Por una cinefilia al margen de la calidad

¿Qué es una buena película? ¿Quién posee la vara de medir la calidad fílmica? ¿Y si aquello que hace al cine tan valioso sobrevivieraigualmente al margen de los criterios convencionales de CALIDAD?

Del “LA” al “UNA”

Hay un momento en la diacronicidad de toda cinefilia verdadera (y a menudo también en la impostada) en la que uno comienza a sospechar que LA vara de medir de Hollywood es solo UNA vara de medir. Evidente para cualquier adulto, para todo cinéfilo de cierto recorrido, pero sorprendente para quien llega a esta idea por primera vez, ¿no es cierto? Descubrir no solo que LA vara no es más que UNA vara suele ir acompañado de la universalización del UNA sobre el LA para cualquier faceta de la vida, poniendo así en marcha un proceso de relativización de todo ídolo que marca el comienzo de una cierta adultez crítica. Por si uno no llega solo a este aprendizaje, siempre ha habido movimientos críticos con los Oscars que han señalado sus defectos, e incluso algunos que se han instalado en el cuerpo mismo de las películas. Recordemos aquella caricatura que el inclasificable de Mike Myers hacía en “Wayne’s World” (1992) de las escenas para el Oscar” (“Oscar clip” en la versión original), en las que forzaba e impostaba el tono de sus recursos cinematográficos para imitar en falso los lacrimógenos finales de las películas más oscarizadas. De un modo u otro, siempre ha existido la propuesta de no adoptar el criterio de UNOS como el criterio de TODOS, y escabullirnos ágilmente de la oficialidad de la CALIDAD que excluye tanto y tan valioso.

No obstante, los Oscars, con su poderosa parafernalia mediática con cargo al mejor “publicity” hollywoodense sigue ostentando, lamentablemente, la posición más próxima a esa oficialidad de la que proponemos huir con tanta vehemencia. La sospecha de parcialidad y el deseo de hacer de ese LA un mero UNA, sigue sin ser suficiente. Aquí hemos defendido alguna vez la de los festivales de cine como una actividad alternativa que serviría para poner en valor otro tipo de cine, más descentrado, y que además suele permitir a cierta cinefilia participar de la organización política y cultural de los certámenes. No obstante, los festivales, y señalando algunas impresionantes excepciones, no consiguen que sus criterios compitan en cuanto a oficialidad de calidad con el parangón hollywoodense. Será por el “hype”, será por el brillo excelso de su alfombra roja, por su “publicity” a pleno rendimiento, por el fulgor de sus estrellas… pero el caso es que la noche de los Oscars sigue siendo la más esperada en el calendario anual del cine, y sus (des)doradas estatuillas las más deseadas por los protagonistas de este arte. Y si somos capaces de localizar ese único menoscabo en el fulgor de Hollywood, seguramente lo relacionaremos más con la senescencia del cine en general, que con la de Hollywood en particular.

 

La impostura de la calidad cinematográfica hollywoodense

Sin embargo, retomemos, aunque solo sea un momento, la pregunta que nos hacíamos al principio: “¿Qué es una buena película?”. ¿Lo tenemos claro? En realidad, la cuestión no es nada baladí pero, de hecho, sería complicado alcanzar un acuerdo sobre ello. Habría numerosos puntos de abordaje de la cuestión, desde lo poético, lo literario, lo musical, lo puramente cinematográfico, etc.: Un pequeño caos que nadie emprende en términos oficiales pero que los Oscars se arrogan apuntalando su oficialidad con su incontestable capacidad mediática.

Una falsa oficialidad que, si somos sinceros, reconoceremos que lleva toda la vida condicionando en alguna medida nuestra programación cinéfila. Les hagamos más o menos caso, e incluso allí donde uno muestre su animadversión por los Oscars, que solo vendría a confirmar la influencia original, el listado de las nominaciones y su lista de premiados cuela entre nuestro mapa de películas del momento algunas de las más sonadas, de las más nominadas, de las más galardonadas. El histórico listado de los premiados se convierte inmediatamente en un listado de films que los cinéfilos no pueden dejar de ver, siquiera para poder menospreciarlas después. Y esta es una de las maneras cómo Hollywood construye esa ilusión de oficialidad en la calidad cinematográfica que nadie como él sabe poner en juego.

