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“Show me a hero”: David Simon y el fracaso democrático ante los grandes valores

El prestigioso David Simon, creador de “The Wire”, ensaya la respuesta del sistema democrático a la emergencia de un personaje de grandes valores.

Una nueva entrega del “saber hacer” y el “estilo propio” de David Simon. Así puede resumirse “Show me a hero” para los que hayan sido antes espectadores de las series de este particularísimo showrunner cuya obra pareciera responder más a su propia lógica que a la de cualquier mayoría de miradas televisivas. Tras tocar el cielo con The Wire”, y por cierto, para muchos de forma excelsa y como nadie lo ha hecho jamás, Simon se ha permitido algunas otras formas de entrega de este imaginario suyo en el que lucen sus mejores cualidades. Tras un paseo de colores y de músicas con la fantástica serie de tv “Treme, Simon recupera el que siempre ha sido su contexto más propio, las calles, para contarnos una historia sobre ellas pero que se libra fundamentalmente en la arena de la “pequeña política”, la política local, la de un ayuntamiento de un distrito periférico de Nueva York como es Yonkers.

 

Un auténtico producto David Simon

Siendo Simon el hombre tras la frase: “Al espectador medio, que le jodan!”, no es de extrañar que su filmografía sea muy reducida y que cuente solo con unos cuantos productos (aunque estos reflejan realmente su estilo particular). A pesar de ser uno de los grandes nombres en la historia de la “golden age” de la series de TV y un showrunner absolutamente reconocido, es uno de los creadores menos prolíficos de este movimiento. Tras su éxito con “The Wire”, apenas se encuentran un par de propuestas en su filmografía antes de encontrar esta miniserie para la HBO (no podía ser de otra manera, pues Simon le debe mucho y la HBO a él) en la que recupera ampliamente su “campo semántico” habitual, sus inquietudes sociales y políticas y su estilo de particular de rodaje. Las analizaremos a continuación con más detalle, pero cabe avanzar que Show me a hero” saca una notable puntuación en cada uno de esos medidores propios de este creador desplegándose como un auténtico producto David Simon en toda regla.

1. El imaginario propio David Simon

El espectador avezado en la estela de Simon reconocerá pronto en las imágenes de “Show me a hero” los colores, encuadres, composiciones y estilos a los que se acostumbró durante muchas temporadas de “The Wire”: Planos de calles deprimidas, interiores de pisos modestos, personajes al borde de la marginación, ciudadanos vulnerables, paredes grafiteadas, inmigración, autobuses que atraviesan calles grises, fachadas de ladrillo visto, coches de policía, pequeñas concentraciones de protesta ciudadana, dosis que se venden en las esquinas y un larguísimo etcétera diseñado con esmero para devolver la foto completa del espacio elegido, en este caso, las caras de Yonkers. Si bien es cierto que en “Show me a hero” se aprecia con claridad el influjo natural del cambio de escenario, ¡esto no es Baltimore!, también es verdad que a Simon se le escapa el Simon que lleva dentro incluso tras la reubicación de la historia, y que algo de “The Wire” se escurre tras las rendijas de sus puertas narrativas hasta influir en esta nueva serie. De hecho, hay planos de venta de droga en las esquinas de Yonkers que podrían ser perfectamente inoculadas en el continuum de “The Wire” sin que a nadie le chirriara lo más mínimo, lo que podría ser entendido como una forma de “intertextualidad” encubierta entre ambas historias. Habrá quien adjudique esta similitud a la que haya entre las dos ciudades, es decir, en referencia a su fisicidad y aspecto urbano específico, pero lo cierto es que también existen planos, y los de las esquinas son un magnífico ejemplo, en donde la cámara recoge la imagen al más paradigmático estilo de “The Wire”. Algo al verlos en funcionamiento resuena intensamente a dicha serie, haciéndonos sentir que este tipo de imágenes son algo más que “marca de la casa Simon”, son un tipo de imagen en el que Simon es su auténtico demiurgo natural.

No obstante, no sería justo dejar de advertir a quienes busquen “The Wire” que el foco central de “Show me a hero” está en el ámbito de la política local de Yonkers, es decir, algo más próximo a los asuntos tratados en la tercera temporada de aquella serie y que aquí se convierte en el gran tema central de la narración. Por decirlo así, la política es a “Show me a hero” lo que la droga es a “The Wire, el asunto central que hace espacio a otras inquietudes y espacios de narración paralela, pero que nunca deja de estar en el centro mismo del relato. Se trata de un intercambio jerárquico entre asuntos que va a marcar la principal gran diferencia con “The Wire”, al menos en lo que se refiere a su más simple y externa sinopsis.

