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“Scandal” (tercera temporada): La locura narrativa de una serie en descomposición

La tercera temporada de “Scandal” (“Scandal” 3x) nos sigue recordando lo que pudo haber sido pero nunca llegará a ser. Se trata de una serie cuya temática, cuya hipótesis de partida, es decir, el contexto del más alto nivel político (de Estados Unidos, la Presidencia) y el affair del Presidente con una mujer fuera de su matrimonio presidencial, dispuso la escena más atractiva posible para narrar una historia que prometía mezclar con equilibrio y buen hacer los elementos políticos y los puramente emocionales. De ella esperábamos mesura, responsabilidad en la narración, verosimilitud y prudencia, unas características que, simplemente, nunca aparecieron. Quizás tan sólo durante la primera temporada, una en la que la atención se desvió del tema principal y que por tanto no dio a la serie la oportunidad de mostrar el verdadero estilo con el que pretendía abordar su historia central y razón de ser de la serie. En cuanto llegó la segunda temporada, ya disfrutando de una gran repercusión mediática (ensalzando los nombres de Kerry Washington primero y Shonda Rhimes después, la showrunner del espectáculo), la serie mostró su estilo y su locura narrativa poniendo de manifiesto que la pluma tras el guión no tenía ni la mesura ni la prudencia que una historia como ésta precisa para no perder nunca la verosimilitud. La serie se convirtió en un arma peligroso (para la cordura narrativa) en manos inapropiadas que no estaban a la altura de la hipótesis de partida y que aunque sí parece estar bien informada sobre algunos procedimientos políticos, en realidad éstos no le interesan absolutamente nada y se deja llevar mucho más por la descarrilada barbarie de sus supuestos de culebrón que por la lógica del drama político.

Y es que, quizás, los que nos equivocamos durante la primera temporada fuimos nosotros puesto que el nombre de la serie ya nos da la pista sobre el estilo narrativo del que ha hecho gala durante tres temporadas. El escándalo, o mejor dicho, la presentación de cuanto puede disparar el escándalo público entre los votantes americanos, es el cariz permanente de lo narrado. Y esto es tan cierto, que la narración no abandona jamás su lógica del escándalo, evitando todo descanso, y manteniendo arriba una expectación permanente de acontecimientos escandalosos cuya alimentación va a requerir de los guionistas ir presentando a cada momento nuevas y más increíbles revelaciones. Se crea así una lógica del “in crescendo” que da como resultado un continuum periodístico que se propone como posible pero que tan sólo tiene similitud con las caricaturas que la posmodernidad ha hecho de los tiempos más chillones del periodismo, como por ejemplo aquella forma sensacionalista de prensa americana de los años 30 bien retratada en películas también expansivas como “Chicago” (el musical de Rob Marshall). “Scandal” presenta varias veces por capítulo momentos de grandes revelaciones que van a alterar completamente el curso de los acontecimientos, sin dejar momento de respiro no sólo para que el espectador asimile lo que sucede sino para que pueda consolidar, comprender y abarcar lo que supone cada noticia y adaptar la percepción del tiempo de la historia a un discurrir más razonable. No, Scandal” va aumentando a cada momento la gravedad de lo contado de tal modo que un acontecimiento increíble es sólo la antesala del siguiente. Dicho de otra manera, lo que para otras series es un acontecimiento único cuya revelación puede conllevar varias temporadas o la serie al completo, en “Scandal” es apenas pan de un día y además sucede en paralelo con otras subhistorias.

El resultado, triste, es que se produce un inexorable efecto de abaratamiento de los acontecimientos. Es decir, todo lo sucedido, incluso los giros más inesperados o más trascendentes en términos políticos, se vulgarizan y se asimilan en la historia sin consolidar su gravedad ni dar tiempo a que su ola expansiva alcance todos los efectos lógicos. Es igual lo grave que sea lo narrado, y para esto el nombre de “Scandal” se queda corto, la historia lo asimila de forma trepidante dejando al espectador con la sensación de que la historia ha perdido el Norte y que con tal de alimentar al monstruo está dispuesta a ofrecerse ella misma como menú del día. Es tal la acumulación de delitos, las confabulaciones de geometría algo más que variable, la súbita aparición de personajes progenitores y su desaparición, la capacidad para inventar agencias de espionaje al más puro estilo “Expediente X”, etc. etc., que puede afirmarse claramente que la historia sufre de una alarmante hipertrofia cancerígena del relato que lo devora y lo aniquila hasta que sólo queda una lógica de culebrón donde cualquier cosa puede suceder sin que al espectador le “escandalice” ya lo más mínimo.

