Plano subjetivo

Cuando no quieres que se acabe la película

11/05/2014 -
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El Último Show de Robert Altman

No son momentos avisados por los Oscar ni por los críticos de cine, sino instantes de placer extremo que en ocasiones surgen cuando vemos cine. Suceden en medio de películas inesperadas y te reconcilian con el cine recordándote que éste quizás sea el arte más impactante que existe.

No estoy muy seguro de cuándo se produjo por primera vez, y sé que, además, han sido muy contadas las ocasiones en las que he tenido la certeza de estar viviendo Uno de Esos Momentos. Sin embargo, a veces… pasan. Es un momento en el que estás viendo una película, una que no tiene porqué ser especialmente buena, pero con la que sientes una comunión y un bienestar tan grande que no quieres por nada del mundo que termine. De repente, hasta el metraje más extenso y más imprudentemente prorrogado puede parecerte demasiado breve: Lo único que quieres es que la historia, si es que la hay, continúe y continúe acercándose en falso hacia un final que, en realidad, no quieres ni atisbar en el horizonte del argumento. Pasa de vez en cuando… y cuando lo hace, sientes que el cine tiene capacidades al alcance de muy contadas artes.

Quizás la primera vez fuera viendo “La doble vida de Verónica” (1991) de Krzysztof Kieslowski en una noche de junio que no olvidaré jamás: Era la primera vez que veía una película con unos colores tan intensos, tan deliberados, tan expresivos; y una interpretación tan delicada, tan humana, tan exquisita; y una música tan cargada de emociones; que aunque me hacía cruces para dar encaje a todas las piezas del puzzle de aquel intrincado polaco, sentí por primera vez lo que González Requena llamaría el “goce” de la “lectura” de aquel “texto” en donde tantos lenguajes parecían confluir en una coreografía irreductible y absolutamente maravillosa. No, esa noche no debí entender mucho de aquella película que me exigió más de un visionado, pero sí me hizo sentir un placer inolvidable por el simple hecho de seguir con el corazón el discurrir de aquella película tan distinta a cualquier otra y cuyo final hubiera retrasado más allá de lo razonable.

El resultado fue el deseo de que la película no terminara nunca, que continuara desenrollando su discurso, su flujo de arte, renunciando a toda intención de resolver el nudo o de alcanzar el desenlace final. Es un momento en el que la historia parece haber encontrado su equilibrio interno y haber hilvanado sus mejores talentos en una mezcla estable que se puede consumir sin obstáculo y que no precisa de ninguna realización ulterior para resultar absolutamente deliciosa. Recuerdo los planos de Irene Jacob pegando su mejilla al cristal para sentir el frescor, o caminando alegre por los pasillos de color verde, o fumando en un coche, o las imágenes de las marionetas haciendo ballet alrededor de las manos del marionetista, … escenas de un universo irreductible y conocible a través de nuestro deseo y nuestro corazón, que proporcionan un placer insondable por la conexión íntima con las imágenes, y que ni siquiera precisa de una narración argumentativa de calidad ni el vértigo de una sinopsis veloz. En esos momentos, el consumo escópico es sólo un síntoma del goce interno que subyace y el deseo más intenso que recuerdo es el de seguir exponiéndome a ese universo y seguir “leyéndolo” sin final.

"La doble vida de Veronica"
Lógicamente, tales momentos no surgen desde las primeras imágenes de la película. Requieren de una disposición inicial, de un impulso pretérito, una construcción escénica y una presentación de los personajes. Requiere, en esencia, de un planteamiento que se pueda echar a andar, pero que en su rodar puede sorprenderte sobrecogido en esa meseta central de su desarrollo cuyo avance es puro placer. No sucede siempre. De hecho, no pasa casi nunca. Algunos, seguramente, no llegan a experimentarlo jamás y se pierden uno de los grandes placeres que se pueden sentir frente al cine, quizás animándoles a subestimar este arte sin límites expresivos o emocionales con tanta capacidad para emocionar a las personas. Sin embargo, cuando sucede, la sensación es inolvidable. Y de repente ya tienes para siempre ese vínculo con la película con la que te ha sucedido. Puede que ni siquiera sea muy buena, o que sea de un director no especialmente recomendable; puede que incluso te haya pasado con alguna película que te avergüence confesar, pero … hay que ser sincero con uno mismo y reconocer el efecto donde se manifiesta.