2. Perspectiva sociopolítica de 360 grados

Sin duda, uno de los más celebrados méritos de “The Wire” que Simon pone de nuevo en escena, y por cierto que seguramente lo hace no ya como una elección deliberada sino como una característica de su propio estilo. La cámara de “Show me a hero” realiza una recolección de amplio espectro que recoge la huella visual (y también social, entrando ya en cierta profundidad) de una situación sociopolítica determinada. Las imágenes de “Show me a hero”, como siempre en los productos Simon, radiografían y documentan en travelling simbólico la horizontalidad de una escena social, personal y política sin prejuicios, sin estrategias artificiales de aproximación y con la intención de abarcar su traza y sus consecuencias reales. El empeño realista de Simon se refleja en esa intención de tomar todo lo que se halla en el escenario seleccionado buscando sus múltiples conexiones en todos los posibles ámbitos y atendiendo a esas consecuencias que no se esconden sino que se documentan en todas sus direcciones. “Show me a hero” se centra en la ciudad de Yonkers, recogiendo planos de sus calles más problemáticas, sus viviendas sociales, los espacios más conflictivos, la inseguridad ciudadana, etc. con una mirada extensa que dispone pronto los elementos del problema. Y sí, porque Simon suele trazar las líneas de acotamiento de sus series a gran distancia del problema, con suficiente radio como para que la circunferencia abarque no solo lo tópico y preestablecido del conflicto sino también los ámbitos que abordan, sufren, razonan y gestionan el problema de una u otra forma. La valentía narrativa de Simon se muestra, y “Show me a hero” no es una excepción, en esa forma de narrar que se arroga en cada capítulo el deber de mirar los efectos esperados de los actos institucionales, las razones por las que sus personajes violan los códigos de conducta, el éxito o fracaso de las iniciativas sociales y las lógicas que pervierten a todo lo anterior, atendiendo a los efectos reales y a menudo enrojeciendo a quienes dicen trabajar por lo social y ensalzando a quiénes viven al otro lado de la línea social.

Esta perspectiva de 360 grados se va a convertir en el primer paso de una forma de aproximación a la realidad cuya meta será lograr no solo la autonomía discursiva de cada una de las subhistorias desplegadas, sino su divergencia e incluso antagonismo. Dicho de otra manera, la perspectiva panorámica sobre el escenario social de Yonkers aplicada por Simon será el primer principio narrativo que éste impondrá con objeto de llegar después a un discurrir autónomo de cada subhistoria que pueda permitir comprender el porqué de algunos comportamientos políticos que parecen contra natura pero que remiten constantemente al modo en el que suceden de hecho las cosas en la vida real. Esta es una de las estrategias empleadas por Simon en “Show me a hero” pero también en otros de sus relatos para conseguir esa ilusión de realidad que brilla con luz propia sobre otras series similares. Podría argumentarse que esta ilusión, en tanto que producto del relato, es decir, resto que aparece tras su consumo, no es otra cosa que un artefacto narrativo que se instala en la percepción del espectador y que como elemento de una “estrategia de veracidad” le hace sentir la tentadora sensación de “verdad”, siendo aún y en último término, no más que una ilusión. Y seguramente será así, aunque hay que reconocer que la lógica de la narración de Simon, aun calzada y sometida a la del relato, parece guardar una inclinación más natural por el modo fragmentado y paralelo cómo suceden las cosas en la realidad, y desde luego está normalmente por encima de la media de otros relatos.

