“Secret State”, el triste futurible que sigue al fracaso de la política

Cuando la política pierde las riendas, el poder económico hace beneficio. “Secret State” dibuja un triste futuro político donde el interés público malvive frente a las grandes corporaciones y fuerzas financieras.

Secret State” es una miniserie británica formada por tan sólo 4 episodios perteneciente al llamado “género político” y que pretende reflejar, pero sobre todo denunciar, los eficaces y lamentables mecanismos por los que las grandes compañías y fuerzas financieras influyen y condicionan en las políticas de los gobiernos. Para mayor efectismo y, desde luego, para fortalecer el ariete reivindicativo del guión, la historia comienza planteando un hipotético escenario en el que la noticia es la muerte del Primer Ministro británico en un fatal accidente aéreo y la sospecha de que, en realidad, lejos de ser un accidente se trate de un atentado terrorista a manos de un entramado de intereses políticos y económicos. Por tanto, la estrategia de “Secret State” no es tanto partir de la situación actual, una por cierto de lo más desprestigiada en el momento internacional actual (cítense aquí movimientos como Occupy Wall Street, 15M, Podemos, etc.), e ir iniciando un in crescendo hacia lo políticamente escandaloso, sino más bien dar un par de saltos y situarnos de partida en una situación totalmente inaceptable donde la manipulación de los intereses políticos a manos del capital ya hubiera llegado al paroxismo y hubiera dejado atrás los principios básicos de la democracia y los derechos humanos. Estaríamos en un escenario de pura mafia con corbatas en donde el interés público sería satisfecho mediante una triste mascarada bien orquestada que ocultaría una red peligrosa y delincuente capaz de alcanzar las instancias más altas del 10 de Downing Street. Esta es la situación que plantea “Secret State”, su punto de partida, y prácticamente también su propio final.

Escaso devenir narrativo

Considerando su preciosa factura estética, su cuidado diseño de producción y la elección de Gabriel Byrne para el papel protagonista, cabría esperar de “Secret State” un devenir complejo de acontecimientos en los que los personajes principales encontrarían oportunidades de mostrar su talento para la gestión política (“El Ala Oeste de la Casa Blanca”), para la estrategia (“House of Cards”, “Boss”), para el discurrir parlamentario, etc., es decir, una serie de altura sin miedo a enfrentar vericuetos morales y grandes situaciones políticas de interés. Sin embargo, Secret State” cuenta con menos pertrechos de los que aparenta su cuidado exterior. La historia es más sencilla de lo que puede parecer y además se instala de partida en una situación cuyo carácter profundamente inmovilista iremos descubriendo poco a poco. La narración avanza únicamente poniendo de relieve el entramado que controla al poder y esclareciendo lo sucedido en su hipótesis de partida, pero no tanto en el desarrollo de la propia historia, hasta el punto de que el espectador llega a sentir que, en realidad, o no hay historia o ésta es verdaderamente escasa. Una vez que los principales hechos esclarecidos van cobrando forma y el misterio original se va resolviendo ante los ojos de los espectadores, los personajes principales se enfrentan tan sólo a la constatación de lo inaceptable, la verificación de lo que no debería ser nunca una realidad política, pero también la ausencia de mecanismos de defensa que sirvan para poner en valor el interés público y que puedan frenar los intereses particulares, financieros y económicos de grupos privados. La serie se afana en narrar con eficacia los rincones y mecanismos del sistema de secuestro del interés público para llegar a dibujar un esquema de hechos consumados donde lo delictivo es irreductible, una realidad instalada, un complejo con inercia propia que siempre termina encontrando la manera de adaptarse a la situación política para condicionarla impunemente.

Es entonces cuando el espectador comprende que “Secret State” no es una historia de desarrollo político y que no tiene su foco puesto en el cultivo de los personajes ni de sus emociones; descubre el espectador entonces que “Secret State” existe exclusivamente como mecanismo de protesta. Es un texto de carácter endoxático pensado para recoger y devolver a la audiencia su actitud profundamente crítica contra las clases dirigentes con una hipótesis de partida y una verificación posterior que tan sólo sirven para constatar las peores sospechas de los espectadores. Queda poco espacio para la riqueza personal de los personajes, para su ambigüedad política o moral, para su actuación activa frente a la corrupción o los delitos etc., y sólo se forja la comprobación física del fracaso del sistema democrático. Tanto más, precisamente, en su efectista final diseñado tan sólo para perder la partida y devolver a la audiencia la responsabilidad de decidir una actuación frente a la corrupción. Y es, precisamente en ese instante, cuando la audiencia comprende el porqué de que “Secret State” sea una miniserie de apenas 4 capítulos: Es que no hay tanto que contar. Es que su final es la exigencia y la crítica de la que parte y su devenir sólo sirve para desplegar una explicación pormenorizada a modo de ejemplo terrible de lo que, de todos modos, ya era el punto de partida.

Secret State”, hija de su tiempo político

La existencia de un texto como “Secret State” es realmente sintomática. En principio se plantea como texto político y, claramente, adopta sus formas, su jerga y su vestuario propio (como sucedía en “El Capital” de Costa-Gavras) pero en realidad no contiene en su guión ninguna pasión por lo político ni por sus flujos o procesos. No contiene interés alguno por el parlamentarismo con el que es necesario jugar en todo texto de este género, y enseguida se descubre que su verdadero interés está más bien fuera de sus cámaras oficiales y bien localizado en lo que de delictivo tiene el fenómeno de la influencia política y en los orígenes del secuestro de los intereses públicos. Secret State” se alinea con las tesis críticas de las corrientes mayoritarias de votantes en las democracias occidentales que llevan años denunciando el escaso valor de su clase dirigente demasiado afectada además por abundantes casos de corrupción. Como decíamos, el auge de movimientos como Occupy Wall Street, el 15M en España, el fenómeno Podemos, etc., se refuerzan entre sí en una malla de protesta que pretende postularse como desideologizada (aunque en realidad no lo esté) y que quiere denunciar los abusos políticos que sufre el interés público. “Secret State” viene a decir exactamente lo mismo, a defender exactamente lo mismo sin proponer soluciones. La única diferencia con estos discursos de protesta es que “Secret State” concluye en un estado de resignación que parece infectar todo el juego parlamentario y que aboca al espectador a una situación sin aparente salida política de ninguna clase.

En definitiva, “Secret State” es un terrible futurible político en el que el avance de la corrupción al más alto nivel alcanza lo más alto sin que se conciba solución de ninguna clase. Es una protesta resignada que parece alimentada por el momento que vivimos y que, en términos narrativos, acusa no ya el fracaso de sus objetivos de desarrollo de la historia, sino la ausencia total de éstos más allá de la simple constatación de lo inaceptable, sin activismo ni esperanza. Un producto menor que seguramente decepcionará a la mayoría de los espectadores interesados en el género político.

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