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¿Cuánto podemos acortar una serie de televisión sin que deje de serlo?

Todos recordamos que las series de nuestra infancia, simplemente, continuaban y continuaban. Por supuesto, ni eran eternas, ni tampoco especialmente largas, y también es posible que nuestra precaria capacidad de medir el tiempo en nuestra niñez contribuyera a construir esta ilusión de eternidad audiovisual. No, no eran interminables, pero lo cierto es que a menudo las vivíamos como tales. Entonces, la diferencia entre una película y una serie era tan evidente, ¡y no solo por la longitud de su metraje!, que la mera pregunta sobre la diferencia entre el cine y las series de TV era, simplemente, un artificio vacío. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho desde entonces. A finales de los 90, la llamada “golden age de las series de TV”, que en sí misma no fue, a su vez, más que la confluencia de otra buena cantidad de fenómenos que sucedieron conjuntamente, vino a modificar tanto la experiencia de visionado como los contenidos de las series de TV. Los aficionados empezamos masivamente a tomar conciencia de que las series se estructuraban en temporadas, que podían ser renovadas o canceladas cruelmente, que podían ser protagonizadas por grandes actores y actrices del mundo del cine, que podían contar historias graves e importantes y que su calidad podía rivalizar con la de cualquier otro producto audiovisual. Sin embargo, uno de los cambios que más iban a incidir en las costumbres audiovisuales televisivas fue que las series comenzaron a acortarse. Más concretamente, las series de más de 20 capítulos por temporada, un metraje habitual por entonces, fueron acortándose a no más de 12 o 13. Desde entonces, hemos visto series de 10 capítulos, 8 capítulos, … hasta el punto de que se ha consolidado el nuevo género de la miniserie, que por cierto es un formato de éxito. El nuevo éxito del verano, la serie “Stranger Things”, apenas cuenta con 8 capítulos; “Olive Kitteridge” apenas 4 capítulos; “Downton Abbey” desplegó sólo 8 capítulos por cada temporada, aunque alivió la espera entre ellas con varios “especiales de navidad”, que resultan interesantes por comparecer casi como micro-temporadas independientes; “Show me a hero” cuenta con solo 6 capítulos, uno menos que “Generation Kill”, también del venerado David Simon. Si nos centramos en la oferta de series británicas, el efecto se convierte en tragedia: “Utopia”, una de sus series de éxito, tan solo tenía 6 capítulos, y las “temporadas” de “Sherlock” reciben ese nombre a pesar de tener ¡sólo 3 capítulos! (largos).  ¿Van viendo la tendencia?. Ha sido bien documentada por muchos otros periodistas, que han indagado en las razones de este fenómeno y que, básicamente, tienen que ver con los nuevos canales y formas de distribución de las series de TV.

Sin embargo, al margen de las razones por las que este fenómeno se ha puesto en marcha, cabe pensar que la nueva morfología externa de las series, es decir, la retícula invisible que las divide y las subdivide, ¿o deberíamos decir “constriñe”?, debe tener un efecto sobre el contenido mismo de las series (de igual modo que ya examinábamos el efecto sobre el tono y contenido que tiene la duración de los capítulos de una serie). O, al menos, un efecto sobre el tipo de relación que los espectadores desarrollamos con sus personajes, con los que, cada vez, “pasamos menos tiempo. Y es que ésta ERA una de las características más emblemáticas de las antiguas series, es decir, que sus largos metrajes de 20, 22 capítulos o más, sumaban muchas horas de “compañía” televisiva, durante las cuáles se forjaba una complicidad normalmente fuera del alcance del metraje cinematográfico. No es que el criterio cuantitativo juegue por sí mismo a favor de una narración, y como prueba sólo necesitamos acordarnos de cualquier culebrón (cuyo exacerbado crecimiento termina resultando perjudicial para el propio relato), pero hay que reconocer que las antiguas series nos permitían compartir muchas más horas de la vida de los personajes y terminábamos construyendo una ilusión de comprensión y empatía mérito de ese “discurrir” de episodios. En estos tiempos en que el criterio cuantitativo parece, allá donde se plantee, como una antigua instancia sospechosa de perderse todo lo bueno de cualquier cosa, quizás quepa reconocer que, sin embargo, “algún” efecto debe tener (o debe permitir que suceda), y que cuando un precioso discurrir narrativo, además, se toma su tiempo y se nos ofrece en una buena cantidad de capítulos, el efecto no tiene porqué ser necesariamente malo… sino, quizás, lo contrario.

Con motivo del final de la serie “The good wife”, sus showrunners Robert y Michelle King, hicieron pública una carta abierta a sus fans en la que aprovechaban para explicar algunas de las razones de sus decisiones creativas, especialmente sobre el inesperado final de la serie. Más allá de las particularidades sobre esta serie concreta, la carta incluía una pequeña reflexión muy relacionada con lo que también está sucediendo con las series en este momento:

Por cierto, un paréntesis; eso es lo bueno de la televisión. Se le permite desarrollar un concepto que se asemeja más a la vida. Un personaje va cambiando a lo largo de siete años, pero en lugar de leer sobre él en una novela durante un fin de semana, lo experimentas durante siete verdaderos años con actores que envejecen junto con sus personajes reales.
Robert y Michelle KingShowrunners de The Good Wife

Y no solamente los actores de esas series de TV, o incluso sus personajes, sino también los espectadores. Hasta hace pocos años, las series se consumían visionando un capítulo por semana y si la serie tenía la suerte de ser renovada durante varios años, se convertía en una ficción que se “cosía” con la vida de los espectadores durante un largo período de tiempo; se convertía en una cita periódica que les acompañaba a lo largo de sus vidas. El compromiso de la audiencia dejaba, por tanto, una traza larga en sus propias vidas y la vivencia de la serie no se limitaba a un momento de impacto sino a toda una época de su existencia que quedaba indefectiblemente ligada a esa serie de TV. ¿Cuántas veces no sentimos la necesidad de contarle a nuestros amigos lo que estaba sucediendo en nuestras vidas cuando veíamos una determinada serie? Sus imágenes, semana tras semana, se impregnaron de algo que también necesitó su propio “semana tras semana” para llegar a desplegarse en nuestras vidas, y por tanto se generaba una relación entre la ficción y la realidad que el cine no podía alcanzar, o al menos no en tales términos. Y entonces, si la serie de TV está formada por tan solo 4 o 6 capítulos, ¿puede dar lugar a esa identificación vital?. ¿Podemos vivirla como una serie? ¿Lo es? Hoy vivimos en la cultural del impacto vital, 13 capítulos, o menos, que nos inoculamos llevados por el deseo de consumir; consumir lo que más nos gusta, y además, en su forma más perfecta, en su “real thing”, es decir, una ficción sobre el ideal de la experiencia de ver una serie de TV que, en realidad, se ha construido recientemente, al amparo de los usos y costumbres de la nueva “golden age” de las series de TV, y en donde cotiza una experiencia densa… pero corta. El visionado se convierte en un deporte intenso del que se espera que nos revele un ingrediente misterioso, supuestamente encerrado en el interior de la serie de TV, y al que sólo seremos capaces de atrapar si su consumo es tan “perfecto” como pueda ser: Corto e intenso. En realidad, no sabemos si existe ese ingrediente misterioso y, normalmente, las series nos suelen dejar deseosos de más o algo decepcionados, lo que apunta al hecho de que esa “quintaesencia” de la serie, ese mcguffin importante, pueda deshacerse en el propio acto del visionado, pero aún así seguimos buscándolo poniendo en marcha sesiones de constante inoculación audiovisual. Y después, la serie se apaga… a la espera de la siguiente temporada, doce meses por delante, o para siempre. El resultado es que cada vez es más difícil hacer esa larga vivencia de la serie que es la vivencia de nuestra propia existencia diacrónica. La reducción del número de capítulos de las series de TV es la última puntilla que pone fin a esta experiencia que antaño vivíamos con las series de televisión y que parece perdida para siempre.

¿Puede una serie de tan sólo cuatro capítulos hacer sentir el cambio vital de un personaje? Bueno, el oportuno ejemplo de “The good wife” parece especialmente afortunado para ilustrar este asunto. Volviendo a las palabras de Robert y Michelle King, la serie, en realidad, no versa sobre con quién acabará el personaje de Alicia Florrick, la protagonista, sino sobre los cambios vitales que ésta realizará y cuya traza quedará reflejada en los hombres con los que se relaciona. Dicho de otra manera, la serie trataba de hacer sentir y reflejar la transformación interior de un personaje desde un punto concreto (es la mujer de un político sorprendido en un escándalo sexual al que apoya públicamente a pesar de todo) hasta otro que se demora siete años diegéticos discurriendo por el plano la serie, y que se tomará siete años reales para ser desplegado ante los ojos de la audiencia.

Bueno, ciertamente, el cine dispone de suficientes recursos para contar una historia que en su tiempo de ficción se demora siete años, y setenta, y muchos más, pero ¿no cabe esperar que la percepción de la audiencia sobre la posibilidad de obrar un cambio interior trascendental sea más real y más potente si el período de vida a examinar, en efecto, se ha desplegado durante siete años “físicos”? Algo de la verosimilitud de lo narrado se revela en juego, y parece estar apoyado por una condición física del relato, su tiempo y su espacio, sin los que no podría existir. Pero pensémoslo: Si parte del asunto, y por cierto una nada frívola, concita nada menos que la verosimilitud del relato, ¿su acortamiento no afectará necesariamente en uno u otro sentido a su calidad final? Desde luego, no parece buena idea colegir que todo relato, en tanto que sea alargado, ganará verosimilitud (acordémonos de nuevo de los culebrones sentimentales), pero quizás sí sea razonable aceptar la idea de que la duración física del relato puede ser un recurso válido para ser empleado dentro de todos los posibles para construirlo y que parte de su fisicidad tendrá necesariamente un efecto sobre el visionado. La reciente imposición de una morfología reducida de capítulos por temporada puede constreñir un recurso que, históricamente, ha sido específico de las series de TV y sin el cual no es extraño que una parte de la audiencia se pregunte hasta qué punto esta clase de relatos son o no series de televisión.

El camino no tiene porqué ser malo obligatoriamente y, de hecho, este fenómeno ha resultado enormemente positivo para otros formatos como el de la miniserie que ha cobrado un halo de prestigio del que carecía históricamente. Hoy, las miniseries cuentan con categoría propia en los principales certámenes y ganan premios específicos a su tipo de formato. Su metraje ya no es sólo el resultado de una conveniencia externa de corta duración sino una categoría legítima con grandes seguidores; aunque si la tendencia se mantiene, el debate sobre a partir de cuántos capítulos una serie ya no es una miniserie puede empezar a complicarse.

Visto por el lado contrario, este proceso de constricción temporal de las series de televisión también puede servir como rígido límite para que el guión de una serie evite todo riesgo de caer en la llamada “hipertrofia cancerígena del relato” (González Requena), es decir, el efecto perjudicial que horada las narraciones extendidas en exceso y cuyo estadio final concluye haciéndolas maniobrar sin sentido hasta que ningún acontecimiento tiene valor alguno. Si en una serie larga, no evitar esta caída es una responsabilidad del guionista, y por cierto muy complicada a medida que una serie de éxito va viendo renovar sus temporadas, las miniseries descargan al autor de esta responsabilidad permitiéndole planificar su relato para un tiempo corto y definido. Incluso en el caso de que la miniserie recibiera una renovación inesperada, y vamos a pensar que su segunda temporada será nuevamente en clave de miniserie, también será más sencillo planificar un nuevo comienzo y un nuevo final de temporada evitando el temido efecto del culebrón. Se trata, sin duda, de una ventaja narrativa de la que se beneficia toda miniserie en la medida en que no suponga escatimar metraje a una historia que podría requerir más espacio. Sin embargo, no debemos dejar de tener en cuenta que, al contrario que con las series excesivamente alargadas, donde el efecto es fácilmente apreciable, en las series reducidas en exceso es más complicado detectar que su relato ha sido mutilado o limitado o que, al menos, hemos perdido una parte del metraje que podría haber sido fructífero o disfrutable.