La última vez que me pasó fue viendo “El Último Show” de Robert Altman, un director al que he admirado durante muchos años por sus películas corales llenas de mujeres maravillosas y escenas locas en donde todas y todos parecen revolotear en un caos improductivo. Altman contaba con el talento para capturar ese burbujeo de personajes femeninos yendo y viniendo según sus lógicas privadas pero que, vistas en cuadro como proponía Altman, parecían un afinadísimo desaguisado de voces y sonrisas. No me importa confesar lo mucho que disfruto cada que vez que encuentro esa ensalada de turbulencias femeninas en películas como “El Dr. T y las mujeres” o “Pret-a-porter”. En “El Último Show”, Altman toma una pizca de este ingrediente pero otros muchos de otro tipo para montar una película que en realidad no parece una película. Sin duda, un magnífico ejemplo de esa categoría de debate que podríamos llamar “la confusión de los géneros”, puesto que la película finge contar la historia de la grabación en directo del (hipotético) último show del famoso programa de radio americano llamado “A prairie home companion”, que se emite desde hace décadas desde Minnesotta. La película se rueda en el mismo teatro Fitzgerald donde se graba cada semana el verdadero show, respetando así la presencia clave del escenario, la audiencia frente a éste, y los camerinos y salas técnicas, todos ellos convertidos en escenarios para la película de Robert Altman. Esto confiere a la película un claro carácter teatral al que, si sumamos las lógicas propias de lo radiofónico, surge un mezcla de géneros en perfecta sintonía que alcanza un gran sentido nostálgico por la pretendida muerte del show, su última representación. Lo cierto es que, si ese discurrir radiofónico y dramático te atrapa en alguna medida, ya sólo puedes desear ver todo el rato a las Hermanas Johnsson sobre el escenario o contando anécdotas y recuerdos sobre su madre en los camerinos inferiores. Meryl Streep, que aprovecha para demostrar que … además también canta maravillosamente (esta mujer lo hace todo bien), y Lily Tomlin dan vida a un dueto de hermanas que canta country con una química extraordinaria. La primera vez que vi la película, mientras cantaba Meryl Streep, me di cuenta de que no quería que se acabara la película. Sólo quería ver una y otra vez a las hermanas Johnsson subir de nuevo al escenario y volver a los camerinos para contar anécdotas. Las únicas interrupciones que haría serían para ver a GK, Garrison Keillor, el verdadero presentador radiofónico del auténtico “A prairie home companion”, cantar jingles publicitarios ficticios promocionando el pastel de ruibarbo o uniendo su voz a los intérpretes country para cantar canciones. Por cierto, que si en Código Cine ya destacábamos al “maestro de ceremonias” de “Cabaret“, Joel Grey, aquí también deberíamos destacar a este carismático GK. Es verdad que en “El Último Show” no hay una sino varias subhistorias contándose entre los distintos niveles del teatro, que serían los de la película también, pero el mero discurrir del mundo del programa ya me parecía fuente de placer extremo. No necesitaba que nadie muriera ni que a todo aquello le esperara o sucediera un milagroso o sorprendente final. Me bastaba con que Dusty y Lefty siguieran saliendo a cantar y contar chistes, y que GK les acompañara en el escenario. Recomiendo a todo el mundo ver a GK en los camerinos, momentos antes del programa, recordando grandes momentos musicales, del programa, de amigos, cantantes, etc. a modo de conversación casual con los invitados: una auténtica delicia de maestro cinematográfico tomando valores de otros mundos pero llevándolos a la pantalla con una genialidad silenciosa que te encandila casi sin darte cuenta.