Y, por supuesto, de lo político… ni rastro. O mejor, tan sólo algunas pinceladas que en realidad responden más a la lógica del culebrón emocional en el que “Scandal” termina convirtiéndose que a una lógica puramente política. En “Scandal” se suceden unas tras otras las escenas emocionales y con tal velocidad que los encuentros entre los personajes más importantes, que deberían ser esperados con impaciencia para ser sentidos en su total trascendencia, aquí suceden varias veces por episodio sin más importancia. El ritmo es verdaderamente trepidante, pudiendo aparecer un nuevo personaje en un capítulo y para el siguiente ya ser el amante de uno de los principales, ¡e incluso ser descubierto!. Todo en el transcurso de dos capítulos y narrado al mismo tiempo que las grandes confabulaciones de la serie. El abaratamiento de los acontecimientos es verdaderamente cancerígeno y hace que todo parezca un teatrillo endogámico donde ya todo es posible y por tanto nada importa. Lo gracioso es que los propios personajes se dan cuenta del punto absurdo al que han llegado, quizás como si intuyeran que no viven una realidad lógica, y presintieran su naturaleza de personajes de ficción que han perdido tanto el contacto con su “realidad-ficción”, como con la “realidad-realidad” en la que podrían despertar sólo para darse cuenta de que no guardan ninguna coherencia. En un capítulo, el personaje de Olivia Pope, tras descubrir el delito cometido por una de las personas en las que confiaba, por fin, se echa a reír. Se echa a reír por lo absurdo e inverosímil de la realidad que protagoniza y que da igual lo efectista que sea su truco para salir adelante, será siempre superado por lo rocambolesco de la realidad que le sigue. La supuesta eficacia del personaje principal de la serie sólo puede terminar riéndose al darse cuenta de que no habrá respuesta suficiente para un discurrir de acontecimientos tan disparatado como el que el guionista ha convertido en su realidad. Así, la extenuación del espectador se traslada al personaje principal con el que ya sólo cabe identificarnos brutalmente… pero no “dentro” del relato, sino para reconocer al instante después que de la historia principal… ya no queda nada. Ya sólo queda la posibilidad de que Olivia mire directamente a cámara, al espectador, y le diga: “no puedo más. Y será la confesión de una historia que perdió los papeles demasiado pronto, ¡en tan sólo dos temporadas ya veíamos este terrible efecto!, (y lo predijimos en la primera) una historia que contaba con un supuesto de salida verdaderamente interesante pero que lo lapidó por culpa de su terrible forma de abordar la narración.

De ahí proviene quizás el enfado; de la decepción terrible por descubrir primero la existencia de una serie de carácter político sobre un asunto tan interesante… sólo para constatar después que la historia no ha estado ni un sólo minuto en las manos apropiadas. A Shonda Rhimes, “Scandal” le viene demasiado grande. Le falta la mesura que antes decíamos, el equilibrio, el dominio de un ritmo apropiado para abarcar la trascendencia de lo narrado y otro montón de cosas que nunca tendrá. Si tan sólo hubiera calmado el ritmo de su narración, “Scandal” no habría necesitado quemar tantos y tan graves cartuchos narrativos con giros brutales que no conducían más que al siguiente. La comparación con una serie como “El ala Oeste de la Casa Blanca” hace sacar los colores a Rhimes: En la serie de Aaron Sorkin, las grandes revelaciones no suman más que un número muy discreto en 4 temporadas (tuvo 7 en total pero sólo las 4 primeras fueron escritas por Sorkin), haciendo que cada acontecimiento se narrara con todo su detalle y toda su verosimilitud, es decir, con espacio y tiempo suficiente para rellenar los huecos y mostrar exactamente cómo suceden las cosas. Así es cómo se alcanza la prudencia y la historia se vuelve creíble. Así es cómo tenemos tiempo de mostrar todos los rostros, todos los recovecos informativos, la vertiente periodística, la política, la personal, el humor, etc. O nada de esto le ha interesando a la Shonda Rhimes de “Scandal”, o es que ni siquiera lo ha entendido nunca. El efecto es que la de “Scandal” es una historia descabellada, totalmente viciada, deshilachada e imposible de encauzar. Ha quemado todos sus cartuchos posibles y los que ni siquiera tenía llevando a la serie a un estado que sólo se entendería si se tratara de una temporada 7º o más, ya después de entrar en barrena total por el efecto endogámico de consumirse demasiadas veces a sí misma, exactamente como sucede en los peores culebrones o en series como “Gossip Girl”.

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