No obstante, existe un fenómeno asociado a las largas series de televisión que tiene que ver con su derivada familiar y que también debemos tener en cuenta. La mayoría de las series cuyas temporadas cuentan con más de 20 capítulos están producidas/emitidas por las viejas cadenas de televisión que continúan distribuyendo sus contenidos por canales aéreos de UHF y similar. Son cadenas de televisión verdaderamente generalistas que se dirigen a la práctica totalidad de los posibles telespectadores. En otras palabras, su canal de emisión no permite segmentar a los públicos más que por los horarios (sabemos qué tipo de personas ven la tv los lunes a media mañana y qué tipo de personas la ven los sábados por la noche, por ejemplo), pero a estas cadenas no les es posible diseñar un canal específico para cada tipo de audiencia. Sólo cuentan con una pantalla en la que disponer los elementos idóneos para captar a la mayor cantidad posible de personas de cuantas están viendo la televisión en ese instante. Eso les lleva a emitir contenidos en los que se consolidan atractivos simultáneos para distintos segmentos de público que la cadena no puede diferenciar ni separar a priori. Así, a ciertas horas del día en que la audiencia es muy heterogénea, como por ejemplo nada menos que en el prime time (días de diario a la hora de la cena), precisan emitir un contenido que pueda interesar al mismo tiempo a hombres y mujeres, jóvenes y adultos, e incluso mayores, con mayor y menor formación académica, etc. Esto modela el tipo de contenidos hacia propuestas en donde “todo cabe”, incluida la dimensión familiar de toda historia, aunque a priori no tenga que ver con los valores familiares. Veamos algún ejemplo. La serie “Madam Secretary” (protagonizada por Tea Leoni) cuenta la historia de una mujer que es nombrada Secretaria de Estado de los Estados Unidos. Su contenido principal es su actividad política y diplomática y, ciertamente, el guión se esfuerza por alcanzar una cierta enjundia en el planteamiento de los asuntos específicos de su cargo. No obstante, la serie dedica al mismo tiempo una gran cantidad de espacio a la franja familiar presentándonos a sus tres hijos, su marido y los problemas de todos ellos, que son en alguna medida desarrollados, o incluso tácitamente relacionados con los temas tratados en la historia política principal. Y es que la política en sí misma es suficiente temática para disuadir a muchos de ver una serie semejante, de modo que el guión introduce un espacio familiar en donde una parte de la audiencia sí puede identificarse, localizarse y encontrar elementos de su interés.La dimensión familiar de la historia es un contenido relevante para una gran parte de la audiencia que también se identifica en esa faceta personal, lo que mantiene el interés por la serie, o al menos evita una animadversión capaz de contrarrestar el interés activo de otros individuos que serán espectadores simultáneos en la misma habitación. “The good wife” es también un magnífico ejemplo de esta derivada familiar de las series de tv largas, pues al final terminamos conociendo igual de bien a los abogados con los que trabaja Alicia Florrick que a sus propios hijos. La definición de partida de la serie ya fue inscrita en torno a la identidad de Alicia, quién es Alicia Florrick, de modo que la propuesta se abre lo suficiente para dar cabida a su faceta maternal de forma totalmente legítima por más que la propuesta sea etiquetada como una “serie de abogados”. También es una serie de más de 20 capítulos por temporada y el matrimonio de Alicia se convierte rápidamente en uno de los áreas de desarrollo principal de la historia. Si aún queda alguna duda, conviene recordar el caso de Aaron Sorkin, uno de los nombres más prestigiosos en el mundo de la escritura para televisión, y que, en uno de sus productos más aclamados, “El ala oeste de la Casa Blanca”, también hizo hueco en sus historias principales para mostrar con todo detalle las problemáticas y casuísticas personales del presidente de los Estados Unidos. También fue una serie de más de 20 capítulos por temporada. Un crítico de cine, en una ocasión, comentó que siempre que oía la expresión “cine familiar”, estaba seguro de que alguien estaba durmiendo en el sofá. En el fondo, la idea es tan sencilla como decir que aunque nos esforcemos en diseñar una propuesta (una serie, por ejemplo) para seducir a mucha gente al mismo tiempo, normalmente es muy improbable que lo consigamos. Nada como querer gustar a muchos… para no gustar demasiado a nadie. En cambio, es mucho más fácil seducir a ciertos grupos o segmentos bien conocidos de la audiencia (hombres de 20 a 25 años, hombres y mujeres de más de 65, etc.) con propuestas específicamente diseñadas para ellos, que es lo que hacen constantemente canales como HBO o Netflix. Y aquí emerge una de las razones del éxito de estas plataformas con series como “Juego de tronos”, dirigida a un segmento de la audiencia del que ya se ha descartado de partida todos los individuos que familiarmente se preocupan por el sexo… o la violencia, ¡por ejemplo!.

En definitiva, este proceso progresivo de reducción de metraje, toda una tendencia actual en la producción audiovisual de series de televisión, está poniendo en valor las historias más cortas y el formato de la miniserie, aunque también está arrebatándonos la posibilidad de disfrutar de algunas características específicas de las series de televisión más largas que hacían de ellas algo valioso. La reducción del metraje no tiene porqué ser necesariamente positivo para toda serie que se plantee y debiera contemplarse como un recurso a disposición de la producción sin que comparezca como una ventaja en sí misma. Hoy, apenas quedan series de más de veinte capítulos por temporada, como “The good wife”, auténtica “rara avis” entre las series más premiadas de la golden age, y es posible que con ella haya muerto también y definitivamente la posibilidad de que estas series se conviertan en grandes éxitos.

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