Si esta autonomía discursiva es crucial en las series de Simon, en ésta mucho más, y la razón es que Show me a hero” construirá su final precisamente ahondando en la irremisible divergencia entre la lógica de la actuación política y la lógica de los ciudadanos a la hora de votar a su alcalde. Otros relatos caen por lo general en la tentación de vincular una actuación política correcta con una suerte de recompensa electoral, pero este vínculo desliza tramposamente un fundamento basado en el esquema “causa-efecto” que, en la realidad, no tiene por qué darse. El escenario “real” que Simon sitúa ante nosotros es un ejemplo de esta divergencia en donde cada historia es fiel a su propia lógica del devenir y, finalmente, termina enfrentando al alcalde Wasicsko con sus propios electores, tanto en los momentos en que su obra (llamada aquí heroica) está enseñando su peor cara, como en aquellos en donde las ventajas de su actuación figuran ya como hechos. Este efecto narrativo, en manos de Simon y precisamente por su principio panorámico de la captación social y de la autonomía discursiva de sus subhistorias, construye la sensación en el espectador de que el resultado de la historia narrada no ha sido la fatalidad de una actuación que salió casualmente mal, sino que su lógica es común a la de los hechos políticos y sociales a los que asisten fuera de todo relato, en su realidad, alzando a “Show me a hero” sobre la supuesta manipulación que todo relato asume por el mero hecho de ser concebido. En otras palabras, el guión deja sentir la presión de coherencia diacrónica de la historia (en el tiempo) y diegética de los personajes.

3. Un reparto coral

Que puede considerarse como una característica, dijéramos, propia del universo “Simoniano”, o también, mejor aún, como una condición “sine qua non” para que pueda articularse esa lógica panorámica de horizontalidad en la captación social de la que antes hablábamos. Sí, porque la mejor forma de poder acceder a la problemática propia de cada una de las subhistorias que discurren en paralelo es contar con un punto de acceso humano a cada una de ellas, es decir, un personaje que comparezca como guía para que el espectador pueda explorar tanto las razones por las que dichos personajes obran de esa manera como las sensaciones que experimentan al hacerlo. Y por cierto, en el caso de Simon no se trata jamás de un acceso rápido y maniqueo, sino que la disposición de un personaje en el centro de una subhistoria suele ser garantía de que accederemos de forma exhaustiva a la micropostura psicosocial de ese personaje con respecto a sus circunstancias. En otros términos, no es costumbre de Simon disponer personajes de apoyo simple para poder contar su historia sino que estos obran como puerta de acceso empático para comprender su verdadera lógica interna. Y es verdad que algunos personajes reciben un mayor desarrollo que otros, pero incluso en estos últimos, su conducta señala al menos la complejidad de su posición dejando un sabor narrativo de profunda verdad. De nuevo, y como decíamos antes, puede ser tan solo una ilusión, pero ciertamente remite a la realidad más intensamente de lo que solemos encontrar en otros relatos.

Y si lo anterior es cierto, se entiende fácilmente que la coralidad sea una de las características más habituales de sus relatos. Es necesario contar con múltiples personajes, una cantidad que suele crecer constantemente, para contar con suficientes puntos referenciales en todas las subhistorias, a modo de embajadas sentimentales o puntos de control emocional, que nos dan el pulso de lo que está sucediendo en paralelo en todas las subhistorias del relato. En Simon, de hecho, esta coralidad suele ser algo más que creciente. De hecho, en “The Wire” se despliega, a lo largo de sus 5 temporadas, una cantidad ingente de personajes que solo parece tender a crecer de forma incesante; y en “Show me a hero” sucede el mismo efecto, a pesar de contar tan solo con seis capítulos.

4. Fragmentos-tregua para la poetización de lo cotidiano

Suelen durar lo que dura el tema musical elegido, que sonará marcando el comienzo y el final del fragmento, y durante el cuál se juntan y coleccionan una serie de microescenas o planos que remiten a la cotidianidad del escenario elegido y las vidas de los personajes principales y periféricos. De hecho, lo periférico se convierte en el centro de estos fragmentos pues su objetivo parece ser el de captar los instantes del día a día de los personajes de Yonkers, es decir, todo aquello por lo que no se nos cuenta la historia y que nunca sería suficiente para motivarlay presentarlos con arreglo a una cierta coreografía de efecto poético que nos muestra la vida en la ciudad y que nos devuelve el sabor inefable de lo cotidiano de sus personajes. Sí, es verdad que lo mostrado desliza también la esencia de los problemas propios de los personajes, y precisamente en su momento de aplicación, no de enunciación posterior, lo que da un encaje idóneo de estos fragmentos en el continuum total del relato, pero también es verdad que su enorme mérito audiovisual radica en su capacidad para disponer todo ello supeditado a una lógica absolutamente poética. Es en estos escasísimos momentos en los que Simon alcanza una belleza formal que, normalmente, queda descartada después durante el resto del relato.

