Destacado(cine) Zoom-in

quebelloesvivir-foto

“Qué bello es vivir”. Una bonita escena de amor por encima de tópicos navideños

09/12/2016 -
0 Comments

¿Hay algo nuevo que aportar sobre “Qué bello es vivir”? Cualquier cosa que se reseñe sería “llover sobre mojado”. Pero en estas fechas navideñas que se nos vienen encima resultan el mcguffin perfecto para resaltar una escena; muchas veces hay que poner el zoom sobre algo, sacarlo de su contexto, para poder apreciarlo en toda su magnitud. Y eso es lo que le pasa a esta película; la hemos visto tantas veces, nos ha hecho llorar de felicidad, nos hemos tumbado en el sofá con una manta en un día de Navidad al ver que la reponían en la televisión, y hemos sonreído al ver al bueno de James Stewart como si fuera la primera vez que la viéramos, que hemos perdido la capacidad de captar detalles.

Esta película seguramente ocasione sus filias y sus fobias, incluso puede que echemos en falta en algún momento a Pepe Isbert gritando: ¡Chencho!

Pero tampoco podemos tomar esta película en broma, ni mucho menos. El tema que plantea, el eterno “¿qué hubiera pasado si…?”, la contraposición de lo términos que desarrolló Nietzscheamor fati y apetito faústico”, la aceptación de la realidad vivida o las ganas de haber vivido todas las experiencias posibles, de haber navegado por todas las ramificaciones posibles y habidas en nuestra vida. Tema importante este. Pero este artículo no va eso; no queremos que los polvorones nos sienten mal.

Ahora pongamos el foco en una escena preciosa; puede que una de las declaraciones de amor más tiernas que se han rodado en el cine. Al menos para quien esto escribe así es.

Tiene lugar mucho antes de que se desarrolle la historia que todos conocemos, antes de que George Bailey, abrumado por los problemas que se le plantean, decide suicidarse el día de Nochebuena.

Durante los primeros minutos de metraje, se nos muestra la vida de Bailey, una persona tierna y sensible que, desde su niñez, está acostumbrado a ayudar a los demás, y con un gran espíritu de sacrificio. Mary y él se conocen desde niños, y se vuelven a reencontrar tiempo después, poco antes de que George se tenga que hacer cargo de la empresa de su padre y de numerosos problemas. Un día va a ver a Mary, cansado de los acontecimientos vitales que se le presentan, decepcionado con su vida e impotente. Va a verla buscando a su amiga de infancia, un refugio, un reducto de ternura que no halla en un mundo empresarial donde anda metido. Allí, la tensión amorosa entre los dos es palpable, pero el espíritu de sacrificio de George es tan grande, que prefiere no declararse a Mary (aunque ella lo está deseando) para que ella pueda encontrar una persona mejor, porque piensa que no va a poder proporcionarle lo que necesita. En ese momento llama Sam, un amigo de ambos, y pide que se pongan los dos al teléfono, que tiene algo que contarles. La conversación se desarrolla a 4 bandas, en una típica escena de las comedias de la época, ya la madre de Mary está al otro teléfono; Sam es mejor partido para ella que George, idea alentada por la propia madre.

Ambos, George y Mary, están escuchando desde el mismo aparato, por lo que deben juntar mucho sus cabezas. Se provoca un momento muy íntimo; para cuidar el decoro propio de la época, no quieren acercar demasiado sus caras, por lo que George se coloca cerca de su pelo, la mira desde arriba, vuelve a acercarse a su pelo, casi oliendo su perfume. Mientras, Mary mira tímidamente hacia arriba, cuidando, buscando la mirada de George, y mirando hacia abajo cuando sus miradas se cruzan. Mientras, Sam le va contando a George que quiere contar con él en un nuevo negocio en otra ciudad, lo que lleva a una intranquilidad por parte de los dos; sus miradas se encuentran con más nerviosismo, mientras se les pasa por la mente la misma intranquilidad: George se va de la ciudad, no se volverán a ver. Sam le pide a Mary que le diga que es “la oportunidad de su vida”; sus rostros se acercan mucho, sus narices se tocan y ella le dice: dice que es la oportunidad de tu vida. Y en un arrebato, que hoy puede parecer hasta inocente, George tira el teléfono al suelo, agarra con fuerza a Mary y le dice: “escúchame bien, no me interesan los plásticos, ni tampoco las puertas grandes. Y no quiero casarme nunca, con nadie, ¿me has oído? Quiero hacer lo que me parezca bien, y tú eres….tú eres….” Para seguidamente abrazarse y besarse castamente, ante la mirada horrorizada de la madre. Este es el punto de tragicomedia que no podía faltar en una película de Capra. Lo maravilloso de la escena es que se desarrolla sin conversación ninguna entre ellos, sólo miradas y gestos; es el monólogo que oyen a la vez por teléfono lo que les hace darse cuenta de lo que sienten el uno por el otro; sin sonido, la escena funcionaría igual. Bien podría tratarse de una escena de cine mudo, el rostro de los actores tiene la suficiente fuerza dramática como para que el peso fílmico recaiga sobre ellos y compongan un momento realmente mágico. Para el amor, las palabras muchas veces sobran.

¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

Y ya el resto es historia; una película bonachona y moralizadora al mejor estilo de la época, pero que consigue sacarnos una sonrisa y reflexionar sobre la vida, la muerte, el espíritu navideño y la familia. Aunque puede que su verdadera virtud sea la de hacernos sentirnos confortables rememorando alguna Navidad pasada, puede que de nuestra infancia, antes de crecer y de que el mundo se convierta en una espacio díscolo en el que hay que sobrevivir.

¡Y qué gran virtud!

Publicación posterior Publicación anterior

Tu dirección de email no será publicada

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR