¿Qué vale el cine?

Escribo este artículo pocos días después de la subida del iva en muchos estamentos de nuestra sociedad. Entre ellos el Cine. Leo atentamente la noticia del diario CINCO DÍAS y me centro en este artículo por sus datos (económicos) que arrojan con previsible pesimismo la caída de asistencia al Cine. Según FAPAE (asociación de productoras audiovisuales españolas) la taquilla española ha perdido un 7,7% de espectadores en los primeros 10 días desde que la medida entró en vigor. Según FAPAE entre el 1 y el 11 de Septiembre de este año, hubo 2.081.294 espectadores respecto a los 3.035.433 del año anterior en las mismas fechas. Sin querer profundizar más en datos y números, es evidente que el Cine, como el resto de la cultura, no habita en el mejor de los contextos posibles para su desarrollo y difusión.
Sin hacer oídos sordos de la realidad socioeconómica por la que atraviesa el país, no es menos cierto la propia realidad que el cine lleva padeciendo con una larga enfermedad cuyos síntomas, desde hace tiempo, no han tenido nada que ver con la subida de un impuesto o con la terrible situación por la que atraviesa el país.

Como bien apuntaba Ricardo Sánchez, al cine no han hecho más que insultarlo en los últimos años (yo diría que desde hace un par de décadas comenzó el insulto general) al querer ponerle la etiqueta de “entretenimiento”. Es decir, equiparar el cine a un mero pasatiempo parecido a un número de circo (y con todo el respeto al circo; escenario que nos ha dado grandes artistas), una atracción de parque temático, las compras en El Corte Inglés (que la campaña de Otoño está al caer) o una tarde desgraciada en la que te conectas a internet por miedo a sentirte desconectado del mundo o como si de un paquete vacacional se tratara. ¿Y quién le ha insultado? Algunos productores y directores con sus propuestas, la mala gestión y el poco respeto de las televisiones a la hora de exhibir las películas siendo también partícipes, hay que reconocerlo, en su producción y distribución, y un sin fin de espectadores que consideran que el objetivo principal de una película es aquella que te entretiene. El entretenimiento es la premisa, parece ser, de toda iniciativa para sobrellevar una vida (tan pesada) lo mejor posible.

Mi pasión por el cine se remonta a la adolescencia. Época en la que me entretenía jugando al fútbol con los amigos, jugando a videojuegos, intercambiando canicas, cromos y algunas fotos de modelos, bañándome en la piscina de verano, mirando a mi compañera de pupitre y fijándome también en mi profesora de Inglés. Me entretenía jugando torneos de tenis y gastándole bromas al Batas y al Java (amigos de la infancia) igual que ellos a mí; me entretenía tirando globos de agua a los coches que pasaban cerca de mi casa; me entretenía matando lagartijas con la escopeta de perdigones y viendo los primeros números de Faemino y Cansado en la televisión (ese orgullo del tercer mundo). Ahora bien, en lo que al cine se refería, ahí hablábamos de cosas sagradas; hablábamos de un protocolo a seguir y que de hecho seguía cuando regresaba del colegio. Para mí la sala de cine era y es mi Iglesia particular a la que suelo ir todas las semanas a estar en paz, dejar algunos pecados y cometer otros. Para mí la sala de cine era y es uno de mis templos de sabiduría, algo que defendería en tiempos de guerra con mi vida porque el cine me ha ayudado a formarme como persona. Soy un soldado cuya principal arma de combate es un pensamiento creado cinematográficamente.

La ceremonia era sencilla:

 

1.    Llegada a casa a las 17:40.

2.    Quitarme el uniforme del colegio (sí, lo reconozco fui a un colegio de pago).

3.    Ponerme cualquier ropa cómoda.

4.    Ver la cartelera en el periódico (por aquél entonces Internet estaba en pañales, casi como yo la verdad).

5.    En ocasiones, por asegurar la jugada, llamar al contestador del cine donde la voz del taquillero de turno te describía en un tono muy ensayado, ni muy alto ni muy bajo, los precios y horarios de las películas. Todo esto a través de una cinta magnetofónica. La voz tenía su importancia (qué tiempos…….).

6.    Seleccionar una película.

7.    Y lo más importante: Si no tienes un amigo con quien ir al Cine no pasa nada. No hace falta ir acompañado al cine porque el cine, la sala con sus luces y su gran pantalla, y sobre todo con la historia que te contará, te hará compañía.

A partir de aquí surgían, durante mi camino a la sala de Cine, varios pensamientos entorno a la película, el director, la historia y algún actor. Mis pasos al cine siempre los he recordado como uno de los mejores momentos que me permitía olvidarme de todo y de todos para acabar poniendo toda mi atención en la gran pantalla.

Soy de la opinión de que todo lo que merece la pena en la vida, surge en uno de forma natural. En mi casa nunca me hablaron de Cine, en el colegio nunca me hablaron de Cine, con los amigos nunca hablaba de Cine, pero en mi interior, aún por desarrollarse, oí la llamada de esas salas que con sus grandes carteles y con algunas luces filtradas al exterior, me hicieron creer que ahí dentro pasaban cosas mágicas. A día de hoy, sigo creyendo en esa magia.

Si pensamos del cine como un producto de mercado es normal y preocupante que las cifras que daba al inicio sea para inquietarnos. El problema del cine, a diferencia de muchas otras cosas en este más que saturado mercado, es que cuesta dinero y que además su beneficio no debería centrarse exclusivamente en lo económico, pero es un hecho que no podemos combatir. Como espectador, ¿Qué valor tiene el cine?. En mi opinión el valor del cine reside en la lección que te da, en la experiencia, en el nuevo pensamiento que se une al tuyo propio, en el despertar una conciencia que te permita mirar más profundamente cuando sales de la sala. Obvio que el cine, sea cuál sea, de un modo u otro entretiene; pero no puedo poner en mi lista de valores en la primera posición algo como el entretenimiento sólo por el hecho de pensar que como he pagado por algo ha de ser sí o sí entretenido equiparándolo a un juego. Mi visión del cine no es la de un producto fabricado listo para consumir. El cine no es mi juguete sino mi maestro.

¿Qué valor tiene el cine para un espectador que basa su experiencia no en ver películas sino en consumirlas?. Sinceramente no lo sé; pues no estoy dentro de esa amplia mayoría, al menos no entro a formar parte en esa etiqueta. Que el cine, y todos los que componen su compleja industria, pase por dificultades es un hecho más que reconocible; del mismo modo que es reconocible que el cine como contador de historias, experiencias vitales o potente medio comunicativo lleva largo tiempo enterrado haciendo uso de llamativas piruetas tecnológicas más los tres o cuatro recursos fáciles y la presencia de niñas monas enseñando culos para alegrar un poco la vista al espectador y un sin fin más de artimañas que acaba condicionándole más de lo que creemos.

Desgraciadamente para los cines, y para aquellos que manejen sus cuentas, no sólo contra el IVA o la falta de películas notables han de luchar. Pues si hay alguien que también tiene culpa de esta situación es el propio público, no deseoso de dejar entrar en su vida una de las más sublimes experiencias que un hombre o mujer puede llegar a tener.

A pesar de esta sangrante subida del precio de una entrada de cine, en la actualidad, el cine sigue siendo de lo más barato si nos apoyamos en esa visión económica o mercantilista en cuanto a qué hago con mi dinero y con mi tiempo; en qué lo invierto. El cine es más barato que el teatro, que una cena, que unas copas, que unas vacaciones, que un billete de avión o un metro bus de diez viajes, que echar gasolina al coche, que hacer la compra, que una caja de preservativos, que un menú diario, que un Iphone o Ipad, y sobre todo es infinitamente más barato que la novia. Sin embargo, algo que cuesta tan poco y posee gran valor, no está entre las principales necesidades del espectador. Los espectadores amantes de la asistencia a una sala de Cine, en el futuro, se convertirán en un club selecto que seguramente se organizarán como una cooperativa regentando entre sus miembros una pequeña sala de Cine para organizar pases, ciclos formativos u homenajes a directores y actores proyectando sus películas para acabar teniendo una charla después de la gran experiencia.

Recuerdo la escena de la película de Elian Kazan, “The last tycoon” de 1976 (“El último magnate”) cuando Robert de Niro en su despacho de alto ejecutivo realiza una pequeña interpretación en presencia de tres colaboradores del estudio que dirige. Monroe, que es el personaje interpretado por Robert de Niro, se dirige especialmente a uno de sus colaboradores. La expectación fruto de su representación, el suspense creado en su despacho, hace que dicho colaborador le acabe preguntando: ¿Y qué sucede?. A lo que Robert de Niro le contesta con los brazos abiertos y una sonrisa: “No lo sé, estaba haciendo Cine”. Finalmente Monroe le acaba diciendo, contestando a su primera pregunta: “Tendrá que ir al Cine para verlo”.

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