El formato estable de estas escenas con sus características más o menos fijas (un tema musical de gran valor, un acotamiento temporal del fragmento mediante los bordes de dicho tema musical, una presentación de microescenas con formato casi caleidoscópico, la centralización de lo periférico del relato, el toque poético, etc.) es una característica del imaginario David Simon, pero también es verdad que su realización concreta es obra de los directores elegidos para el capítulo afortunado: Por ejemplo, aquella preciosa e inolvidable escena con el tema “Buona sera” de Louis Prima (1957) en el capítulo piloto de “Treme” fue mérito de las perfectas manos de Agnieska Holland que, quizás, elevó la categoría de los “fragmentos-tregua” a una altura artística difícil de imitar. Ernest Dickerson dirigió la escena del “Wrap your troubles in dreams” de Louis Armstrong en el capítulo 2×11 de la misma serie. En “Show me a hero”, la escena se mueve al ritmo del “Hungry heart” de Bruce Springsteen (1980), inoculando quizás a las imágenes un poco de ese sentido callejero que Springsteen puso tan a menudo en escena a lo largo de su discografía.

En estos fragmentos-tregua, la intensidad de los problemas sociales y personales parece atenuarse porque se alterna su presentación esencial con otras imágenes mucho más simpáticas en las que aparece el humor e incluso el amor. El cocktail se vuelve tan heterogéneo que la sensación es la de asistir a todos los momentos del día, y no solo a aquellos en los que las problemáticas son enunciadas en términos sociopolíticos. Todo queda señalado, incluyendo los conflictos que motivan el relato, pero presentado en un “todo” en aplicación que, de nuevo, remite a la realidad y en donde la sonrisa de los personajes permite una presentación poética de sus vidas que contrasta con el tono general del resto del relato. Se trata de momentos de tregua en los que la tensión se relaja por no estar su distensión en juego en ese preciso momento y que contribuyen a enriquecer y ampliar la percepción que el espectador tiene de la escena elegida para el relato.

 

Efectos y concesiones del formato “miniserie” en “Show me a hero”

Igual que hace tiempo llegamos a sistematizar las que podrían proponerse como las características de las series de TV de capítulos largos versus las de capítulos cortos, también cabe intuir cierto patrón en cuanto a la forma de narrativa que se desliza por la mera elección del formato miniserie para contar la historia.

En otras palabras, tendencias e inercias en las formas de narración provenientes del hecho de que una serie cuenta con apenas 6 capítulos, como es el caso de “Show me a hero. Recordemos que Simon ha empleado ambos formatos de series de tv (largas, como “The Wire” o “Treme”, y cortas como “Show me a hero” o “Generation Kill”) lo que permite realizar una comparación bastante fiable dado que este autor pretende siempre ser fiel a su estilo personal sea cual sea el formato elegido, permitiendo tan solo aquellas concesiones irremisibles según se elija un formato u otro. Así, por ejemplo, detectamos que, en “Show me a hero”:

  • Se advierte la centralidad del personaje protagonista. Y no es una característica evidente ni tautológica, puesto que, precisamente en las narraciones de David Simon se produce habitualmente un efecto de coralidad que ya hemos comentado y que en ocasiones lleva a descentrar los personajes protagonistas hasta el punto de que su protagonismo queda muy cuestionado. En el caso de una serie larga de varias temporadas, allí donde Simon despliega el discurrir paralelo de numerosas subhistorias, esta descentralización es más fácilmente asumible, pero en el caso de una miniserie, Simon se ve instado a mantener un nivel más alto de centralidad en el personaje protagonista de Wasicsko. De hecho, insólitamente, se puede afirmar que “Show me a hero” tiene un claro protagonista, algo que no es, como decimos, tan habitual en Simon. Se argüirá que se debe, asimismo, al hecho de que se trata de la adaptación de una novela con un protagonista claro, Nic Wasicsko, y es cierto, pero también lo es que la renuncia a cierto espacio temporal para el desarrollo de la historia no permite poner en juego esa panorámica horizontal tan exhaustiva y distribuida (como la de “The Wire”) y tampoco permite abordar con tiempo suficiente todas las subhistorias desplegadas, por lo que se requiere de una central que dé forma al conjunto. De igual modo, en “Generation KillSimon sigue el avance de un batallón con un número limitado de personajes que son, en todo momento, los protagonistas centrales de la historia. La limitación temporal impide mostrar las subhistorias con un enorme nivel de complejidad y redunda en la simplificación de las propuestas, lo que conlleva razonablemente la elección de una trama central como principal.
  • Se detectan arquetipos conocidos. Ya lo habíamos apuntado cuando analizábamos los efectos narrativos de los capítulos largos versus cortos: La reducción del tiempo de metraje se asocia con un cierto nivel de simplificación de los personajes, o mejor, su reducción conductual y psicológica a patrones más sencillos y a menudo con lógicas que responden a las de los arquetipos más frecuentes. Esto genera ciertos “lugares comunes”, comportamientos más fáciles de predecir y una aproximación a las técnicas narrativas más habituales. El héroe que cae en desgracia, la vecina crítica que finalmente entra en razón, el alcalde republicano instalado en el cargo que solo piensa en renovar su mandato, etc. La mano de Simon busca siempre, y “Show me a hero” no es una excepción, mostrar los complejos mecanismos que guían algunos de estos arquetipos, o la razón por la que sus acciones se producen, pero en una miniserie hay que hacer concesiones y los arquetipos… ayudan.
  • Menos temas abordados. “Show me a hero” abre el espectro para dar cabida a múltiples reflexiones, pero su efecto no es comparable al fenómeno panorámico que ya habíamos atribuido a series como “The Wire” o “Treme”. El efecto es especialmente visible en el caso de la primera, donde Simon llegó a abrir no ya temas, sino áreas completas de análisis con cada temporada: La política, la prensa, la educación, las políticas laborales, etc. Show me a hero” mantiene su visor en un aspecto central, etiquetado inequívocamente como tal desde la formulación de su título, y hace hueco para una suerte de subhistorias laterales con las que tiene éxito en su intento de complicar la percepción de la realidad, pero no tanto como en formatos largos con varias temporadas de 10 o 13 capítulos.

 

La clase y el sistema político frente a los grandes valores

Show me a hero” permite numerosas formas de acceso a su texto, desde distintos puntos de vista. Se admite una lectura en términos estrictamente políticos, que remite a la revisión de los procedimientos internos y funcionamientos esenciales del sistema político y el sistema judicial. También permite ser valorada desde el punto de vista de la comunicación política puesto que la etiología de la conducta política de Wasicsko puede ser etiquetada como un problema de comunicación política al ser éste incapaz de resolver lo que hoy podríamos etiquetar como “crisis de comunicación”. Y es que hacerse entender en un sistema que tiende al reduccionismo y al simplismo comunicativo (antesala del populismo) no es tarea fácil en democracia. Y aún habría hueco para atender a las prioridades egoístas y partidistas de los sujetos políticos, físicos y jurídicos, dentro del sistema democrático, sin llegar siquiera a abrir el gran baúl de los asuntos sociales que Simon suscita también dentro de su miniserie. Por tanto, solo el intento de formular el asunto más central de la serie ya nos devuelve toda la complejidad obrada por Simon en el despliegue de su historia.

Seguramente, distintos estudios o análisis de “Show me a hero” elegirán distintos puntos de acceso en función de dónde quieren situar el foco de atención, o qué disciplina teórica es la que quieren ensayar como técnica hermenéutica de entrada al texto. Desde aquí elegiremos una que queda convocada desde la literalidad de su título: “Show me a hero”. Y es que la palabra más fuerte del enunciado es la de “héroe”. De hecho, si bien Simon no llega a afirmar que Wasicsko lo sea, lo cierto es que no hay dudas de que el texto ensaya si Wasicsko lo es. Si lo es o no, parece ser, sin duda, al menos una parte del tema. Y también parece claro que Simon articulará lo necesario para que la audiencia se adhiera a la idea de que si no alcanza la categoría de héroe, una licencia poética y marketiniana en el contexto del título de la serie, al menos sí se encuentra en el vector de cierta actuación heroica. Una parte de los analistas se quedarán en esa cuestión juzgando los actos de Wasicsko y limitando la pregunta de fondo a la condición heroica de éste.