Puede que los grandes nombres, algo casi coral, entre los que se reparte el mérito dramático tengan algo que ver (Meryl Streep, Lily Tomlin, Woody Harrelsson, John C. Reilly (“Un dios salvaje“), Virginia Madsen, Tommy Lee Jones, Kevin Kline, etc.), pero creo que Altman fue el verdadero chef de una mezcla que yo habría querido dejar cocer para siempre. Odié el final de esa película sólo por suponer la terminación de aquellos momentos.

Otra aparición de este instante estelar de la cinefilia que a menudo simplemente ni aparece se produjo cuando vi por segunda o tercera vez la película “La Dolce Vita” de Fellini, famosa por su tópica escena de la Fontana di Trevi pero en conjunto mucho más interesante que la escena de marras. Hacia el comienzo de la película, cuando Fellini pone en marcha lo que más arriba llamábamos “el planteamiento”, la película parece atender y respetar la estructura de la que partía y pone los mimbres para desarrollar la historia hacia donde Fellini quería. Sin embargo, cuando el personaje de Marcello pierde el control de su vida, abandona todo intento por dedicarse a la literatura y ya sólo parece dejarse llevar por el nihilismo nocturno de la “fiesta arrastrada” de los ricos de Roma, el llamado establishment, aparece el “surrealismo social” que hiciera famoso a Fellini en toda Europa. Docenas de personajes de locura aparecen en pantalla hablando en distintos idiomas, pronunciando frases sueltas producto de la fiesta y el alcohol, vistiéndose de forma expansiva y estrafalaria, configurando una coreografía terriblemente cinematográfica  que es una diversión intensa para el espectador. En realidad, para entonces, la historia está perdida: El objetivo cumplido, y Fellini se dedica a dar cuerda a los meandros nocturnos de la clase alta sin pretender ya llegar a nuevos hitos narrativos. La historia debe terminar por la mañana, en una playa, con un “Monstruo marino” y una chica rubia, pero hasta ese lugar y momento, la fiesta surrealista puede continuar sin descanso. Y es ese discurrir sin solución, en donde la película YA ha logrado el objetivo de descarriar las buenas pretensiones de Marcello, el que se propone como contexto para una diversión escópica del espectador donde no es necesaria la resolución final y de donde surge un placer por el mero hecho de asistir a la fiesta.

"La dolce vita" de Fellini

 

Sin embargo, hay uno de estos momentos que recuerdo con especial cariño y que se produjo cuando aún no sabía que me estaba convirtiendo en un cinéfilo. Cursaba entonces 1º o 2º de BUP cuando mi colegio recibió la llegada de un nuevo profesor de filosofía en sustitución de la profesora titular que estaba de baja. Vestía de riguroso traje y estilo clásico cualquiera que fuera la temperatura del día, y leía la hora de un reloj de bolsillo que terminaba tan lleno de tiza como su traje. Era alto, de rostro aniñado, gafas, y diríase que imberbe. Era capaz de seducir a sus alumnos con clases de las que se recuerdan para siempre (quizás por eso él, primer sabedor, abogue tanto por la evaluación del profesorado) y dejaba la impronta de un tipo peculiar e irrenunciable sin el que sus alumnos ya no somos capaces de recordar aquellos años. Enrique Mesa se gastaba un sinfín de mecanismos de lo más elocuentes para seducir a diestro y siniestro y entre los patrimonios artísticos de su persona se encontraba, quizás por primera vez ante mí, el de cinéfilo incontinente. Tanto es así que Enrique Mesa impulsó junto con otro de nuestros profesores la celebración de una inesperada actividad extraescolar de ésas que deberían repetirse más a menudo: Una maratón de cine nocturna, que se celebró en una noche de viernes y que, autorización paterna mediante, nos reunió a todos los alumnos una noche entera para ver 5 películas. En realidad se improvisaron dos salas simultáneas que proyectaban dos programas a elegir, uno en la biblioteca del centro con un proyector enorme de los de antaño; y otra “sala” en una de las aulas con una pequeña televisión. Enrique Mesa había promocionado la actividad en clase durante varias semanas llamando la atención sobre una de las películas programadas que a él le resultaba especialmente valiosa y cuyo título primero escribió en la pizarra (“The last picture show” de Peter Bogdanovich) y después pronunció en un español literal, eso sí de lo más sonriente, que no olvidaré nunca. Hacia las 3 de la mañana yo estaba en una fila de la biblioteca viendo la película que para entonces había conseguido dormir ya a muchos de mis compañeros. Yo, en cambio, vivía uno de tales momentos irrepetibles con las imágenes de una película que narraba el cierre del único cine de una pequeña localidad estadounidense como metáfora de la decadencia del lugar y también de la llegada de la adultez para los protagonistas, lo que tiene un profundo impacto sobre ellos. También sobre los espectadores de esta película eterna y desde luego para mí que, a pesar de lo intempestivo de la hora, sentía que no quería que dejaran de salir aquellas imágenes en blanco y negro mostrando el lento pasar del tiempo y el rostro perfecto de Cybill Shepherd. A Enrique Mesa le recordaré por mil cosas pero sobre todo por ser la primera persona que pronunció ante mí las palabras “nouvelle vague” y también porque aquella noche de maratón sentí (…lo que no era, es decir…) que había programado “The last picture show” solo para mí.

También me sucedió la primera vez que vi “Las invasiones bárbaras” del canadiense Denys Arcand, nominada al Oscar a la Mejor película extranjera en 2003. Cuando Rèmy es hospitalizado por una enfermedad grave que pronto sabemos que le costará la vida, su hijo Sèbastien avisa a sus amigos para que se reúnan alrededor de él y le arropen en los últimos días de su vida. De esta reunión de antiguos amigos surgen los mejores momentos de la película: Recuerdos, anécdotas, todas ellas hilvanadas con sus propias lógicas como grupo de amigos que ha vivido todo un pasado (parte del cuál se contó previamente en la también recomendable “El declive del imperio americano” en 1986), de los que se desprende de forma muy natural no sólo la química entre los personajes sino también el brillo de verles juntos. Comparecen como hombres y mujeres de cierta edad que ya han vivido suficiente como para decepcionarse lo justo consigo mismos y calibrar mejor su lugar y sus ambiciones en el mundo. Conversan sobre el tiempo pasado, sobre quiénes eran, sobre las ilusiones utópicas políticas que tenían 10 años antes, etc. Aparece el concepto de la “vita devastata” que esgrimiera Toni Servillo en “La Gran Belleza” como una óptica de madurez, una idea que surge cuando la vida ha tomado gran parte del tiempo que le es dado, y se desprende una idea de nostalgia en donde la amistad se alza como un valor asible y alcanzable mucho más importante que cualquier otro. Un auténtico placer ver a los amigos disfrutar de su altísimo nivel intelectual (propio de todas las películas de Arcand) del que obtienen todo un código de comunicación de difícil acceso. La película, imposible de negar, se dirige a un público de alto nivel cultural que, en la medida en que se descodifique por parte de la audiencia, provoca una sensación de enorme satisfacción: Cine que podría continuar y continuar sin ningún desenlace.

En definitiva, películas improbables que seguramente no estarían en ningún listado de las mejores películas de la historia pero en las que, inesperadamente, surge una sensación de enorme valor personal que te reconcilia con el cine y te recuerda que sigue siendo uno de los artes más emotivos que existen, si no el que cuenta con el acceso más rápido e impactante al corazón de las personas. No es necesario que una película tenga un guión matemáticamente bien escrito, o que su ritmo sea impecable, sino que alcance estas notas de emoción intensas que provocan un placer extremo. Cuando esto sucede, se siente una comunión espiritual con el cine y se descubre que lo mejor de este arte puede surgir en cualquier momento, aunque no esté advertido por las sempiternas nominaciones a los Oscar.

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