Sucede, además, que las distribuidoras suelen planificar sus películas más oscarizables en la parte final de la temporada, la más próxima al período en que los miembros de la Academia ejercen su derecho al voto, en la confianza de que la reminiscencia dejada por el visionado de sus películas juegue a su favor llegado el momento de votar. Así, a finales de cada año aparecen, como de la nada, de repente, unas cuantas películas envueltas en una (des)medida campaña de publicidad y relaciones públicas que las hace comparecer como “un fenómeno cinematográfico histórico”. Si, además, consiguen una buena cantidad de nominaciones, la campaña se dispara, la publicidad vuela y los espectadores se preguntan ¡cómo han podido tardar tanto tiempo en descubrir una película llamada a convertirse en una de las más importantes de su vida! Nadie como Hollywood consigue este efecto. La ola publicitaria es imparable y las nominaciones envuelven a la película generando un efecto extraordinario de “acontecimiento cinematográfico”. La “ilusión” publicitaria es enorme y la capacidad de los espectadores para determinar de forma crítica la calidad de la película, al menos la que ellos miden, la que ellos le atribuyen, disminuye alarmantemente. En 1998, los espectadores pensaban que las 14 nominaciones a los Oscar de “Titanic”, un hecho histórico, hacían de ella una de las mejores películas de la historia del cine,  pero ¿quién lo piensa ahora? En el mismo año, “Shakespeare in love” logró 13 nominaciones, pero nadie la consideraría hoy una de las mejores películas de la historia del cine. Ni siquiera “Ben-Hur” (1959) consiguió tantas nominaciones como “Shakespeare in love”, pero no parece haber duda sobre la relevancia cinematográfica de una y otra, ¿no les parece? No obstante, la máquina mediática de Hollywood sabe crear esos “momentos” especiales, esos escenarios cinéfilos en los que ciertos títulos son encumbrados con una furia histórica que tan solo sirve, en realidad, a los propósitos de su propio marketing. ¿No les parece que algo de esto está sucediendo con el estreno de “La la land” (2016)?  Hollywood va, así, dejando su estela de películas premiadas como el ranking más “oficial” de calidad cinematográfica: Una ilusión, un efecto para los ojos del cinéfilo deslumbrado por el brillo glossy de un industria.

Peor aún: Dimanando de ese deseo de introducir en esa estela de gloria el título de sus películas, productores y directores han ido cincelando, con el paso de los años, un estilo “Oscar” de hacer cine, bien reconocible ya por todos, en donde ciertos “lugares comunes” de manida escritura fílmica suelen ser recompensados con las estatuillas doradas. El uso intensivo de estos recursos, precisamente esos de los que el inefable de Mike Myers se burlaba en “Wayne’s World” con su “Oscar clip”, sirve al mismo tiempo para lograr el Oscar y aumentar la probabilidad de ser encumbrada como “fenómeno cinematográfico del año”, pero también, bajo cierta perspectiva histórica, termina socavando su reputación final en comparación con el resto de películas en lo más alto del ranking histórico cinéfilo.

Hoy, mantener la condición de film histórico a largo plazo, si es que eso es posible, exige pedalear sin ruedines, sin trucos, sin “gestos ensayados”. Y, de hecho, ¿no sentimos una cierta animadversión contra esas “escenas para el Oscar” y esos recursos manidos de impostada sensibilidad? ¿No terminamos, con el tiempo, rechazando esos “trucos emotivos” como un trampantojo emocional que cubren con su efectismo cinematográfico la ausencia de oficio y de auténtico arte? Y, esos recursos, ¿no es precisamente Hollywood, no solo el lugar en donde más se localizan, sino donde más se premian con sus famosos premios Oscar? Visto así, ¿no son Hollywood y sus Oscars el reflejo exterior de un autocriterio creado para sí mismo y por sí mismo para seguir consumiendo su propio artificio? ¿No les parece, entonces, que este “juego de la calidad” es, en realidad, una forma pretenciosa y escondida de simple postureo?

 

Por una cinefilia al margen de la calidad

Visto así, y apartando la habitual y consabida voracidad capitalista, pareciera que parte del error no es Hollywood en sí, sino el deseo de colocar la calidad en el centro de la cuestión. Allí donde lo intentemos, aparecerá su impostura, es decir, el discurso de quién grita para arrogársela o de quien tan solo grita sin más. Sin embargo, ¿cómo de importante es la calidad? ¿qué es la calidad cuando hablamos de cine? ¿De verdad necesitamos establecer un criterio de calidad cinematográfica? Sabemos que es complicado y que las tareas difíciles no deben disuadirnos, pero tampoco conviene emprenderlas sin saber por qué. ¿A dónde queremos llegar observando el criterio de la calidad? ¿Por qué no ensayamos una forma alternativa de entender el valor del cine? Y, por cierto, que nos exima, si es posible, de los vendedores de estatuillas y de las emanaciones del mercado. No, no hablamos de “cine socialista”; nuestro punto de abordaje pretende ser artístico y psicológico, no político.

¿Recuerdan esa película que les impactó para siempre cuando eran niños? Seguro que tienen una, dos o tres películas en mente, algunas de las cuáles, quizás, ni siquiera sean muy conocidas. Algunos de ustedes querrían que lo fueran, para poder compartirlas más a menudo con otras personas, para poder compartir el arrasador efecto que produjeron en su interior. De eso están seguros, ¿verdad?, de que verlas les produjo un efecto inolvidable, algo más allá de lo cotidiano, que les hizo sentirse desbordados de sí, que les mantuvo recordando la película durante semanas y cuyo efecto siempre tienen la esperanza de volver a sentir cuando ven cine (algo de un “objeto perdido” parece jugarse en ello, ¿no es cierto?). Sería difícil ponernos de acuerdo en si aquello que les sucedió fue mérito de la película solamente, de ustedes, o de ambos, pero lo que está claro es que hay películas con el potencial de desatar emociones intensas en los espectadores. Sí, es posible que ello dependa del espectador, puede que tan solo se desencadene en la medida en que el espectador está a la altura del texto cinematográfico, y no valga cualquiera, pero también es cierto que ciertas películas contienen vivencias; o mejor, tienen la capacidad de hacernos vivir emociones, situaciones, escenarios, que activan rincones de nuestro ser que se abren y se ponen en valor porque una película nos acompañó hasta allí, nos hizo llegar, nos lo hizo entender, nos permitió ser unos que no sabíamos que podíamos ser, vislumbrar algo de nosotros más allá de lo inmediato, que teníamos en nuestro interior pero que no sabíamos iluminar ni integrar en nuestra vida. Cuando evocamos el efecto eterno que tuvieron aquellas películas en nuestra vida, todo el mundo entiende el valor que el cine puede alcanzar. Algo de una vivencia única, o no única… pero una vivencia verdadera, en cualquier caso, se pone en juego y nos alumbra de lo que va realmente el cine.