Sin embargo, es posible aún ensayar un acceso alternativo que nos hará interrogar a nuestro propio sistema democrático. Y es que, en efecto, el asunto de las carencias del sistema democrático es, no hay duda, uno de los temas de reflexión que más frecuentemente se ha propuesto tras la emergencia de movimientos como “Occupy Wall Street”, “15M”, etc. Pareciera que occidente ha abierto el debate sobre la eficacia representativa de su sistema democrático con mayor o menor virulencia según el ejemplo concreto en el que nos fijemos. Simon propone una cuestión que irá, incluso, más allá de dicha ineficacia representativa y que proponemos formular de este modo: ¿Cómo conciliamos el funcionamiento del sistema de representación democrática con la elevación de los grandes valores cuando éstos se presentan?. Y por grandes valores queremos entender aquí aquellas actuaciones regidas por principios elevados que nos mejoran como civilización. Dicho en otras palabras: ¿Nuestro sistema democrático está preparado para hacer hueco, poner en valor y permitir la actuación de aquellos que emergen con valores no siempre de éxito electoral pero que convienen a nuestra civilización?. Lo cierto es que asociar la construcción de viviendas sociales a un “valor que mejora nuestra civilización” es tan solo un enunciado particular, que el espectador/votante puede valorar subjetivamente, aunque Simon sí lo hace y nos lo propone como tesis de llegada de “Show me a hero”. Bajo esa premisa Simoniana, la de que la actuación en materia de integración social nos mejora como civilización y tiene efectos positivos, podemos plantear de nuevo la cuestión: ¿Cómo reacciona nuestro sistema democrático ante aquellos que deciden impulsar iniciativas poco electoralistas pero alineadas con aquello que nos hace mejores?. Y todo ello, sin entrar a asociar ideologías concretas con actuaciones “mejores”, por supuesto. De hecho, Simon elige la política local como escenario para su historia, es decir, allí donde la ideología pierde algo de relevancia a favor del peso particular del candidato y su forma de actuación política en un contexto de mayor cercanía.

Si planteamos el punto de acceso a “Show me a hero” en estos términos, cabe afirmar que la respuesta de Simon sería que la pregunta se resuelve con muchas dificultades y que, tal cómo nos muestra, el sistema político tiene problemas para poder poner en valor tales actuaciones. De ahí deriva un claro divorcio entre los grandes valores y el sistema democrático, que no es una forma de pensamiento original pero que él plasma de forma exhaustiva y precisa a través del metraje de “Show me a hero”. No olvidemos que la construcción de las viviendas sociales no es, en primera instancia, una de las reivindicaciones de Wasicsko para la ciudad de Yonkers, puesto que él precisamente votó por la apelación del mandato judicial. Y recordemos también que los votantes eligen a Wasicsko para que haga valer el rechazo de la ciudadanía a dicha medida. Por tanto, el que se postulará después como héroe, no emerge enarbolando él mismo la construcción de las viviendas, sino que se ve abocado a su aceptación por mandato directo del funcionamiento democrático, esto es, en su obligación de acatar la sentencia judicial. En “Show me a hero”, la ocasión de emergencia del héroe llega después, cuando decide apoyar la medida judicial frente a la opinión de una mayoría de votantes que le reclama una posición más beligerante frente al juez. No obstante, una vez que emerge esta voluntad de cumplir la sentencia, es decir, allí donde el protagonista acepta el mandato a sabiendas de que puede conllevar muy probablemente su marginación política, emerge también el candidato a héroe. Sin embargo, la reacción frente a Wasicsko es de absoluto rechazo y protesta ciudadana casi descontrolada. En otros términos, el héroe necesita enfrentarse a los electores, es decir, violar un principio electoral básico en democracia, y poner en juego su propia autodestrucción por el bien de la comunidad. De hecho, el final de “Show me a hero” escribe en todos los planos posibles, el final de Wasicsko: En términos políticos, es apartado por completo del sistema y sin posibilidad de reentrada; en términos sociales, es repudiado incluso por sus amigos (Vinni Restiano incluida); y, de hecho, termina quitándose la vida concitando la más violenta forma de final posible del héroe. Precisamente, ese final de muerte, es el que termina certificando para Simon esa faceta heroica de Wasicsko, que terminará perdiéndolo todo. Por tanto, a la cuestión que planteábamos, Simon contestaría que el sistema democrático, dado su funcionamiento, no parece eficaz para poder hacer una explotación de los valores heroicos allí donde se presenten, y de hecho, lógica democrática mediante, puede solicitar su aniquilación.

