que el devenir de los acontecimientos ha tomado una dirección tal que todo el conjunto carece de verosimilitud y que ha perdido las riendas de una historia que ya sólo se alimenta de bocados de sí misma en descenso hacia una suerte de culebrón sin barandillas donde todo es posible y ya nada importa. “Political Animals”, además, frisa esta situación en apenas 6 episodios con acontecimientos políticos que la lógica recomendaría desarrollar en mucho más tiempo y con un calado personal en los personajes de mayor seriedad.

Carla Gugino en Political Animals

Para terminar, y en la línea de lo que hemos venido observando en los análisis de series de TV de carácter político, Political animals” tampoco retrata al gremio periodístico como uno fiel a sus principios morales. La prensa aparece aquí representada por un trío de personajes a cada cuál más imperfecto en su condición profesional. El personaje más importante de ellos es el de Susan Berg, interpretado por Carla Gugino, cuya trayectoria profesional parece haber alcanzado sus logros mayores explotando negativamente la imagen de Elaine Barrish en una especie de cruzada justiciera y obsesiva impropia de un periodista que debe buscar la objetividad. Además, termina explotando sus relaciones personales para su beneficio periodístico protagonizando una maniobra del todo inmoral. Puede que su personaje tenga un lado pedagógico del buen periodismo pero éste no termina incorporándose a sus costumbres profesionales. Quizás su personaje no sea tan vehemente como el de Zoe Barnes en “House of cards”, pero están definitivamente emparentados, y no lejos del Sam Miller de “Boss” cuyas prácticas inmorales le cuestan el puesto de director del periódico “Sentinel”.

En definitiva, una miniserie de acontecimientos político-familiares que requerirían 3 temporadas, concentrados en sólo 6 episodios, a punto de perder el control de la historia y cuyo interés se reduciría mucho si Bill Clinton no hubiera hecho en el Despacho Oval otra cosa que… trabajar.

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