Ese es el punto desde el que proponemos la idea de una “cinefilia al margen de la calidad”: Tiene que ver con poner en valor la capacidad del cine para hacernos sentir y vivir algo de nosotros mismos, pero gracias a la película, que tiene un efecto de vivencia verdadera en nuestra vida. La selección de nuestras películas, por tanto, colocaría esa capacidad para hacernos vivenciar como el corazón mismo de nuestro más auténtico criterio. O al menos, para elegir nuestra “hoja de ruta cinéfila”, o quizás el mapa cognitivo de los elementos artísticos que deseamos “consumir” para encontrarnos con nosotros mismos, en una escena creada por el cine, de la que volvamos… “diferentes”.

Lógicamente, una cinefilia, por tanto, ajena a todo “hype”, en donde las películas que llamaríamos comerciales se equipararían con las que no lo son; una cinefilia anti-esnob en donde los títulos que menos se parecen al mundo de Hollywood no son inmediatamente el cine más deseable, pues en el fondo ello esconde un narcisismo intolerable que solo conduce a un escalado de egocentrismo por completo alejado de la verdadera vivencia cinematográfica. Se trataría de poner en valor las películas que nos abren allí donde necesitamos ser abiertos o que nos tocan donde no esperábamos ser tocados, independientemente de su presupuesto de producción, de su país de origen, de su estrategia comercial, de sus canales de distribución y, por supuesto, de los premios obtenidos. Se trata de una cinefilia que no rechaza el cine malo porque no lo juzga conforme al eje de la calidad, y que halla en él cuanto de valor pueda tener según criterios que tienen que ver con el propio sujeto y no con los usos y costumbres de la dirección cinematográfica. Se trata de romper el eje del cine bueno-malo para fragmentarlo en mil pedazos, cada uno señalando distintas formas cómo el cine puede ser valioso, y que tienen que ver con los espectadores y no con criterios pretendidamente universales de calidad que tan solo sirven para medir la justicia de los miembros de la Academia a la hora de emitir sus votos. No se trata de hacer apología del cine malo, o mejor, del “mal cine”, sino de redefinir con sinceridad y atendiendo al auténtico valor del cine lo que entendemos por CALIDAD, no vaya a ser que en su artificio y en su convencionalidad hayamos dejado fuera lo que, al final del todo, nos vuelve locos en las películas.

Solo así conseguiremos, por fin, poner en valor al cine mismo, al cine como fenómeno artístico de absoluta relevancia para los espectadores, es decir, la relevancia subjetiva que nos permitiría recomendarlo para las personas en cuanto que ciudadanos, y no solo como consumidores de cine. Hablamos, al fondo, de alumbrar el camino para hacer del cine, como siempre defendemos aquí, algo más que un mero entretenimiento; que sea, por fin, algo que nos ensancha, que nos hace sentir sujetos, que nos despliega y nos expone plenamente ante nosotros mismos y ante la sociedad, y que juega un papel público trascendente y compartido. Como ven, un criterio que elimina del centro la calidad para poner en su lugar el valor. Del “buen cine” al “cine de valor”; una cinefilia, en suma, que no quiere saber de manuales oficiales ni criterios universales, sino de grietas por las que se cuelan las personas, por las que se sienten vivos y por las que atraviesan para volver “otros”.

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  • Estimado Ricardo:

    Ante sus palabras me siento apabullado. Y pequeño.

    Pero permitame proponerle, que este es, no solo el caso del cine, sino de las demás artes. Es cierto que el cine es, junto con la música, el que más expuesto se encuentra al capitalismo voraz. Pero finalmente, cada uno de ellos en mayor o menos medida, sufre las mismas presiones.

    Y es que la razón última de la existencia de una obra de arte (de cualquier tipo) solo puede ser una: desencadenar preguntas. Esa es la que actúa como vara de medir, y como bien indicas, es única para cada individuo.

    • No te apabulles, ¡que yo sé que eres muy alto! jajaja
      Es verdad, sin duda, que todas las artes, en mayor o menor medida, están intoxicadas por esa impostura que es su medición por ese criterio impostado que es el de la “calidad”. Podríamos extender mi reclamación más allá de los límites cinematográficos, ¿verdad?

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