La faceta más pesimista de esta visión Simoniana se produce cuando el personaje de Wasicsko se acerca a las viviendas sociales en donde ya viven 200 realojados, con la excusa de preguntarles cómo se encuentran pero con el objetivo profundo de lograr, al menos, unas palabras de agradecimiento. En su desesperación, Wasicsko trata de lograr al menos las palabras de apoyo de aquellos que más beneficiados han sido por efecto de su gestión política, lo cuál sería una recompensa pírrica y desde luego insuficiente en términos políticos para poder recobrar su carrera pública, pero podría ser suficiente para que Wasicsko sintiera que el sacrificio valió la pena y que al menos hay un colectivo consciente de su acción heroica. Sin embargo, Wasicsko ni siquiera consigue esas palabras de agradecimiento, puesto que los realojados no le reconocen, o incluso están confundidos y creen que el responsable de la construcción de su vivienda es el alcalde actual en lugar de Wasicsko. Se refleja así cómo el funcionamiento democrático normal no parece recompensar a aquellos que sacan adelante las iniciativas menos populares pero más convenientes (desde la tesis de Simon). De hecho, lo que “Show me a hero” parece plantear es que el sistema parece fomentar la confusión, asignar erróneamente los méritos, lograr la desinformación de los ciudadanos (electores) y desde luego ser incapaz de incorporar la perspectiva temporal sobre las decisiones tomadas. Toda una visión sombría sobre el sistema democrático que se suma a la que parece inundar el escenario internacional de las democracias occidentales mediante sus movimientos revisionistas, si no críticos, y que habíamos apuntado aquí ya cuando analizábamos series como “Secret State”. Es cierto que existen otras series más optimistas, como “El ala Oeste de la Casa Blanca” de Sorkin (aunque es anterior a todos estos movimientos) o como “Borgen” (casi una excepción), pero lo cierto es que el viento mayoritario es fundamentalmente crítico.

 

Notas llamativas del reparto de “Show me a hero

Reconociendo la nota coral del reparto, una que emparenta a “Show me a hero” con el resto de producciones de Simon, se advierten, sin embargo, algunos puntos llamativos que merece la pena comentar. En primer lugar, reconocer la cara de Clarke Peters, uno de los actores fetiche de David Simon, a quién los aficionados recordarán por su emblemático personaje de Lester Freamon en “The Wire”. Y por cierto, pareciera que el rostro de Clarke suscita ideas fijas en la mente de Simon a juzgar por los inequívocos puntos de similitud entre su personaje en “The Wire” y el de “Show me a hero: En ambos casos interpreta a un hombre curtido y profundamente conocedor de su actividad que comparecerá frente a los demás para decirles lo que tienen que hacer. Si en “The Wire” era el detective más experimentado y con mejor criterio, uno con el que superaba ampliamente las miras de sus jefes más ambiciosos (como Cedric Daniels, por ejemplo), en “Show me a hero” se postula como un experto en integración social que incluso obrará unos cuantos trucos para persuadir a su favor a los vecinos más reacios. Nada que ver con su actividad en “The Wire”, pero todo que ver en cuanto a la esencia de su personaje y en cuanto a la función que desempeña con respecto a ambos relatos.

Cabe llamar asimismo la atención sobre la actriz Katherine Keener. Elevada primero a musa del cine independiente, lo cierto es que Keener es ya una de las actrices maduras de mayor prestigio en Hollywood. Dispone de los talentos suficientes para convertir un personaje llamado a despertar la desavenencia del espectador, esa vecina conservadora y protestona que parece oponerse permanentemente a la actividad del alcalde Wasicsko, en un personaje de acceso humano al que el espectador termina valorando. De hecho, el propio Simon es consciente del valor de este personaje al que en cierto momento del metraje da la oportunidad de acceder telefónicamente y de forma directa al alcalde, en un momento de conexión tangencial e inesperada de subhistorias que resulta especialmente atractivo. Keener sabe poner el toque necesario en su faceta de protesta, incluso en sus momentos más vehementes e incendiarios, pero sin perjuicio de una evolución posterior en una dirección muy contraria, y todo ello transmitiendo una progresión interior equilibrada que ante el espectador parece absolutamente natural.

Por último, subrayar el inesperado pero valioso reciclaje de Winona Ryder que, con su personaje de Vinni Restiano, demuestra ser capaz de construir un personaje sólido y al mismo tiempo con los movimientos llamativos suficientes para resultar enormemente versátil. A priori, costaba verla dando vida a un político, pero tras el primer capítulo, cuesta dejar de mirar a su personaje.

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